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Bolívar la emancipación de las colonias españolas desde los orígenes hasta 1815

Jules Mancini


BIBLIOTECA POPULAR DE CULTURA

COLOMBIANA


Ediciones LAVP
















Bolívar.

©Jules Mancini

Primera Edición, Bogotá 1917.

Segunda Edición Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1944

Tercera Edición, 2016

© Ediciones LAVP

www.luisvillamarin.com

Tel 9082624010

New York, USA

ISBN: 9780463672280

Smashwords Inc.




Todos los derechos reservados. Sin autorización escrita firmada por el editor, no se podrá reproducir este libro ni total ni parcialmente, por medios escritos, reprográficos, fílmicos, de video, electrónicos, gráficos o de audio. Hecho el depósito de ley.






INDICE

Prólogo

Orígenes de la revolución suramericana

Las Indias Occidentales

La Aurora de la Libertad

El Juramento del Monte Sacro

El Precursor

Miranda

El Lealismo Colonial

1810

Primera República de Venezuela

Bolívar

El manifiesto de Cartagena

El Libertador

Guerra a Muerte





PRÓLOGO

Por sus efectos sobre la vida política y social de los pueblos, la emancipación de las colonias españolas es un acontecimiento de importancia tan considerable como el descubrimiento del continente en que fueron establecidas.

La lucha entablada por los criollos contra España, a raíz de la revolución francesa y proseguida durante un cuarto de siglo con idéntica saña por parte de ambos contendientes, fue la prolongación, sobre un nuevo teatro, del conflicto secular entre las dos ideas cuyos alternativos éxitos y derrotas dominan la historia: el tradicionalismo y la libertad.

En efecto, a los resultados de la Independencia sudamericana debió el gran movimiento de 1789, a punto de ceder bajo el empuje restaurador de 1815, el cobrar nuevos ánimos en Europa y el triunfar en 1830. Los pueblos despertaron a la vida y a la conciencia nacionales.

El mundo moderno evolucionó hacia el ideal republicano. Bolívar es, para América, el imperecedero símbolo de este ideal. Si algún hombre ha podido resumir en sí los elementos, las tendencias de una época, y personificar una idea, ese hombre es verdaderamente aquel a quien sus con-ciudadanos saludan con el insigne título de Libertador.

La vida de Bolívar es el adecuado marco de la revolución de que fue principal protagonista. Su nombre es inseparable de la obra sostenida por él con maravilloso ardor.

Inmenso es el campo de acción que él mismo se asignó: la América española desde México a la Tierra de Fuego. Aunque su vasto genio la abrazara de continuo y por entero, iniciativas aisladas, que agrupaban sus esfuerzos en torno del de Bolívar, fueron necesarias.

Una pléyade de héroes secundó al Libertador. Y, entre sus colaboradores, el gran argentino San Martín comparte con él, durante la fase decisiva de la guerra, el mérito eminente de haber fundado la independencia.

No obstante, San Martín se retiró, abandonando a su competidor la gloria de completar la obra emprendida, y la amargura de registrar los inevitables desengaños inherentes a toda empresa magna.

Pero fue perdido el esfuerzo del Libertador. Aunque tardos en madurar, con mayor brillo aparecen los frutos de su energía y de su voluntad. El espectáculo que presenta hoy día la América del Sur, en la que veinte repúblicas crecen bajo las miradas por fin seducidas, del universo, tiene esplendores de apoteosis.

Más prestigioso aún parece presentarse el porvenir. Después de haber asegurado en el mundo la victoria de la democracia y de la nacionalidad, la América latina tiene sin duda en reserva la solución de los problemas nacidos del nuevo orden social cuyo advenimiento ha sido determinado por ella.

La epopeya de donde habían de proceder estas lejanas y magníficas consecuencias: Tal es el cuadro que nos hemos propuesto trazar.


LIBRO PRIMERO

ORIGENES DE LA REVOLUCION SURAMERICANA

CAPITULO PRIMERO

LAS INDIAS OCCIDENTALES

Los últimos años del siglo quince y los primeros años del dieciséis señalaron el apogeo de la grandeza de España. Una lucha épica, sostenida por espacio de ochocientos años en cuatro mil campos de batalla, había consagrado la unidad definitiva de la península y justificado la fama de heroísmo del pueblo español, que resultaba ser la nación militar por excelencia. El turco obligado a retroceder; Italia y Portugal conquistados; un rey de Francia, un papa hechos prisioneros:

Inglaterra humillada; los corsarios de Barbarroja sometidos en África; asegurada en Asia la fundación de establecimientos prósperos: tales son algunas de las proezas de los ejércitos españoles. El Despacho Universal de Madrid oprimía a todas las cortes en sus inevitables tramas; su política irresistible iba a apoderarse de la corona de Carlomagno.

El Renacimiento, que, según creencia general, iba a resucitar la Edad de Oro, parecía hallar, en la Iberia reconquistada, otra tierra escogida: en ningún otro sitio el reciente invento de Gutenberg, cuyas maravillosas consecuencias podían entreverse ya desde entonces, tuvo mejor acogida que en las numerosas y florecientes universidades de Castilla. En todas partes, las letras, las ciencias, las artes, las costumbres, se alimentaban en las fuentes del genio español.

Y la Fortuna misma, al hacer brotar un nuevo mundo de los abismos del océano, parecía sierva sumisa de la gloria de los reyes de España, quienes midieron por el curso del sol la prodigiosa extensión de sus dominios.

Los soberanos que desde Isabel a Felipe II se habían sucedido, capaces, prudentes y fieles al espíritu de los primeros reyes de Aragón que con tanta altivez se diera en otro tiempo el pueblo, personificaban esa grandeza misma y ese esplendor. Su poder, templado por las extensas prerrogativas de las cortes, se ejercía con rectitud, dando, además pruebas de un liberalismo único entre todos los gobiernos de la época .

Pero las seguridades que la nación hallaba bajo tal régimen, la inclinaron insensiblemente a descuidar la institución mejor combinada para salvaguardia de sus franquicias. Las ciudades, al ver firmes sus privilegios y respetados sus derechos, cesaron poco a poco de enviar sus diputados a las cortes.

Y el rey, investido de mayor confianza, llegó a sufrir con impaciencia las trabas que, no obstante, tenía derecho a oponer a sus voluntades la Asamblea. Nada, por cierto, fijaba límites a dichas voluntades; y, cuando la prescripción le permitió declarar las cortes en estado de incapacidad perpetua, se apresuró a valerse de este pretexto.

El despotismo, al pronto benévolo y paternal que l0 había invocado, tomó, con los soberanos que ocuparon después el trono, la forma de un peligroso absolutismo. Por otra parte, el tradicional ascendiente del clero sobre la piadosa nación española se había impuesto a la realeza como un excelente medio de gobierno y de dominación.

Se esforzó, pues, por ganarlo. No tardó el clero en ocupar el primer puesto en los Consejos en que la nobleza, que 10 esperaba todo del rey, posponía cada vez más 'los intereses públicos a sus propios intereses.

El Tribunal del Santo Oficio, instituido en sus comienzos para que por la persuasión volvieran a las “sanas creencias” los disidentes, no tardó en agravar las atribuciones de sus inquisidores y recurrió al terrorismo que desde entonces lo ha caracterizado.

