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SIEMPRE ESTARÉ CONTIGO


SIEMPRE

ESTARÉ

CONTIGO





Manuel Barrero


































Copyright © 2018 Manuel Barrero

All rights reserved.

ISBN-10: 1976911907

ISBN-13: 9781976911903








A mi esposa Jholett y mi hija Sasha, por todo su amor.

A mi hija Karen, quien creció escuchando las interesantes y fantásticas historias de su abuelo.

A mi Abuelo, mi mejor amigo, maestro y compañero en esta vida, donde quiera que estés.

Tabla de contenido

Prologo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Acerca del Autor



Prologo

Esta es la historia real de una familia española como muchas, es la historia de mi familia, gente de campo con muchos sueños, que no se conformaron con su destino, sino que decidieron cambiarlo, lucharon por alcanzarla sus metas con muchos esfuerzos y sacrificios, no es un texto de historia, aún cuando la novela se ambienta en los principios del siglo XX, he tratado de llevar un hilo lógico de los acontecimientos, con el desarrollo de la historia, de la manera más objetiva posible y sobre todo con mucho respeto por aquellas personas que pudieran identificarse ellos ó familiares de ellos, con las vivencias que aquí se narran.

Los personajes y algunas situaciones son figurados, para proteger a las personas reales que vivieron dichos acontecimientos, la historia comienza en Asturias, en un remoto caserío llamado Faidiello, allí nació el personaje principal de la novela, sus primeros años, la salida del pueblo, el servicio militar y sus inicios como trabajador del ferrocarril del norte.

La novela transita en el tiempo por los últimos años de la monarquía bajo el mandato del rey Alfonso XIII, a la Segunda Republica Española, sus vivencias desde la experiencia de una familia sencilla, la Guerra Civil Española y su final, dándoles vida a sus personajes con anécdotas reales.

Un pueblo que no conoce su historia, está destinado a repetirla en algún momento, de aquella generación que vivió los horrores de la guerra ya quedan pocos con vida, sus historias y sus recuerdos deben permanecer el tiempo y con nosotros para que jamás se repita un error político y social como ese, nuestras futuras generaciones merecen vivir en paz y felices, no se trata solo de España, es una lección que se debe aprender a nivel mundial.

Han transcurrido muchos años y aún se vive el fenómeno del abandono del campo, el desarrollo de las grandes metrópolis, atrae a muchas personas que buscan mejorar su calidad de vida, los citadinos nos sentamos en la mesa a diario y nunca nos preguntamos de donde vienen los alimentos, detrás de ellos hay millones de personas trabajando en los campos y transportándolos, esta novela es una pequeña ventana para también conocer sobre la vida de ellos y entender porque se mudan a las ciudades.

La política debe servir para mejorar las condiciones de vida de nuestros trabajadores, obreros y campesinos, no hay ningún desarrollo sostenible sino contamos con alimentos, ese es el reto de las sociedades modernas, volver a enamorar a los productores para que regresen a los campos, dedico el libro a la memoria de todos ellos y de todos los caídos en esa horrenda contienda, todos murieron luchando por sus ideales y soñando por una España grande.



¡VIVA ESPAÑA!





EL AUTOR

Capítulo 1

Los inicios.

Transcurría el año 1898, ya finalizando en siglo XIX, una centuria llena de hechos que marcaron el futuro de la humanidad, tales como la independencia de América, las guerras napoleónicas, las guerras de secesión en los Estados Unidos y muchos otros acontecimientos importantes más, en España específicamente estuvo marcado por la pérdida de sus colonias, siendo la última en separarse Cuba con ayuda e intervención Estadounidense y a partir de allí comenzó España a desaparecer de la escena mundial como potencia y comenzó su largo camino de casi un siglo por encontrarse ella misma, como nación, como grupo social heterogéneo y como cultura.

Esta historia, no es la historia de España, aunque se desarrolla en ese hermoso país, se trata de la historia de un humilde campesino Asturiano, nacido en un remoto pueblo y casi desconocido por muchos españoles, llamado Faidiello, ubicado entre montañas y aislado por la naturaleza del resto del mundo. Faidiello es una localidad del concejo de Belmonte de Miranda y perteneciente a la parroquia de Belmonte, Asturias, España, está situada a una altitud de 630m. En la actualidad, al momento de escribir este libro (Dic 2017), cuenta con una población aproximada de 5 personas y 8 viviendas.

Al comienzo de todo esto en 1898, el pueblo podríamos decir que se encontraba en su mejor momento, Belmonte de Miranda era una localidad importante como punto de conexión entre otras más en Asturias y la reina de las economías era la agricultura.

