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Soñador Indomable
Sann Rodrigues















Casa do Escritor 2017





Soñador Indomable
de Sann Rodrigues

Edición:
Eldes Saullo

Traducción Y Revisión:
Nadia Alvarez Duque

Proyecto Gráfico y Capa:
Casa do Escritor









Rodrigues, Sann,
Soñador Indomable
- 1ª Edición
Sann Rodrigues – Orlando, EUA, 2015

ISBN-13: 978-1546473961
ISBN-10: 1546473963

1. Biografías
I. Título



Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra podrá ser reproducida por fotocopia, microfilme, proceso fotomecánico o electrónico o por cualquier tipo de almacenamiento o sistema, sin permiso expreso del autor.

Aviso

Esta es una obra de ficción basada en hechos reales. Eventos locales y conversaciones fueron recreados a partir de memorias del autor. Algunos nombres y pormenores de identificación, tales como apariencias físicas, ocupaciones y locales, fueron alterados para proteger la privacidad de los individuos.








Agradecimiento

Agradezco a mi Dios - al Padre, a su Hijo y mi Señor, Jesús Cristo, y al Espíritu Santo. Agradezco a mi valiosa familia, el mejor regalo que Él me dio, y a los soñadores, personas maravillosas que he encontrado alrededor del mundo con coraje de luchar por sus sueños.

































“No te mandé, ¿yo? Sé fuerte y valiente;

no temas, ni te espantes, porque el Señor,

tu Dios, está contigo por donde quiera que estés”


Josué 1:9





Newark, NY

El vuelo UAL17 de la United aterrizó suavemente en la pista mojada del aeropuerto de Newark, la lluvia pincelaba la minúscula ventana con un carrusel de nubes sobrepuestas pintando un cuadro de varios tonos verdes que mezclaba el cielo, remolques y galpones de la zona portuaria de New Jersey. Sería necesario aguardar un poco más de una hora hasta la conexión con Orlando. La previsión era estar en casa alrededor de las nueve y media de la noche después de casi dos semanas fuera, viajando por el Medio Oriente y Europa. Camila y yo estábamos extrañando mucho a nuestros hijos. Las ganas de estar nuevamente junto a ellos era insoportable. Nunca podría imaginar que sólo llegaría a verlos después de 51 días.

Mi cabeza me daba vueltas como las turbinas del Boeing que acababa de traernos. Cargando los equipajes de mano, caminé inmerso en un trance que mezclaba la alegría por haber acabado de pasar por lugares espectaculares, en especial la Tierra Santa, y la angustia de los nuevos y de los antiguos negocios que insistían en mantenerme lejos de lo que realmente anhelaba. Sentía que algo oprimía mi pecho y tenía dificultades para respirar. Todavía estaba trastornado con el fin de la Telexfree y cargado de dudas sobre los caminos que debería seguir de allí en adelante.

Soy brasileño. A pesar de poseer la Green Card, no soy ciudadano americano. Tengo prácticamente los mismos derechos, excepto votar y entrar y salir del país como tal. Era necesario pasar por migración antes de seguir el viaje. Mi preocupación era que estuviese lleno y nosotros tuviésemos que tomar el vuelo siguiente, lo que atrasaría nuestra llegada en más de una hora. Camila aparentaba estar muy cansada, al final, el vuelo había salido de Lisboa por la mañana. Yo también no estaba muy diferente, sin disposición para cualquier tipo de atraso.

Recogimos nuestro equipaje y nos dirigimos hacia el zaguán de migración. Estaba tranquilo y la fila fue avanzando rápidamente hasta el balcón. Entregué los pasaportes y las Green Cards al agente y respondí que veníamos de Europa con destino a nuestra residencia en Orlando. Él digitó por algunos segundos delante de un monitor que sólo se podía ver la parte de atrás, mientras mi mente vagaba entre el marketing de multinivel y las ganas de estar de nuevo con mi familia reunida. Los segundos rápidamente se transformaron en minutos.

Entonces, él se levantó con nuestros documentos en las manos e hizo una seña para tres agentes que estaban quietos y parados en una de las columnas próximas al balcón. Vestidos con ternos negros impecables, ellos no disimulaban que estaban a la espera de alguien.

— Señor, tiene que aguardar un instante por favor. — Fue lo único que dijo cuando le pregunté qué es lo que estaba sucediendo.

Camila me miró con dos incógnitas en los ojos.

— Debe de ser alguna averiguación de rutina. – le respondí con aquella expresión de quién no sabe de lo que se trata.