La Inquisición se convirtió en institución de Estado la Iglesia adquirió formidable influencia en España. La corte misma se convirtió en un claustro; los conventos, multiplicados, se poblaron. La extremada indigencia intelectual del bajo clero, al hacer el vacío en torno de ella, atrofió los cerebros, ahogó toda iniciativa.

El fanatismo, la intolerancia, la dureza de corazón, desarrollados ya en la lucha secular contra los herejes dueños del territorio, celebraron las hecatombes que, con pretexto de unificación de las creencias religiosas, puso en auge la Inquisición.

El Santo Oficio depravó a España al mismo tiempo que la aterrorizaba por todas partes se insinuaron la hipocresía y la delación, convirtiéndose en otras tantas virtudes. Un velo sangriento y tenebroso se extendió sobre este país, y no parecía sino que un genio perverso se había empeñado en ir precipitándolo a la ruina.

Un cúmulo de acontecimientos acentuó el rápido descenso de España. Los Moros, que constituían una cuarta parte del conjunto de la población; dispersos y aniquilados, vieron perecer con ellos la industria y la agricultura, a las que particularmente se dedicaban y cuya prosperidad habían asegurado.

Los judíos, perseguidos, acosados, huyeron en masa , llevándose la casi totalidad de los capitales que alimentaban el comercio.

La despoblación se aceleró por el monarquismo y por las pérdidas de hombres ocasionadas por las guerras, la emigración, el sostenimiento de importantes guarniciones en Italia, en los Países Bajos, en África y en las Indias. A partir de Felipe III, una serie de soberanos degenerados acabó la decadencia de España, decadencia tan sorprendente como lo había sido su grandeza, y que se acentuó hasta convertirse en tema favorito de los sabios y de los moralistas al disertar acerca de la inestabilidad de las cosas humanas . La pobreza que desde hacía tiempo arreciaba sobre España, y de la que, según se dice, no se eximió Carlos Quinto mismo, tomó, con los sucesores de este monarca, proporciones increíbles en todas las clases sociales.

Las cargas a que, a pesar de todo, no conseguía hacer frente la corte, bastaban por sí solas para absorber los impuestos que un espantoso régimen fiscal arrancaba a las provincias.

Tal agotamiento de recursos conocieron éstas, que en Castilla habían vuelto, como en la infancia de las sociedades, al trueque, es decir, a cambiar objeto por objeto, mercancía por mercancía.

Hubo años de carestía en que no le quedó al pueblo más recurso que hacerse bandido o mendigo. La nobleza, cuya pobreza era proverbial, apresuraba inútilmente al campesino, o iba a la corte a engrosar el número de cortesanos que con avidez solicitaban alguna merced.

Pobre: tal era el epíteto que requería infaliblemente el nombre de español, y los largos ayunos del Caballero de la Triste Figura o el harapiento ropaje de Lazarillo de Tormes son más simbólicos que novelescos.

Pero esta miseria, en los comienzos del período histórico llamado de los Tiempos Modernos, no arreciaba sólo sobre España. Cierto que se manifestaba más en este país con el carácter sombrío y fiero que su constitución y la naturaleza de sus pueblos le comunicaban; mas no se hallaban en mejor situación las demás naciones.

El Antiguo Mundo sufría una “crisis económica”, como diríamos hoy, crisis que parecía insoluble en los días mismos en que las carabelas de Colón, obtenidas, por cierto, al cabo de grandes dificultades navegaban oscuramente hacia sus inmensos destinos.

El Mediterráneo, encrucijada de los grandes derroteros comerciales, se iba cerrando cada vez más, a medida que turcos, moros y árabes ocupaban sus ribazos en África, en Asia y hasta en Europa: la toma de Constantinopla, al entregar la llave del Oriente a los peores enemigos de la civilización, planteaba de nuevo el problema del porvenir del comercio occidental, y se convertía en infranqueable valla en el único camino abierto hacia ese El Dorado oriental que, desde la más remota antigüedad, la humanidad toda había anhelad0 .

La Liga Hanseática se debilitaba; el incierto tráfico que por largo tiempo habían permitido los estrechos mares del Norte, no ofrecía ya esperanzas, y el océano parecía una eterna frontera. En medio de tales amenazas, de tal aislamiento, las Indias Occidentales, cuyo primer reconocimiento terminaban los descubridores hacia mediados del siglo dieciséis, aparecieron como providencial y suprema solución: el Atlántico se convertía en un inmenso camino abierto a todas las empresas solicitadas esta vez por un magnífico y seguro Dorado.

El famoso Thesaurus, buscado por todos los hombres de todas las edades, según dice Michelet , parecía encontrado por fin y abierto para siempre. A las miradas de Europa se ofrecían las deslumbrantes promesas de un nuevo continente. El Oro, buscado sin descanso por reyes y pueblos, y a cuya producción renunciaban ya los alquimistas desesperados, se hallaba a profusión en el mundo nuevo.

No había sido necesario que Colón, atormentado por el deseo de completar su obra, celebrara, a su regreso, las ventajas de la "cosa excelente con la 'que se forman los tesoros, se consigue cuanto se desea, y hasta se hacen llegar las almas al paraíso para que un arranque de unánime entusiasmo aunara bajo el estandarte del genovés y de sus sucesores, codicias que desde hacía tanto tiempo exasperaba el hambre.

La Iglesia, después de haber tachado de impiedad a quienes pretendían ir a aquel continente cuya existencia era, según ella, contraria a los dogmas, descubrió de repente, al cabo de más detenido examen de las Escrituras, serias razones para alentar la conquista de aquellas lejanas tierras . Ningún escrúpulo habían tenido los reyes católicos en favorecer ostensiblemente los proyectos de su gran almirante, puesto que a su vez iba a beneficiar de ellos la cristiandad, por la conversión de los habitantes del Nuevo Mundo. Y, finalmente, el pueblo español, más aventurero que otro cualquiera, y más azotado por la miseria universal, se puso en movimiento, haciendo caso omiso de las desalentadoras angustias de una empresa que por tantas dichas iba a ser sin duda recompensada.

Porqueros, como Pizarro; niños abandonados, como Almagro; monjes guerreros, como Fernando de Luque; Balboa, Orellana, nobles desconsiderados; Bastidas, escribano en un humilde arrabal de Sevilla; Quesada, abogado famélico; Hernán Cortés y Bernal Díaz, Heredia y Colmenares, únicos, o casi, cuyos blasones fueran ilustres, toda la baraúnda de aquellos aventureros desharrapados y sublimes, inmortalizados por la historia con el magnífico nombre de conquistadores, fue la primera en arrojarse, ávida de pelea, de estacadas, de toisones de oro que conquistar, de cruzadas que predicar.

Los relatos que los que regresaban hacían de fabulosas comarcas en donde, entre selvas llenas de cantos de aves y de perfumes, entre manantiales de leche pura y de miel, se alzaban los resplandecientes palacios del rey Dorado y jardines que recordaban los de las Hespérides, mecían los encantados ensueños del pueblo de España, exaltando la fiebre que le arrastraba, más ebrio de día en día de gloria y de fortuna, hacia las Islas Nuevas .

La gesta de los conquistadores es la epopeya sin ejemplo de la energía humana. Ningún poema podrá nunca contar debidamente su excelsitud, ninguna descripción podría: pintamos su heroísmo.