España una vez separada a la fuerza de sus colonias americanas, de donde provenían muchos productos, no solo para su mercado interno, sino también para comercializar y vender en los mercados europeos con jugosas ganancias, ahora se daba cuenta que necesitaba por primera vez en muchos años, quizás más de dos siglos, ponerse a producir sus propios alimento y productos de manufactura para subsistir como nación.

Sobre las espaldas y levantada con los brazos fuertes de sus campesinos, comenzó a surgir la nueva España, de cada pueblo, hasta el más remoto, comenzaron a salir variedades de productos que con los años se convertirían en embajadores culturales de esa nación.

Adentro de una humilde vivienda de paredes de piedra, pisos y techo de madera, se encontraba parte de la familia Ibáñez, doña Ana y sus hijos Juan, Serafín y Pablo, ella está cerca de llegar a los 9 meses de gestación, su matrimonio con Pedro a dado como frutos dos hijos más que se encuentran con él en el campo, son Jacinto y Jesús, aún adolescentes, sin embargo diariamente lo ayudan en sus faenas, el día comienza muy temprano, a las 3 am ya se está levantando de la cama Pedro para bajar al establo y ordeñar las vacas, Ana se despierta y levanta minutos antes para servirles un bocado de comida antes de iniciar su día.



Pedro: oye nena, esa barriga está muy grande, deberíamos avisarle a Gertrudis que esté atenta, ya en cualquier momento alumbras y no es bueno estar dando carreras, hay que tener las cosas listas en la casa.



En Faidiello las mujeres dan a luz en sus casas, el pueblo más grande y más cerca es Belmonte de Miranda, significa recorrer un camino muy largo por un sendero de tierra estrecho, en el día es relativamente sencillo a pie o en mula, pero las noches son imposibles por esos caminos donde los lobos reinan y son los amos de la oscuridad.

Doña Gertrudis es la matrona del caserío, se pudiera llamar así, puesto que solo ocho casas lo componen, ella no lo ejerce como profesión, es simplemente una habilidad personal que desarrollo de su madre y que ha ido pasando de generación en generación de la familia, normalmente es ama de casa, cría sus hijos, cocina y ayuda a su esposo con lo que puede en el corral de las gallinas, este fue un buen mes allí, las gallinas se portaron muy bien y han sobrado huevos para cambiarlos con los vecinos por hortalizas, cuestión que ayuda mucho en la sencilla economía domestica.



Ana: si, tienes razón, es bueno avisarle a Gertrudis, ya siento al niño muy pesado, después del ordeño, ve donde ella y dile que pase por nuestra casa hoy.



Dicho esto Pedro se llevo sus dos hijos mayores y bajo por las escaleras hacia el establo, a un lado de la casa hay una construcción rudimentaria, tan tosca como la de su casa misma, es lo que llaman en esas zonas, un hórreo, la estructura tiene dos pisos o niveles, en la inferior o planta baja, se ubica el establo para los animales, le siguen unas columnas gruesas de madera y en el próximo nivel se encuentra el depósito o almacén general, allí se estiban granos, se cuelga carne salada, paja y todo aquello que se vaya produciendo. Parece algo hecho en la edad de piedra por lo sencillo de su estructura y los materiales, sin embargo cumple perfectamente con si finalidad, ya que en invierno, el calor de los animales de la planta baja, mantiene una correcta temperatura de las provisiones en el nivel superior, para todo Asturiano, Gallego o gente de campo al norte de España, esto es una obra de arte y arquitectura.

Llegando al establo, Pedro se dispone a iniciar su faena, sus dos hijos van por el balde y él busca su silla, los animales están tranquilos, hasta “la machorra”, aquella vaca que nunca ha podido cruzarse, ya a estas alturas Pedro se debate entre mantenerla o sacrificarla para aprovechar su carne ya que ni se le puede sacar cría, ni dará leche nunca de seguir así. Ella tampoco ayuda mucho en su situación, su comportamiento y su aspecto físico es el de un toro, cuando salen a pastar es ella la que aleja a cualquiera que se quiera acercar al rebaño, es una vaca brava, lo que es peor que un toro miura, hay una gran diferencia entre el embestir de un toro y el de una vaca, el toro al embestir cierra los ojos, así que cuando baja la cabeza cerca de su enemigo, no lo ve, de allí que sean ellos los que terminan en una plaza de toros, en cambio la vaca es muy peligrosa, ella embiste con los ojos abiertos y aún cuando su contrincante se mueva, ella corregirá su dirección y no corneará.

No había pasado mucho tiempo de llegar Pedro y dos de sus hijos al establo cuando comenzó a oír los gritos de su mujer, Ana gritaba a voz en cuello, con todas sus fuerzas!.



Ana: Pedrooooo, diosssssss, el neneeeeeeee, viene el neneeeee!