La fila atrás de mí fue aumentando y un guardia con cara de sueño pidió que las personas se dirigieran hacia una ventanilla al lado derecho del zaguán.

Los tres agentes se aproximaron. El más grande de todos, un gordo canoso de rostro inconmovible, cogió nuestros documentos de las manos del oficial de migración y los analizó por algunos instantes. Movió la cabeza con un gesto de afirmación y les mostró a los otros dos, uno fuerte y alto que se parecía con un muñeco de cera y una pelirroja de pelos largos con pinta de actriz de cine. Sentí un pinchazo en la espalda cuando los tres me miraron fijamente al mismo tiempo.

— ¿Puedo saber cuál es el problema? — Insistí al oficial de migración que apenas hizo un gesto para que yo les siguiera a los hombres de negro.

Camila y yo acompañamos a los agentes por el sector de desembarque del aeropuerto. Entramos por un pasillo repleto de puertas cerradas hasta que llegamos a una sala más grande que olía a moho. La mujer le pidió a mi esposa que se sentase y aguardase. El gordo, que aparentaba ser el jefe, abrió una segunda puerta que había en el interior de la sala y me hizo un gesto para que lo siguiera.

Era una sala más pequeña y apretada que la primera, rodeada de paredes de fórmica barata y mal iluminada. No había ventanas y el olor de humedad era aún más fuerte. En el centro, una mesa con cuatro sillas completaban el escenario sombrío apropiado para interrogatorios. Me senté en uno de los lados de la mesa. El muñeco de cera permaneció parado con las manos en la cintura haciendo notar que lo que llevaba puesto era un estuche de arma con una pistola adentro. El gordito se sentó del otro lado y me miró con un cierto desprecio.

— Sanderley Rodrigues de Vasconcelos, ¡usted está preso! — Exclamó, mientras colocaba sobre la mesa una billetera de cuero reluciente con un distintivo del FBI.

— ¿Por cuál motivo? — Pregunté sin poder creer lo que estaba sucediendo.

Ninguno de ellos supo darme una explicación, lo que me dejó más pasmado. Me dijeron que sería llevado a una celda en Newark donde tendría que aguardar por la corte al día siguiente. Pedí un abogado.

— Esto sólo sería posible en la corte. Me dijo secamente.

En ese momento, la puerta se abrió y Camila entro ansiosa, aguantándose el llanto.

— Sann ¿Qué está sucediendo?

— Mi amor, ellos me dijeron que tienen una orden de prisión para mí, pero no saben el motivo – le respondí.

Ella me abrazó bien fuerte que fue rápidamente interrumpido por la pelirroja pidiéndole que se retirara y que se llevara mis pertenencias. Le entregué mi billetera, mi reloj y mi alianza. Con los ojos hinchados llenos de lágrimas cansados y rojos, me dio un beso y después me dijo:

— ¡Que Dios esté contigo!

En aquel día, ella se fue sola a casa, cargando nuestro pesado equipaje, un gusto amargo en la boca y la memoria de aquellos hechos que marcarían nuestras vidas para siempre.

Fui esposado allí mismo y conducido hasta un patio interno del aeropuerto, donde entré en uno de aquellos carros negros que estamos acostumbrados a ver en las películas policiales. Los tres agentes me escoltaron hasta la Prefectura de Newark, donde fui abandonado en uno de los peores lugares que yo ya estuve en mi vida: una celda obscura en el subsuelo, sin ventanas, con apenas un banco, un lavamanos y un inodoro. Estaba vacía y la penumbra de las luces opacas del pasillo le daba un aspecto todavía más sombrío. No dormí.

“¿Cuál es el propósito de todo esto, Dios mío?”, yo pensaba. En medio a momentos de desesperación y dudas solamente controladas cuando estaba en oración, los recuerdos del pasado inundaron mi mente en busca de los errores que había cometido.





En la Cima del Mundo

Nací en Rio Branco en 1971, pero viví en Xapurí, a ciento ochenta kilómetros de la capital del Acre hasta los nueve años. Era una ciudad tranquila, con más o menos quince mil habitantes, el último punto de la civilización antes de la floresta que se extiende por casi ochenta por ciento del estado.

La región vivió sus años dorados en la primera mitad del siglo pasado, impulsados por el comercio de látex y castañas y sobre el comando de familias turcas y sirio-libanesas. El pequeño centro urbano despilfarraba un lujo que contrastaba con la miseria del Pueblo de la Floresta: siringueros, castañeros, indios y ribereños que vivían a las orillas del rio Acre y Xapurí. Mi padre se hizo con los extranjeros, mi madre vino del monte.

