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LA CRIOLLA VIDA DE POLICARPA SALAVARRIETA



ENRIQUETA MONTOYA DE UMAÑA































La Criolla

Vida de Policarpa Salvarrieta

Novela histórica

©Enriqueta Umaña de Montoya

Primera Edición, Tercer Mundo Editores, Bogotá-Colombia 1969

Segunda Edición, Instituto Colombiano de Cultura 1972,

Biblioteca Colombiana de Cultura, Colección Popular

ISBN: 9781370839315

Smashwords Inc.

Todos los derechos reservados. No se puede utilizar esta obra, ni total ni parcialmente, para ningún fin publicitario, comercial, editorial, en ninguna de las formas escritas, fílmicas, de audio, audiovisuales, electrónicas o reprográficas, sin la autorización escrita de la autora





INDICE

Guaduas

Alejo

Noticias

Revolución

Tempestad

Santa Fe, 1812

Confusión

Noviazgo 1813

Pesares y Alegrías

El 13 Es Mal Agüero

Héroes

Regreso

Conspiración

Tregua

Terror

La Trampa… se abre

El virrey

Soledad

La capilla

La Plaza Mayor






GUADUAS

Polonia terminó temprano sus quehaceres; llamó a Biviano, su hermano menor, compañero en todas sus correrías y bajando con él por la calle de "Calamoima" salió de la población. Quería llegar pronto a la ceiba grande, arrancada de raíz por el huracán, hacía mucho tiempo. Sobre su tronco inmenso subía a menudo, cuando escuchaba rumores de caravanas provenientes de Honda.

Como una ardilla, trepó ágilmente hasta la horqueta, en donde cómodamente sentada, tenía su atalaya sobre el valle. Desde allí contemplaba un dilatado panorama; montañas inmensas ante las cuales su alma se expandía y volaba su imaginación a países distantes.

En algunos recodos, descubría los trechos del camino real de Honda que como a brincos subía desde el Río Grande de La Magdalena hasta llegar a la altiplanicie de la sabana.

Minutos antes había escuchado ruido de caballos subiendo por el empedrado camellón y ansiosamente escudriñó el paisaje. Poco a poco pudo distinguir los gritos de los arrieros y esclavos que traían las cargas, así como los golpes secos de los cascos sobre las piedras, vislumbrando por fin numerosa comitiva que llegaba.

Se deslizó por el tronco, y seguida de Biviano que sobre sus cortas piernecitas hacía esfuerzos para seguirla, como si fuera un fiel guardián, sin temor saltó al barranco para acercarse a ver de qué se trataba.

Un caballero de edad subía delante, erguido y serio, con-templando el paisaje con detenimiento. Enseguida, una dama joven y muy bella que deslumbró a Polonia.

Elegantemente ataviada, su sombrero de plumas atrajo la atención de la niña. La dama sonrió, y Polonia alegre, comenzó a caminar a su lado.

—Cómo te llamas?—

—Polonia Salavarrieta Ríos, para servir a su merced.

—¿Dónde vives?—

—Aquí en Guaduas, señora—

—¿Ya llegamos? —

—Detrás de aquellos árboles está el pueblo.

—¿Me podrías indicar un lugar para la merienda?

—Está el Convento de los Padres; pero si su merced quiere...

en mi casa siempre se hospedan muchos de los que viajan a Santa Fe. Es pobre, pero estaríamos muy felices si viene con nosotros. —Quiénes forman tu familia?

—Mi hermana Catarina y su esposo; Biviano mi hermanito pequeño, y yo.

—Está bien, Polonia Salavarrieta—dijo dirigiéndole una nueva sonrisa. Habló un momento con el caballero que conducía la comitiva, dio algunas órdenes relativas a su equipaje, pidió un cofre, lo colocó sobre las rodillas, sacó una bolsa de tela bordada y entregándosela dijo a la niña:

—Estoy lista; podemos ir a tu casa—

Se despidió del caballero español con un gesto amistoso y este, seguido por los criados numerosa carga, dirigióse al convento de Soledad, distante pocas cuadras.

Ellas caminaron algunas calles sin empedrar, bordeadas por casas de techo pajizo. Frente a una de ellas Polonia indicó a la dama que habían llegado. La ayudó a desmontar del caballo, que ató a una de las columnas, y la hizo seguir.

La casa de la joven era sencilla: Un salón bien ventilado desembocaba a un corredor sobre el patio alegre, barrido y limpio, lleno de árboles frutales y muchas flores.