Son esos momentos en que un hombre por más sensato y aplomado que sea, no sabe hacia dónde correr, una corriente intensa en forma de energía recorrió su cuerpo, sin darse cuenta estaba corriendo de un lado a otro del establo, tenía los ojos encendidos, muy abiertos, movía la cabeza hacia todas direcciones, sus hijos allí sentados lo miraban atónitos, uno de ellos al escuchar a Ana, salió corriendo hacia la casa de Doña Gertrudis, era muy temprano, eran las 5 am, su temor mas molestarla por la hora, ya que allí la vida comienza muy temprano, era ser confundido con algún animal del monte.

Finalmente Pedro corrió a la casa, Ana ya tenía cinco partos de experiencia, estaba en su cama, en posición de parto, por el camino de la cocina a la cama quedo regado el líquido que derramó al romper fuentes. Ya estaba en trabajo de parto, pujando, a Pedro no le quedó más que asistirla, en el campo todas las emociones son fuertes, allí no hay tiempo de pensar mucho las cosas ni de analizar si puedes o no hacerlo, sencillamente, estas allí y eres tú.

Asomando su cabeza Valentín, entro al cuarto Doña Gertrudis, con una olla, agua y trapos, el niño llegó al mundo con los ojos abiertos, observando todo y a todos, su cabello rojo como una zanahoria parecía alumbrar la habitación y debajo de él, sus ojos grandes y negros intensos como la noche. Ese día todos en el caserío dejaron de hacer sus cosas para ir a conocer a Valentín, un nuevo miembro es todo un acontecimiento, allí donde todos los días transcurrían igual, pocas cosas hacían la diferencia.

Nacer en un pueblo de esas características implica muchas cosas, allí no hay escuela, la escuela más cercana esta a kilómetros de distancia, como resultado de esto los niños asisten dos o tres veces a la semana con mucho esfuerzo y la mayoría solo logra aprender a leer y escribir, acto seguido deben incorporarse a las labores del campo para ayudar a sus padres con el aporte de alimentos, bienes para el intercambio y comercio, luego existiendo ocho casa y ocho familias, a futuro no se avizoran muchas niñas con las cuales pensar en formar familia, en el caso de los Ibáñez todos sus hijos fueron varones, algo muy positivo para el futuro en lo referente a fuerza de trabajo, pero muy malo en un pueblo donde la mayor parte de los hijos de los vecinos eran varones también.

Valentín desde que fue recibido al mundo por los brazos fuertes de Pedro, se ganó de inmediato su corazón sencillo pero noble de campesino, sus inmensos ojos negros y su cabello rojo fueron la llave de su éxito, todos los varones de la familia nacían con el cabello del color de una zanahoria, pero la mirada de Valentín era especial, había una mezcla de mucha fuerza, carácter y al mismo tiempo amor.



En el bosque viven criaturas encantadas.



La niñez de Valentín transcurrió de manera mágica, es una época especial para todo el que nace en el campo, no se tiene suficiente edad para trabajar, no se tiene responsabilidades, la escuela es un espacio para soñar y en la casa el amor de mama envuelve todo.



Ana: Valentín, ven acá, deja de jugar con las gallinas allí abajo, tengo que vestirte para ir a la escuela.

Valentín: ya voy, pero, mama explícame para que necesito ir a la escuela, aquí ya se darle de comer a las gallinas, papá me enseñó a recoger lo huevos, ya lo hago sin ayuda de nadie, que me pueden enseñar allá que yo necesite para vivir aquí.

Ana: hijo, yo he pasado toda mi vida aquí, tu padre también, yo no quiero que tu destino sea quedarte aquí también, tú has ido a Belmonte, has visto que allí hay gente viviendo de otras cosas, como el de la bodega que nos compra los huevos, el no trabaja la tierra, tiene su negocio y arriba su casa, es otro estilo de vida mejor.

Valentín: pues no le veo muchas diferencias mama, mi papa suda trabajando, el bodeguero también lo veo sudado, mi papa trabaja todo el día, el bodeguero también, la mujer del bodeguero se pasa el día con un delantal puesto cocinando y tu también.

Ana: mira, niñuco! Tú no tienes nada en la cabeza, tú vas para la escuela y algún día me lo vas a agradecer!.



Dicho esto, casi a la fuerza Ana comenzó a limpiar a Valentín, tratando de quitarle la tierra que tenía regada por todos lados y luego a vestirlo, era temprano pero el camino prometía ser largo, había que transitar por un sendero angosto de tierra, rodeado de montañas, raramente su mama le daba los zapatos, la economía familiar daba poco para vender y obtener dinero, así que lo poco que se compraba se cuidaba, era el caso de los zapatos, estaban reservados para el día de misa y las visitas a Belmonte, del resto los días transcurrían sintiendo la tierra entre los dedos de los pies, las matas y en permanente contacto con la naturaleza.

