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Memorias de la Guerra de los Mil Días


Testimonio de uno de los causantes de la absurda confrontación fratricida en Colombia

1899-1902



Lucas Caballero Barrera











Memorias de la Guerra de los Mil Días

Testimonio de uno de los causantes de la absurda confrontación fratricida en Colombia 1899-1902

Lucas Caballero Barrera

Ediciones LAVP

© www.luisvillamarin.com

Teléfono 9082624010

New York City USA

ISBN-9781370391899

Primera Edición Bogotá-Colombia, diciembre de 1938

Reimpresión, marzo de 2018

Smashwords Inc.


Todos los derechos reservados. Esta obra no se puede reproducir ni total ni parcialmente, por ningún medio magnético, electrónico, reprográfico, facsimilar, fotocopiado o escrito, sin la autorización escrita del autor.

Solo se autoriza utilizar como referencia bibliográfica en trabajos de índole académica, o en la elaboración de estudios investigativos.





Índice

Introducción

La vida insufrible

El incendio

Propósitos de la revolución

El triunfo de Peralonso

La marcha hacia Ocaña

Un ejército detenido a piedra

Una correría por el exterior

La guerra en el sur

Los ideales del general Herrera

Cómo se sostenía la disciplina

Herrera en Panamá

El combate naval de Panamá

Preocupación patriótica de Herrera

En marcha hacia Aguadulce

La batalla de Aguadulce

Se constituye el gobierno del Istmo

De triunfo en triunfo

El desarrollo de un gran plan

Otra brillante victoria naval

Por qué se rindió un ejército

Necesidad de una nueva ofensiva

La paz del “Wisconsin”

Conclusión


Nota del Editor

El abrupto cambio sociopolítico generado por la derogación de la constitución federalista firmada en Rionegro-Antioquia de 1863, para dar paso a la constitución centralista de 1886, además de los violentos intentos de cooptación de los conservadores históricos, para los mezquinos intereses personales de José Manuel Marroquín, sumados a las ambiciones liberales de retomar el poder, no para mejorar el país sino las prebendas de las élites auto convencidas de un destino divino para gobernar a Colombia, hicieron metástasis y condujeron a Colombia al inicio de otra guerra civil a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX.

La denominada Guerra de los Mil Días, considerada el mayor conflicto civil en Colombia ocurrió entre el 17 de octubre de 1899 y el 21 de noviembre de 1902, al principio entre el partido liberal y el gobierno del partido nacional en cabeza del presidente Manuel Antonio Sanclemente, quien fue derrocado el 31 de julio de 1900 por José Manuel Marroquín Ricaurte, representante del Partido Conservador histórico en alianza con el sector liberal encabezado por el expresidente Aquileo Parra. A pesar de esa alianza, la guerra continuó entre liberales y conservadores históricos.

En síntesis, la sangrienta guerra fue un enfrentamiento sostenido de guerra irregular entre el bien organizado ejército gubernamental primero nacionalista y un ejército de guerrillas liberales mal entrenado y anárquico.

Pronto, la guerra se internacionalizó, pues se extendió a Ecuador y Venezuela, en cuyos territorios se libraron batallas entre fuerzas militares colombianas y ecuatorianas o venezolanas que apoyaban a las guerrillas liberales colombianas. Otros gobiernos como los de Guatemala, El Salvador y Nicaragua apoyaron a ambos bandos con armamento y suministros.

Estados Unidos también intervino en acciones bélicas en Panamá, donde una flota norteamericana garantizaba la seguridad del istmo desde el tratado Mallarino-Bidlack de 1846.

Por la anteriores razones, la cruenta Guerra de los Mil Días dio la victoria del partido conservador, pero a la vez condujo a la devastación política, económica y social de la nación, sintetizada en más de cien mil muertos, la desaparición del partido nacional y de remate en noviembre de 1903, la traición y separación de Panamá, que para la época era departamento de Colombia.

En conclusión, Colombia quedó devastada en todos los aspectos. Sobrevino una enorme crisis económica que se agravó con la separación de Panamá, la enorme deuda derivada de los gastos militares en los que incurrió el gobierno conservador y los compromisos adquiridos con los rebeldes liberales en el tratado de Wisconsin. Así, el país estaba empobrecido, sus industrias y vías de comunicación se encontraban destruidas, y la deuda externa e interna eran gigantescas. Prueba de ello es que la libra esterlina, utilizada en esa época como la divisa internacional referente de cambio pasó de 15,85 pesos en 1898 a 505 pesos en 1903.