La dama, con un suspiro de alivio, se dejó caer en la hamaca colgada en un rincón muy fresco del corredor. Polonia le ofreció jugo de frutas y algunos "patacones", mientras preparaba el "sancocho", que la dama comió después entre divertida y fatigada.

—Me gusta tu casa, pequeña. ¿Tú crees que podré dormir aquí esta noche…? Preferiría quedarme en lugar de ir al convento.

—Claro que sí, señor— respondió Polonia; nosotras siempre recibimos huéspedes y será un gusto alojarla; hablaremos con mi hermana Catarina en cuanto regrese del mercado, y si el señor que la acompaña lo desea, podrá también venir...

—No gracias, Polonia; don José Pando y San Llorente está muy interesado en conversar con los padres. Le han dicho que ellos conocen muy bien la región, y que son las personas indicadas para

darle muchos datos que él necesita, en especial acerca de la marcha del virreinato.

—Sí, señora; los padres conocen a todos los vecinos. Guaduas es el centro de este valle, y por aquí pasan todos los que van a

Santa Fe o vuelven a España. Las noticias se reciben de todas partes y todo el mundo quiere a los padres.

Guaduas nació al pie del convento de La Soledad; allí podrá obtener todos los datos que desee.

—Me interesa mucho; luego me contarás despacio. Tengo muchas preguntas que hacerte. Ahora quisiera instalarme un poco. Déjame, me quedaré en la sala, no es necesario que me des tu cuarto—

La tarde pasó tranquila. Polonia instalada al pie de la dama, que se balanceaba lentamente en el chinchorro, la escuchó y respondió a sus preguntas. Su huésped subía a Santa Fe a visitar a sus parientes los Marqueses de San Jorge.

Una espontánea amistad y un mutuo interés comenzaron a nacer entre la noble española y la joven americana que nunca antes se habían visto, pero cuyas raíces eran las mismas: la Madre España.

—Tú eres española, ¿no es cierto? Tu tipo no es como el de las gentes que he visto por el camino. Se ve que no naciste aquí—

—Mis abuelos vinieron de España hace mucho tiempo. . . pero yo sí soy americana—respondió la joven mirando de frente a la dama—; mis abuelos vinieron de la ciudad del Socorro, al norte de Santa Fe. De allá vinieron mis padres cuando la guerra…—

¿La guerra?...¿Qué guerra…—

—Fue más bien una revolución, hace como treinta años; en 1781. Era para protestar por los impuestos que el virrey puso a los cultivadores, especialmente al tabaco que era de lo que mis padres vivían. Él, se vino con el jefe José Antonio Galán, enviado por un señor Berbeo. Eran muchos. Aquí en Guaduas compraron ropas, armas y municiones al corregidor don José de Acosta—

Al principio no querían venderles nada porque el señor de Acosta no estaba de acuerdo con los comuneros, que así se llamaban, pero ellos no querían robar ni quitar nada y al fin lograron lo que deseaban. Siguieron hasta Honda y Mariquita dando libertad a los esclavos. Cuando estaban en el Magdalena les llegó la noticia de que se había firmado la paz con el virrey, por lo cual cada uno debería volver a su casa.

Lo hicieron efectivamente. Poco tiempo después empezaron a perseguir a todos los compañeros de Galán y fusilaron a muchos. Mi padre se salvó, porque se vino con mi madre, con quien se acababa de casar en Moniquirá, de donde era ella. Se establecieron en Guaduas y aquí nacimos nosotras.

Cuando narraba todo esto, sentía en su alma el orgullo de su raza, de su familia, de su tierra, de su padre que luchó por ideales de los criollos; todo esto bullía con ardor en su corazón. Anhelaba profundizar en estas cosas, comprender un algo vislumbrado al recordar a estas gentes cuyas hazañas estaban grabadas en su alma…

—¿Dónde estudiaste…—

—Fui a la escuela del Convento todos los años pasados. Aprendí lo que enseñan los padres. Sé leer, escribir, conozco la doctrina-…y la historia del rey, a quien Dios guarde, —terminó, haciendo una pequeña reverencia, feliz del hallazgo de su frase, que pensó alegraría a la dama. Pero no fue así. Ella permaneció con la mirada distante y distraída, mientras decía en tono pensativo:

—E! rey..? Ha sido hecho prisionero y está tristemente desterrado. ¿No lo sabías?—

