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LAS MEJORES ORACIONES

DE GAITÁN


Jorge Eliécer Gaitán A.


1919-1948






EDITORIAL JORVI

APARTADO AÉREO 46-81

BOGOTÁ, D.E., COLOMBIA





Las Mejores Oraciones de Gaitán

1919-1948

Editorial Jorvi

Apartado Aéreo 46-81

Bogotá, D.E. Colombia

Todos los derechos reservados

ISBN: 9781370032150


No se podrá reproducir este libro por ningún medio escrito, reprográfico, de audio, de video, magnético o electrónico sin la autorización escrita de la editorial. Hecho el depósito legal en Colombia.




Índice

Explicaciones

Debate de las bananeras

El problema social

Función social de la propiedad

La acusación a Abadía Méndez

Nacionalismo e izquierdismo

La soberanía del parlamento

La revolución constitucional

Estado de sitio, decretos y contratos un caso de persecución política

Una tesis peligrosa

La fuerza pública al servicio del feudalismo

Igualdad de derechos de la mujer

Contra el mal uso de la palabra revolución

Un tema político que no pertenece a la política

Debate sobre la destitución del alcalde de Bogotá

En defensa de Plinio Mendoza Neira

Sobre el problema antropológico

Toxicomanía y drogas heroicas

Sobre justicia y corte suprema

Un programa de educación nacional para Colombia

Porque soy antirreeleccionista

Discurso sobre el voto obligatorio

La facultad del ejecutivo en materia educacional

Sobre la enseñanza industrial

El hombre por encima de los bienes

Rusia y la democracia

En el debate sobre huelgas

Discurso-programa

El pueblo es superior a sus dirigentes

El hombre realidad biológica y social

El país político y el país nacional

Lo que va de Uribe a Santos

No existe democracia donde no hay oposición

Que entienden por Unión Nacional

Violencia es sinónimo de debilidad

La reacción acelera el proceso revolucionario

La sede de una nueva política

Proclama al liberalismo

La oración por la paz

El silencio es grito

Defensa de Jorge Zawadsky

Defensa de Francisco Delgado C.

Defensa de Belisario Rodríguez

Defensa del teniente Cortés




Jorge Eliécer Gaitán, catedrático, ideólogo y dirigente político temperamental, nació en Bogotá el 23 de enero de 1898. Hijo de Eliécer Gaitán Otálora y Manuela Ayala Beltrán. Hizo estudios profesionales en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional en donde se graduó en derecho y ciencias políticas, el 29 de octubre de 1924.

Por propia cuenta realizó el primer viaje a Europa donde complementó su formación políglota en inglés, francés e italiano y cursó estudios de especialización en la Universidad de Roma. Allí obtuvo el diploma de doctor en jurisprudencia, magna cum laude el 11 de julio de 1927. También obtuvo diploma en la Escuela de Especialización Jurídica-Criminal de la misma universidad.

Fue concejal de Bogotá y presidente de la corporación en varios periodos; miembro de la Asamblea de Cundinamarca, y presidente de la misma durante varios periodos. Miembro de la Cámara de Representantes, senador de la república, y presidente de estas altas corporaciones durante varias legislaturas, en representación de varios departamentos.

Candidato a la presidencia de la república en dos ocasiones. En 1947 encabezó las listas para integrar concejos municipales en más de 500 ciudades del país. Fue alcalde de Bogotá, ministro de las carteras de Educación, Trabajo, e Higiene y Previsión Social, rector de la Universidad Libre, magistrado de la Corte Suprema de Justicia en representación del senado pero no actuó como tal.

Fue miembro y jefe único de la Dirección Nacional Liberal. Designado a la presidencia de la república, cuando tenía 33 años de edad. Hizo parte de la redacción del código de procedimiento penal que estuvo vigente durante varias décadas. Autor de una moderna y original teoría titulada “Criterio Positivo de la Premeditación”, calificada por el eminente jurista italiano Enrico Ferri como un gran aporte a la ciencia penal.

En el momento en que gozaba de plena madurez política y profesional, era símbolo del pueblo colombiano y estrella doctrinaria de los latinoamericanos, fue asesinado en una céntrica calle de Bogotá el 9 de abril de 1948, razón por la que sobrevino una hecatombe que dividió en dos la historia de Colombia, antes y después de la fatídica fecha y que luego se prolongó con la violencia promovida por el Partido Comunista.




EXPLICACIONES

1. Al formular estas explicaciones previas a la reconstrucción de las “Mejores Oraciones Políticas” de Jorge Eliécer Gaitán queremos en primer término, rendir homenaje al colombiano que ofrendó la existencia en aras de la paz de sus compatriotas, de la justicia en las relaciones humanas, y de la equidad económica como garantía de la auténtica libertad de América.

La vida política de Gaitán fue un itinerario relativamente breve si se le compara con las de otros personajes apasionantes de nuestra historia, pero también una de las más agitadas de los colombianos eminentes de este siglo. Mucho se ha escrito sobre la personalidad y proyecciones del líder sacrificado; ha sido su política controvertida ampliamente; sus ideas elogiadas o combatidas con idéntico ardor.

Pero el fenómeno que llama más poderosamente la atención, es que los intereses creados han llevado a la gente a ubicarlo —desconociendolo— en distintas escuelas filosóficas, sociales y políticas. Motejáronlo algunos de comunista, otros como nazi-fascista reaccionario de temperamento dictatorial, quienes de socialista teórico y demagogo en la práctica. Sin embargo la verdad radica en que Gaitán militó siempre en las filas del liberalismo colombiano, pero dándole a esta organización policlasista las tonalidades exigidas por el momento histórico que le tocó vivir y que fueron intuidas o intentadas por los más grandes capitanes y estadistas de esa organización política como Murillo Toro, José Hilario López y Rafael Uribe Uribe.

Precisamente refiriéndose a esa paradójica situación personal suya, el mismo Gaitán dijo alguna vez en agitado debate parlamentario: “Cuan do mis enemigos están ala izquierda afirman que yo estoy a la derecha y cuando ellos se pasan a la derecha aseguran que estoy a la izquierda. Pero mi política ha sido una y una sola mi ruta filosófica. Siempre han sido idénticos mis objetivos. Lo que sucede es que ellos para justificar su traición y su inestabilidad doctrinaria, me sitúan a su acomodo para impedir que alguien les quite la máscara de su felonía”

No pretendemos hacer un prólogo ni escribir un ensayo sobre sus mejores piezas oratorias, taraceadas de doctrinarismo porvenirista. Ni tampoco intentar un estudio biográfico en torno a su personalidad múltiple y sustantiva, porque ello ex cedería el propósito de estas explicaciones. Pero las iniciamos afirmando que de él puede decirse con mayor certeza que sobre otros jefes colombianos de este siglo, lo que un certero escritor radical expresó de Uribe Uribe: “Hombre de mundo y cabeza de hogar, tribuno y parlamentario, en todo fue grande. Romped su vida en cien pedazos y en cada uno, como en fragmentos de un espejo destrozado, encontraréis entera su figura”.

Quede para otras plumas el escribir su biografía y delinear su influencia en la vida nacional, desde su alborada de estudiante dedicado a los más altos sueños hasta sus etapas postreras, cuando el órgano prodigioso de su garganta recogía, como una concha marina, el rumor oceánico de su pueblo.

