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Los últimos días de Napoleón Bonaparte

Pablo Frémeaux

Versión castellana de H. Hervas,

Casa Editorial Hispano-Americana

22, Boulevard, Saint Germain, 222 París





Los últimos días de Napoleón Bonaparte

Pablo Frémeaux,

Versión castellana de H. Hervas,

Casa Editorial Hispano-Americana

22, Boulevard, Saint Germain, 222 París

Reimpresión mayo de 2018

© Ediciones LAVP

www.luisvillamarin.com

Tel 9082426010

New York-USA

ISBN 9780463565650

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ÍNDICE

I. La Isla del Destierro

II. El gobernador Hudson Lowe

III. El emperador

IV. El tedio en Santa Elena

V. La enfermedad del emperador

VI Agonía y muerte

VII. La autopsia y los funerales






CAPÍTULO PRIMERO

La Isla del Destierro.

El día 2 abril de 1817, el primer batallón del regimiento de infantería británica número 66, destacado en el valle del Ganges, embarcaba en Calcuta, en el transporte La Dorah, con rumbo a Santa Elena)

Entre la oficialidad figuraba el médico segundo Walter Henry, y el azar iba a ofrecer a este joven galeno, autor de cierto diario íntimo, publicado después, el horrible espectáculo de los últimos años de Napoleón.

Henry desconocía la isla adonde le enviaban; pero hallábase enterado de que los barcos de la Compañía de Indias, al regresar de Asia, se abastecían en ella de agua pura y víveres frescos. Fundándose en esto, su imaginación evocaba fuentes cristalinas, hermosos vergeles, fértiles huertas y praderas con abundante ganado, representándose Santa Elena como uno de esos oasis marítimos “que la Providencia ha escalonado en medio del vacío y de la desolación de los océanos, para consuelo y alegría de los navegantes”.

A mitad de camino, una escala hecha por el barco, le permitió visitar la isla de San Mauricio, sus bosques de bejucos trepadores y los graciosos parajes, descritos por Saint Fierre en Pablo y Virginia. Después vio de lejos la isla de Borbón, con su Pitón de nieves y su pintoresca capital de enrejadas casas, posadas sobre una orilla que la resaca blanquea. Creyó que Santa Elena era algo semejante, un jardín tropical regado por claros arroyuelos, con playas cubiertas de palmeras y tapizadas de hierba fina, sirviéndole de fondo altas y nobles montañas.

En la mañana del 5 de julio, el vigía de La Dorah gritó de nuevo: ¡Tierra! Hacía ya tres semanas que doblaron el cabo de Buena Esperanza. Henry abandonó su camarote, subió al puente y vio “el más siniestro de los peñones, una protuberancia negra, una feísima montaña semejante a una verruga sobre el borde del abismo”. Esta era la isla de Santa Elena.

De cerca, la disforme roca adquirió otro aspecto.

Para ganar el fondeadero se costeó bastante, pues por todos lados la orilla estaba cortada a pico, mostrando sus acantilados de basalto, vertiginosos, parecidos a una fila de muros, derruidos en ciertos puntos; el mar, abajo, rugía espumoso alrededor de las brechas. La sombría y destartalada muralla, cuyos monstruosos contrafuertes dominaban a veces las almenas naturales, rememoraba una villa enorme y desdeñosa que tuviese la ambición de marcar la ruta en esta parte del atlántico, en donde los vientos alisios empujan de una manera continua a los navíos.

Diversos promontorios se sucedían por intervalos casi regulares. De vez en cuando, en sus cúspides, brillaba algún cañón o mástil de señales. Esto es lo único que nos permitió sospechar que la isla estaba habitada. Pero ¿se podía vivir allí? Santa Elena parecía tan inhospitalaria como formidable. En dos o tres ocasiones, por entre rocas escarpadas, descubrióse algo del interior, algunos bloques estériles. No había huella de vegetación, ni un zarzal, ni una hierba.

Á bordo de La Dorah, todas las frentes se obscurecieron, todos mostraron su contrariedad cuando el transporte, cruzando ante un promontorio socavado por numerosas casamatas, penetró en una escotadura de la costa, estrecha bahía defendida por un contrafuerte paralelo, armado también y coronado de troneras. En el fondo, y regados por un arroyuelo, descubriéronse unos veinte árboles verdes. La alegría fue general.