Xapurí es la tierra de Chico Méndez, el padre del ambientalismo. De vez en cuando, él se paraba delante de mi casa y jugaba con volantes con mi hermano. En esa época era concejal, y un defensor adepto del pueblo de la Floresta. Siempre que podía organizaba manifestaciones donde los caucheros defendían los árboles para impedir que fueran derribados.

La aglomeración de casas en el encuentro del rio Acre con el Xapurí también fue la cuna de otras grandes personalidades brasileñas, como el periodista Armando Nogueira, el médico Adib Jatene y el ex-ministro y político Jarbas Passarinho. Allá también nacieron otras figuras menos distintas, como el hacendado Darly Alves, el hombre que mandó matar a Chico Mendes. Mi padre lo conocía. Tenía veintiún hijos, casi todos ellos pistoleros.

A mediados de la década de los setenta, la paz dejó de reinar. El precio de la goma cayó y prácticamente estranguló la economía de la región. Por esta razón, el gobierno militar tuvo la brillante idea de incentivar la agricultura y la pecuaria en plena zona amazónica.

Muchos hacendados vinieron del Sur y del Sudeste y compraron cauchales que luego eran transformados en pasto. Los Árboles eran derribados y muchas personas fueron asesinadas en el enfrentamiento que se dio entre los nuevos y antiguos dueños de las tierras. Familias enteras eran expulsadas de sus casas mientras otras llegaban y se hacían cargo, apadrinadas por los militares.

Mi casa quedaba en la calle principal de la ciudad, bien al frente de la torre Teleacre, en esa época la empresa de telecomunicaciones del estado. Yo vivía con mi padre, Antonio, mi madre Francisca, mis hermanos Sergio y Shirley, hijos del primer matrimonio de mi madre y la niñera, Dedé, que ya estaba junto con la familia hace un buen tiempo.

Mi padre también tenía dos hijas del primer matrimonio, Mafisa y Sofía, pero ellas no vivían con nosotros. Por lo tanto, yo era su primer hijo varón. Algo visto con mucho orgullo en una tierra de caudillos y forasteros que hacía recuerdo al viejo oeste americano. No era raro que él diese tiros al alto conmigo en sus brazos, gritando, ¡“mi heredero”!

Las personas dicen que físicamente, soy parecido con él. De tal palo tal astilla, según mi madre y mi hermana. Bajito, los rasgos delgados abotonados por ojos de indio, la piel curtida y los cabellos negros del color de guapurú. Él era comerciante y por mucho tiempo, trabajó para los turcos en uno de los mejores cauchales de Xapurí, Albrácia. Con la confianza que conquistó acabó volviéndose socio del almacén después de algún tiempo.

Todavía hoy, tengo el vivo recuerdo del día en que le salvé su vida. De vez en cuando, si no había clases, él me dejaba acompañarlo al trabajo. Un sábado antes que los gallos comenzaran a cantar, el me sacó de la cama, sacudiéndome de mis hombros.

— Sann, ¡levántate si quieres ir conmigo!

Sin embargo, ir al almacén no era algo común como cruzar algunas calles y esquinas empolvadas del pueblo. Era necesario caminar hasta la orilla del rio Acre, tomar un pequeño barco que mi padre lo mantenía anclado al lado del pasaje de la balsa que unía la ciudad a la floresta y subir el rio por casi tres horas.

— A la vuelta, me recuerdas que tengo que pasar por la casa de Darly para recoger un cerdo — exclamó aún en tierra.

Además de mantenimientos, él cargaba el inseparable revolver, una escopeta calibre 28 y una radio a pilas que también tocaba cinta casete. Él acomodó todo en el interior del barco, me ayudó a subir, prendió el motor y luego ya estábamos rio arriba, zigzagueando por el medio de la selva amazónica.

Para pasar el tiempo en el viaje, me contaba historias de leopardos y me describía a los animales de la selva. Las charlas sobre armadillos, roedores, pacas y coatís eran envueltas por las voces sofocantes que salían de la pequeña radio y se mezclaban con las músicas calientes de la floresta. Roberto Carlos, Nelson Gonçalves, Lupicínio Rodrigues y María Betania frecuentaban ganar el coro de capitanes del monte, de macacos y del susurro de las aguas del Acre hasta el desembarque en Albrácia.