Nuestro propósito es muy otro: intentar un esquema, una síntesis la cónica de su personalidad en los campos de la política, la ciencia, la administración y la elocuencia, breve en sus trazos pero que permita apreciar la importancia de su dimensión humana.

2. Gaitán nació en un hogar que puede situarse en la clase media económica. Su padre don Eliécer, heredero de apellidos ilustres ejercía la profesión de librero, lo que revela dos cosas: su pasión por la cultura y su modesta posición económica. La madre doña Manuela Ayala, institutora de auténticos conocimientos y dilatado ejercicio, poseyó fina inteligencia, extraordinaria sensibilidad e intuición exacta, que le permitieron advertir en su hijo las calidades que lo llamaban desde los hontanares de la sangre a la devoción por la grandeza.

Pero sería equivocado creer que Gaitán inició el itinerario de su vida en un hogar paupérrimo. Modesto si pero decoroso. Sobrio de afluentes monetarios pero iluminado de esencias humanas.

Esta objetiva realidad puede satisfacer los interrogantes de sus futuros biógrafos que son los mismos que han formulado millones de colombianos. ¿De dónde extrajo el capitán del pueblo, su pasión por la justicia, su antorcha de rebeldía, su solidaridad con el infortunado? Tan hondos sentimientos hicieron creer a muchos que una falsa estrechez social determinó su destino llameante.

Pero olvidaron que la historia demuestra en constante línea que el adalid de las muchedumbres surge siempre de las clases dotadas de un precario bienestar económico, por la apetencia de satisfacer sus necesidades inmediatas. La humanidad ha comprobado que los espíritus solidarios con los dolores del mundo, no nacieron forzosamente en la miseria. Que su actuación no se produce por un conflicto doméstico sino por un generoso concepto de la problemática universal.

El verdadero revolucionario no combate egoístamente para sí, sino que se identifica con las urgencias de su especie. Tal es el caso de Gaitán que ejemplariza y conmueve. Su pasión por la justicia tuvo raíces en el conocimiento, jamás en la desesperanza. Su actividad no afloró como producto de solitaria insurgencia, sino por el estudio de los fenómenos del mundo y de su clamorosa y lancinante injustica.

De ahí que encontremos en la función humana de Gaitán, como revolucionario y creador dos meandros de parecida importancia. El primero la influencia inteligente y generosa de su progenitora; el segundo los conocimientos adquiridos en perseverante contacto con los libros.

Como ejemplo del primero la actitud docente de su madre, amantísima que le solicitó incorporarse a las faenas del magisterio en calidad de ayudante suya. Fue entonces cuando se inició en el emotivo afán de análisis de los problemas de su pueblo, y cuando empezó a conocer y entender la angustia y el dolor de las muchedumbres irredentas, las fallas numerosas de nuestra organización educacional, el índice de la desigualdad aberrante, que se expresaba en la indiferencia del Estado y en la pasividad de las clases dirigentes que deberían disminuirlas o remediarlas. Los niños en edad escolar que faltos de nutrición fluctúan en un limbo de limitaciones, un infierno de prejuicios y un cielo falsificado de esperanzas frustradas.

Fue la universidad intuitiva y sensorial de doña Manuela, la que ofrendó el laboratorio que le señaló las desigualdades originadas no en los merecimientos, sino en el caudal de haberes. Y el choque síquico del adolescente, fue acrecido por el espectáculo de que bajo el mismo alero es colar infantes de condición modesta se encontraban enfrentados y afrentados por herederos de familias adineradas, divididos en grupos hostiles, como si pertenecieran a patrias distintas y no a una misma nacionalidad. Era visible que la diferencia de niveles económicos determinaba un trato preferencial para el niño que se suponía de estirpe poderosa, en perjuicio del de la clase desvalida.

Gaitán aprendió de su madre una lección muy honda, desde su niñez y para siempre: a respetar al hombre por su dignidad y merecimientos antes que por su condición social y económica; a evaluarlo como titular de una cultura, como valor social, económico y jurídico. Y esa lección fue indeleble.

Cuántas veces un signo de inequidad y de injusticia, de angustia arribó a su bufete de profesional, elevando sus ojos a la efigie de doña Manuela, que presidía la oficina, el abogado recibía el imperativo mandato: dedicar su inteligencia y su sabiduría a restablecer la equidad, com batir la injusticia y ungir con óleos de piedad la herida de la angustia. Hermoso ejemplo de quien no solamente fue madre por mandato de la sangre, sino en el de las normas infranqueables de la conciencia.

El segundo meandro fue el de la sabiduría adquirida de los conocimientos acumulados, del apatito insaciado del saber. Se formó al contacto de las doctrinas de los sistemas y por percepción directa de los problemas populares. En contacto con los hijos del pueblo adquirió el conocimiento de los agudos problemas económicos y sociales; desató sus pesquisas sobre las huellas de las desigualdades tradicionales; aprendió que ellas engendran la desconfianza, suscitan el temor, desatan el odio, libertan los instintos primarios que colocan en la lucha hostil al hombre contra el hombre. Esa percepción objetiva lo llevó en sus actividades penales a sostener que el delincuente revela menos peligrosidad cuando es la injusticia social el motivo determinante que lo conduce a la violación de la ley.

No es temerario afirmar que la influencia materna y el rudo choque recibido por la visión de la injusticia, fueron determinantes decisivos de su dedicación a los estudios penales. Muy otra habría sido la orientación profesional de Gaitán, si hubiera carecido en sus años iniciales de esas dos motivaciones poderosas, que confluyeron a la creación de su personalidad como dos ríos que después de recorrer cauces diferentes conjuntan el caudal de sus aguas en un mismo estuario.

La influencia maternalicia y el contacto con el pueblo produjeron su posterior entrega, visceral, sin limitaciones, al derecho penal, que se preocupa del más grande de los fenómenos: el fenómeno humano, en el que cada ser es un mundo distinto en formación y características, aunque colectivamente esté condicionado a pertenecer a un solo orden social. Sin la concurrencia de tales factores, Gaitán habría sido un eminente abogado civilista, preocupado de los bienes materiales, pero olvidado de la angustia de los hombres; se habría dedicado a la defensa de las cosas y no a la protección de los seres. En la empresa orgullosa de su escudo el lema de que: el abogado es el que aboga por otro, hubiera sido reemplazado, por el de que abogado es el que aboga por los bienes.

3. Terminada la educación primaria en la que estuvo asistido por la comprensión afectuosa y la rectoría inteligente de su madre, Gaitán necesitó obtener la instrucción secundaria con las naturales limitaciones a su orgullosa dignidad ceñida exactamente a la sobria economía hogareña.

Pero como jamás fue un resentido ni tuvo nunca conceptos limitados o mezquinos, ni llegó a experimentar el pesar del bien ajeno, que es amarillo como la cara de la envidia, llegó al despacho del doctor Simón Araujo, institutor de insignes calidades que regentaba un colegio experto en entregar a la república frutos sazonados de inteligencia, de sensibilidad y carácter. Frente al patricio, con juvenil coraje, le solicitó una matrícula de honor, es decir gratuita, velando con ese eufemismo, —matrícula de honor— el ambicioso apetito de sabiduría que limitaban sus escasos caudales.

Si arrogante era el peticionario, grande de espíritu era el pedagogo que recibía el requerimiento. El Maestro otorgó la beca así pedida con gallardía que honra su memoria. Gesto de suyo suficiente para destacar su efigie de creador de cultura. Araujo sabía que quien anhela recibir conocimientos está en el camino merecido de alcanzarlos. Quién tiene ansias de saber ya ha iniciado el áspero itinerario de la sabiduría.