Es preciso conocer las altísimas montañas, los desiertos infinitos, las exuberantes selvas, las costas peligrosas y los climas mortíferos de aquel mundo, en donde todo es colosal, para (Comprender, "por los formidables obstáculos de hoy lo que entonces hicieron los conquistadores . Alentaba en ellos un alma de hierro como su armadura. Indiferentes a peligros siempre renacientes, a las terroríficas sorpresas de la naturaleza tropical, escalando los inasequibles Andes y tomando posesión de los océanos, todo ello con idéntica serenidad, seguían avanzando.

Tres grandes imperios, poblados y relativamente adelantados en civilización, se rindieron a aquel puñado de hombres. Abominables ingratitudes pagaron la amedrentada y confiada debilidad de los indígenas: el valor guerrero de los que no quisieron entregarse tuvo que buscar asilo en las selvas:

Ni la miseria, ni el cansancio, ni el hambre, ni las enfermedades, ni la muerte que de continuo amenazaba, entibiaron nunca el ardor de los conquistadores. Sostenidos por el fanatismo, la codicia y el valor que la época aquélla -representada por dichos hombres, cosa que no hay que olvidar- había llevado al paroxismo, los españoles de los siglos quince y dieciséis imprimieron dé esta suerte, en la conquista de América, el sello de sus virtudes y de sus vicios .

En menos de quince años, su obra, a la vez devastadora y fecunda, resultaba terminada, y a la corona de España quedaba agregado el imperio colonial más admirable de que pueblo alguno haya podido enorgullecerse en el transcurso de los siglos. Mas no había de sacar provecho España de las magníficas hazañas de los Conquistadores.

En efecto, las condiciones en que se efectuó la conquista facilitaron la extensión de la decadencia que minaba la metrópoli, hasta los lejanos países sometidos a su régimen. En la vasta transformación económica que para el mundo cristiano había de resultar de aquella nueva cruzada, y, sobre todo, en las ventajas que recogió, a España no le cupo sino una parte precaria cuya fingida grandeza le sirvió sólo para deplorar más hondamente la extensión de sus desgracias.

II

Desde la primera mitad del siglo dieciséis, los contornos de América fueron visitados casi por completo. Por entonces, la geografía del Nuevo Mundo había sido determinada también con bastante exactitud; pero la noción que de ella se tenía en Europa quedó bastante imprecisa hasta los célebres viajes de Humboldt, a fines del siglo dieciocho.

Cierto que se sabía que dicho territorio se extendía desde el 749 grado del polo ártico hasta el 56° del polo antártico, formando la tercera parte del globo habitable. Los exploradores habían mencionado la fertilidad del suelo y la variedad de los climas. Habían comparado el sistema montañoso del continente ron una especie de enorme "espina dorsal" cuyos cimientos están bañados al oeste por el mar Pacífico por espacio de quince mil millas de longitud; habían hablado de los ramales que proyecta al este la cordillera, llegando algunos de ellos hasta el Atlántico.

Los navegantes habían quedado desconcertados ante el colosal volumen de los ríos alimentados por innumerables torrentes salidos de la cordillera y que recorren soledades inmensas y extensas llanuras cubiertas de selvas y de pastos.

No obstante, los nuevos dueños de aquel prodigioso dominio distaban mucho de imaginar con exactitud sus particularidades físicas. Cifras y nomenclaturas, descripciones pintorescas, no eran suficientes para expresar la realidad.

Habría sido menester multiplicar diez veces los, Alpes por los Pirineos y los Apeninos para llegar a una aproximada concepción de los Andes; suponer sólido el Mediterráneo, surcado por ríos anchos como el canal de

Gibraltar, azotado por indecibles huracanes, cubierto hasta lo infinito de gramíneas, de bosques de bambúes, de palmeras y de plantas gigantescas, para representarse uno las pampas de La Plata o los llanos del Orinoco; imaginar el Vesubio o el Etna sobre un pedestal de hielo dos o tres veces más elevado que el Monte Blanco, para evaluar el Chimborazo, el Cotopaxi, el Antisana, los nevados y los volcanes de América.

Las sierras de Guadarrama, la Nevada y la Morena, de España, son grupitos de colinas, comparadas con las cordilleras. Y todo, en aquel mundo, hervidero de fuerzas y de vida, .alcanza semejantes proporciones... La tierra fermenta día y noche con tal potencia creadora, que le parece a uno percibir los resoplidos de su respiración y las pulsaciones de su fiebre.

Casi puede decirse que la huella de cada paso que uno va dando queda en seguida borrada bajo una vegetación frondosa, que nace, crece y muere, para renacer centuplicada, en un perpetuo estremecimiento de vehemencia y de amor; en el camino abierto hoy, "no veremos, mañana, si intentamos pasar de nuevo por él, más que intrincada maleza.

Edifíquese una casa en el llano; y, si no lucha uno de continuo contra las invasoras vitalidades del suelo y del espacio, no tardará en ser despedido de un asilo que creía seguro:

Construid un puerto, un dique, un puente confiando en la aparente mansedumbre de las aguas, y, algunos días más tarde, si la obra no ha sido reforzada de formidable manera, el torrente convertido en río, la cascada vuelta catarata, y el río cambiado de repente en mar, harán desaparecer en un instante vuestra obra

Las nociones del Viejo Mundo en materia de colonización eran, en la época de la Conquista, de naturaleza a la vez harto simplista y harto absoluta para adaptarse útilmente a las complejísimas necesidades de la explotación de semejante territorio.

Cualquiera de los vastos imperios hallados por los españoles habría suministrado un campo, demasiado vasto a la nación -entre todas las demás naciones europeas cuyo espíritu era más rebelde a los escrúpulos y a la incansable paciencia que, por rudimentarios que fuesen entonces sus preceptos, exigía ya la colonización.

Así, pues, ni siquiera pensó España en modificar dichos preceptos: dotó rigurosamente el conjunto, de día en día más extenso, de su dominio de la organización menos adecuada para que resultara próspero.

Un dominio, en efecto, en el sentido más absoluto de la palabra, era el que se habían apropiado los reyes de Castilla y de León.

"En nombre del rey nuestro señor, y ante notario" -según consta en las Noticias Historiales- Descubridores y Conquistadores "habían tomado posesión de las que llamamos Occidentales Indias.

El papa, dispensador supremo de todos los bienes terrenales, había confirmado este principio, desde el segundo viaje de Colón, "confiriendo a la Corona de Castilla la plena propiedad de los países habitados por los paganos de Occidente", al mismo tiempo que reconocía a los portugueses "el señorío de todas las tierras del Este aquende las Azores y el Cabo Verde".

Quienes han censurado el sistema colonial tal como lo comprendieron y lo aplicaron los soberanos de España, no han tenido en cuenta este dato especial: sin género de duda, de tal sistema resultaron odiosos abusos, males sin cuento; pero es indispensable no olvidar que, en aquella época, en toda Europa eran consideradas las colonias como dependencias del Estado que el Estado había de explotar en única ventaja suya, sacando de ellas cuantos recursos fuera posible

El gobierno de las nuevas provincias de la monarquía en las Indias Occidentales iba pues a ser, como en España, entregado, en su conjunto, a los miembros de la aristocracia y del clero, sostenes tradicionales de la corona. Era natural también que el rey buscara medidas capaces de paliar los inevitables abusos de poder de la administración, tan lejana, de su nobleza y de la Iglesia.

De ahí, las complicaciones del sistema de intervención que instituyó para atenuar los inconvenientes de una temible colaboración, y los privilegios excesivos que tuvo, además, que conceder a dicha administración, a fin de asegurarse él, personalmente, la parte a que creía tener derecho.