Detrás de estos árboles se prolongaba, cuesta arriba, más allá de una sencilla iglesia de cuadrado campanario, una calle de casas enrejadas, muy inglesas, pero sin miradores, sin nada de la arquitectura pintoresca de las residencias coloniales. Los recién llegados tenían ante ellos a Jamestown, pueblo de 1500 almas, única ciudad y puerto de Santa Elena.

“Jamestown se esconde, — dice Henry — como en el interior de una gran V, en un barranco que se ensancha hacia el mar, entre dos bloques de piedra casi verticales, de mil cuatrocientos a mil quinientos pies. Enormes peñascos amenazan continuamente la población, y algunas veces ocurren catástrofes causadas por el desprendimiento de un simple guijarro, que en su caída arrastra otros mayores, terminando por originar un terrible alud”

Se detuvo poco tiempo en estos lugares tan inseguros. Apenas efectuado el desembarco, la tropa conducida por La Dorah recibió orden de pasar al otro lado, a la costa opuesta, al campamento de Deadwood, vecino de Longwood, donde residía Napoleón.

Era preciso atravesar toda la parte norte de la isla, de oeste a este, y así se hizo.

El camino, a la salida de Jamestown, escala en seguida la más escarpada pared de las que aprisionan al pueblo. Es un camino carretero, estrecho, penosamente trazado en la falda de la montaña y cuya terminación costó la vida a cientos de esclavos.

A la izquierda de la calzada, la roca ocre reverbera el calor de los trópicos, lo acrecienta, haciéndole insoportable y cruel, incluso para los viajeros recién llegados de la India. A la derecha, un parapeto de piedra de asperón, sin cimientos, bordea el vacío.

Y ya no se percibe más que el fondo de un barranco en donde nada crece, en donde nada puede vivir, sino las altas y grandes piedras que se levantan como túmulos, al lado de otras tendidas en medio de una espesa capa de guijarros desprendidos de las vertientes.

La triste cañada va ensanchándose y, de pronto, sobre un montículo, aparece Los Briars, propiedad de un negociante apellidado Balcombe. Napoleón la habitó a su llegada a la isla, desde el 18 de octubre al 10 de diciembre de 1815, en espera de que la residencia de Longwood estuviese preparada para recibirle. Bonaparte habitó a cincuenta pasos de la quinta que formaba la construcción principal, en un pabellón compuesto de una pieza única y una bohardilla.

¡Miserable residencia! Pero no disgustó al emperador. Estudiando la historia de su vida entre Waterloo y el 5 de mayo de 1821, podemos llegar a la creencia de que en este aposento pasó las semanas menos dolorosas de sus seis años postreros.

Tras el desaliento de la derrota, del abatimiento, después de las irresoluciones del Elíseo y de la Malmaisón; de las angustiosas incertidumbres de Rochefort, le sirvió de consuelo el ver al fin su suerte fijada. Se resignó a las rudezas inglesas, adivinando que le engrandecían, y vio en su destierro la limpieza de cierta mancha que sobre él pesaba.

Napoleón repetía a los franceses que le siguieron: “Escribiremos nuestras memorias”. Quizás que en aquel momento conservase aún vagas esperanzas, después abandonadas; esperaba, tal vez, sorpresas políticas capaces de devolverle su libertad.

Después de una travesía demasiado fatigosa, de un encierro de tres meses sobre el Bellerophon y el Northumberland, dos navíos incómodos, Los Briars debieron parecerle una residencia cómoda, casi lujosa.

Además, le sedujo lo extraño del sitio: un cerro cubierto de espesa verdura colocado en medio de un círculo desierto, una especie de jardín suspendido, rodeado de un recinto rocoso que le domina a su vez, ocultando el horizonte por todas partes, a excepción de la de Jamestown y el mar, distante media legua de allí.

Numerosas higueras formaban una avenida frente a las casas, y entre el espesor del ramaje, atraídas por sus frutos azucarados, las tórtolas arrullaban sus amores.

Gigantescas lacas, granados magníficos, bosquecillos de mirtos proporcionaban sombra al resto del campo; una profusión de rosas blancas y geranios silvestres alegraban el seto de cactus.