Esa línea de elegancia espiritual la mantuvo Gaitán durante toda su vida. La matrona que le dio el ser la había determinado en sus rasgos iniciales; la fecundó después el doctor Araujo; la conciencia insobornable y la personalidad avasalladora del estudiante la prolongó a través de todos los estadios de su existir beligerante. Ninguna mezquindad en la conducta; ninguna trepidación del carácter; jamás una vacilación de la voluntad; ni retroceso frente a las amenazas; ni seducción ante los halagos.

Las lecciones recibidas de la madre comprensiva y del maestro eximio determinaron esa verticalidad evidente en todos sus episodios vitales y se consagra en una hermosa anécdota de su actividad profesional. Cierta vez llegaron a su oficina los malquerientes de un defendido suyo y le notificaron que poseían suficiente influencia política para decidir el buen o mal éxito de su candidatura a la Cámara de representantes, pero que la ejercitarían en su contra si perseveraba en defender a su poderdante.

Al escuchar Gaitán a indecorosa propuesta, erguido y colérico fulminó a quienes pretendían irrespetar su toga de defensor con estas decisivas palabras: “Soy abogado de la república. ¿Quién dice a mí abogado de quien debo serlo? ¡Fuera de aquí!”

4. Frecuentemente y con censurable ligereza se ha dicho que Gaitán, aunque destacado penalista era un demagogo vulgar, un agitador irresponsable, un estimulador de las más bajas pasiones del pueblo dedicado a aprovecharlas para sus fines políticos. Grande error de quienes tal afirman, si es que se trata de gentes equivocadas. Pero tremenda deformación de la verdad si proviene de gentes ilustradas. Porque Gaitán poseyó una densa cultura, nutrida de fuentes clásicas de Grecia y Roma, en las obras maestras de sus literatos, pensadores y artistas.

Sabía a cabalidad cuanto significan para la marcha del mundo, Cervantes y Shakespeare, para citar solo esos dos nombres estelares de la literatura universal. Y le eran familiares en el estadio del arte Leonardo y Goya, Rafael y Miguel Ángel. Como en la filosofía no ignoraba a Hegel, Descartes y a Kant. Ni en la sociología le eran ajenos Durkheim, Spencer y Engels. Fue Gaitán un ávido hombre de letras y en sus mocedades hubiérase dicho que ese sería el rumbo de su destino: la creación estética, el culto a la belleza, visible desde entonces en su estilo de rasgos incisivos y en la justeza del enjuiciamiento, todo ello presidido por un precoz sentido de cuanto puede ser la prosa castellana.

Fue así como en esa época escribió varios ensayos literarios titulados Simón Araujo, Mi Rosal, Dos Ladrones, El Proceso, Grecia y Homero, El Egoísmo. Estas creaciones iniciales de literatura, de interpretación crítica, de sociología y aún de todo estrictamente lírico, fueron seguidas de dos oraciones que anunciaban ya el futuro dominador del ágora: un discurso ante la tumba de Rafael Uribe Uribe y otro ante de la Guillermo Quintero Calderón.

5. Exitosamente cursados los estudios secundarios en el colegio del doctor Araujo, quedaban francas para Gaitán las puertas de un recinto que habría de honrar perdurablemente: la Universidad. Es sabido que su tránsito por los claustros universitarios culminó en una tesis de grado de contenido excepcional que es, era y será clásica si entendemos lo clásico como lo que perdura, lo que resiste la acometida de los sucesos y los tiempos.

Esa tesis de grado llamada “Las Ideas Socialistas en Colombia” fue y es clásica porque a ella tendrán que recurrir cuantos quieran com-prender el proceso de nuestro pensamiento político. En la universidad Gaitán trabajaba con inquietud, pasión desenfrenada por la verdad y ansia de superación penetrado de responsabilidad que tenía ante su propia conciencia.

En dos sentidos orientó desde entonces su actividad vital: a considerar como menguado todo triunfo obtenido por intrigas o influencias, y a capacitarse a fondo y de fondo cuotidianamente sin conceder tregua al cansancio, ni ocasión al pesimismo.

Es sorprendente que en una tesis de grado —fruto generalmente del convencionalismo académico— se encuentran consignadas la prefiguración de un destino político y la explicación de un movimiento doctrinario. Todo ello se encuentra en esa tesis original y profunda.

En tan memorable evento apreciamos otra notable faceta de Gaitán: su respeto a la inteligencia, su acatamiento a la cultura y su diferencia para el adversario ideológico cuando lo juzgaba digno de sostener la controversia. Porque sabía muy bien, él que por educación, por temperamento, por ubicación humana, monseñor José Alejandro Bermúdez (como historiador y como sacerdote) disentía de sus planteamientos.

Sin embargo lo designó residente de Tesis, es decir la figura cimera ante la cual tenía que sustentar los argumentos de su exposición. En esta forma proclama su respetuosa deferencia a las ideas y creencias de los demás como requisito previo para poder exigir que los demás respetaran las suyas. Esa posición jamás fue desvirtuada. Porque su entereza mental y su capacidad científica no rehuían la controversia sino que la buscaban, pues en ella encontraban la forma de evidenciar sus excelencias. Para él en las relaciones humanas la diferencia de opiniones no implicaba desacato beligerante al adversario, cuando este lo era con lealtad e hidalguía. Y también demostró con tal acto que aunque teísta convencido era partidario irrevocable de la libertad de cultos y doctrinas.

Sin pertenecer a los fanáticos ortodoxos del marxismo, es decir, sin ser marxista, Gaitán aceptaba gran parte de la obra monumental del pensador judío o sea aquella susceptible de comprobaciones en la historia, la política y la sociología. Consideraba que Marx había descubierto un mundo: el vasto mundo de los fenómenos económicos y las leyes de su operancia en la organización de los Estados. Pero lo ubicaba en su plano verdadero, con sus aciertos y limitaciones, porque para Gaitán la realidad social no podía ser excluyentemente analizada a la luz de lo económico, ya que siempre el hombre, el objeto de toda cultura, el titular de toda con quista técnica y científica, a razón de todo el esfuerzo colectivo.

6. Dijimos ya cuán raro es que una tesis de grado prefigure una carrera científica, una vida de pasión altruista, una existencia de grandeza. Pero así fue, y su tesis sobre las ideas socialistas en Colombia, aunque recibida con prejuicios hostiles, tuvo que ser aceptada como incuestionable. Desde ese lejano entonces inició Gaitán su lucha sin sosiegos por modificar el medio social, redimiéndolo del individualismo, la estrechez, la mezquindad y la injusticia.

En ella esbozó el destino del hombre colombiano, la urgencia de construir un Estado del pueblo y la necesidad de dedicar a esta faena todos los esfuerzos. Planteó la industrialización del país para beneficio de todos y no de estrechos grupos privilegiados; la democratización de la tierra, la extensión de la cultura, la capacitación técnica del trabajador, la investigación de los recursos naturales inexplotados o desconocidos, es decir, toda una revolución de la sociedad colombiana, que hiciera de ella el recinto de la justicia social, del bienestar colectivo, de la equidad en el goce de la riqueza.