El pueblo español estaba representado en las Indias por los conquistadores, cuya avidez, cuya crueldad y cuyo espíritu caballeresco habían sido exaltados aún al ascender, casi todos ellos, a la categoría de señores feudales; después,' funcionarios de ínfimo orden, y sacerdotes y frailes de todas las órdenes, acudieron a América, formando así el complemento de la sociedad española; de esta suerte, toda ella se transportó al nuevo continente, con las cualidades y los defectos inherentes a cada uno de sus elementos.

Sufrieron éstos en el Nuevo Mundo, en el transcurso de los tres siglos que duró la dominación, una evolución paralela a la que los caracterizaba en la península. Las Colonias periclitaron en la medida misma en que periclitaba la metrópoli.

Al mismo tiempo, constituíase una sociedad propiamente americana, cuyas naturaleza, pasiones y necesidades acusaban a su vez un genio propio y profundamente opuesto al de las clases españolas.

Por su formación etnológica, sus condiciones de existencia y las aspiraciones de que se sentía capaz, esta nueva sociedad se fue adaptando cada vez menos, a medida que se desarrollaba, a los anticuados moldes en que la madre patria, haciendo tan penosos como inútiles esfuerzos, se empeñaba en sujetarla.

Este estado de cosas preparó la ruina del sistema colonial aplicado por España, y cuyo conjunto y cuya constitución vamos ahora a bosquejar. Nueva España ─el México actual─ y el Perú tenían fama de ser las comarcas más ricas de América.

Los aztecas, los incas habían fundado en ellas grandes imperios cuyo grado de civilización sorprendió a los conquistadores, y que ha sido objeto de crónicas memorables

En España conservábase recuerdo de los tesoros enviados por Hernán Cortés y sus compañeros, o traídos por ellos. Hacíanse cálculos acerca del valor de las minas de Tasca, de Cananjas, de Guanajuato; el descubrimiento de la veta principal de esta última, la veta madre, en 1560, inflamaba las imaginaciones.

En cuanto al reino de Atahualpa, tan considerables eran las riquezas que se le atribuían, que, desde fines del siglo dieciséis, "para expresar que un hombre posee grandísima cantidad de oro y plata, -escribe un contemporáneo - se dice proverbialmente que tiene un Perú".

México y Lima, fundada por Pizarro, fueron pues desde luego asignados como residencia a los dos virreyes en quienes delegaba el rey de España su autoridad sobre las nuevas tierras. Si se considera que, durante más de dos siglos, la jurisdicción de México comprendió toda la parte septentrional del Nuevo Mundo, desde el mar Bermejo hasta la Florida, y desde Nueva Navarra hasta Panamá; y, la de Lima, todo el continente meridional, será fácil imaginar cuál podría ser el poderío de aquellos virreyes, verdaderos sátrapas, que gozaban de sueldos enormes y de provechos ilícitos más considerables aún, rodeados de guardias de corps, de pajes, de numerosa corte, investidos de omnímodos poderes civiles, militares, y hasta judiciales.

Las audiencias, instituidas sobre el modelo de tribunales de España, fueron, no obstante, encargadas de administrar justicia, al mismo tiempo que constituían una traba a la metrópoli que se proponía templar excesos de poder de sus representantes.

Más tarde, Nueva Granada y la Plata fueron erigidas en virreinatos, cuando se lucieron intolerables los inconvenientes que resultaban de las demasiado extensas jurisdicciones primitivas; y, en cuanto a Buenos Aires, también como desconfianza respecto de Portugal, por temor a que pudieran extenderse sus establecimientos del Brasil. Más, no menos lucrativos fueron los nuevos empleos creados así a favor de la nobleza.

En Guatemala, después en Chile, en Caracas, mucho más tarde en Quito y en Charcas, los capitanes generales y los presidentes dependían directamente del rey de España, y sólo en tiempo de guerra se hallaban bajo la inmediata autoridad de los virreyes. Para administrar las provincias secundarias, el soberano, nombraba gobernadores, corregidores, con funciones por cierto mal determinadas, y sometidos a la dirección del virrey.

Los municipios, cabildos, elegían alcaldes, cuyas funciones se ejercían durante un año. En fin, el Consejo Supremo de Indias; instituido desde 1511, reclutado en su mayoría entre los altos funcionarios de América, igual en honores y poderes al Consejo de Castilla, tenía el asiento en Madrid.

Revisaba, sin apelación, los fallos de las Audiencias, con las cuales correspondía directamente, y promulgaba leyes y reglamentos en materias civil, militar y religiosa, que el rey sancionaba como “Emperador de las Indias" y. que regían especialmente a las colonias, sin perjuicio de quedar éstas sometidas, en principio, a la legislación en vigor en la metrópoli.

La autoridad del consejo superaba a la de todos los demás representantes de la corona en las provincias de ultramar, y completaba el conjunto del sistema colonial . Cuatro y cinco años duraba, en el Nuevo Mundo, el cargo de los altos funcionarios; a su expiración, casi todos regresaban ricos a España.

La corriente de emigración de la metrópoli, relativamente poco considerable durante el siglo que siguió al descubrimiento de América, acabó no obstante por acentuarse, a pesar de las prescripciones que, más o menos, la estorbaron siempre.

Así pues, las Indias no sirvieron de asilo únicamente a aventureros o a empleados sin escrúpulos sobre los medios de enriquecerse: andaluces, entusiastas y curiosos; aragoneses, tenaces; castellanos, de espíritu sutil y reflexivo; catalanes, vascos, gallegos, laboriosos y calculadores, suministraron a América numeroso y honrado contingente; formaron éstos el elemento más sano de la sociedad colonial, contribuyendo poderosamente a legarle las preciosas cualidades de la raza española, y trasmitiéndole, en su pureza casi integral, la lengua que la América latina, merced a ellos, ha conservado.

Pero los primeros emigrantes se reclutaron entre la milicia y la nobleza pobre. Los que no eran agentes directos de la corona tuvieron que comprometerse, de todos modos, a asegurarle los beneficios que esperaba ella de sus nuevos territorios. Les fueron éstos distribuidos en lotes, divididos en encomiendas, a modo de concesiones momentáneas.

En realidad, los titulares de dichas encomiendas se consideraron siempre como bien propio. Además, era más fácil conceder gratuitamente, o ceder a bajo precio, como más tarde imaginó Felipe II, tierras a los segundones pobres, que decidirles a sacar partido de ellas.

La lenta y penosa carrera de la agricultura no tentaba mucho a hombres que no pensaban en atravesar el océano sino empujados por la esperanza de rápida fortuna.

Por otra parte, con tan cabal exactitud habían descrito las regiones mineras del Nuevo Mundo los historiógrafos de la conquista, y con tanta predilección reglamentaba su explotación en Consejo de Indias, que forzoso era considerar las minas como única ocupación estimable y posible Por tal motivo, éstas, y sobre todo las minas de oro y de plata fueron en los comienzos, la única industria apetecida por los colonos.

Cierto que crecidos impuestos se llevaban la mayor parte de los beneficios; pero, aun así eran éstos considerables. Los cultivos eran severamente limitados. La imprevisora avidez de la metrópoli no admitía que sus súbditos se dedicaran a explotaciones de orden menos remunerador para el tesoro. Sólo a fines del siglo diecisiete se pensó en los recursos que podía ofrecer la agricultura.