En ese orden de ideas, Memorias de la Guerra de los Mil Días escrito por el aristócrata liberal Lucas Caballero, es una parte de la historia de la violencia desatada de manera simultánea por los irresponsables dirigentes políticos de ambos partidos tradicionales, pero desde luego un importante aporte documental para historiadores, sociólogos, militares, violentólogos y lectores en general que deseen profundizar en la accidentada historia de Colombia, y en las razones de la influencia de la violencia politizada en las dificultades que ha tenido el país, para ocupar el sitial que merece en el hemisferio debido a su privilegiada posición geoestratégica, pluriculturalidad, multi etnicismo y riquezas naturales.

Mucho por aprender de la historia de esta guerra, pero también mucho por corregir todavía. Colombia merece un destino mejor.

Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

Editor





Introducción

Comentario a la obra, publicado en el Diario El Tiempo de Bogotá D.E. el 31 de enero de 1938.

—Empezamos a publicar en este número la serie de artículos que escribe el Dr. Lucas Caballero Barrera acerca de la Guerra de los Mil Días. No hay otro colombiano tan bien informado como él acerca de los días heroicos, porque intervino en el conflicto, desde las juntas preparatorias, en que los jefes liberales inconformes hacían planes de redención para vencer la suerte aciaga, hasta el día en que en nombre del general Benjamín Herrera negoció la paz, que desde entonces goza nuestra patria a bordo del "Wisconsin"—

—Fue secretario general de la dirección suprema de la guerra y acompañó al general Vargas Santos en las luchas del norte. Cumplió comisiones en el exterior para conseguir elementos—

—Al lado del general Herrera se hallaba cuando adquirieron en El Salvador el vapor que fue bautizado con el nombre del "Almirante Padilla". Y durante toda la campaña de Panamá fue el jefe de Estado Mayor del mejor ejército que haya tenido en Colombia revolución alguna—

—Centenares de notas, de las que llevan las firmas de los directores supremos, fueron redactadas por él. Su espíritu de hombre civilizado y civil, militar de ocasión, que jamás ha hecho mérito de su título de general, influyó poderosamente en la orientación de las campañas, en la magnanimidad con los vencidos, en la exposición de las razones de la revolución ante el mundo—

—La guerra pasó sin dejarle ni la huella de un remordimiento. Sus actos de valor, de los cuales no hablará, los refería el general Herrera y los conocieron sus subalternos. Él no les da importancia.

—Prefirió y prefiere lo que se relaciona con el avance de la cultura, la defensa del derecho, la concordia entre los colombianos.

—Sus artículos carecerán de encono. Menos que las impresiones de un combatiente, serán las reflexiones de un patriota—

—Casi desde la terminación de la guerra venían pidiéndole copartidarios y adversarios, amigos todos, la publicación de algo como sus memorias. Pero él, sin decirlo, pensaba acaso, como Clemençeau, que es mejor hacer la historia que escribirla. Su nombre, en los trabajos de la paz siguió tan altamente colocado como en los de la guerra—

—Acaso más. Cosido está a los acontecimientos de importancia que se han desarrollado en el país en el presente siglo. Al margen, por ahora, de las actividades políticas, que sigue sin embargo con la emoción de los años juveniles, ha dispuesto de estas horas para exponer sus recuerdos—

—De ellos sale la extensa relación que hoy empezamos a publicar y hacia la cual llamamos la atención de los lectores—

Capítulo I

La vida insufrible

Preparativos de la guerra. Reuniones en casa de don Eustacio de la Torre. Paulo Emilio Villar, director en Santander. La falta de armas. El doctor Aquileo Parra quiere detener la guerra. El general Sergio Camargo responde a las críticas de los impacientes. La venturosa altivez colombiana. Causas de la revolución.

Es muy difícil discriminar y señalar sin objeciones las causas esenciales y profundas de los sucesos históricos.

Los fenómenos sociales de ordinario tienen a la vez muchos factores concomitantes, aunque arraigan principalmente en los sentimientos de los hombres.