Siempre que podía mi padre me narraba la muerte de un ribereño traicionado por el rio que nacía en el Perú y desembarcaba en el Purús, allá por las bandas de Boca del Acre. También me hablaba de los pueblos de la floresta y de los orígenes de mis abuelos y de mi madre. En aquel día, el asunto era más serio.

— Hijo mío, si papá y mamá se separasen, ¿con quién tú quieres vivir? – me preguntó, mientras sacaba un pan con mantequilla del raído morral.

— ¡No quiero quedarme con ninguno! — Le respondí asustado y desconfiado.

Al distraerse entregándome la merienda del viaje, un hilo de pescar que estaba prendido en un tronco y que se extendía hasta la orilla, se enroscó en su pecho. El golpe lo derribó en el rio. Yo comencé a gritar, desesperado.

— ¡Papá! ¡Papá!

El barco perdió el control y comenzó a girar lentamente mientras él luchaba para intentar mantenerse en la superficie. En tiempos de sequía tal vez hubiese conseguido colocar los pies en el suelo, pero no en aquella inundación, la más fuerte de los últimos años.

— ¡Levanta el motor! Levanta el motor! – Él gritó, solamente con la cabeza fuera del agua.

Sin pensar mucho, me arrodillé en el medio de la cubierta, puse todo mi peso sobre la palanca, lo que hizo que la parte trasera saltara del lecho, salpicando agua hacia todos los lados. La hélice le pasó raspando, a pocos centímetros de su rostro. Un segundo más y le cortaría su cabeza.

El barco paró de moverse, pero yo, aunque llorando de aflicción, no solté el motor que bramaba y temblaba con mucha más potencia fuera del agua. Hasta que mi padre consiguió agarrarse de un lado del barco y subir de vuelta. Él lo apagó con dificultad y me abrazó, todo encharcado, hasta que yo me calmara del susto.

— ¡Gracias, hijo mío! Tú me salvaste la vida.

El día en el Cauchal amenizó lo que había sucedido y acabamos dando buenas carcajadas, recordando lo ocurrido con los turcos, algunos amigos y clientes más próximos del almacén.

De vuelta en casa, al fin del día, delante de una deliciosa cena de arroz, frijol y traíras, un pescado típico de la región, cariñosamente preparada por Dedé, mi padre contó orgulloso para toda la familia como yo había salvado su vida. Y yo tenía apenas ocho años.

***

Mi madre nació en un Cauchal, hija de un cargador de caucho con una india. Aunque con poca instrucción, se transformó en una grande empresaria, creando una red de tiendas de ropas llamada Francy’s. De ella heredé la pasión por los negocios y por el emprendimiento.

Era común que ella viajara a San Paulo para comprar mercadería para abastecer sus tiendas. Los casi cuatro mil kilómetros que separan Xapurí de la más grande metrópoli del Brasil significaban casi un mes fuera, mitad de éste en la carretera dentro de un ómnibus. Recuerdo que no existía yogurt en aquellas regiones y siempre que ella retornaba de estos viajes de compras, traía una caja térmica con hielo, completamente llena de Danone que mis hermanos y yo devorábamos en pocos días.

Desde pequeño mi sueño era estar en la cima del mundo. Yo sentía que había nacido para ser alguien.

El primer recuerdo que tengo de intentar subir en la vida fue en la víspera de un siete de septiembre. Yo tenía un amigo y vecino llamado Sandro que era muy parecido conmigo. Flaco, bajito, y con la piel curtida por el sol de los trópicos. Y como todo bajito, a él también le gustaba ver el mundo por arriba. Cuando quería preparar alguna travesura o llamarme para salir, metía el rostro en la ventana de la sala.

— ¡Vamos, Sann! Me dijeron que hay un palo ensebado en la fiesta y el premio es una bolsa de juguetes.

— ¡De ninguna manera! — nos interrumpió mi madre entrando en el mismo instante a la sala. — ¡Sann va a desfilar mañana y no quiero que se lastime! Además de eso, el palo ensebado ensucia demasiado.

De hecho, yo no sólo iba a desfilar como también haría el papel de Don Pedro I en el pelotón del descubrimiento que la escuela estaba organizando. La ropa, la imitación de una farda militar compuesta de una chaqueta azul oscura y un pantalón blanco de crepé, ya estaba doblada sobre la mesa, cuidadosamente engomada por la Dedé, al lado de un sombrero de fieltro de tres puntas y de la espada de cartón forrada con papel aluminio con la cual yo proclamaría la independencia al día siguiente.