—!No señora. ¿Cómo fue eso...?—

—!Es largo; después te lo contaré... ¿Te gusta vivir aquí?—

—Sí su merced. Vivimos felices. Tenemos muchos amigos. La familia Acosta, es muy buena con nosotros. La hija mayor estudia en Santa Fe. Cuando viene para el diciembre le trae vestidos a Catarina. Los otros niños nos dan libros y dulces. Viera su merced al pequeño Joaquín; solamente tiene 10 años y fabrica en diciembre unos pesebres que se queda una admirada de lo bellos que son. Es muy inteligente. Hace puentes y estrellas para adornar el nacimiento y rezamos las novenas con tiple y guitarras—

—¿Tocas tiple…?—

—Toco guitarra, Ja misma en que tocaba mi madre, Rasgo y canto—

—Canta algo—

Con gran sencillez, Polonia tomó su guitarra, e instalándose en el pretil del patio, entonó una antigua melodía:

—Paisanita querida,

No te piques ni alteres,

Que también son paisanos

Los ángeles divinos

Y los Guadueros.

Por el camino de Honda, Suben y bajan

Los hombres que de Guaduas Buscan la calma.

Paisanita querida,

Piensa que puedes ser de los que,

con ellos, encuentras tu alma—

—¡Bravo, Polonia! ¡Qué lindos! ¿Quién te los enseñó?—

—Mi madre se los enseñó a Catarina—

—¿Y dónde están tus padres? —Mis padres murieron en Santa Fe hace seis años. Vivíamos allá en una casa que había comprado mi padre en el barrio de Santa Bárbara, cerca de la ermita de Belén. Mi madre murió en agosto y mi padre en septiembre de 1802. Fue muy triste, su merced—

—En Santa Fe había viruelas negras y aun cuando éramos muy chicas hubimos de hacernos cargo de los hermanos menores, pues la mayor, María Ignacia Clara, también murió, corno el hermanito más pequeño llamado Eduardo. Nuestra casa estaba infectada y tuvimos que cerrarla—

—Mis dos hermanos mayores, que iban a ingresar al convento de San Agustín, los demoraron hasta que volvieron con nosotras a Guaduas y Catarina se casó. Desde entonces Biviano y yo hemos vivido con ella. Los hermanos mayores son sacerdotes en Santa Fe.

Polonia saltaba de uno a otro tema con la volubilidad de sus 15 años, encantada de encontrar un auditorio tan atento como doña María Torrijos de Sevilla y Flores, la cual por su parte, intrigada por la belleza y la vivacidad de Polonia, le preguntaba para hacerla hablar y enterarse sobre su vida y, de paso, sobre la vida de los granadinos.

—¿Te gusta Santa Fe? ¿Qué me cuentas de ella?—

—Antes de que murieran mis padres era una delicia vivir en la casona de Santa Bárbara. Había un gran patio con flores y plantas de olor, unas alcobas enormes. Hacía frío, pero la ciudad es muy bella y grande. Hay iglesias y palacios y muchos almacenes y damas elegantes. ¿Quiere, su merced, que le muestre lo que guardamos y que perteneció a mi madre…?—

Para el viaje a Santa Fe, mi padre compró un sillón precioso, con alamares todos de plata y ropajes de terciopelo carmesí. Mi padre viajaba mucho y negociaba por todo el país; tenía almacenes y vendía mulas y caballos de silla.

Ahora solamente tenemos esta finca y la casa de Santa Fe, que administran los hermanos y nos envían el dinero cada mes.

—¿Cuántos hermanos tienes?

—Éramos ocho, pero, como ya le conté, Eduardo el menor, murió casi al tiempo con nuestros padres, y poco después María Ignacia Clara. Quedan los dos hermanos sacerdotes y otros dos que viven y trabajan en Tena. Se llaman Ramón y Francisco Antonio.

Aquí con Catarina vivimos Biviano y yo. Los padres son muy buenos: vienen en diciembre para las navidades y están pen-dientes de nosotras.

Venga su merced conmigo al salón y le mostraré al Santo Cristo Quiteño con sus cantoneras de la cruz, todas de plata, y las potencias de oro. El cuadro de Nuestra Señora de Chiquinquirá, las vitelas de humo de Nuestra Señora del Carmen y los nácares de la Dolorosa...

—¿Me dices que Catarina está casada?—

—Sí, con Domingo García—

—¿Tiene hijos?—

—No, señora; nos quiere a Biviano y a mí como si fuéramos sus hijos—

La charla se interrumpió por la llegada de Catarina y Domingo, los cuales, informados por Polonia de quién se trataba, se apresuraron a dar la bienvenida a la ilustre huésped.