Guerras, cambios de instituciones políticas, son determinadas por principios espirituales que conmueven la psicología de las multitudes.

Las causas inmediatas de una revolución a las veces pueden discernirse sin grandes dificultades; las mediatas, las que han preparado los sentimientos de los pueblos para una actitud definitiva y resuelta, esas obran en lapsos dilatados para formar en síntesis una conciencia colectiva y una voluntad uniforme.

Está aún por escribir la verdadera historia de nuestra guerra civil.

Un meritorio ensayo de análisis filosófico es el libro que acaba de publicar sobre ella el ya famoso publicista don Joaquín Tamayo. No lo presenta él, y así lo advierte, como una obra definitiva y es loable su empeño de indagar la verdad despojándose de todo espíritu partidista; pero así, sin quererlo, por demostrar imparcialidad incide en una que otra injusticia.

No es justa ni es exacta la aserción predominante en el libro en referencia de que a fines del siglo pasado el partido liberal colombiano no tuviera programa y hubiera perdido lo mejor de su doctrina.

Lo contrario es lo evidente. Por ese entonces los más altos pensadores y las virtudes más severas del liberalismo difundían en sus institutos intelectuales, el Externado y la Universidad Republicana, conceptos inmarcesibles y sagrados de emancipación política y las doctrinas más avanzadas de equidad social.

Algunos de esos hombres, jefes espirituales de nuestra colectividad, eran figuras americanas como Santiago Pérez, Salvador Camacho Roldán, Antonio Vargas Vega, Teodoro Valenzuela, Aníbal Galindo, etc., y los más, descollantes valores intelectuales y morales del país que en escenario despejado hubieran difundido su prestigio fuera de las fronteras patrias, tales como Luis A. Robles, Nicolás Pinzón W., Manuel Antonio Rueda, Simón Araujo, Diego Mendoza, José Herrera Olarte, Juan Manuel Rudas, Alejo de la Torre, Juan Félix de León, Ignacio V Espinosa, Ramón Gómez, Felipe Silva, Francisco Montaña y cien más de idéntico calibre.

Y actuaban como jefes del partido prestigios inmaculados y de largos y grandes servicios a la causa como Aquileo Parra, Camacho Roldán, Nicolás Esguerra, Gil Colunje, Luis A. Robles, Sergio Camargo. En ese tiempo, en medio de prisiones para unos y destierros para otros, llevaban en la prensa la voz del partido Santiago Pérez, Felipe Pérez, César Conto, Fidel Cano, Rafael Uribe Uribe, Juan de Dios Uribe, Antonio José Restrepo, Diego Mendoza, Carlos Arturo Torres, Tomás O. Eastman, José Camacho Carrizosa, Santander A. Galofre, José y Francisco de P. Borda, José María Núñez U. José Domingo Sierra, Julio Añez etc., para no mencionar sino los muertos.

En campos profesionales y en devoción y buen consejo a su partido levantaban encumbradísimo prestigio Felipe Zapata, Januario Salgar, Eladio Gutiérrez, Juan E. Manrique, Rafael Rocha Castilla, Rafael Rocha Gutiérrez, Juan N. González Vásquez, Enrique y Alejo Morales, etc., todos ya fenecidos.

Y entre gloriosos y excelsos jefes militares, unos desde la guerra del 60, otros desde las de 1876, 1885, 1895, contaba el liberalismo con los generales Sergio Camargo, Gabriel Vargas Santos, Foción Soto, Santos Acosta, Aníbal Currea, Benjamín Herrera, Rafael Uribe Uribe, Rafael Camacho, Cenón Figueredo, Francisco J. Albornoz, Rafael Leal, Benito Hernández, Siervo y Eugenio Sarmiento, Ramón y Agustín Neira, Juan Mac Allister, Marcos A. Wilches, Tomás Ballesteros, José María Ruiz, Aristóbulo Ibáñez, Cesáreo Pulido, Pedro Soler Martínez, Pedro Rodríguez, etc.