Predicó la planeación del crédito dirigido a la producción, al estímulo del trabajo, inyectando en él todos los campos de la economía nacional. Entendía con sagaz realismo que las diversas zonas de la actividad económico-social tenían derechos a ser irrigadas alternada y sistematizadamente con él. Agricultura y ganadería, industrias extractivas y de transformación, todas ellas deberían recibir con rotativamente con mesura y equilibrio, los beneficios creditarios.

Aceptaba la urgencia de nacionalizar la banca, pero limitando la nacionalización al Banco Central de Emisión como única manera de regular los fenómenos monetario, crediticios y financieros. Fue además un tenaz defensor del ahorro popular y de utilizar sus fondos con fines re productivos ubicados en el campo social como vivienda obrera y campesina, cooperativas educacionales y tantos otros aspectos de la vida colectiva. Su criterio sobre el crédito demuestra que era partidario resuelto del cooperativismo, como sistema regulador de los mercados y paritariamente benéfico para los productores y los consumidores

Pero su preocupación cardinal determinante de las otras, fue el capital humano. Entendía él que el hombre de Colombia representaba la primera de nuestras riquezas y es claro que al considerarlo como razón, objeto y medida de la sociedad y del Estado, solicitaba de los poderes públicos una atención preferencial para el hombre nuestro, explotado y des orientado por una sinuosa demagogia.

Creía que la buena fe de los trabajadores de la ciudad y de los campos había sido asaltada con grave perjuicio para la nación y para el propio interés de las clases laboriosas. Y sostenía que si el trabajo estaba reconocido como función social, también era evidente la obligación del Estado de enseñar nuevos métodos de actividad trabajadora facilitando las técnicas necesarias para su perfeccionamiento.

7. Otra de sus inquietudes permanentes fue la de propiciar el establecimiento del seguro social, como institución encargada de democratizar las prestaciones hasta entonces solo otorgadas a una auténtica aristocracia obrera que detentaba la atención excluyente de las centrales del sindicalismo. Gaitán criticaba es te privilegio y abogaba por la nivelación y extensión de las garantías laborales, en razón del trabajo como tal y no de la empresa a la cual el operario estuviera vinculado. Esa lucha tenía un noble sello de equidad por cuanto esa organización del seguro vendría a democratizarlas, cubriendo el mayor número de riesgos con las mayores calidades de acierto.

Por otro aspecto Gaitán abogaba por el impuesto cualitativo, disminuyendo la contribución del indirecto que grava al consumidor. En materia de cargas impositivas defendía la equidad forjada sobre un sistema que reemplazara el sarcasmo irritante de un fisco pobre en un país rico, a causa de que los tributos apenas gravan el consumo y no a la capacidad económica, con el resultado que los organismos estatales son incapaces de solucionar los problemas de la higiene pública, educación popular, fomento económico, desarrollo vial, etc., respecto de los cuales sus recursos siempre llegan demasiado pocos y demasiado tarde.

Pero lo fundamental no es que Gaitán hubiera planteado estos problemas, muchos de los cuales han sido presentados a la consideración de sus compatriotas, por otros políticos colombianos de tiempo en tiempo y con miras a la posibilidad de los eventos eleccionarios. Lo que resalta es que él los agitó siempre a través de toda su vida de luchador, con sinceridad entrañable y prefecta consecuencia.

Sus planteamientos no fueron actitudes oportunistas, ni se dirigí an a solicitar votos; no fueron ademanes fugaces, ni simples halagos a la sensibilidad popular, sino trasunto de su vida de pensador y de político. Más que ninguno podía el aplicarse la frase de un colombiano ilustre que afirmó que su programa era su vida. En Gaitán también su programa era su propia vida.

En el decurso de más de veinte años de agitada acción política expuso siempre las mismas tesis; defendió idénticas reivindicaciones; presentó las mismas necesidades. Es sorprendente que un político nuestro pueda exhibir tan perfecta correspondencia en sus actuaciones públicas de 1929 a 1948. Una misma línea social, filosófica y política condiciona y preside sus planteamientos, desde su tesis de grado y sus intervenciones parlamentarias de 1929, hasta la “Oración por la Paz” y la “Oración por los Humildes” pronunciadas el mismo año de su sacrificio.

8. A quienes lo acusaban de explotar las pasiones elementales del pueblo, les respondía que toda idea era una pasión en marcha. Que era urgente menester de nuestra vida política, reemplazar la simulación por la autenticidad, elevar el nivel de la controversia partidista, a fin de que e-se ascenso se tradujera en la dignificación de las pasiones y anhelos colectivos.

Que la devoción por la justicia, la reverencia a la verdad, la avidez de la belleza, solamente podrían florecer en el ánima de las muchedumbres consagrando en las instituciones ideas de verdad, de justicia y de belleza; que era necesario y de urgente redimir a la política de la preocupación menor del burocratismo que limitaba la controversia de los partidos al relevo o permanencia de funcionarios y empleados.

Y aún más: que los jefes de las colectividades históricas y sus subalternos ejercían la política para obtener embajadas y ministerios, y que para satisfacer esas ambiciones adjetivas, conducían a obreros y campesinos a librar las mal llamadas contiendas ideológicas, que degeneraban en zambras y violencias estériles.

9. Fue un tenaz defensor de la carrera administrativa, como estructura indicada para tecnificar los servicios del Estado, propiciando la especialización de los funcionarios, garantizando su continuidad y defendiendo sus derechos en tanto que demostraran capacidad, probidad y honesto servicio. En virtud de tal medida el empleado público no tendría temor a ser removido por los azares políticos, ya que su conducta y eficiencia técnica serían garantía plena de su estabilidad, que deberían ser aprovechadas por cualquier partido que asumiera el poder.

Tal criterio expuesto en sus discursos fue cumplido exactamente durante su mandato en la alcaldía de Bogotá y en los ministerios de Educación y Trabajo, demostrando que cuando asumía posiciones de gobierno implantaba en la práctica, sus adoctrinamientos teóricos, contra la tradicional costumbre de los jerarcas colombianos.

A ese respecto la historia registra la siguiente anécdota. Un alto empleado conservador se creyó en el deber de renunciar su posición técnica cuando Gaitán llegó a la dirección de los destinos de la capital de Colombia. A esa renuncia respondió el Alcalde Mayor —que de veras lo era— con estas palabras: “Puede continuar en su cargo prestando sus servicios técnicos a la ciudad, ¡porque la orientación política de la Alcaldía la determino yo”!

10. Gaitán consideraba que la política era la más noble actividad a que podía dedicarse el hombre, pero señalaba que una diferencia fundamental entre el político y el politiquero, entendido aquel como el defensor del pueblo y este como el habilidoso aprovechador de las posiciones y las preeminencias. Para él, el primero era el ciudadano dedicado a forjar la grandeza de la nación, magnificándola dentro de sus fronteras en afanosa búsqueda del bienestar de sus compatriotas; el segundo un experto en maniobras y logrerías.

Podríamos definir su anclaje ideológico afirmando que era un socialista del liberalismo. Entendía al socialismo como un criterio sociológico, un itinerario de ideas, un sistema directivo, no como una simple organización partidaria. Lo definía como estructura mental que sitúa al gobierno en función del hombre y dedicado exclusivamente a su servicio.

Y como demócrata integral afirmaba que en Colombia no se había puesto en vigencia la verdadera democracia, porque el liberal que desde su nacimiento se sentía inscrito en ese partido, como el conservador que desde la cuna estaba ligado a esa colectividad, no tenían de la democracia una idea sino una emoción hereditaria y sin contenido actuante.