III

En los primeros tiempos los indígenas fueron quienes suministraron el contingente de trabajadores. De sus antepasados: altivos aztecas, nobles Incas, Chibchas industriosos y prudentes, los indios –como más tarde fueron llamados, sin más distinción de origen habían conservado sólo el egoísmo, la desidia y la astucia, trasmitidos en el fondo de una sangre que terribles hecatombes empobrecieron cada vez más.

A las sistemáticas matanzas de los primeros tiempos de la Conquista había sucedido una servidumbre más , al obligar a los indios a un continuo y extenuante trabajo en las minas; las epidemias que de esto resultaron; las torturas; la deportación a las Antillas, en donde eran vendidos como esclavos aquellos desgraciados, acabaron por provocar una espantosa despoblación.

En menos de un siglo, los quince a veinte millones de autóctonos que contaba el Nuevo Mundo quedaron reducidos a la tercera parte.

A consecuencia de las generosas protestas del célebre fraile dominico Las Casas el Consejo de Indias, que desde la primera mitad del siglo dieciséis, se había alarmado ante las consecuencias de la posible desaparición de los antiguos habitantes de la América española, tomó en favor de ellos medidas de protección. Pero los Estatutos así promulgados, no mejoraron mucho la situación de aquellos desgraciados.

Cercados en sitios a que se dio el nombre de resguardos especies de comunidades agrarias en las que gozaban de un remedo de administración autónoma, los múltiples censos a que, no obstante, quedaban sometidos, y el desprecio de que eran objeto condenaban a los indios a una servidumbre tan degradante como la primera ,.

Algunas tribus irreducibles se refugiaron en los llanos. Otras fueron cayendo en la ignorancia y la abyección, aunque animadas de una resignación cargada de odio hacia sus opresores.

La insurrección llamada de Túpac Amarú, cuyos orígenes determinaremos más lejos, y que reunió bajo la bandera de un inca mestizo los irresueltos restos de los pueblos peruanos, fue el supremo esfuerzo de una raza llegada al término final de su papel histórico y destinada a fundirse definitivamente en el amplio molde de la que había de sucederle en la tierra natal.

Cuando la despoblación se hubo acentuado hasta dejar entrever la inminente ruina de las obras emprendidas, los españoles recurrieron cada vez más a la importación de los negros de la costa del Dahomey, efectuada ya por los primeros colonos. Y, con el tiempo, portugueses, franceses e ingleses se convirtieron en proveedores de los nuevos esclavos exigidos por las minas y los cultivos.

Los criollos., es decir los españoles establecidos en América para siempre, formaron así la sola raza superior que dominaba a las otras dos y que, poco a poco, se las iba asimilando. Tanto más enorgullecidos de su origen cuanto que quedaban como indiscutibles dueños de serviles humanidades, los criollos fueron, no obstante, por espacio de mucho tiempo, celosos de la pureza de su sangre, hasta el punto de considerar como infamante su mezcla con cualquiera de las razas establecidas junto a ellos.

Tardó, pues, en efectuarse la fusión; y, si aún en nuestros días no está del todo terminada, podía ya observarse, desde mediados del siglo dieciocho, la existencia, en el continente americano, de una nueva raza que, independientemente de los cruces, comenzaba a ser constituida por las influencias climatéricas y regionales .

Sus elementos etnológicos son de una diversidad casi infinita. Los pueblos aborígenes habían sido formados de esencias finesas, luan golas, malayas, y hasta islandesas y escandinavas , y, cuando los blancos de Europa y los negros africanos se instalaron en América, pudo decirse, con justo motivo, que el Nuevo Mundo era "el Valle de Josafat de los vivos ".

En efecto, allí se daban cita todas las razas del globo, y sólo por necesitarlo así la síntesis histórica ha sido, reducido a las tres grandes familias: indígena, blanca y negra el conjunto de los factores étnicos de la raza sudamericana.

Aliado de los indios propiamente dichos, en vías de desaparición, y de los negros, cuyas particularidades resistieron más a la asimilación, se puede pues, desde 1750, considerar el conjunto de la población de las, colonias españolas como formando un grupo homogéneo en que se elabora con certeza la conciencia de un común porvenir. Los criollos representan la aristocracia del cuerpo social; los mestizos, de innumerables matices, fruto de la mezcla de las tres razas, y, en fin, los negros y los indios componen sus capas inferiores y diferenciadas.

Quédanos el determinar aún los caracteres distintos de cada una de estas clases. Su examen es necesario· para comprender el desarrollo y los efectos de la revolución hacia la cual se encaminan.

Las facilidades que los criollos -sobre todo en los comienzos de la conquista tenían para enriquecerse, la ausencia de vigilancia efectiva, la abundancia de todo, generalizaron en ellos, la afición al lujo y a los, placeres, la prodigalidad, el valor, facultades inherentes al carácter español, a los que imprimió su sello, particular el ambiente americano.

En la Plata y en Chile, en donde las fortunas eran mucho menos considerables por la ausencia de explotaciones mineras y por las restricciones impuestas a la agricultura, la aristocracia colonial acusó, desde el principio, tendencias más utilitarias y más ordenadas .

De todas las clases hispanoamericanas, el mulato es la más interesante y la más característica por sus cualidades y sus defectos. Del negro tiene la aptitud a los trabajos penosos y la fidelidad; tiene el orgullo quisquilloso y la hidalguía del castellano; es jactancioso, expansivo y sentimental, sensual, y, como el indio, extremado en sus atenciones y alabanzas, y muy palabrero y engatusador.

La clase de los mestizos, escribe Robertson en 1778, "posee una constitución muy robusta; ejerce todas las artes mecánicas y todos los empleos de la sociedad que requieren actividad, pero que por pereza y por orgullo son desdeñados por los ciudadanos de las clases superiores."

No obstante, aquellas clases superiores acabaron por dedicarse a los oficios tan despreciados, a medida que se veían apartadas de los empleos públicos por los chapetones) como en casi toda América eran llamados los españoles que salían de la península, y se volvían a ella, una vez terminada su misión: era muy natural que la metrópoli reservara sus favores a aquellos de sus súbditos cuyos verdaderos intereses quedaban en Europa.

La viveza, el don de rápida asimilación que, a su vez, aportaron los criollos a la agricultura, al comercio y a las industrias, eran, después de todo, cualidades comunes a todos los americanos. Añádanse a esto los entusiasmos versátiles, cierta falta de iniciativa, y, al mismo tiempo, facultades innatas para la elocuencia a veces declamatoria.

Esta "manía de discursear y de perorar " la habían padecido también sus antepasados indígenas, a quienes caracterizaba igualmente el espíritu de independencia y el "republicanismo extremado" propios de todas las razas muy mezcladas Estos rasgos se señalaron profundamente en la nueva sociedad sudamericana. A más de esto, el carácter individual de sus representantes se modificaba, según las regiones, con los contrastes que ofrece la naturaleza física.

Los habitantes de las alta mesetas se distinguían por una amenidad más refinada, sangre fría, reserva, inclinación al escepticismo, y, también, a la superstición; en tierra templada, en las vertientes occidentales de los Andes, la dulzura, la indolencia eran más acusadas; en los valles bajos y en las costas, el predominio de los negros había dado a los temperamentos ardores más impulsivos y apasionados.