Y contaba también con una juventud profesional o de posición financiera independiente, dispuesta a toda suerte de abnegaciones y heroicidades, entre cuyos miles de meritorios miembros figuraban Enrique Olaya Herrera, Carlos Adolfo Urueta, Juan Francisco Gómez Pinzón, Antonio Samper Uribe, Paulo Emilio Bustamante, José Santos Maldonado, Cornelio Currea, José A. Ramírez Uribe, Emiliano Herrera, Julio Plaza, Arturo y Roberto Carreño, Miguel de la Roche, Antonio Suárez Lacroix, Emilio López, Tulio Varón, J. Joaquín Rocha C, Nicolás Buendía, Polidoro Ardila, los tres hijos de Daniel Hernández, –Horacio, Francisco y Carlos–, Leandro Cuberos Niño, Néstor Ospina, Víctor Antonio Picón, Eliseo Suárez, Juan Ignacio Gálvez, Olimpo Gallo, Noé Cadena, etc., para no hablar sino de los que ya no existen.

Si, pues, la élite de un partido es el índice del valor de la colectividad, con los nombrados y las reliquias que restan hay que demostrar que en pocas etapas de la vida colombiana ha tenido partido alguno personal de mérito intrínseco más digno de orgullo y más consciente de sus deberes ciudadanos.

De otro lado no perece en accidentes del tiempo el espíritu cívico de un partido, causa e impulso de programas políticos, cuando ese espíritu es impulsado por nobles ideas que nunca mueren, y cuando es cristalización de sentimientos en incontables generaciones sucesivas, los cuales sentimientos determinan la conducta colectiva.

El sentimiento democrático colombiano de los actuales tiempos no ha sido producto de un fiat lux de último momento; si es tan firme en su estructura como las capas geológicas es porque ha venido acendrándose desde la conquista y la colonia, en que nos cupo la suerte de ser conducidos por letrados y estadistas, hasta la independencia y la república en que no se han tolerado dictaduras individuales, sino sufrido espasmódicamente tiranías de partido. Y el liberalismo siempre ha levantado la bandera de reformas que respondan a los cambios de la vida y a los soplos de los tiempos.

Es necesario tener en cuenta cuáles eran las circunstancias de nuestro partido en esa época para apreciar y medir lo cruel e inmisericorde del régimen que lo agobiaba.

Muchos de nuestros más gloriosos hombres habían ido al destierro.

Los periódicos nuestros eran suspendidos y multados y sus directores reducidos a prisión o lanzados al destierro por cualquier crítica aunque fuera envuelta en gentiles eufemismos.

En las elecciones, que eran ocasión de sacrificios mortales para los vencidos, tan sólo dejaron llevar un miembro a la cámara en dos legislaturas sucesivas.

Sobre bienes, impuestos, libertades, el gobierno disponía sin que tuvieran representantes ni voceros los miembros de la colectividad perseguida.

No había una sola voz liberal en senado, asambleas, concejos municipales, poder judicial ni poder electoral.

La policía secreta y los sátrapas parroquiales hacían insufrible la vida.

Y así estuvo sojuzgado el partido liberal de 1885 a 1899. Era, pues, natural que el fermento constante de la rebelión obrara por parejo en sus hombres civiles y militares. El empeño de hacer la guerra era unánime en los miembros de las distintas generaciones. ¿Con qué programa, con qué bandera? Ante todo y por sobre todo, con la bandera y el programa de las más elementales reivindicaciones democráticas.

La situación del gobierno en los años 1898 y 1899 era como la describe en su libro el señor Tamayo: dentro del campo conservador, en manos de la oligarquía nacionalista, había lucha más o menos franca con la fracción histórica.

La situación económica y de consiguiente la fiscal distaban mucho de ser desahogadas.

Pero hubiera sido un iluso optimismo confiar en que fuera inminente la caída del gobierno, a menos que se cayera sobre nosotros, como decía don Januario Salgar, ni que hubiera prospectos efectivos de dar al liberalismo llevaderas condiciones de vida.

Regímenes de fuerza a las veces se sostienen por décadas y generaciones, de que hay tristes ejemplos en la América.

Circunstancias fortuitas me colocaron en posición de ser testigo en sus intimidades de los preparativos para una guerra con fundamentos de éxito y de muchos sucesos históricos de la que se desarrolló en los trágicos mil días.