No les había sido posible entenderla ni practicarla, obnubilados por un sentimiento hereditario, no conciensal, lo que se hacía evidente al reducir esa visión al campo meramente partidista, con prescindencia de contenidos económicos y sociales. Su pensamiento al respecto no puede presentarse a equívocos.

En el discurso presentado el 2 de diciembre de 1936 en el Teatro Municipal de Bogotá, está consignado diáfanamente. Y en un aparte de su “Sociología y Antropología” que figura en el Tomo IV de su obra científica, oficialmente editada, figura el párrafo que reproducimos textualmente:

—La realidad democrática es esta: desde la Revolución Francesa, los pueblos hablan de cumplir con el querer democrático, de respetar la voluntad popular, pero ¿cuál es la opinión del pueblo? Las masas analfabetas no tienen capacidad para analizar ninguno de los problemas de la nación; la opinión del pueblo se reduce a la opinión de los periodistas, de las sociedades científicas y financieras y a las de una ínfima minoría estudiosa. Todas las opiniones de estas entidades no son sino conceptos plenamente personales. De esta manera la opinión de los periódicos no es sino la de sus directores vaciada en los lingotes del linotipo—

Sostenía que como esas entidades directoras estaban ancladas en los sistemas que rechazan los fenómenos sociales, como fundamento de la vida colectiva y como acción científica para conducir la organización social, era apenas elemental que sus opiniones contrariaran los intereses de la mayoría de los asociados y que, en consecuencia, esa minoría pensaba, proyectaba y ejecutaba una política contra las necesidades de los grupos mayoritarios, haciendo uso abusivo del nombre de la democracia y de las libertades esenciales. Por ello consideraba que debía ser función previa libertar económicamente a los colombianos, para poder capacitarlos culturalmente, a fin de que puedan adquirir conciencia de su misión en la sociedad en que actúan, y participar conscientemente en la actividad democrática.

Una vez conseguida esa liberación, Gaitán opinaba que el voto debería ser obligatorio, para que todos los ciudadanos intervinieran en la orientación del país; estudiando los distintos problemas presentados por los partidos en la contienda electoral, pues con la obligatoriedad del sufragio se reemplazaba la nociva influencia de los caciques que ejercían su misión directiva con la coacción y el fraude, como instrumentos para defender los intereses de sus grupos. Fue también adalid de la incorporación de la mujer a la actividad política, y solicitó sin descanso que se le otorgara el uso pleno de la ciudadanía para libertarla de la esclavitud tradicional y permitirle actuar con la misma capacidad del hombre, en la batalla por el bienestar de la nación.

11. Innumerables combates libró Gaitán por la restauración moral de la república, uno de sus slogans predilectos. Condenó el crimen de Estado; condenó la violencia partidaria como causa de la violencia homicida; atacó el peculado, la concusión, el soborno y el cohecho, enfermedades endémicas de la administración pública.

Fustigó a los políticos que oponían sus intereses personales a los de la nación y solo fue sectario para demandar respeto de la dignidad del hombre, a su esencia humana, a su plenitud vital. Su defensa de la honestidad en las costumbres no se limitaba a la atmósfera ética, sino que la aplicaba al bien de la comunidad.

De ahí que en una de sus trascendentales exposiciones diera una explicación sociológica de la moral, demostrando que no es un ente inmodificable y pétreo, sino una noción cambiante y evolutiva de acuerdo con las circunstancias sociales. Esa tesis fue exhaustivamente sostenida, no ante el coro de los doctores, sino frente al pueblo mismo, en una de sus oraciones pronunciadas en el Teatro Municipal de Bogotá.

12. El líder tuvo la mística de la justicia. Afirmaba que el país que tolerara su relajamiento, su enervación en la política, la incapacidad o venalidad de los jueces y magistrados, estaba condenado a caer de bruces en las fauces de la anarquía. Pidió la plena autonomía del órgano judicial frente a la política de los partidos y ante los halagos de los grupos sociales, porque la misión de disentir el derecho y dar a cada cual lo suyo no toleraba ninguna interferencia de grupos, clases o instituciones.

Toda influencia de las partes contenciosas de la sociedad, en su concepto, disminuía la majestad de la toga y propiciaba la disminución del respeto debido a los magistrados. En todos sus discursos parlamentarios o forenses resalta su pasión por la justicia, condensada en su propia frase: “En la sociedad donde la justicia reina, hay luz y alegría; donde ella pierde vigencia, hay oscuridad y dolor”

13. Hemos querido ser ceñidamente leales al interpretar el pensamiento de Gaitán y ninguna fuerza es capaz de desviar nuestro criterio. De ahí que afirmemos que fue el primero entre nosotros, que invitó a las Fuerzas Armadas a intervenir decisivamente en la administración del Estado, cuando expresó que los soldados de la república debían extender su órbita de acción y convertirse en desvelados centinelas de la liberación de las masas campesinas. Como el tema es de suyo delicado, transcribimos el artículo L del Programa dado por él al liberalismo colombiano, que nos saca garantes de esta afirmación y que copiamos textualmente:

Artículo L: El liberalismo considera que el ejército Nacional es una de las mejores fuerzas con que el país podría contar, para el desarrollo de una vasta empresa de liberación del campesino en el orden físico, mental y económico”.

14. El concepto sobre el servicio diplomático del país, era objetivo y punzante. Criticaba su inoperancia nacionalista; sostenía que esos funcionarios eran unos simples electoreros en receso y que nuestras viciadas costumbres, habían convertido al Ministerio de Relaciones Exteriores en una oficina dedicada a retribuir servicios electorales, sin tener en cuenta la idoneidad de los agraciados con las designaciones, todo lo cual conspiraba contra el prestigio de Colombia, e impedía la formación de una carrera diplomática digna del país y de sus tradiciones.

Pero su pensamiento en estas materias iba más allá. Gaitán preconizaba que la orientación de nuestra política internacional debería dirigirse a obtener el entendimiento la alianza de los partidos democráticos y populares del continente, de los organismos de izquierda de América, con miras a poner en ejecución una solidaridad dinámica que extravasara el aislamiento geográfico de las fronteras, para contrarrestar el contubernio de los movimientos derechistas que irradian su influencia perforando los lindes de naciones y continentes.

En esa forma era fiel al perfil cardinal de su pensamiento. Servir los intereses colombianos con un equipo diplomático eficaz, y procurar la defensa de los demás pueblos contra las cometidas revolucionarias.

15. Su obra parlamentaria fue inmensa y fecunda. Su acción política se destacó más en el estadio del Congreso que en la prensa y en la plaza pública. Tenía fe en su actividad legislativa. Por eso decía que era un profesional político y no un político profesional, que utilizaba la curul del Parlamento como la mejor herramienta para contrarrestar la actuación de un organismo integrado en su mayoría por enemigos del pueblo, con la gestión de un colombiano dedicado a abogar por que se realizaran, al menos en parte, los anhelos nacionales.

Efectivamente fueron muchas las conquistas logradas en el recinto legislativo y muchos los estirados personajes a quienes su oratoria desposeyó de sus altas investiduras oficiales. Su dialéctica vigorosa, la violencia de sus acometidas, su facultad de réplica, hacían de él un adversario temible. Al finalizar los debates, nadie en privado, desconocía que la verdad estaba de su parte.