En fin, ciertas regiones en que los cruces eran más complejos, y especialísimas las condiciones de' existencia, produjeron poblaciones de facultades singulares: los llaneros de las llanuras de Venezuela, jinetes impetuosos, que cazan con lanza. el tigre y el caimán, y que ignoran el miedo hasta el punto de que no existe tal palabra en su vocabulario, ingobernables y feroces, cancioneros chistosos y zumbones, y notables en el cuento de leyendas; los chotos de las montañas peruanas, insensibles a las más duras fatigas; los gauchos de las pampas argentinas; los rotos de Chile, reyes del lazo, indisciplinados y valientes hasta la extravagancia, verdaderos centauros que han sido comparados con los árabes y con los cosacos, pues son como éstos, en efecto, fatalistas y valientes.

Mirándolo bien, estas diversidades de carácter no eran sino particularidades, en la expresión, de intereses y de instintos por todas partes semejantes en su principio, o que no diferían esencialmente sino a, grandísimas distancias geográficas. Bastaban, sin embargo, para suscitar entre los americanos oposiciones tanto más vivas cuanto que de continuo se aplicaba en sostenerlos la metrópoli.

La discordia así azuzada por España era una de las bases de su sistema administrativo. El alejamiento de sus provincias de ultramar, las dificultades que desde los comienzos tuvo para imponer en ellas su autoridad, le parecían justificar, más que en otro sitio cualquiera, la aplicación del "divide ut imperes", considerado por los gobiernos europeos como la máxima primordial de toda buena política.

La minuciosa subdivisión de los mestizos en castas más o menos despreciadas según su color; las diferencias de trato general adoptadas por la administración colonial respecto de los mulatos propiamente dichos, de los tercerones) de los cuarterones, de los zambos , habían creado celos violentos en los que tomaban parte los criollos por el irreducible desdén que manifestaban por todas las demás categorías sociales.

Cada uno envidiaba la casta superior a la suya, y todas se odiaban entre ellas. Hasta los orígenes regionales se habían con vertido en motivo de riñas. El habitante de las altas mesetas, al llamar costeño al individuo de las costas, pronunciaba este epíteto con insolencia tan desdeñosa como la empleada por el costeño al calificar al otro de montañés.

Nada como este estado de espíritu podía prestarse mejor a la sumisión absoluta que la corona anhelaba imponer a sus súbditos de América, y en la cual trataba de mantenerlos el clero. Desde los primeros tiempos se había pensado que el mejor medio de asegurar la obediencia de los indígenas era hacerlos cristianos.

Una vez convertidos -y harto abominables fueron, con sobrada frecuencia, los medios empleados por los frailes de la conquista para enviar al cielo a los recalcitrantes importaba que los supervivientes, y más tarde sus descendientes, quedaran penetrados de "que la autoridad de los reyes venía del cielo " y no intentaran profundizar su condición de súbditos sometidos a leyes indiscutibles.

El sostenimiento sistemático de la ignorancia era el natural resultado de esta política. Los sacerdotes la fomentaron con tanto, más fervor cuanto que favorecía su interés personal al mismo tiempo que el de la metrópoli. No obstante, sería injusto condenar en conjunto el papel del clero en la colonización española. Repetidas veces, los primeros misioneros protegieron a los indios contra los abusos y las matanzas.

La abolición de la mita fue, en gran parte, obra de ellos, y la noble y heroica caridad de los Sahagunes. Y de los Acostas basta para mitigar muchas faltas y muchas flaquezas.

Sabido es también qué inteligente apóstol fue el admirable Las Casas, cuyas ideas inspiraron a los Jesuítas para el establecimiento de sus famosas Reducciones del Paraguay, de California y de Nueva Granada. Hubo, en este último país, un ensayo social que merecería por sí solo un largo estudio. En un territorio igual, como extensión, a la mitad de Francia, algunos religiosos, de espíritu singularmente independiente, fundaron una especie de Estado comunista, esencialmente agrícola, que prosperó por espacio de dos siglos.

Aplicaron a su constitución las doctrinas del socialismo más avanzado, y fundaron una república ideal y afortunada. Mas, cualquiera que fuera la felicidad, muy negativa por cierto, de que gozaban las gentes así administradas por ellos, tanto los Jesuitas como los Carmelitas, como los Dominicos, como los Franciscanos atendieron, en definitiva, en el Nuevo Mundo, mucho más a lo temporal que a lo espiritual.

Trabajaban ante todo para la Corona y no olvidaban lo bastante las prácticas de la caridad bien ordenada. Además, la constitución de la iglesia americana confería a ésta una independencia mucho más extensa que en la península. El papa, que quedaba siendo, en Europa, jefe absoluto del clero, sólo un poder nominal tenía sobre el clero del Nuevo Mundo. Las prerrogativas concedidas por la Santa Sede a los monarcas españoles hacían de éstos, en las Indias, verdaderos jefes de Iglesia nacional.

Su patronato era ilimitado. Disponían de todos los beneficios y de todos los empleos; ninguna bula era recibida sin previos examen y aprobación del Consejo de Indias. No obstante, con la administración eclesiástica ocurrió lo que sucedía con la administración civil: se sustraía a toda intervención de los soberanos; y, a pesar del complicado sistema de vigilancia mutua instituido por ellos en su dominio colonial, eran de continuo engañados por agentes siempre infieles.

De España llegaban los obispos acompañados de numeroso séquito de parientes, de aliados, de ahijados, a quienes distribuían, violando así las prescripciones reales, los empleos mejor remunerados, los más productivos curatos. Los jesuítas pagaban, a modo de censo, un peso por cabeza de catecúmeno; pero, en cambio, reservaban a la compañía casi todo el producto del trabajo de los neófitos.

A más de esto, ocultaban con especial cuidado los detalles de su gestión. Por ejemplo, pintaban la California, en donde su poderío era todavía más considerable que en el Paraguay, como siendo un país tan malsano y tan estéril, que únicamente el celo de la conversión de los indios había podido determinar a sus misioneros a establecerse en tal país, y las reducciones de la cuenca del Plata estaban rodeadas de fosos y de defensas a los que nadie, ni siquiera los gobernadores y los obispos, se acercaban sin permiso .

En fin, a pesar de los crecidos diezmos que el clero, autorizado por la corona, cobraba de continuo, todavía solicitaba, sin descanso, de los fieles, donativos de todo género. Había conseguido inculcarles la idea de que no era buen cristiano quien no dejaba, por testamento, parte de sus bienes a las iglesias. De esta manera, una importante parte de la riqueza pública pasó a manos de las congregaciones, las cuales pulularon en México, en el Perú y en Nueva Granada

Por su parte, estaba atenta la Inquisición a que en ningún sitio de América penetraran las ideas subversivas. En Sevilla, antes de salir, y a su llegada a las Indias, los libros eran sometidos a una implacable censura .

Cada año se efectuaban registros en las librerías y en las bibliotecas de los particulares, y la única lectura que favorecía el clero era la de obras como: el Año cristiano o el ejercicio cotidiano .

Pocos eran, en los primeros tiempos de la dominación española, los criollos que tenían afán por instruirse; sin gran trabajo se sometieron a estas prohibiciones que sólo más tarde fueron para ellos una molestia; en cuanto al resto de la población, ni siquiera se daba cuenta de tales exigencias. Con mucha menos facilidad soportaban todas las clases sociales las trabas que el régimen comercial e industrial oponía al desarrollo económico del Nuevo Mundo.