Detrás del pabellón se extendía un vergel estrecho, escarpado, plantado de viña, de limoneros, naranjos, guayabos de hojas translúcidas y mangos de flores rojas, en racimo. Esta parte de Los Briars lindaba con el muro sombrío de la montaña.

El profundo silencio de aquella soledad, solamente era interrumpido por el ruido de una cascada que se precipitaba al anfiteatro desde una altura de doscientos pies, pero era tan poca el agua para salto tan formidable, que se pulverizaba antes de llegar a tierra. El sol teñía la extremidad vaporosa de la franja líquida con los colores del arco iris.

El emperador gustaba de esta frescura. En las horas cálidas de la tarde, iba a oír su voz bajo un parral, sentándose junto a una mesa, en un banco rústico.

De vez en cuando, la hija menor de la casa, Betsy Balcombe, una picarilla miss de catorce años, venía a visitarle. Napoleón toleraba sus familiaridades, algunas veces excesivas, por el gusto de tenerla en su compañía.

“En mi vida he conocido a persona que simpatizase tanto con los niños — escribía la joven, pasados algunos años, hablando de Bonaparte— Sabía tratarlos, interesarse y divertirse con cualquier cosa. Me parecía un camarada; llegué hasta poner a prueba su paciencia, y jamás invocó su rango ni edad para librarse de mis impertinencias.”

“¡Si Betsy sólo hubiera sido impertinente! Pero esta picara rubita, linda y traviesa, de ojos de gata, tenía un carácter endiablado. Cuando sorprendía al emperador trabajando bajo el parral, le revolvía sus papeles, o escapaba con ellos gritando: “¡Me enteraré de todos sus secretos!”, a veces metía en el huerto a su terranova Tompipes, obligándole a bañarse en un estanque lleno de peces; después, con malicia, le llevaba hasta donde Napoleón escribía o leía.

El perro, completamente mojado, se sacudía, mojando a su vez a Napoleón, poniéndole hecho una lástima. Entonces, la rapaza reía a carcajadas, viendo el estado en que quedaba la casaca verde, el pantalón blanco, los zapatos de hebillas de oro y las medias de seda de su infortunado é íntimo amigo.

Cierto día en que Napoleón sellaba unas cartas, le empujó el codo, haciendo que cayesen algunas gotas de lacre ardiendo sobre su mano: “Debió sufrir mucho —escribe la niña cándidamente — pero lo soportó con extrema bondad”

Cuando en 1843 Betsy Balcombe publicó sus recuerdos, todos quedaron asombrados al saber que el Emperador, siempre severo, inaccesible y predispuesto al enojo, había mostrado tanta dulzura y condescendencia.

Después, otras memorias han revelado al mundo su terneza y el carácter de las relaciones de Napoleón con su hijo:

“En las Tullerías, llamaba al rey de Roma a su gabinete y le mecía entre sus brazos, le cubría de besos y se revolcaba con él sobre las alfombras; otras veces, sentado en su despacho, le tenía sobre las rodillas, horas y horas, sin manifestar jamás la menor muestra de desagrado —dice el barón de Meneval— dejándole jugar sobre los mapas, clavar alfileres de colores, con los cuales preparaba él y marcaba tantas y tan sabias operaciones militares.”

Con esta misma paciencia, con esta misma bondad, un historiador nos lo ha presentado jugando con sus sobrinos y sobrinas y con otros niños que no pertenecían A la familia. Era, pues, un excelente amigo de los niños.

En Briars, a despecho, o tal vez a causa de sus defectos, Betsy era la favorita del emperador, que quería mucho a esta loquilla, sin olvidar a Jane, su hermana mayor, una señorita muy juiciosa, ni a dos hermanitos más pequeños, de cinco y de siete años respectivamente.

Estos niños jugaban con sus condecoraciones: “Á veces, para complacerlos, cortaba la cinta y les daba una”. Inflaba sus globos, y hasta inventó un minúsculo carrito, al cual, para mayor regocijo de todos, se le enganchó un par de ratas.

“Su fisonomía iluminábase con una sonrisa cada vez que podía hacer dichosos a los muchachos que le rodeaban.”

Y el día en que Napoleón, a pesar suyo, tuvo que abandonar los Briars, la casa quedó muy triste, todos le despidieron con lágrimas en los ojos.