Durante el transito Valentín que era muy curioso, le encantaba preguntarle a su madre o su padre sobre todo lo que le rodeaba y este viaje para la escuela con ella, no podía ser distinto, era una gran ocasión para hacer muchas preguntas.



Valentín: mama, ¿qué hay allá en el bosque?.

Ana: mira niñuco, no seas tan curioso, hay lo que ves, arboles, matas, pájaros y más nada.

Valentín: pero el hijo del vecino dice que hay lobos y que los lobos son espíritus que no fueron al cielo y quedaron aquí penando en esa forma de animales, por eso son así, agresivos y malos, están muy molestos por haberse quedado aquí.

Ana: la verdad hijo, son animales, no existen los espíritus, solo Dios, la gente se muere y se va al cielo, claro, si se porta bien, si se porta mal, según dice el cura, se van al infierno a pagar por sus pecados, mira, quizás sea bueno que te lleve donde el cura para que te quite todas esas ideas raras que tienes en la cabeza y al regresar a casa me encargo de eso también con el hijo de los vecinos.



Sin saberlo Ana ni Valentín, este viaje a Belmonte marcaría la vida del niño, dos elementos muy importantes tendrían un fuerte impacto en él, la escuela y el cura del pueblo, él, por haberse criado allá en el campo, muy lejos de la población y sin mayor contacto que algunos vecinos, era como una criatura silvestre, joven, lleno de energía y desconfiado de todo lo que lo rodeaba, su padre y sus hermanos mayores se habían encargado de llenarle la cabeza de cuentos raros para mantenerlo en la casa o cerca de ellos, era un niño muy inquieto, si se descuidaban se iba corriendo al campo y pasaba horas contemplando los pájaros, esa era su gran afición, se sabía los nombres de todos, sus colores, si era hembra o macho, los reconocía sin verlos por su canto, ese era su mundo secreto y lo disfrutaba mucho, hasta que aparecía alguno de sus fastidiosos hermanos o su padre, desesperados buscándolo.

El sentía que no pertenecía a ese pueblo, allí los niños pasaban la vida aprendiendo de sus padres el oficio de ser campesinos, ordeñar las vacas, sembrar la tierra, cuidar los animales de corral y su mayor orgullo podía ser tener el cochino más gordo del pueblo o la gallina que más huevos ponga, en cambio, el soñaba con salir de allí, trataba de imaginarse como era el mundo más allá de las montañas, ¿sería igual a Belmonte?, ¿los pueblos serían más grandes?, ¿Qué costumbres tendría esa gente?.

Llegando al pueblo Ana se dirigió con su hijo a la escuela, era necesario que el niño comenzara a entender las letras y los números, después de todo si terminaba siendo campesino y se quedaba en Faidiello, necesitaba esas herramientas a la hora de vender sus productos.



Ana: ¡Holaaaa! buen día doña Isabel, ¿Cómo va? Aquí vengo con mi crío, necesita ver otras cosas que no sean las vacas, las gallinas y los pájaros jajaja, por cierto, le traje un chorizo de los que hace Pedro, estos le han quedado muy buenos.

Isabel: gracias doña Ana, veremos si este resiste más tiempo en la escuela que los demás, quizás no les gustaron las letras o su padre se los llevo a trabajar.

Ana: las dos cosas, a los hombres de aquí les gusta más el campo.

Isabel: a ver niñuco, ven aquí, tienes cara de pocos amigos, ya veremos cómo nos va a los dos.



Dicho esto, Ana salió del recinto y dejó a Valentín con su maestra en el primer día de escuela, de allí tomó la dirección hacia la iglesia del pueblo, no podía dejar de pensar en esa historia fantasiosa de los lobos y los espíritus.



-Será que el chaval este se le meten cosas raras en la cabeza, mira que pensar que los lobos son espíritus de muertos, mi tío Atanasio entonces debe estar corriendo por el bosque en cuatro patas jajaja hay que ver la mala vida que le dio a su mujer y sus hijos, parecía un corcho, sino estaba pegado de una botella de vino, estaba tirado en el piso bien borracho.



La iglesia del pueblo era a parte del bar y la bodega, el único sitio donde estar cuando no se estaba en el campo trabajando, allí el cura, Atanasio, era el párroco desde hace muchos años y tenía dos curitas más jóvenes como ayudantes que venían de otras regiones, para las damas del pueblo era un honor que su hijo fuera monaguillo en la iglesia, las de más edad colaboraban en todas las actividades, ferias, romerías, colectas, preparaban comidas y ayudaban a los curas a organizar las fiestas del pueblo, las más jóvenes iban a integrar el coro de cantos religiosos de la iglesia y algunas pocas escogidas por ser las “mas piadosas” las integraban a la legión de María, un grupo de oración y cantos muy selecto dedicado a exaltar las actividades marianas.