Entre tanto, Polonia descargó la mula con mercado, y preparó la cena, con pollo, plátano y arepas, aderezándola con algunas verduras cultivadas por los padres en el convento.

Al día siguiente, las jóvenes llevaron a la dama a la quebrada cercana, en donde ella tomó un largo baño.

De regreso, la niña, le mostró su lugar de observación en la ceiba caída. Más tarde fueron hasta el convento cuyos tesoros conoció la dama, con la guía de los padres.

Primeramente le mostraron la gran custodia de oro y plata con 19 esmeraldas de gran tamaño. La española estaba admirada del color y pureza de estas magníficas piedras.

Había también 49 más pequeñas, engarzadas a un crucero de oro, amén de ricos zarcillos y anillos que adornaban la estatua de la Virgen de los Ángeles, patrona de la población, algunos con perlas, amatistas e innumerables esmeraldas de diferentes tamaños que formaban un tesoro fabuloso.

—Son de las minas del Nuevo Reino, en Muzo, y las más hermosas del mundo—explicaron a la dama.

—Han sido donadas por los fieles a la Imagen, que veneran con fidelidad y amor.

Don José estuvo de acuerdo en demorar dos días más la estada. Se encontraba muy interesado en el estudio sobre el virreinato, la fundación de Guaduas, todo lo relativo al convento y santuario.

Al volver a casa, después de la merienda, las jóvenes insistieron en mostrar, ellas también, sus tesoros a la dama. La llevaron al pie del Cristo, en el salón cuyo lujo era la famosa piel de tigre, recuerdo de las aficiones cinegéticas del padre, y arrodilladas junto al viejo arcón claveteado, empezaron a mostrarle los tesoros familiares.

Primero sacaron una bolsa, íntegramente bordada, envuelta en un pañuelo.

—Mire, su merced, es de pura monselina; este otro en que están envueltos los abanicos de nácar, también es de monselina. Estos "zurcillos" de oro son cinco pares, ¿ve Ud.? estos son de amatista, estos tienen esmeraldas, y aquellos son de filigrana de oro. Además, tenemos esta cadena de oro momposino con su corazón de lo mismo. Y vea Ud. las "surtijas" de esmeraldas, nosotras no las llevamos aquí por temor a perderlas—

Polonia continuó sacando objetos y explicándole todo. Mostróle orgullosamente las faldas usadas en Santa Fe por su madre. Unas eran de paño de seda con encajes y otras llenas de randas con flecos y mantón compañero bordados, adornadas con blondas ya un poco desflecadas por el tiempo.

Los sombreros, negros y uno cubano muy fino para guarecerse del sol. Pero lo que las jóvenes amaban eran las gargantillas de perlas y las de azabaches engarzadas en cuentas de oro y que había usado su madre, lo mismo que los rosarios.

El de granate con cruz, el de ella y los dos pequeñitos en corales que tenían el recuerdo vivo de las oraciones maternales en los lejanos días de su primera comunión.

La dama contemplaba enternecida el tesoro de las jovencitas diciéndoles que era muy bello.

—¿Cuántos años tienes, Polonia?—

—Cerca de dieciséis, señora

—Hablaré de ti en el virreinato y si me quedo te man daré llamar—

—¿Por qué si Ud. se queda?—se atrevió a preguntar Polonia ante la cordialidad de la dama.

—Porque me han traído obligada, niñita. Vengo donde los marqueses de San Jorge, mis parientes. Creen mis padres que con este viaje olvidaré a mi novio, que no es del agrado de ellos. Me han enviado con Don José Pando y San Llorente, que trae cartas de la Junta de Sevilla para el virrey, de todo lo que sucede en España. Don José es muy amigo de mi familia y una persona muy importante y seria. Viene a hablar con el virrey y pedir auxilios para el soberano. Estoy segura de que mi tía será mi aliada y me ayudará.

Había terminado como si nadie estuviera con ella, absorta en sus pensamientos.

Después sirvieron la cena y fue el mejor momento del día. La dama volvió al rincón del corredor, Recostándose en la hamaca, se entretuvo viendo la luna que aparecía tras los farallones de la cordillera. Parecía triste. De vez en cuando enjugaba el sudor de su frente con un minúsculo pañuelo. Las hermanas la contemplaban en silencio.

—Quisiéramos saber algo de esa España de donde viene su merced y de donde vinieron mis abuelos —dijo de pronto Polonia.