Cuando se pasaba de este lugar, desde entonces célebre, surgía el camino de Longwood, siempre desolador y, como en su comienzo, suspendido al flanco de la roca árida y amarillenta que acentúa más aún su pendiente.

La columna llegó por fin a la cúspide de la montaña. Allí, el médico segundo Henry y la tropa que iba al campo de Deadwood se encontraron a mil pies de altitud, sobre una meseta desde donde Jamestown era todavía visible. La ciudad semejaba desde allí a una calle de Liliput en el fondo de una zanja. La doble fila blanca de sus casas tenía justamente toda la importancia de dos grandes hileras de piedras.

La torre cuadrada de su iglesia apenas si parecía un pequeño guardacantón enclavado cerca de la orilla. El Conqueror, con sus tres puentes donde se asentaban los cañones y setenta y cuatro obuses, parecía un barquito de juguete.

Todos los objetos, vistos así, tomaban proporciones parecidas. Sólo el mar se agrandaba y, por un fenómeno óptico, observándole desde la altura, parecía que su superficie de color acerado se elevaba hacia el cielo, invadiendo el horizonte.

La sorpresa de un brusco cambio de temperatura destruía el encanto de este espectáculo. Acababan de salir de un collado ardiente, para seguir una calzada descubierta, en la que reinaba un viento alisio que empezaba a dejar sentir su frialdad penetrante.

Aún sudorosos, comenzaban a tiritar. Este caso es frecuente en una isla abrupta y de grandes montañas, cuya atmósfera, estancada en el vacío de los valles, no se renueva sino en las partes superiores.

A pesar de la humedad existente en un aire tan frío, la ausencia de vegetación persistía a uno y otro lado del camino, que pronto se elevaba a lo largo de las crestas dominantes. El paisaje seguía siendo agreste, y las piritas que se descubrían en los bloques desmoronados por antiguas convulsiones (masas calcinadas, producto de erupciones volcánicas) revelaban el origen de Santa Elena.

El suelo resonaba metálicamente, se camina sobre escorias y lavas. Este espectáculo desolador no cesa hasta las proximidades de Alarm House, un semáforo desde donde se veía la costa oriental y que, colocado a mil novecientos pies de altura, anunciaba a Jamestown, con un .cañonazo, la proximidad de los navíos que aparecían" por el lado de Longwood.

El suelo plutónico, revestido de una ligera capa vegetal, transformase por momentos en un terreno fértil, y la vista, cansada de tan continuas perspectivas grises, reposa satisfecha sobre páramos erizados de cactus; pero donde la retama espinosa presta su dulzura dorada y el geranio silvestre, exuberante, el rojo alegre de amapola.

Crecían arbustos aquí y allí: pinos silvestres y acacias plateadas de Australia que, a semejanza de ciertos sauces, agrupábanse en bosques claros o sombríos; cabañas de esclavos, dos o tres albergues de campesinos, y en los alrededores campos de cereales, alguna que otra pradera, cabras, corderos y vacas rumiando al pie de un talud, componían este cuadro pastoril.

Alarm House, además de ser el punto culminante del camino de Jamestown a Longwood, ocupaba una posición casi central en la isla.

Descúbrense desde este punto, como sobre un plano en relieve, todos los detalles orográficos de una tierra que no posee más que doce leguas de circunferencia. La vista puede abarcar toda su superficie, salvo al sur, escondida por un promontorio más elevados que los otros, donde se encuentra el distrito de Sandy Hay, que es un ancho cráter apagado.

En este lado se eleva, a 5oo pies de altura, el pico de Diana, el más alto de Santa Elena, de donde parten montañas en todas direcciones, con las que alternan estrechos barrancos, por donde otras veces corrieron torrentes de lava y que hoy sirven de lecho a inofensivos arroyuelos. De aquí nace el hilo de agua, relativamente abundante, que cae en cascada en los Briars y sigue hasta Jamestown, para llenar el depósito en que van a proveerse los navíos.

La amplitud del panorama muestra la pobreza vegetal de la isla. El macizo meridional está cubierto de árboles; pero las colinas laterales aparecen (completamente peladas de toda vegetación. Sus largas y vivas aristas se ensanchan raramente.