Llegando fue recibida por el padre Atanasio, un hombre maduro, ya de cierta edad, alto, fornido y bien arreglado, generalmente vestía de paisano, nombre que se le da al hecho de no vestir de sotana sino usar vestimenta corriente, camisa y pantalón, mayormente acostumbraba vestir así, la sotana la dejaba reservada para los días de misa y actos religiosos, los demás días usaba ropas finas que seguramente venían de otros pueblos, buenos zapatos, limpios, y toda su vestimenta bien cuidada, detrás de ese porte de actor de cine clásico habían muchas horas de lavado, planchado y arreglos cortesía de alguna dama de los alrededores, que con ese gesto sentía colaborar con la iglesia y por supuesto ir reservando algún lugar cerca de San Pedro.



Atanasio: Anaaaa ¿Cómo va? ¿Qué la trae por aquí hoy?

Ana: padre, bendición, vengo a consultarle algo que me preocupa de uno de mis críos, se trata de Valentín, el más pequeño, al niñuco ese se le meten cosas en la cabeza, tanto tiempo en esos montes rodeado de arboles y animales y ahora piensa que los lobos son espíritus en pena.

Atanasio: la verdad casi le creo al niño, debe haber tantos lobos como pecadores, que ya son muchos, pero no te preocupes, tráelo, sabrás que ando necesitado de un nuevo monaguillo, uno de los que teníamos nos dejó, no vino más, solo Dios sabe que se hizo, ni la madre ha venido a dar la cara, así que tráeme esa criatura que aquí le arreglamos eso.

Ana: está en la escuela, pero la próxima semana lo tiene aquí, así su padre me mate, si es por él, todos sus hijos deben estar en el campo.



De regreso a Faidiello Valentín se reunió con sus amigos del pueblo, José y Agustín.



Agustín: mira quien viene allí, es Valentín, tenemos dos días sin verlo, vamos a preguntarle donde andaba.

José: seguro, vamos, ¡hola! ¿Donde andabas tío?.

Valentín: fui con mi madre al pueblo abajo, me llevó a la escuela y a la iglesia.

Agustín: ¡anda! Seguro que terminas siendo cura jajaja.

Valentín: jamás, no creo que eso vaya conmigo, me gustan mucho las mujeres.

José: y que, ¿ya debutaste?.

Valentín: aún no, aquí lo más picante es ver a los animales jajaja.

Agustín: ¿A dónde iremos hoy, que haremos esta tarde?.

José: a mí se me ocurre que vayamos por manzanas.

Valentín: ¿Otra vez por las manzanas de don Isidro?.

Agustín: ¿Cuál otra se te ocurre:

Valentín: yo quisiera que hagamos de nuevo la caminata para buscar piedras.

José: mejor manzanas que piedras.

Valentín: a mí no me gustan los perros de don Isidro, la ultima vez uno de ellos casi me arranca el trasero.

Agustín: deja de tanto miedo, vamos por las manzanas que me dieron un secreto para esos perros.

Valentín: a ver, cuenta que te traes, que clase de secreto mágico para evitar que nos coman los perros.

Agustín: mi hermano mayor me dijo que cuando el anda por la montaña, se desnuda, que eso espanta a las bestias, tanto lobos como perros, ellos al ver una persona desnuda, les da pavor y huyen ya que eso no es común.

José: parece lógico eso, vamos a probar, total, por ese campo no hay nadie.



Los tres amigos iniciaron su andar hacia el sembrado de manzanas, iban sonrientes y soltando carcajadas pensando en su travesura.



Agustín: hemos llegado, vamos a quitarnos la ropa aquí antes de meternos en el sembrado y la dejamos en este árbol.

Valentín: más te vale que esto resulte –quitándose la ropa-.

José: yo estoy listo.

Agustín: jajaja mira, José no tiene mucho que perder si lo muerde un perro jajaja.

José: ¡calla! Hace mucho frio y el hombre se esconde.

Valentín: ustedes son unos holgazanes sin oficio.

Agustín: pero a ti te gusta salir con nosotros jajaja.

Valentín: vamos, si no camino se me congelan las partes.



Se fueron caminando hacia los manzanares, don Isidro tenía una buena extensión sembrada con ellos para hacer sidra artesanal que luego llevaba a Belmonte para venderla y también servía mucho para las reuniones en el pueblo.



Agustín: ¡oye! Se escuchan los perros de don Isidro.

José: yo me coloco en posición de salir de aquí.

Agustín: tranquilo, nada más nos vean desnudos salen despavoridos.

Valentín: más te vale que sea cierto.



Los perros se acercaron cada vez más, ya se veían llegar enseñando sus filosos dientes, no paraban de correr en dirección a los niños.



Agustín: ¡yo me voy!

Valentín: ya sabía que todo esto era una payasada tuya.