Pero la “dialéctica del número” empleada por sus poderosos adversarios, lo derrotó muchas veces en los más vastos y mejor estructurados proyectos de ley que concibiera, como la reforma agraria, la reforma constitucional que proclamaba la propiedad privada al servicio de la sociedad, para reemplazar el concepto de la sociedad puesta al servicio de la propiedad privada como ocurre actualmente; el voto obligatorio para varones y mujeres; la nacionalización de la enseñanza unificando sus contribuciones fiscales a fin de evitar el perjudicial sistema de que la nación suministra útiles, los departamentos pagan sueldos y los municipios proveen locales escolares, anarquizando el servicio, facilitando el despilfarro y restando eficacia a los esfuerzos de los institutores, sobre todo en la enseñanza primaria.

La relación de sus iniciativas parlamentarias quedaría incompleta si omitiéramos el proyecto de reforma constitucional, cuyos artículos legalizaban las huelgas de solidaridad y eliminaban las diferencias entre los movimientos laborales en las empresas privadas y en las de servicio público que hoy existe, con evidente perjuicio de los trabajadores de las últimas, y establece la paradoja irónica de que el Estado impone al patrono particular, obligaciones que él, siendo el más llamado, se niega a cumplir.

Tales iniciativas, fueron por él estudiadas a conciencia y defendidas en las magnas oraciones insertas en este volumen. En defensa de sus proyectos demostró Gaitán, ser hombre de serias disciplinas científicas, no solo en su especialidad de penalista, sino versado profundamente en todas las cuestiones constitucionales, civiles y administrativas.

Pero ante todo un colombiano que aunaba a su conocimiento de la teoría del Estado y de los problemas diversos de la nación, un sentido patriótico generoso y fuerte para resolverlos. Su actividad puso de relieve tanto la compenetración con los problemas, como su capacidad de interpretarlos a la luz de sus conocimientos sociológicos y sicológicos, amplificados en la percepción personal y directa de los caracteres específicos de todas las regiones del país, con sus distintos grados de desarrollo económico, determinismo geográfico e integración racial.

16. Ya dijimos que estas notas no aspiran a ser un prólogo a la obra política de Jorge Eliécer Gaitán, ni un ensayo sobre su personalidad polifacética, sino un breviario de explicaciones sobre ambas. Y esquema-tizar los lineamientos filosóficos, económicos y humanos del compatriota que mayor inquietud política y social ha desatado en lo que va corrido del siglo. Tuvo poderosos y permanentes adversarios, pero esa fuerza hostil fue apenas acicate que estimulaba su formidable capacidad de lucha. La reciedumbre de su voluntad quedó consagrada en su frase memorable: “Lo fácil está hecho. Lo difícil lo haremos y lo imposible lo venceremos”.

No pudimos incluir en estas páginas sus oraciones admirables pronunciadas en el Concejo de Bogotá y en la Asamblea de Cundinamarca, porque no fueron publicadas en los anales de esas corporaciones ni en la prensa. Las actas de las sesiones se limitaron a informar —como los periódicos— sobre los temas tratados por Gaitán en los debates.

Hemos publicado solamente las oraciones de que existe versión taquigráfica, las que han sido recogidas en folletos que son hoy curiosidades bibliográficas, o las que fueron reconstruidas para la prensa de la época. Y hemos revisado cuidadosamente todos sus textos para redimirlos de cualquier posible error del taquígrafo, del linotipista o del corrector de pruebas. De esta manera el pensamiento de Gaitán aparece fielmente ceñido a como fue expresado.

Si el lector avisado observa variación en algún vocablo, giro o clausula, ello se justifica por razones estrictamente técnicas. Porque la falta de tiempo de Gaitán para revisar sus oraciones determinó que con su conocimiento, aparecieran mientras vivía, textos con errores innumerables tergiversaciones de contenido y estilo, que en esta esmerada edición serían inadmisibles.

Debemos advertir por último, que a excepción de cinco todos los demás discursos fueron improvisados. Solamente pronunció las siguientes oraciones escritas: ante la tumba de Uribe Uribe en 1919; ante la de Guillermo Quintero Calderón en el mismo año; la pronunciada en el Hotel Granada en el homenaje que se le rindió por su nombramiento de Ministro de Educación Nacional en 1941; el discurso-programa leído en el circo Santamaría en 1945 y la Proclama al Liberalismo en 1947.

De sus oraciones forenses apenas publicamos los apartes en que el penalista se alejaba de las consideraciones científicas para tratar temas sociales o emocionales como el amor, la amistad, el dolor, que permitían desatar sin trabas su portentosa facultad oratoria.

Nuestra labor tiene solo un significado que nos enorgullece: rescatar de viejos archivos y de colecciones periódicas antiguas, la obra política de un colombiano destinada a condicionar durante mucho tiempo la historia de la república. Que ella no permanezca oculta al investigador, ni extraña a los ojos de las muchedumbres que aún lo lloran y veneran. Para eso se ha editado este libro, porque la gloria de Gaitán es parte integral de la historia de Colombia.

Deberíamos considerar frustrada nuestra labor, si no consignáramos una verdad que agita el corazón de las muchedumbres colombianas: Gaitán fue asesinado el 9 de abril de 1948, porque la suerte de su pueblo dependía de su supervivencia; porque los perversos, los envidiosos, los simuladores, LOS FARISEOS Y ESCRIBAS, supieron cabalmente que la prolongación de su vida, mantenía latente ene le pueblo el ansia de transformación que él encarnaba, la redención justiciera de los desposeídos y la conservación intacta de la soberanía nacional. Por eso con los tres disparos traidores que cercenaron su existencia, sofrenaron en porvenir del país y lograron que adviniera ese estado social abominable que estamos viviendo ahora.

Aun cuando estéticamente justipreciados los discursos proferidos por Jorge Eliécer Gaitán ante las tumbas de Rafael Uribe Uribe y Guillermo Quintero Calderón, no pueden calificarse de antológicos, los editores de este volumen los insertan en sus páginas por motivaciones que están justificadas. En efecto: estas piezas oratorias son fruto de juventud, pasos iniciales aún vacilantes hacia la vida y hacia la gloria. Bajo los arcos de su deficiente arquitectura estilística se destacan ya con vigorosa lumbre las notas esenciales de la personalidad del fututo caudillo y tribuno. Se ven allí las huellas de las lecturas nutricias; la búsqueda laboriosa de todos los meandros, de las varis raíces del saber; la orgullosa actitud de educarse y educar, de no conservar para el íntimo deleite los conocimientos adquiridos, sino arrojarlos hacia el mundo exterior en voluntariosa actitud de adoctrinamiento y docencia.

Porque Gaitán fue todo de lo contrario del estudiante colombiano enamorado de los libros que casi siempre ampara con un velo de timidez la riqueza de las nociones adquiridas y se esconde en una estéril torre de marfil con los conocimientos que afanosamente acumula. Gaitán desde sus mocedades era dado a la extroversión, al dominio del mundo exterior, a fundirse en oleajes multitudinarios y ejercer allí dominio. No enriquecía su espíritu en la lectura para entregarse al goce íntimo sino para proyectarlo sobre los demás, actitud a la que no debieron ser extrañas las actividades de sus progenitores, cuya misión vital fue el magisterio.

Esos antecedentes explican su actividad polifacética: Desde su primera juventud irrumpió bravamente en la lucha de los partidos, con discusiones, con artículos y ensayos. Perteneció a sociedades literarias. Escribió como buen colombiano, apasionados versos sentimentales. Con mosqueteril ademán, en su época de estudiante intervino en debates parlamentarios candentes, interpelando a los primates desde las barras del Congreso. Colaboró en páginas literarias de periódicos y revistas.