Sin embargo, en cuatro o cinco sitios se despliegan hasta formar pequeñas planicies; la más importante se ve a cierta distancia, al Este. Tiene algunos árboles, una casa, barracas y tiendas de campaña.

Napoleón habitaba la casa; las barracas y las tiendas daban albergue a la tropa. Allí iba destinado el médico Henry y sus compañeros. No faltaba, para llegar a tal punto, más que bordear una sima llamada La ponchera del Diablo, causa de su forma y dimensiones. Se la franquea después de tres cuartos de legua de marcha, sobre el precipicio sin parapeto, por un camino realmente vertiginoso.

Sus paredes estaban cortadas casi a pico y. las mismas plantas sujetas por sus raíces, las retamas espinosas, parecían no poder resistir por mucho tiempo a la atracción del abismo.

Hacia la mitad del círculo, una proyección rocosa parte oblicuamente del borde y sobresale muy poco de él, encerrando entre ella y el camino un pequeño espacio de la excavación.

La parte del abismo así disimulada aparece, debido a la frescura de cierto manantial, como un pequeño valle sembrado de césped, tapizado de mirtos y de rosales silvestres, sobre los cuales los sauces llorones extienden sus ramas.

La luz llega muy amortiguada hasta este rincón solitario, donde continuamente reina un día crepuscular, una semi-oscuridad verde, una paz silenciosa. Allí fue donde Bonaparte descansó más tarde, cuando doce granaderos del 66 de línea llevaron su féretro en hombros.

El batallón desfiló delante de la casa de Longwood, y, después de diez minutos, llegamos por fina Deadwood.

Seis grandes barracones, cada uno de los cuales podría albergar cien hombres, recibieron a los soldados. Los oficiales alojáronse en casitas cuyos respectivos interiores estaban amueblados con una colchoneta, una silla y un armario. Numerosas tiendas de campaña completaban el campamento, protegiendo contra las inclemencias del cielo a los criados chinos, a los negros, a los caballos y los numerosos equipajes que acompañan siempre a las tropas inglesas.

Henry, por su parte, declara llevar consigo de diez y nueve a veinte baúles, maletas o cajas y cuenta graciosamente cómo cenaron aquella noche en el comedor de oficiales, instalado provisionalmente bajo un cobertizo.

“Nos sirvieron primero, — dice — una sopa aceitosa, hecha con cordero del Cabo. Trátase de una variedad de la raza ovejuna que predomina allí. El animal carece de costillas, de piernas, no engorda en él sino el rabo, y es tal es el volumen de éste, que si no fuese por el sitio en que está colocado, podría creérsele la parte principal, el cuerpo mismo del cordero.

“Al ver esta especie de monstruo, nos preguntamos si el cuerpo es un apéndice de la cola, si es la cola la que nace del cuerpo... o es el cuerpo el que nace de la cola.

“Después de la sopa vinieron las caballas, que es el pescado de la isla; caballas al natural, caballas cocidas, caballas de mil maneras. Siguió a este plato otro compuesto de unos pedazos de carne de vaca de Bengala, imposible de ser ingerida, con un gusto horrible a puerco montaraz, y otras cuantas cosas detestables.”

Disgustados, los oficiales del 66 de línea acordábanse de los menús de Bengala. Allí, las carnes más exquisitas, las legumbres más variadas cubrían las mesas; los postres son deliciosos: cestos y bandejas de uvas, higos, granadas, pasteles y quesos. Todo lo bueno abundaba. En una ocasión, Henry, preparando con un amigo una comida de vivac, una especie de cocido español, empleó un ciento de becasinas y varias parejas de perdices y de hortelanos.

El médico y sus camaradas recordaban también con pena sus cómodos y casi lujosos alojamientos de la India, sus barracones con hermosos miradores, cubiertos de esteras finísimas de junco y adornados con trenzas de pelo.

Las avenidas de palmeras de Cawnpoor, los jardines de rosas de Ghazipour, todo parecía mejor aún comparado con el desnudo y miserable suelo en donde ahora acampaban.

No veían más que cardos rojizos, césped cubierto de manchas leprosas de un blanco sucio o de un rojo obscuro. La hierba crecía como de mala gana, pues los ásperos vientos alisios la marchitaban con su hálito mortífero.

Una flor fúnebre, una siempreviva de tallo frágil, era la única planta que parecía desarrollarse con el soplo de ese viento de muerte.