José: ¡no me dejen!.

Don Isidro: a ver, bandidos, vengan aquí, suelten esas manzanas –decía mientras corría detrás de los perros-.

Valentín: que te dije, viene don Isidro, ¡corran!.



Ese día los muchachos pasaron la tarde en un bosque cerca del pueblo, desnudos, sus ropas quedaron atrás mientras corrían, por temor a ser atacados por los perros no las buscaron en el árbol, cayendo la noche cada uno se fue a su casa, donde los estaban esperando.



Pedro: ven acá pillo, con que corriendo desnudo y tomando manzanas de otro, te voy a dar una lección.

Ana: ¡no lo mates!.

Pedro: no pienso matarlo, pero le voy a dejar el trasero rojo como un chorizo con la correa.



Después de ese episodio Valentín entendió que los perros aunque te vean desnudo te muerden.



La carne es pecado en días Santos



Los días pasan lento, la vida de pueblo es así, todos los días son iguales, hasta que transcurrió la semana y llegó el momento de que Valentín se presentará en la iglesia, llegó en época santa, la semana mayor, el creció escuchando muchas cosas, su mama lo llevaba a la iglesia, ayunaban para confesarse y por esos días solo comían vegetales, era muy raro ver un pescado por esas latitudes, casi un tesoro, a veces el bodeguero tenía algún bacalao salado colgado en la tienda, pero valía un ojo de la cara y había otras cosas mejor para invertir el escaso dinero de la familia, tales como zapatos, camisas y herramientas para el campo.

En la entrada de la casa parroquial fue recibido por uno de los curas jóvenes, lo miró de pies a cabeza como si estuviera examinándolo, le hizo varias preguntas, hasta que se escuchó una voz gruesa y tosca que salía del patio interior de la casa.



Atanasio: oyeeeee tráeme el chaval, ese debe ser el hijo de doña Ana, ella habló conmigo la semana que pasó, tráelo aquí.



Lo primero que vio el niño con sus ojos saltones de la impresión, fue una gran pileta, dentro de ella había un becerro, el padre Atanasio estaba sentado, sin camisa, a su lado en una silla mecedora, con un vaso de vino en una mano y en la otra una cuerda que llegaba al cuello del becerro, él también se asombro de ver la cara del niño, no pudo sino soltar una carcajada.



Atanasio: jajajaja que pasa chaval, parece que ves un espanto, mira, los espantos no existen, eso que está allí es un pescado.

Valentín: no lo creo, yo veo un becerro, lo que no entiendo es porque está metido en una pileta, hay tanta agua que casi nada en ella.

Atanasio: verás chaval, en estos días es pecado comer carne, así que nosotros aquí comeremos pescado, estamos pescando un becerro jajajajaja.



Con este recibimiento llega a su primer día de monaguillo, el becerro lo sacaron de la pileta alado por la cuerda en su cuello, acto seguido lo mataron y lo pasaron a la cocina, se negó a comer la carne del becerro, por más que los curas insistieron en que era pescado, recordaba las palabras de su madre y por más hambre que tenía, prefirió esperar regresar a su casa o comer frutas. Ese día lo pasó barriendo la iglesia, arreglando el altar y comiendo ostias, las hicieron ese día y a falta de carne buenas eran las ostias.

Debe ser una impresión muy grande para un niño de pueblo encontrarse con semejante escena, hay muchas sensaciones encontradas, las enseñanzas del hogar, los elementos dogmaticos, de la fe, lo religioso, las imágenes sobre las figuras de autoridad, en un pueblo y muy especialmente en la España de comienzos del siglo XX, la iglesia tenía una influencia muy fuerte sobre la sociedad, prácticamente la sociedad se conducía por mandato divino de la iglesia y los sacerdotes era la imagen de dicha institución, toda buena familia española debía tener entre sus miembros varones, un cura y un militar, con ese estigma se criaban los niños y hacia allí iban los esfuerzos de sus padres.

Tener un hijo cura en cierta forma garantizaba tener influencias sociales e incluso en el gobierno, no sería raro que Ana guardara sus esperanzas de que Valentín, ahora monaguillo, decidiera en un futuro encomendarse al señor, lo que no se imaginaba, era la bienvenida que le hizo Atanasio.

El niño, casi adolescente, quedo atónito con la escena, el padre, siempre bien trajeado, bien arreglado, de voz gruesa y firme, normalmente emanaba mucho respeto y autoridad, ese día estaba allí, sin camisa, con un vaso largo de vino tinto y en la otra mano tratando de figurarse que pescaba al pobre becerro. La imagen que hasta ese momento tenía del padre quedo destruida, lo vio humano, mortal, como cualquier otro hombre del pueblo, con virtudes y defectos, mundano, sin embargo aún se le podía dar el beneficio de la duda y pensar que lo encontró en un mal momento.