Demostró sus aficiones iniciales a la sicología en pequeños ensayos como “El Proceso, “el Egoísmo”, “La Memoria”, “La Realidad” y otros. Más, no contento con esas actividades imaginativas, en varios reportajes por él tomados, aprovecha para disertar sobre arquitectura, pintura, teatro, música y danza. Y como si ella fuera poco para contener sus ansias de expresión y dominio, afrontó temas al parecer tan ajenos a sus inclinaciones como el de la tauromaquia.

En 1919, con la personería que le otorgaron sus compañeros de estudios, llevó la palabra ante la tumba de Uribe Uribe. Sobre la imperfección muy explicable de la forma, campea en esa página oratoria el amor a las ideas liberales y la exaltada adoración de la gloria que había de presidir toda su existencia beligerante hasta su prematuro sacrificio.





Oración Fúnebre a Uribe Uribe

Señores:

El Centro Nacional de la Juventud ha querido que yo venga en su nombre a renovar las inmortales y siemprevivas, que hace un año regamos en esta misma tumba, donde yacen el brazo de un Córdova y el corazón de un Sucre.

Rafael Uribe Uribe fue el heroísmo; Rafael Uribe Uribe fue la cristalización de la gloria. Sobre él, como sobre un gran espejo, se reflejaron todas las tormentas de los cielos y todas las brumosidades del mar.

La historia sería la encargada de cantar la marcha del gran león asesinado, en torno de cuya melena ensangrentada aún revoloteaban las águilas del Genio, como temerosas de dejar aquella cabeza colosal.

Incapaz soy de bosquejar siquiera la figura del gran asesinado. Lo harán los tiempos. Ellos son el trono perteneciente al héroe, como el cielo es el trono perteneciente a Dios.

Era 12 de abril de 1859. En la ciudad de Valparaíso, una aurora de grandeza levantaba con frenesí estupendo la cuna de un niñito: era Rafael Uribe Uribe, era el héroe que desafiaría las tormentas, que nacía; era el mártir que rodaría ensangrentado desde el calvario de su sacrificio. Su juventud deslizó en la vida campesina, bajo un cielo de reposo cuyas estrellas se gozaban en bañarlo con su luz.

Era Uribe Uribe de temperamento heroico; su presencia parecía tallada en la roca de la leyenda y fundada en las fraguas de su idea; sus ojos centelleantes semejaban rayos de cólera, desprendidos de un cielo de quebrantos. Cuerpo alto y recto, de andar cadencioso, pero con la postura del Bayardo que se siente orgulloso de su fuerza y gemelo de su existencia, era un coloso de granito arrancado a las entrañas de un mar en torbellino. Este hombre lo era todo: maestro, jurisconsulto, orador, guerrero, escritor, diplomático, político, parlamentario, estadista, agricultor. Vencedor él, se llamó hidalguía; vencido se llamó heroísmo; demócrata, fue el mártir.

Su verbo lleno de llamas y de estremecimientos, lleno de amor frené tico a la patria, se centuplicaba para pedir la libertad. Parecía que el patriotismo y la democracia quisieran ahogarle entre sus brazos. Uribe escribió con la punta de su espada una página de libertad en el alma de Colombia y con su pluma una aureola de grandeza en el cielo de América.

Y llegó el día fatal. Era 15 de octubre de 1914. El crimen marcó la una y media de la tarde para escribir la más negra de sus páginas, y al pie del magno Capitolio, en medio de un bosque de laureles, que no era otro el que circundaba a Uribe, manos vendidas a golpe de hacha le dan muerte. Y el gran vencido se desploma con estrépito de una inmensa catarata; el corazón de Colombia se ha roto en pedazos; el más grande de los luchadores yace tendido en tierra; el más alto exponente del alma nacional acababa de ser asesinado.

El cielo está rojo, como copiando la inmensa charca; la América despliega a los vientos de la bandera de la muerte; el día huye lleno de sonrojo; los chacales celebran su festín, y solo la muerte cabalga airosa en aquel horizonte de pavor, pues ha conquistado para su propio imperio u-na de sus glorias auténticas.

Afortunadamente sobre los viejos troncos surgen en brote prodigioso los renuevos: José Manuel Saavedra Galindo, Mendoza Amarís, Luis Eduardo Nieto Caballero, Olaya Herrera, García Vásquez, Alfonso López, Armando Solano, Luis Cano, Tascón, Manotas Sánchez y tantos otros que han levantado el estandarte que el hacha asesina creyó abatir. Saavedra Galindo es una fulguración que, a despecho de los que no pueden soportar el peso de la superioridad ajena, y apoyado por la juventud que representó en estos momentos, ha de llevar en sus manos hasta las alturas del capitolio, la bandera de la libertad y la justicia.

La virtud misteriosa que se escapa de las grietas de esta tumba, basta para hacer despertar en la inmortalidad el corazón de la raza. Todo el ciclón que fue su vida, duerme en el blanco solidario de este poeta de la espada. Dispersos ya sus huesos por el hacha, el héroe se hace coloso; el que lo había vencido todo, vence también a la muerte, y álzase del fondo de ella más luminoso y fundido en la inmortalidad.

Las cenizas inmaculadas del gran asesinado suben al cielo con los mirajes de dolor, y sobre los horizontes se extienden en una floración de donde los astros del porvenir proyectan fúlgidos reflejos, que serán los en cargados de custodiar la tumba. La historia que se engalana con su nombre; el héroe se levanta ante los pueblos y Colombia llora la desaparición de Uribe.

Juzgaron y aún juzgan equivocadamente la radical actitud política de Gaitán frente a las necesidades del pueblo colombiano, quienes creyeron o creen que algunas de sus tesis centrales fueron solo recursos demagógicos para uso simplemente electoral. Fácil es sustentar esta afirmación con la lectura que en 1919 pronunció el tribuno en las exequias del general Guillermo Quintero Calderón en el cementerio de Bogotá.

Porque Quintero Calderón fue tan ilustre repúblico como militar de probadas charreteras, conquistadas en el fragor de las sectarias guerras civiles bajo el estandarte azul, que es el símbolo del conservatismo colombiano. Y como conservador doctrinario y beligerante, no solo actuó soberbiamente en los campos de batalla, sino que ostentó dignidades como la de Delegatario a la Asamblea Nacional Constituyente, Ministro de Gobierno, Designado a la presidencia de la república, y presidente por algunos días en reemplazo de Miguel Antonio Caro. Fue por lo mismo un conservador de perfiles rotundos y eminentes.

Esas cualidades no fueron óbice para que el universitario Gaitán, ya fogueado en las escaramuzas políticas en los cuadros del liberalismo, dijera la oración fúnebre ante la tumba del caudillo adversario, y exaltara con patrióticos trenos su recia personalidad tradicionalista, en nombre de sus compañeros liberales de los claustros.

Y destacamos este hecho porque prueba de que en Gaitán, no fue actitud demagógica o logrera la que asumió en defensa del pueblo conservador.