¡Tierra ingrata! ¡Naturaleza hostil!

Y a esta desgracia había que añadir otra no menos penosa: el sentimiento de la extrema soledad. Inmensos espacios oceánicos separan a Santa Elena del resto del mundo, y, Deadwood y Longwood, situados en uno de los extremos más agrestes de la isla, sobre una meseta escarpada, producen el efecto de estar separados del resto de la isla.

Este sitio tan triste, era sin embargo majestuoso. Tres grandes personajes le ennoblecían, hablaban a la imaginación, imponíanse al espíritu: la montaña, el mar y Napoleón.

La montaña surgía muy cerca del campo, al norte terminada en dos picos pelados de toda Flagstaff Hill y el Barn, es decir, la Granja. El primero se eleva a 2.3oo pies y está generalmente oculto por las brumas. Algo menos elevado, el pico Barn impresiona por su gran masa, por su aspecto sombrío, desolado, solemne.

Un precipicio defiende sus cercanías, y los costados de basalto de rápida pendiente, se hallan cubiertos de costurones, de grietas, donde muchos negros fugitivos encontraron la muerte. Pasa por ser casi inaccesible.

El mar se extiende al este. La meseta le domina de tan alto, que los navíos se descubren desde ella, en los días claros, a sesenta millas de distancia. Minúsculas manchas blancas, las de los barcos que se aproximan hacia la isla, parecen durante horas seguir en el mismo punto, no dejar nunca la línea horizonte, no agrandarse.

Napoleón vivía ochocientos metros al sur, frente campo, sobre un pequeño promontorio, en una casa de mezquina apariencia, cuyo interior y exterior eran indignos de él.

Dos cuerpos principales componían la vivienda, pisos bajos, cruzados en forma de una T caída. En la parte más próxima a Deadwood, en el pie de la T, un pórtico de frontón triangular, bastante ancho y precedido de tres peldaños, formaba una especie de mirador. Una celosía verde de pino dibujaba las arcadas, dando acceso a una construcción de madera, que servía de antecámara. A este recibimiento seguía un salón malamente alumbrado por la parte de occidente; después, un comedor que recibía la luz por una puerta vidriera. Esta última pieza ocupaba el centro de la barra transversal de la T, y, en su extremidad izquierda, había aún una pequeña biblioteca, y dos diminutas habitaciones a la derecha.

El conjunto formaba un piso obscuro y bajo, recubierto de papeles, de telas desagradables y guarnecido de un moblaje de deshecho: tal era la casa del emperador. Pero no era esto todo: como en otros tiempos esta casa fuera de labor y se había construido con este fin, sus suelos estaban aún impregnados del purrin, (parte líquida del estiércol), de los antiguos establos; las ratas corrían libremente bajo el entarimado, medio podrido y claro está! como tal casa de labor, hecha para bestias, sus muros de adobes y tejados, en los cuales el cartón piedra alternaba con la teja de calidad inferior, la protegían mal contra las inclemencias del clima.

Santa Elena, tan próxima al Ecuador, debía gozar de una temperatura constantemente cálida, de una atmósfera siempre seca y pura; pero su elevación, su naturaleza montañosa en medio del Atlántico austral, hacen que esta isla solitaria retenga y condense a su alrededor todos los vapores acarreados por los vientos alisios.

Algunas de sus cúspides están continuamente encapotadas y son muy frías; nos las podemos representar como llanos suspendidos en el aire, a 1.700 pies, cortados a pico sobre el mar y con varios barrancos muy profundos. Sus crestas se pierden entre las nubes, y se respira con frecuencia brumas malsanas que difícilmente se disipan. Llueve casi diariamente, en cantidad tres veces mayor que en Jamestown y tanto como en Irlanda. Sólo cuando el viento cesa, cosa muy rara, el calor es algo fuerte.

El termómetro marca una temperatura media de 16 grados centígrados. Napoleón vivía allí, en los trópicos y bajo un cielo triste, pobre de sol, entre el viento y la humedad.

Grandes manchas de salitre cubrían las paredes de su alcoba. La biblioteca, colocada del lado este, de la parte de los vientos alisios y de las nieblas, hedía el enmohecimiento. Los grandes aguaceros atravesaban los techos deteriorados, inundando a veces las bohardillas en donde Marchand, su ayuda de cámara, y otros criados, tenían sus aposentos.