Del directorio liberal compuesto por los doctores Parra, Camacho Roldán, Esguerra, Robles, Colunje y del general Sergio Camargo, que se reunía en las oficinas judiciales de Nicolás Esguerra y Compañía, firma de la cual era yo socio, serví de amanuense en comunicaciones de carácter reservado; de la dirección general de la guerra, encomendada al general Gabriel Vargas Santos, fui primero ayudante y luego secretario general en la campaña del norte; del general Benjamín Herrera en su campaña de la Costa del Cauca y del departamento de Panamá, fui jefe de estado mayor.

Y no sólo tuve en el interior del país oportunidades y circunstancias para darme cuenta de las razones determinantes de muchos sucesos de la guerra, sino que en el curso de ella me tocó desempeñar comisiones en el extranjero en preparación de nuevas ofensivas.

Con motivo de la publicación del señor Tamayo que ha despertado interés y recuerdos entre quienes tomaron parte en aquella épica contienda, muchos compañeros de armas me han instado para que dé a conocer los hechos de que fui testigo.

Defiero a esa cariñosa solicitud, no sin que me asalte el temor de que forzosamente habré de rememorar incidentes personales que, aunque baladíes, de cerca o de lejos dan idea del ambiente en que se movieron algunas campañas.

Inicio hoy, pues, una serie de artículos hasta que mi propia fatiga, o la de los directores de este diario o la de los lectores, impongan el silencio.

En los mismos días en que entraban a Bogotá bajo arcos de triunfo los ejércitos del general Rafael Reyes y del general Nepomuceno Matéus, que debelaron la revolución de 1895, se reunía en la casa de don Eustacio de la Torre Narváez, la plana mayor del liberalismo entre civiles y gloriosos jefes militares, para organizar un movimiento revolucionario mejor preparado y más pujante.

En estas juntas se inició un poderoso levantamiento de fondos que respondiera a la magnitud del intento y se reafirmó la confianza absoluta en el directorio liberal para una formal preparación.

El directorio con todo fervor tomó a pechos su encargo y afrontó por todas sus fases la seriedad del problema.

Consideró que debía formar del partido un organismo de combate y allegar los medios para un plan de ofensiva, combinado con provisión de amplios materiales de guerra, que asegurara el éxito de la lucha.

Estableció cuerpos directivos seccionales para el acrecentamiento de fondos y el sostenimiento de la fe en los adeptos, en el insomne desvelo para procurar la redención política.

Envió al exterior sucesivas misiones de la mayor prestancia para conseguir de los Estados vecinos facilidades de introducción de armamentos por las distintas fronteras y reconocimiento de beligerancia al estallar el movimiento.

Situó fondos en el exterior para la compra de materiales de guerra y designó los agentes de esa comisión.

Acordó los jefes más expertos y prestigiosos que debían encabezar las campañas en las distintas secciones bajo un plan coordinado con una jefatura suprema que procurara unidad de acción.

Mantuvo los medios más sagaces para conocer en cada momento los efectivos en parques, en hombres y situación del ejército del gobierno diseminado en toda la república y sus posibilidades de incremento.

En fin, trabajó sobre el concepto de que una guerra ofensiva no tiene perspectivas de éxito sino en cuanto se desarrolle sobre una perfecta unidad de plan y de acción, con elementos bélicos suficientes y con apreciación clarividente de las fuerzas y circunstancias del enemigo con quien se va a luchar.

Trabajos de esa naturaleza, bajo la vigilante persecución de un gobierno provisto de toda clase de medios de espionaje, forzosamente tenían que ser secretos y de ellos no podían expedirse boletines para los copartidarios por encumbrados que fueran.

Por otra parte, encomendada la suerte del liberalismo a los cinco beneméritos patricios que componían el directorio, personas conscientes de su enorme responsabilidad, e inspiradas en un excelso patriotismo, no podían excluir de sus empeños el aprovechamiento de toda oportunidad para conseguir por evolución los objetivos perseguidos por la apelación a las armas.

Respecto de tal evolución hubo en fugaces momentos las veleidosas e inconsistentes ocasiones de que hace memoria en su libro el señor Tamayo, pero era natural que cada decepción en ese camino enardeciera el ánimo de luchadores que no estaban en el secreto de los preparativos bélicos y que indujera a muchos jefes a apelar sin más espera a la suerte de los dados de bronce.