Los impuestos, opresivos en sumo grado, y percibido» con despiadado rigor, hacían que la agricultura no resultaba lo bastante remuneradora, y la condenaban a perecer. Ordenanzas, originadas tanto por las intrigas de los colonos, celosos unos de otros, como por las nefastas tendencias de la metrópoli a fomentar aquellas rivalidades, llegaban hasta reglamentar los cultivos en contradicción con las necesidades verdaderas o las facultades productoras de las distintas colonias.

No mejor entendidas ni reglamentadas estaban las condiciones de la industria. Se toleraba, a lo sumo, la fabricación de algunas telas burdas. Las provincias de España en que se cultivaban las artes mecánicas no habrían permitido competición alguna: todos los objetos de utilidad y de lujo habían de proceder de ellas.

"La inercia y la pobreza parecían haber sido impuestas a la tierra, como, a los habitantes, la sumisión y la ignorancia" .

Las transacciones con los países extranjeros estaban severamente prohibidas. Tampoco podían comerciar entre ellas las colonias. La Casa de Contratación, de Sevilla, vigilaba el tráfico con América. Esta autoridad administrativa y judicial, instituida desde el siglo quince, e incorporada después al Consejo de las Indias, reglamentaba la salida de los navíos que llevaban las expediciones de la Península.

Salían dos veces al año, escoltados por las escuadras, para arribar: unos, la flota, a Veracruz; los otros, los galeones, a Puerto Bello. Sólo estas dos puertas de entrada y de salida tenía el comercio español con el conjunto del continente americano. Al principio, Sevilla fue su solo punto de salida, y sólo en 1720 compartió con Cádiz este privilegio.

De este sistema resultaron las consecuencias más deplorables, así para la metrópoli, que, a pesar de una vigilancia tan molesta como costosa, tuvo que contar con el desenfrenado contrabando de las demás naciones, como para los colonos, obligados a veces a pagar hasta quinientas o seiscientas veces el valor de los productos que penosamente les llevaban las caravanas, pasando por inmensos y peligrosos territorios.

La represión en que incurrían los americanos, inclinados por naturaleza a transgredir medidas tan restrictivas, era aplicada con todo rigor. Acerca de este delito, el código colonial solía prever la confiscación, y hasta la muerte.

IV

Pero, ni las prohibiciones y las severidades del régimen comercial; ni la autoridad suspicaz que se extendía desde el alcalde hasta las audiencias, y desde el comendador hasta el virrey; ni la esclavitud y la credulidad fomentados por el clero en una población en la que los demás delegados de la corona se habían propuesto excitar celos y odios, consiguieron destruir, ni siquiera neutralizar, en América, el espíritu de libertad y de independencia.

Bastara, para avivar ese primordial y dominante instinto del carácter sudamericano, bastara con el insoportable yugo que se esforzaba por contener sus más normales aspiraciones; pero hubo, para excitarlo aún y empujarlo hasta el paroxismo, si así puede decirse, un estimulante tanto más incoercible cuanto que resultaba del ambiente mismo de la tierra natal.

Bajo aquel sol que todo lo abulta, las pasiones se exaltan, hierven con vértigo parecido al que hace estremecerse la naturaleza. Su solo contagio bastó para exagerar los furores de la Conquista. Los antecedentes de sus protagonistas hacían presagiar, desde luego, atrocidades como en la época más violenta de la historia; pero nunca se habría supuesto que un frenesí criminal no conocido hasta entonces, o las terribles privaciones que sufrieron, empujaron a los conquistadores a matarse unos a otros, y hasta a mancharse con brutalidades que se resiste uno a nombrar .

El trágico destino de los Pizarros, de los Almagres, de Balboa, Dávila, Robledo, Benalcázar, y tantos otros muriendo a manos de sus compañeros de armas; los soldados asesinando a sus capitanes; las rebeliones de éstos contra la autoridad del soberano, y los espantosos tormentos con que fueron castigados, componen un cuadro palpitante de horror cuyos orígenes resultan más hondos que las viciadas costumbres de la época o el simple desencadenamiento de aptitudes para la crueldad.

Tales ejemplos en los albores de la sociedad americana la predispusieron más a las sediciones, la dotaron de volcánica impetuosidad, y el poder real tuvo que reprimir de continuo perpetuas insurrecciones. La mayoría de éstas, sofocadas en el silencio de comarcas aisladas, no han dejado rastros. Se manifestaban cual repentinas llamaradas de la inmensa hoguera revolucionaria que, en todos los tiempos, fueron las colonias españolas.

Sin embargo, no habría que creer que tales rebeliones no obedecían a más motivo que la vehemencia de los caracteres o el deseo de sacudir una dominación dolorosa, y que se manifestaban de una manera alocada.

Una idea sin fórmula fija durante largo tiempo, una idea fugaz, pero esencial, gobierna las energías en ebullición: la de que podrían constituirse estados que fuesen independientes de la metrópoli.

Esta idea, que late en el cerebro de la mayor parte de los habitantes del Nuevo Mundo, sólo en el espíritu de algunos adquiere cabal precisión. Que se pronuncien éstos, que enarbolen una bandera, y verán, siempre, agruparse en torno de ellos el pueblo. Las generaciones sucesivas reproducirán este fenómeno con las variantes del tiempo y de los personajes; pero su desarrollo presentará caracteres idénticos.

Tan pronto como un hombre se revela, encarnando en él, si así puede decirse, la idea de independencia, se ve rodeado por el grupo de aquellos a quienes anima más particularmente el mismo pensamiento; prodúcese un incidente, fútil las más veces, pero que pone en evidencia el profundo antagonismo del Español y del americano, y, en seguida, la muchedumbre, sin dirección aparente y sin haber recibido órdenes de nadie, llena tumultuosamente las calles y las plazas públicas.

Allí está el hombre. Del grupo que le rodea, sale una voz pidiendo que se reúna el Cabildo. Este es el que, sin duda alguna, dará con el remedio, con la solución deseada. El cabildo se pronuncia, designa al hombre cuyo nombre, sin que se sepa por qué, se halla ahora en todas las bocas: a él toca entrar en acción.

Tal es, hasta la fecha magna de 1810, el proceso habitual de los pronunciamientos coloniales. Si toman, en esta época, una extensión más considerable y casi universal, es porque la Idea, más vigorosa, se ha insinuado también con más fuerza y en mayor número de cerebros. Entonces, habrá dado España el ejemplo de sus Juntas. El cabildo propondrá, pues, la constitución de una asamblea de este género, más capaz de resolver el problema, y a la cual el prestigio del papel que se la ve desempeñar en la metrópoli conferirá más autoridad para entrar en discusión con el virrey, con el presidente o con el capitán general.

Se procederá sin demora a la elección de diputados. Estos representarán seguramente las aspiraciones generales; pero, en realidad, obrarán a impulsos del hombre que, desde aquel día, les dirigirá abiertamente.

Pero, las posibilidades de éxito de las revoluciones que así comienzan, dependerán del valor moral del que las haya instigado. Cuanto más sincero sea, cuanto más desinteresado y consciente de la idea cuyo triunfo pretende asegurar, más poderoso será el movimiento desencadenado, más difícil de ser reprimido por el adversario.

He ahí por qué, personificada en tres ocasiones distintas la noción de independencia nacional, durante el período colonial anterior a 1810, y de una manera más acentuada cada vez, tres grandes levantamientos se han producido; y, es tanto más importante anotar su encadenamiento y sus similitudes, cuanto aparecen como otros tantos ensayos de la revolución definitiva. Ya hemos visto que la institución de los Ayuntamientos o Cabildos formó parte de la organización primitiva del régimen colonial.