Las letras llegan con esfuerzo.



La escuela, el campo y la iglesia, Valentín seguía creciendo, lo que más le gustaba era ir a la escuela, los demás niños se aburrían, pero él le conseguía un encanto muy especial, después de las clases le gustaba quedarse con la maestra, conversando y escuchando historias de cómo vivía la gente del otro lado de las montañas, Isabel no pertenecía a ese mundo, nació en Oviedo, lejos de allí, su familia tenía un comercio en aquella localidad, una población más numerosa y desarrollada, le costearon sus estudios hasta donde pudieron en Madrid y de regreso conoció a quien fue su esposo, radicándose en Belmonte donde él tenía sus tierras e intereses. Para no quedarse en casa como el resto de las mujeres, decidió ser maestra y enseñar a los niños las primeras letras, era muy estricta, mantenía permanentemente en su mano una regla larga de madera, a especie de arma letal, si alguno de los jóvenes se quedaba dormido o simplemente se distraía, lo que era muy común, la regla aterrizaba sobre él.

Con Valentín era distinta, surgió una relación especial, el chico se ganó su aprecio, era tímido, retraído, hablaba muy poco, había que sacarle las palabras de la boca con una cuchara, pero una vez que comenzaba una conversación, era muy agradable, le gustaba hablar de los pájaros, de su canto, de las curiosidades que veía en ellos y de sus anécdotas allá en el monte.



Valentín: maestra, ¿alguna vez ha visto un lobo?, por donde vivo hay muchos, sobretodo ya en la montaña, cuando vengo al pueblo para asistir a la escuela salgo muy temprano de madrugada, muy oscuro, uno va caminando con la luz de la luna, a veces se escuchan a lo lejos aullando, dicen que mientras se escuchen lejos no hay problema, el peligro viene cuando se percibe el olor de su orín, los lobos van marcando con él su territorio, por donde pasan y si pega el olor, eso indica que estamos en su territorio de caza.

Isabel: vaya historia, imagino cómo debe sentirse eso, debes tener mucho cuidado, ellos me han dicho que andan en manadas y tu solo por esos caminos es difícil que puedas defenderte de ellos, yo no los he visto de cerca nunca, sabes, mi vida ha sido un poco distinta, estuve en Madrid estudiando, la capital, eso es otra cosa, mucha gente, construcciones, es algo muy distinto.

Valentín: ¿y de que se vive allí? ¿hay campos, animales de cría, hay mercados?.

Isabel: la gente en esas ciudades vive de otras cosas, hay quienes viven del sudor de su cuerpo con su trabajo físico y hay quienes viven del sudor de su frente, con su trabajo mental y lo que producen sus conocimientos.

Valentín: trabajo mental, ¿Qué es eso, que se hace allí?.

Isabel: es sencillo, primero debes comenzar por estudiar, continuando tus estudios más allá de este pueblo, podrás aprender algo más elaborado dentro de las distintas aéreas del conocimiento, quizás electricidad, mecánica, construcción y con eso y un poco de suerte estarás viviendo en una gran ciudad.

Valentín: maestra, ¿será que logro aprender tantas cosas?.

Isabel: tu eres inteligente, lo has demostrado aquí, luego todos los seres humanos nacen dotados de inteligencia, depende de ellos desarrollarla, el cerebro es como un musculo, estudiando se ejercita y se hace cada día más poderoso, no es el caso de Eladio, tu compañero de clases, es muy flojo y por eso hay que estimularlo con la regla, mira, “las letras con sangre, entran bien”.



Al joven rural, estas palabras de su maestra le llegaban a la mente cual semilla que ingresa en tierra fértil, su imaginación volaba como los pájaros que tanto gustaba contemplar, mientras ella hablaba, el soñaba, se veía caminando por esa gran ciudad, ataviado con otras ropas más finas, como las que usaba el bodeguero los días de misa, soñaba con levantar una familia donde ninguno de sus miembros regresara a casa oliendo a ganado, sin sudor, que los alimentos pudieran comprarse y no producirse, que los niños de la casa no tuvieran otra cosa por qué preocuparse, sino estudiar y no tener que levantarse a oscuras para bajar al establo para ordeñar.

Capítulo 2

Lo que es del cura, va para la iglesia.

La feria del pueblo llegó con toda su energía y alegría, Valentín tenía una semana en el pueblo, se quedaba en la iglesia, en la casa parroquial, ya era todo un mozo, a sus dieciocho años, ya tenía la contextura de un hombre, no había logrado crecer mucho, su genética tampoco ayudó mucho en eso, sus padre eran de corta estatura como todos allá en aquel caserío, daba la impresión que eran de una raza distinta o venían de otra civilización que se desarrolló aislada en aquel enclave entre las montañas.