Me hice al que no escuché. La única frase que me pasaba por la cabeza era “yo puedo lograrlo tranquilamente” En un momento de distracción de las mujeres de la casa, salí corriendo y conseguí alcanzar a Sandro antes de que él llegara a la plaza en frente a la iglesia, donde la quermés ya estaba bien animada, de la esquina ya daba para sentirse el olor del pastel que partía de barracas ahumadas y adornadas por focos coloridos. Luego estábamos delante de un círculo de curiosos que se formó alrededor del palo ensebado. Los gritos de los niños por cada participación variaban rápidamente de incentivos, cuando alguien se proponía a escalar, hasta las risas y las burlas, cuando no conseguían pasar del primer impulso o inclusive cuando se caían de partes más altas.

“¡Yo lo consigo tranquilamente!”— Yo repetía mentalmente.

Fui hasta la barraca de fichas, saqué algunas monedas del bolsillo y volví a la fila, me puse atrás de Sandro, que guardaba el lugar. Él fue el primero. Se preparó, respiró hondo y se sujetó en la base del tronco oleoso que debía tener unos cuatro o cinco metros de altura. Para nosotros bajitos, la cima parecía todavía más distante. No fue de otra manera. En pocos segundos, antes de alcanzar la mitad del poste, ya estaba otra vez en el suelo, cansado y jadeante. Me reí junto con los otros niños, haciéndome la burla de él.

¡Vamos, sube entonces, sabelotodo! – Él prosiguió con la cara enojada y la ropa y los brazos inmundos de grasa y sebo.

Pero yo también no lo logré. Confieso que casi me enloquecí con aquello y, hasta hoy todavía me atormento con el recuerdo, imaginando una manera de llegar a la cima y agarrar el pedazo de papel que valía una bolsa de juguetes. El problema es que me ensucié mucho con la grasa, inclusive las mejillas y el cuello. Los organizadores de la fiesta se habían esforzado no solamente con la grasa sino también con el betún y el óleo diesel volviendo la tarea prácticamente imposible.

Volví a casa triste y sucio. Shirley me esperaba en la puerta de calle con una mala cara, pero que no duró mucho tiempo. Mi hermana siempre fue muy amorosa conmigo y, aunque viéndome en aquel estado deplorable, no resistió y dio unas carcajadas.

Dame un baño, Shirley. Si la mamá me ve así, ella me mata — lloriqueé.

A Dedé ya no le pareció tan gracioso. Ella tenía la costumbre de ser severa, pero era, al mismo tiempo, el mejor ejemplo de una persona correcta y justa. Estaba con nosotros hace mucho tiempo y ya era mucho más de que una simple niñera. Las dos me metieron en la ducha y me frotaron con jaboncillo muchas veces. Yo parecía un perro que se había acabado de revolcar en la carne podrida. Por más baños que me dieran nunca sería suficiente. Aún así, mi madre no desconfió que yo hubiese hecho alguna travesura en aquella noche.

A la mañana siguiente, el día de la independencia del Brasil llego con sol ecuatorial, a pesar de mis oraciones para que cayese una tempestad capaz de cancelar todo. Mi madre me despertó, pero peleé para no salir de la cama.

Estoy sucio de grasa! ¡No quiero ir! — reclamé con sueño.

Ella se puso furiosa, me sacó de la cama y me hizo vestir mi disfraz de Don Pedro sin decirme ni un pio. Si yo no fuese, ella nunca más me traería yogures de San Paulo. Con un lápiz para maquillar, Shirley me dibujó dos patillas que salían de las orejas y se unían a un bigote, un poco después, allá estaba yo marchando en la calle principal debajo del sol ardiente.

No es difícil imaginar lo que ocurre cuando se junta calor y aceite de camión esparramado en la piel. La grasa comenzó a quemar mi rostro, mi cuello y a cocer mis brazos dentro de la chaqueta. Parecía que yo estaba siendo freído a cielo abierto. Salí corriendo del pelotón, llorando de dolor, en dirección a la multitud que acompañaba el desfile en homenaje a la patria. Cuando mi madre vio aquella escena, se puso aún más furiosa. Me agarró por una de las orejas y, aunque con mis gritos implorando para irme — “la grasa está quemándome”— ella llamó al fotógrafo de la ciudad y le pidió que me sacara una foto en aquel estado. Fue la fotografía más triste de un Don Pedro ya registrada.