Al igual de los antiguos cabildos de España, fueron investidos por el rey de franquicias y de privilegios muy extensos a veces. Por ejemplo, los municipios del Paraguay tenían, en caso de quedar vacante el cargo de gobernador, derecho a elegir ellos directamente otro gobernador. Se veía en esto el espíritu democrático e igualitario que, en otros tiempos, fue gloria de las Comunidades de Asturias y de León.

Poco a poco, la autoridad real fue reduciendo las prerrogativas de los cabildos; pero distaba mucho, sobre todo a comienzos del siglo dieciocho, de que los pueblos paraguayos, cuyas clases bajas estaban dominadas en absoluto por los jesuítas, aceptaron sin murmurar la sujeción a que, a su vez, trataban de someterlas los misioneros.

La raza nacida del cruce de los españoles con indígenas manifestaba en aquella región de la cuenca del Plata, un carácter tan independiente y tan belicoso, que, desde 1579, el tesorero Don Hernando de Montalvo creyó deber señalarlo a las autoridades de la metrópoli. "Hay, escribía dicho señor, hijos de la tierra, que, de las cinco partes de la gente española, las cuatro son de ellos, y cada día va en aumento, teniendo muy poco respeto a la justicia, a sus padres y mayores, muy curiosos en las armas, diestros a pie y a caballo, fuertes en los trabajos, amigos de la guerra y muy amigos de novedades".

En efecto, en pleno siglo dieciséis, el Paraguay era una diminuta república turbulenta y celosa de libertad, cuyos colonos derribaban los agentes del rey al grito de "¡Mueran los tiranos!", elegían mandatarios por mayoría de votos, consiguiendo conservar por largo tiempo intactos sus fueros . D. Diego de los Reyes Balmaseda, que administraba el Paraguay en 1720, habiendo querido un día oponerse a la reunión del cabildo de La Asunción, produjese un motín.

El pueblo, abrumado de impuestos, pareció tan resuelto a sostener las reivindicaciones de su ayuntamiento, que tuvo que someterse el gobernador.

Los concejales eligieron en seguida un gobernador paraguayo, Josef Antequera , muy popular en La Asunción, y sobre cuyas capacidades fundaban grandes esperanzas sus compatriotas para mejoramiento de su suerte.

Antequera distaba mucho de ser un ambicioso vulgar. A despecho de las acusaciones de tiranía con que le abruman los historiadores españoles, obligados, en más de una ocasión, a mostrarse menos severos, para no ser tachados de parciabilidad; no puede ponerse en duda su desinterés.

Las violencias que ejerció para conservar el poder que le había sido confiado, son excusadas por las persecuciones que arreciaban sobre sus partidarios. Durante los cuatro años que duró su administración (1721 a 1725), se dedicó a poner en práctica los principios libertarios proclamados por él. Arrestado por fin, conducido a Lima, y supliciado en presencia del virrey, pudo Antequera, antes de morir confiar a uno de sus compañeros, Fernando de Mompox, el encargo de continuar su obra.

Bajo la conducta de este nuevo jefe, empuñaron de nuevo las armas los insurrectos, tomando esta vez el característico nombre de Comuneros, que doscientos años antes había inmortalizado el célebre Juan de Padilla, en España, en el campo de batalla de Villalar.

Durante algunos meses más, los Comuneros del Paraguay pusieron en peligro las autoridades reales, y fueles muy difícil a los Jesuítas, de continuo expuestos a sus ataques, recuperar su prestigio.

"El 17 de febrero de 1732, refiere el P. Charlevoix , aquellos furiosos, en número de dos mil jinetes, entraron, a eso de mediodía, en la ciudad de La Asunción, se fueron derecho al colegio arrojando desaforados gritos, y, con tal precipitación hicieron salir a los padres, que ni siquiera tuvieron éstos tiempo para coger sus breviarios... "

Por fin sucumbieron a la represión los Comuneros, y, por algún tiempo aún, reinó en el Paraguay el orden, siempre amenazado, de la vida colonial. En efecto, no había tranquilidad para los agentes de la corona de España. No edificaban sus fortunas sino entre perpetuas alarmas.

En la época misma en que la insurrección de los comuneros le obligaba a movilizar sus fuerzas (1730), el virrey de Lima tenía que reprimir un levantamiento en Cochabamba; y, apenas reprimido el movimiento de Fernando de Mompox, el capitán general de Venezuela tropezaba, en el establecimiento de los monopolios concedidos a la Compañía de Guipúzcoa , con la resistencia de los habitantes de Caracas. En Quito, en 1765, los colonos se insubordinan también con motivo de la aplicación del impuesto de las alcabalas, o derechos sobre las ventas.

Asimismo, la pretensión de los gobernadores de los distritos de Chayanta y de Tinta, en el Perú, de someter a sus administrados a nuevos repartimientos, sirvió de pretexto a la gran insurrección de Túpac-Amaru, en 1780. Dábase el nombre de repartimiento a un privilegio concedido a principios de la conquista a los corregidores, y que les investía del derecho de suministrar a los indios todos los objetos necesarios para el consumo.

Cierto que las leyes reglamentaban y limitaban este privilegio; pero no tardó en convertirse, en manos de los funcionarios coloniales, en fuentes de abusos y de exacciones.

La mita, aunque suprimida oficialmente desde fines del siglo dieciséis, seguía, también, siendo aplicada en el Perú, y pesaba cruelmente sobre los indios, relativamente numerosos aún en el país. Exasperados por este doble régimen, entraron éstos en relación con los mestizos, los cuales componían la reducida población de los campos, y que padecían igualmente de la codicia de los agentes coloniales. Indios y mestizos no tardaron en percibir, en las ambiciones del cacique del Resguardo de Tungasuca, el eco personificado de sus veleidades de independencia.

Dicho cacique, José Gabriel Condorcanqui, había tomado el nombre del último emperador de los Incas, Túpac-Amaru, decapitado en 1572 por el virrey D. Francisco de Toledo. Condorcanqui descendía, en efecto, por su madre, de una de las hijas del Inca. Inteligentísimo, ilustrado, de noble apostura, y poseyendo todas las cualidades de un conductor de hombres, había ganado por completo la confianza de los pueblos peruanos por haber decidido a dos de sus parientes a que fueran a pedirle al rey Carlos III la supresión definitiva de la mita y de los repartimientos.

Dichos enviados recibieron buena acogida en Madrid, pero fallecieron, acaso envenenados, poco tiempo después de su llegada a la corte, y

Túpac-Amaru, comprometido, expuesto a la venganza del corregidor de su distrito, tuvo que declararse abiertamente en rebelión. En realidad, no había esperado más que un pretexto.

Al cabo de algunos días, todos los caciques de pueblos situados en un circuito de cien leguas hicieron causa común con él. Engrosada, a poco, por las clases populares de los virreinatos del Perú y de Buenos Aires, la insurrección tomó proporciones aterradoras.

Persuadido Túpac de que el número de sus partidarios inmediatos sería suficiente para lograr el éxito apetecido, había descuidado el asegurarse el concurso, indispensable, de las clases elevadas. Además, los orígenes puramente indios de que se enorgullecía con ostentación chocaban los prejuicios de la mayoría de los criollos, quienes no habrían consentido en confiar sus destinos en manos de un indio, por excelsa que fuera su alcurnia.


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