Las doñas ocupadas en la confección de las comidas, los hombres trabajando en el armado de los kioscos, las muchachas preparando el coro religioso y las agrupaciones de música típica con los muchachos, había gran actividad, el padre Atanasio dirigía todo, supervisaba personalmente la planificación de las actividades y tenía mucha presión ya que el obispo le envío un mensaje diciendo que era posible su visita. Con tanto espero en que todo saliera a la perfección, todos trabajaban a toda hora, de la iglesia solo salían los ecos de cantos religiosos en voz de las muchachas del pueblo y a veces eran interrumpidos por la voz grave de Atanasio pidiendo que se repitiera la práctica, en este punto ya se podría dudar si tendrán cuerdas vocales el día de la misa central de las ferias.

Y llegó el gran día, el padre habló con el bodeguero para prestarle ropa a Valentín y tenerlo ataviado elegante durante la misa, el obispo había llegado, se encontraba en la oficina del padre Atanasio, allí le habían servido algo que picar mientras esperaba la misa, el escritorio del padre parecía la mesa de un banquete en la casa del rey, chorizos, quesos, cocido, vino, frutas, había allí una muestra muy representativa de todo lo que se producía en la zona, buena oportunidad para caer en gracia con el obispo y que recomendara a alguien para llevar sus productos a Oviedo y acceder a un mercado mayor.

Todo iba de maravilla, pero como siempre parece suceder en esos momentos tan importantes y sensibles, algo pasó… de repente Valentín comenzó a escuchar el llanto los sollozos de una joven muchacha, los sonidos provenían del patio central de la casa parroquial, ¿Qué estaría pasando?, con tanta presión por la misa y tantas prácticas, quizás la pobre se derrumbo y estallaron allí todos sus nervios. Había algo extraño, el padre Atanasio estaba con ella, la tenía en sus brazos, le decía que no se preocupara por nada y que él ya tenía la solución a su problema, acto seguido entraron a la oficina donde se encontraba el obispo y cerraron la puerta, quedando los tres adentro en privado.

Pasarían quince o veinte minutos, hasta que uno de los sacerdotes de la parroquia, uno de los más jóvenes, Benito, se acercó a Valentín, venia alterado, sudando, nervioso, con voz casi temblorosa le dijo que fuera a la oficina del padre Atanasio.

Valentín: permiso padre, me dijo el padre Benito que usted me requería.

Atanasio: si hijo, pasa, te presento al señor obispo y aquí esta Engracia, que muy bien la conoces tú también.

Valentín: si ella la conozco del coro y de estar aquí en la iglesia ayudando siempre, es muy colaboradora.

Atanasio: pues mira que ha colaborado mucho contigo también, quizás más que con la iglesia, ella vino a mí a contarme que está encinta de ti, que ustedes han hecho cosas de pareja sin casarse y producto de eso ahora está embarazada, yo he querido aprovechar la presencia del obispo para resolver este asunto de una vez, ella es de buena familia y se merece que la honres casándote.

Valentín: padre, no salgo de mi asombro, yo a esta muchacha lo más cerca que la veo es en las misas, yo a un lado del altar en mis faenas y ella del otro lado cantando, jamás hemos tenido nada, se lo juro.

Obispo: no blasfemes, no sigas pecando más, tienes que ser hombre y aceptar tus errores, no vengas a decir que el párroco es un mentiroso y te hundas más.



Valentín abrió la puerta de la oficina y comenzó a correr, corrió y corrió todo lo que pudo, por el camino al caserío en Belmonte iba soltando partes de la ropa prestada, corría como si hubiese visto un espanto o el mayor de los peligros lo estuviera acechando.

Al llegar a Faidiello, entro despavorido a su casa, su madre se asustó.



Ana: oye, tú no estabas en el pueblo con lo de la feria, que haces aquí por Dios, vienes todo sudado, ¿donde dejastes la camisa? ¿Qué te ocurre?.

Valentín: mama, ¿te acuerdas de esa muchacha que se llama Engracia? ¿la del coro?.

Ana: claro que la recuerdo, es la hija de doña Josefina, una mujer muy religiosa y nada que ver con su padre y sus hermanos que son muy toscos y brutos.

Valentín: pues verás, el padre Atanasio me mando a llamar a su oficina, al llegar me encuentro allí también al obispo y a Engracia que ya no tiene tanta gracia por cierto, la niña parece que alguien la hizo mujer y cayó en desgracia, nada mas verme el padre me dijo que ella estaba encinta y que yo tenía que hacerme responsable de esa criatura.

Ana: por Dios muchacho, como nos haces esto, te lleve al pueblo para que hicieras solo dos cosas, estudiar y servir en la iglesia, yo pensando hacer de ti un hombre distinto y mira con lo que sales.


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