—Vengo de Sevilla, pequeña, la ciudad más hermosa del mundo. Pero nuestra España está triste y desolada. El rey es joven e inexperto. Su padre ha sido vencido por un guerrero poderoso, un general francés muy valiente y de mucha suerte…

Los ojos de Polonia se abrían desmesurados. Nunca había imaginado que a un rey se le pudiera vencer y menos engañar.

—¿Engañado? ¿Cómo así, señora...?—

—Este general de quien te hablo es un guerrero invencible. Es ahora el emperador delios franceses. Derrotó a nuestro rey y lo tiene prisionero. No contento con eso, quiere adueñarse de España con lo cual estos reinos pasarían a su poder.

A la niña se le confundían las ideas. ¿Por qué ellos, los americanos, que nada tenían que ver con aquellos lejanos generales, podían de un momento a otro pasar a pertenecer a otro país? ¿Francia? ¿España?

Una sensación de rebelión se insinuaba en su corazón cada vez que trataban de su patria. Sus 16 años brillaban ya en sus ojos oscuros. Había oído hablar de Francia, claro está. Pero era a España a quien ella amaba y conocía. A sus reyes, a Colón todo lo que había aprendido en la escuela explicado por hombres nacidos en este Nuevo Mundo o venidos de España a quien debían amor y respeto, puesto que los había descubierto y enseñado. Fue interrumpida en sus pensamientos por la dama, que respondía a preguntas de Catarina.

—Mi novio es oficial en la secretaría de Estado, coronel de los reales ejércitos, Caballero de la Orden de Santiago y qué sé yo cuántos títulos más. Pero se muestra resuelto a venir cuando la guerra termine, a tierras de América y ayudar a los americanos.

Mi tía, estoy segura, será nuestra aliada— terminó diciendo abstraída, como si nadie estuviera a su lado.

—¿Y por qué su familia no gusta de su novio?—

—Porque mi familia es realista y las ideas de mi novio son contrarias a la monarquía: él es republicano.

—¿Qué es eso?—

—Son ideas nuevas, venidas de Francia y que han entusiasmado a muchos como el conde.

—¡Ah ! ya—dijo Polonia, —Lo mismo que le pasó a un santafereño noble de quien decía mi padre que había copiado unos papeles venidos de Francia—

Polonia recordó una lejana noche en Santa Fe cuando un señor Nariño, de rostro muy pálido, hablaba con sus padres.

Venía huyendo de una prisión española, y su delito consistía en los famosos papeles que el padre de Polonia guardaba cuidadosamente y Domingo, el marido de Catarina, leía a veces ante pocos amigos, Ella se proponía verlos más tarde detenidamente.

Recordaba ahora entre gallos y medianoche los relatos emocionantes de fugas y persecuciones. Al acompañarla aquella noche, Polonia hasta su cuarto, alumbrando las baldosas del corredor para que pasara, sacó la bella española, de un perfumado maletín, un espejo de marco embutido en corales, conchitas y caracoles minúsculos que formaban hermosos dibujos en colores muy suaves.

Era lo más bonito que Polonia había visto. Al entregárselo, la dama le dijo:

—Guárdalo como recuerdo, Polonia; tú también eres muy bella y en él podrás apreciarlo mejor—

Al día siguiente, de madrugada, la comitiva emprendió el viaje de subida, para llegar a la próxima posada antes de que picara muy fuerte el sol.

La niña pensativa y apesadumbrada caviló durante todo el día. Por la tarde fue a sentarse en el tronco de la ceiba amiga. Allí permaneció contemplando el trecho del camino de Honda, el horizonte lejano…

Mientras se entretenía balanceando los pies descalzos, vio oscurecer mirando hacia donde está el mar, ese lejano mar que conduce a España donde suceden cosas tan extraordinarias.




ALEJO

Salen a flote los problemas

Al día siguiente era mercado en Guaduas y desde temprano, Polonia estuvo lista en su lugar de observación acomodada sobre el tronco de la gran ceiba, espiando la llegada de sus amigos. Se arregló cuidadosamente, planchando bien la blusa nueva de oían de Castilla adornada con encajes de hilo. Tenía falda de zaraza floreada y zapatos de cordobán encarnado, comprados con mucho esfuerzo en el almacén de bisutería de la Plaza Mayor. En los cabellos divididos en dos trenzas, colocó un manojo de jazmines de estrella, de los que crecían en su patio llenando el aire de fragancia.


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