Mi madre nunca dejó de hacer algunas cosas por miedo de errar. Lo que ella aprendía en los negocios, me contaba en detalles. Usaba inclusive palabras que yo no comprendía en ese entonces, pero que me ayudaron a ser quién soy.

Hijo mío, aprende lo que es necesario hacer para que tengas resultado en tu vida. — me lo repetía siempre.

— Con el éxito de las tiendas que tenía en Xapurí, Ella ya pensaba en abrir una filial em Rio Branco y expandir los negocios.

Estuve con mi madre hoy y ella me dijo que abra la tienda, ¡que va a funcionar! — la escuche decirle a mi padre, algunos días después.

— ¡Tú y esas supersticiones del monte! Reclamó Don Antonio, enojado.

Mi segundo recuerdo de intentar llegar a la Cima también fue en la víspera, de esta vez la de navidad. La casa estaba animada con las habladurías de las mujeres en la cocina preparando la cena. En la sala, un pinito simple piscaba, rodeado de lucecitas alineadas que indicaban que el tiempo era de fiestas. La humedad de verano del fin de la tarde mojaba rápidamente cualquier camiseta. Yo había acabado de ducharme, calzando mi mejor bota y ya sudaba en el sillón, cuando Sandro metió nuevamente su rostro travieso por la ventana de la sala.

— ¿Vas a querer hacer esto de verdad, Sann?

Aunque escaldado por el siete de septiembre, le di mi consentimiento con la cabeza y salí por la puerta lateral que daba a un corredor donde mi padre guardaba su bicicleta, antes de la puerta que daba hacia la calle. Nos encontramos en la acera, delante del muro que cercaba la antena de la Teleacre. Él me repitió la pregunta y yo le respondí:

— ¿Estás con miedo?

¡Claro que no! — exclamó sin mucha seguridad.

Creo que lo que él quería realmente era cambiar de idea, pero mi determinación no le dio lugar para cualquier pensamiento contrario. La verdad, yo estaba enojado porque al inicio del año mi madre y yo nos tendríamos que trasladar a Rio Branco. Ella había acabado de abrir la primera sucursal de su tienda en la capital del estado. Además de estar más cerca del nuevo emprendimiento, ella creía que yo iba a tener un futuro mejor y más seguro en la ciudad grande. Por causa de la mudanza, en los últimos meses, las peleas con mi padre eran frecuentes. Él no quería dejar Xapurí, aún más ahora que se había convertido en el patrón.

Doblamos la esquina y seguimos por la Pio Nasário hasta donde el muro de la Teleacre se transformaba en una cerca de madera rodeada por roseras y un Ipé, un árbol nativo de flores amarillas. Abrí la puerta después de asegurarme que el guardia no estaba cerca. En pocos segundos, estábamos en la base de la torre, una estructura de fierros entrelazados que formaban una pirámide de un poco más de treinta metros de altura. Nuestro objetivo era escalarla.

Miré hacia arriba y tragué seco. Me di cuenta que si demostrase un pequeño gesto o pronunciase una única silaba de la palabra desistir, Sandro concordaría sin pestañear. Entonces, me di la vuelta, apoyé mi pie sobre la primera barra de fierro, me agarré firme del lingote superior con las dos manos y, con un impulso, empecé a subir.

Ya estaba en la quinta o sexta barra cuando paré y vi que Sandro todavía estaba con los pies en el suelo.

— ¿Vienes o no vienes? — le grité.

Tímidamente, él comenzó su escalada y yo seguí adelante, ahora con más tranquilidad, a medida en que iba ganando altura, disminuí la velocidad, pues cualquier error y la Navidad no sería una fecha a ser recordada con fiesta en mi casa.

Ya estaba a más de veinte metros cuando me di cuenta que quizás no fuese una buena idea escalar con botas. Enrosque mi brazo a una de las vigas y miré hacia abajo para saber en qué punto estaba Sandro. En esto, mi pie derecho se resbaló y si no me hubiese agarrado con toda mi fuerza, me caería al suelo en segundos. Me sujeté con fuerza de la viga principal, estiré el cuerpo, firmé los dos pies en el soporte de abajo y respiré aliviado. Me sequé el sudor que escurría por mi frente con el antebrazo, miré hacia arriba y me dije a mi mismo:

¡Yo voy a lograrlo!

De aquella altura ya se podía ver el tejado de mi casa. Podía verse también el patio del colegio donde yo estudiaba la primaria, la plaza pequeña y la iglesia de San Sebastián en la esquina opuesta de la torre. La ciudad brillaba iluminada con la noche festiva.


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