Por la parte de atrás de estos pabellones en T, levantábanse otras construcciones, peores todavía y más descuidadas, especialmente las habitaciones ocupadas por el barón Gourgaud y la familia de Montholón.

Un pabelloncito situado en la parte anterior, a corta distancia del grupo principal, alojaba al conde Bertrand, a su mujer e hijos.

Tal era la casa de Longwood, Longwood House, donde Inglaterra albergaba a un antiguo soberano, cuyos derechos se obstinaba en no reconocer. Sin embargo, el gobierno británico afirmaba a Europa que el general Bonaparte (así le llamaba) hallábase en una cómoda residencia; y hasta hubo periodista inglés que añadió: “tiene a su disposición un magnífico parque”

Este parque consistía en dos o tres filas de pinos y un ciento de gomeros plantados aquí y allá. No existe nada comparable a la tristeza de estos gomeros de débiles troncos, carcomidos par los líquenes, y cuyas ramas, casi muertas, ostentan en sus extremos algunas hojas secas.

El viento alisio martirizaba estos árboles, los encorvaba, los torcía. Inclinados y como marchando hacia el noroeste, semejaban, de lejos, con su extraña copa y su escaso ramaje, a un conjunto de viejos quitasoles, plantados en el suelo y que una ráfaga de aire hubiera vuelto y hecho tiras.

Alrededor de este remedo de bosque y de tales casas, levantábase una especie de muralla cuyo circunferencia tenía unos seis kilómetros de longitud. La llamaban el límite de las cuatro millas, y de día vigilaban su exterior centinelas apostados cada cincuenta pasos unos de otros; sólo de noche esta guardia pasaba al interior, hasta entonces reservado a Bonaparte.

El recinto comprendía sólo una tercera parte de la meseta; una hiperbólica línea de diez y nueve kilómetros, el límite de las doce millas, la circunscribía por entero, a excepción de la parte que daba al mar, más una cañada contigua. En este segundo espacio, Napoleón podía circular a su antojo; pero de allí en adelante la compañía de un oficial inglés era forzosa.

Observábanse todas sus idas y venidas, todos sus movimientos, y una oficina telegráfica, próxima al campo de Deadwood, señalaba, por combinaciones y juegos de banderas, repetidos en los diversos puestos militares de la isla, todo cuanto se relacionaba con Napoleón.

Las cinco principales combinaciones significaban:

El general Bonaparte está en Longwood House {1}

{1} La casa del gran bosque.

El general Bonaparte acaba de pasar el límite de las cuatro millas.

El general Bonaparte acaba de pasar el límite de las doce millas; lleva escolta.

El general Bonaparte acaba de pasar el límite de las doce millas; sin escolta.

El general Bonaparte ha desaparecido.

Para esta última y grave eventualidad, la señal prevista era la bandera azul. En cuanto apareciese, las tropas diseminadas por la isla debían mandar patrullas por todas partes; los dos bergantines que continuamente vigilaban la costa, debían detener toda embarcación que se descubriese en el mar; y el barco de línea estacionado en Jamestown, y una fragata que hacía aguada en la rada vecina, levar anclas y prepararse a su persecución.

Pero Bonaparte no pensaba sin duda en evadirse. Todos los días, invariablemente, el telégrafo de Deadwood {2} anunciaba:

{2}El bosque muerto.

“El general Bonaparte está en Longwood House” El emperador no salía de su recinto; parecía contento en él.

Los oficiales del 66 de línea, en vano atisbaban con los anteojos de larga vista. Al muy poco tiempo, todos conocían hasta los más pequeños detalles de la casa: las manchas de los muros, las tejas rotas; pero ninguno podía vanagloriarse de haber visto la legendaria silueta de Napoleón con su capote gris, con las manos cruzadas atrás y el sombrero enfundado, como si estuviese en campaña.

La curiosidad aumentaba, y en la mesa de los oficiales, a la hora de la comida, no se hablaba sino del gran cautivo, del prisionero, deshaciéndose en conjeturas sobre su género de vida.