Tesis tan insistentemente proclamadas como la de que el hambre y las enfermedades no son conservadoras ni liberales; a la defensa del pueblo de los dos partidos contra las voraces oligarquías de los dos partidos; la lucha por la justicia plena, sin discriminaciones políticas, y otras muchas que tanto lastimaron el sentimiento partidista de los dirigentes liberales, tienen sus raíces en la adolescencia del caudillo y el tribuno. Lo mismo pude decirse sobre su permanente afirmación de que no valen los rótulos, las denominaciones, sino el contenido que encierran su esencia popular, su sustancia de equidad y de justicia para defender el derecho de los más contra la opresión fenicia de los menos.

Llama la atención que en un periodo de ardoroso sectarismo como el que le tocó vivir; cuando el rótulo prevalecía sobre las tesis y la denominación sobre la doctrina, un condottiero arrogante que se batía contra los jerarcas, hiciera la defensa pública y perseverante, no solo de las muchedumbres de su propia colectividad, sino también de las masas del partido adversario. Sobre todo si se tiene en cuenta como lo henos afirmado, que esa nobel actitud no se dirigía a la consecución de fines simplemente electorales, sino que arrancaba de una convicción profunda de su corazón generoso y colombianista.



Oración Fúnebre al general Quintero Calderón

Señores:

Fidias, el Homero del cancel que en la pulcritud perfecta de sus mármoles, consagró con ritmo de inmortal acento la gloria de la escultura griega, en una mañana luminosa y clara hizo conducir a las riberas de indomable grito, uno de los frutos de su genio. Y allí llevó con los ojos vendados hasta cerca del regio mármol, a uno de los amigos predilectos de su cariño y su confianza.

Mirad le dijo quitándole la venda. “Nada veo contestó el predilecto compañero del nimbado artista. Me anonada la grandeza de la obra; dejadme mirar de lejos, porque solo a la distancia podré admirar tu obra; tu obra que como todas las que han salido de tus manos, debe estar gritando al mundo que aun cuando la noche para todos se haga, aquí en la Grecia hay un cincel que triunfa como esas cimas en que la luz palpita cuando ya las asombras lo cobijan todo, y el sol se duerme en el arrebol sangriento”.

Así, señores, la humanidad y sus selecciones. Así nosotros y el gran hombre que hoy entre claveles y lágrimas conducimos al esfíngico santuario de los muertos. Todos lo conocimos de cerca, todos lo tratamos, todos oímos de sus labios las enseñanzas que como manantiales potentes refrescaban nuestra sed de diáfanas ideas. Todos conocimos su vida llena de merecimientos, lista a servir a los intereses de la república. Tal la vida de este santo de la democracia, su vida de sencillez russoniana, de valor aquilino, en que al cumplimiento de deber de un Héctor y la rebelión intrépida y generosa de un Ayax, se unió la fortaleza viril de las ideas en los umbrales del sepulcro, en donde tantas almas sin convicción honrada, entonan la palinodia como tributo al miedo.

Todos contemplamos en sus últimos años al austero anciano en su vivienda humilde hablando con el entusiasmo de la juventud primera; allí en su pobre cuarto de estudio, llorando los dolores de mi patria, gozando en sus triunfos —si pudo ver alguno— y dando ejemplo hasta el último momento de cómo un ciudadano cumple con sus deberes. Si hasta el último instante.

No hace quince días, ahí le visteis todos casi sin fuerzas en las últimas palpitaciones de la vida, llegar hasta las urnas populares. A él, columbrando ya la pálida silueta de esta tumba, le visteis servir a sus ideas mientras los más, los fuertes, los que sienten el deslizar de una sangre joven, con los brazos cruzados y las ideas muertas, despreciaban el ejemplo del epónimo patricio. Todos contemplabais su vida, entregada al culto de lo que él honradamente consideraba saludable al bienestar común. Desde el campo de batalla, donde él creía ver en cada floración de fuego un esfuerzo por la vida sana de la patria, hasta la lucha en el campo de la paz, donde su espíritu halló por fin la luz acariciada en sueños.

Todos la visteis, si, y la respetasteis y tuvisteis para ella un recuerdo; para esa vida de la cual ya no queda nada, sino sus obras que ahora se delinean y perfilan, como si de un vaso de agua se irguiera majestuosa y pujante una floración de rosas perfumadas y espléndidas.

Así de cerca lo visteis, pero como el amigo de Fidias en su obra, por estar cerca de su grandeza moral, os cegaba y era imposible que pudierais alcanzarla en toda su estupenda plenitud. Y es hoy, cuando la ley natural e implacable nos lo ha arrebatado, cuando se ha hundido en el piélago pro fundo de la nada y en nave ignota surca el mar que ignora los rugidos, cuando a nuestros ojos se dilata, se extiende, se hace más hermosa y erguida sobre el níveo sudario de la muerte, canta la apoteosis de la vida.

Ah!!! Caro patricio, lo que más siento es daros el doloroso adiós en nombre de los estudiantes liberales que tanto os quisieron; es no poder deciros como el gran Pericles, ante la tumba del preciado heleno, que no fueron vuestros esfuerzos vanos, porque con la cooperación de vuestro patriotismo la república escala la cima de sus glorias.

Ah, ¡no! Os vais, dejando a pesar de vuestras luchas a esta mi querida tierra, sin fuerza, sin prestigio, escarnecida y mutilada. Pero… si por lo menos quedaron los renuevos que mañana acometieran la obra de progreso. Pero no. tampoco. Dejáis una juventud sin entusiasmos, un hombre sin bríos, sin que haya querido pensar con Ibsen que la aristocracia del futuro será la aristocracia de la energía. No es que dejéis como dicen tantos, un pueblo sin ideas, sin razón; no. Dejáis un pueblo sin afectos, sin amor a las ideas, materializado, sin sentimientos, que son a las ideas lo que el vapor a las máquinas. Porque la razón convence, la razón adiestra, pero son los sentimientos, esos romanticismos que hoy llaman inútiles, los que obran, los que hacen a los pueblos, fuertes y libres.

No conozco la primera idea que haya triunfado por la razón; si conozco la razón que ha triunfado por el sentimiento. Y aún he visto a la razón vencida cuando sus enemigos tenían una pasión como los historiadores orientales de Stendhal. Fue el amor, es decir un sentimiento, y no la razón, lo que dio estoicismo a Sócrates, resignación a Cristo, intrepidez a Huss, dignidad a Campanella, impasividad a Praga, y, en fin, gloria y triunfo a ese cortejo de sacrificados, que entre sangre, lágrimas y fuego, han forjado el bienestar humano.

Por eso, antes que claveles y lágrimas, siemprevivas y laureles regados sobre el mármol bruñido del sepulcro que os ha de dar glacial abrigo, quisiera oír el voto solemne de imitaros en el amor a las ideas, hoy ante vuestro cadáver, en este día de duelo para el patriotismo, en este horizonte de pavor que solo la muerte cabalga airosa, pues ha conquistado para su imperio una de las glorias más auténticas.




DEBATE DE LAS BANANERAS

Graduado en 1924; Gaitán inició su carrera provisional, como todos los muchachos pobres, en medio de las mayores dificultades. Sin embargo, por obra de su voluntad metálica logró hacer algunos ahorros, robados a sus satisfacciones necesarias, para viajar a Europa y seguir un curso de especialización en Derecho Penal, hacia donde partió en julio de 1926. Regresé en 1928 después de un triunfo científico de resonancia internacional, y volvió a actuar en la política. Como las directivas de su partido le negaron una merecida posición de preeminencia, se hizo elegir a la Cámara por un movimiento disidente en 1929.


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