Pasará días enteros en la cama— decían unos — no, contestaban otros, se levanta muy temprano y durante todo el día no hace sino dictar sus memorias. Algunas veces, suponían que jugaba constantemente al billar, a la baraja, o que leía novelas; otros agregaban maliciosamente que no se separaba de los condes Bertrand y Montholón; unos decían que gozaba de buena salud y comía como un glotón; otros que perdía el apetito, que se debilitaba y moría de tristeza y aburrimiento.

Henry se reía de estos últimos pero es muy posible que fuesen los que verdaderamente tuvieran razón.




CAPÍTULO II

El gobernador Hudson Lowe

Los discordantes informes respecto al huésped invisible de Longwood, concuerdan sin embargo en un punto: su profunda antipatía por el gobernador de Santa Elena, sir Hudson Lowe. Henry y sus camaradas no supieron sino de una manera imperfecta, y sin duda alguna inexacta, las causas de esta antipatía. Hoy son bien conocidas: veinte memorias nos las descubren y todas con los mismos detalles.

Napoleón llegó a la isla bajo la custodia del almirante Cockburn, un personaje grosero que no tuvo con él consideración alguna, dada su posición social.

Hudson Lowe, después, en abril de 1816, vino para que se echara de menos al insoportable Cockburn.

Apenas entró en funciones Hudson, hizo cuanto pudo para privar a Napoleón de sus compañeros voluntarios de destierro, pretendiendo reducir el tren de su casa.

Veintitrés franceses vivían entonces con Napoleón:

El conde y la condesa de Bertrand, con sus tres hijos;

El conde y la condesa de Montholón con un niño;

El conde de Las Cases y su hijo Manuel, de 15 años de edad;

El barón Gourgaud;

El primer ayuda de cámara Marchand;

Saint Denis, segundo ayuda de cámara;

Santini, ujier;

Los dos hermanos Archambault, picadores;

Cipriani y Pierrón, despensero y maestresala respectivamente;

Lepage, cocinero; Rousseau, encargado de la plata, y la señorita Josefina, camarera al servicio de la señora de Montholón, y los esposos Bernard, sirvientes de la familia Bertrand.

Un polonés, el capitán Piontkovvski, un albano; Gentilini, lacayo; un suizo, el cazador Noverraz y su mujer, que era costurera, formaban también parte de la casa de Longwood.

El primer acto brutal de Hudson Lowe, fue una odiosa tentativa con objeto de obtener la retirada de esta gente, que se estrechaba alrededor de Napoleón.

Los compañeros de Bonaparte, si le siguieron, fue con la condición de ligar su suerte a la suya, considerándose ellos mismos como deportados, sin poder en mucho tiempo volver a Europa, caso de que llegase a volver.

Como se ha dicho, al día siguiente de su desembarco, Hudson Lowe les previno que nadie les obligaba a quedarse con el general Bonaparte, ofreciendo repatriar, por cuenta del gobierno británico a cuantos quisieran volver a Francia.

Contaba, claro está, con el fastidio y la desanimación posibles después de seis meses de destierro; pero sufrió una decepción: nadie quiso aprovechar este ofrecimiento.

Tuvo que emplear otros recursos; a su amabilidad anterior reemplazó una actitud severa, a la frase “ustedes están libres”, siguió la de: “ustedes quedan prisioneros”, invitándoles a reiterar la declaración que les exigieron al partir de Inglaterra. Reconociéronse de nuevo, esta vez por escrito, colocados bajo misma ley y sujetos a los mismos rigores que Napoleón.

Todos se resignaron a poner su nombre al pie de un acta, en la que se calificaba al emperador de general; sometiéronse a una formalidad completamente inútil.

AI gobernador se le ocurrió entonces la idea de hacer una información injuriosa. Convocó, pues, a toda la servidumbre de Longwood, les preguntó si comprendían bien el alcance, la gravedad de lo que habían firmado, y si su acto no había obedecido acaso a alguna influencia. “¡Qué cosa más vil, — observó el emperador, — es interponerse así entre un hombre y su ayuda de cámara!”.

Por último, no queriendo sufrir una derrota completa, Hudson Lowe declaró que la servidumbre de Napoleón, por ser demasiado numerosa, ocasionaba a su gobierno gastos excesivos y, por razones de economía, echaba de la isla, dejándoles que fuesen donde quisieran, a Piontkowski, Santini, Rousseau y a uno de los hermanos Archambault.


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