Sin embargo de tener como organizadores de la guerra un jefe militar tan experimentado y capaz como el general Sergio Camargo y el benemérito señor Parra que con su admirable buen sentido fue el victorioso director supremo de la campaña que debeló la revolución de 1876, entre copartidarios era notoria la crítica de muchos jefes por demoras en la orden de un levantamiento general.

Cuando el general Camargo, aquel Bayardo nuestro sin miedo y sin tacha, tuvo conocimiento de esas críticas de quienes habían sido valientísimos y eficaces subalternos suyos en cien campos de guerra, nos decía a oyentes de su confianza:

—No es creíble ligereza semejante en hombres que de las lides no deben tener un concepto fantástico porque han vivido la azarosa vida de las batallas—

—Con armas y municiones al arrojo puede no importar el número del contrario, porque obrando sorpresivamente como puede hacerse en la ofensiva, se concentra como un martillo la fuerza atacante para romper la línea enemiga por el sitio que se escoja y desbaratar luego las secciones así despedazadas, o porque a la defensiva, con el aprovechamiento de fortalezas naturales o creadas por el arte, se multiplica la eficacia del combatiente—

—Pero en los tiempos actuales, con estas armas modernas, no se puede contar con que se le toman al enemigo en la contienda, como lo hacíamos en la guerra de 1860, cuando en asaltos con lanceros, aprovechábamos las demoras del contrario en la carga y descarga de canillones—

—Hoy hay una enorme responsabilidad en malgastar estérilmente el valor y la sangre de los combatientes—

—Con que se terminen los preparativos que tenemos tan avanzados, ya verán mis antiguos compañeros de armas y los nuevos que los viejos nos sentimos con el alma joven, que no tenemos apego a la vida y que estamos dispuestos a jugarla pero con perspectivas de fruto para la causa de nuestra redención—

La impaciencia logró primero un cambio en el personal del directorio supremo y el nombramiento para Santander de un director seccional muy impulsivo, el Dr. Paulo Emilio Villar, quien debió tomar a lo serio la broma de un ingenio, el doctor Carlos Enciso, quien en junta de ardorosos revolucionarios manifestó que no había para qué esperar elementos bélicos del exterior, porque en las revoluciones, con sorpresa de los actores, surgen rifles como tiples en las fiesta de los pueblos.

El 17 de octubre de 1899 llegó a Bogotá un comisionado de los generales Benjamín Herrera, Benito Hernández y Rafael Leal para dar cuenta de que habían recibido orden del director de Santander de que se pronunciaran el 20 de octubre; de que no tenían sino sesenta rifles porque los revolucionarios de Venezuela, habían recogido para su empresa los pocos elementos dispersos y escondidos en el Norte de Santander, pero que así y todo, si no se aplazaba el movimiento, ellos harían por su causa cuanto les fuera posible.

Esa alarmantísima noticia fue la que determinó la junta liberal en casa del señor Medardo Rivas, y el telegrama circular de que da razón y que publica en su libro el señor Tamayo.

Además de eso el señor Parra envió inmediatamente a su sobrino el general Juan Francisco Gómez P., gallardísimo y prestigioso jefe del Sur de Santander, un comisionado para ver de contener tan temerario movimiento, pero cuando ese comisionado, el coronel Jacinto Vargas, se avistó con Juan Francisco, ya éste, en armas, se aprestaba a combatir en San Gil un destacamento del gobierno.

La guerra fue, pues, incontenible, fue desastrosamente festinada y la revolución, prácticamente inerme, hubo de multiplicar el sacrificio de la juventud liberal, por cuyo destrozo, y con mayor razón que el griego, pudo decirse que la república perdió su primavera.

Pero no porque esa lucha fuera desgraciada en la decisión de las armas, deba hoy cortarse en dos etapas inconexas y distintas en los móviles que la inspiraron, la historia de Colombia dentro del liberalismo, para juzgar que con los hombres que llevaron hasta el final esa aventura, terminó el deporte de las guerras y que hoy los rumbos civiles se deben a otro temperamento y a otros factores.

No, alguna parte han tenido en esa orientación después de 1902, Vargas Santos, Herrera, Uribe Uribe, Olaya Herrera, Urueta y los miles de ciudadanos liberales, de juicio y de cultura, náufragos sobrevivientes de esa empresa redentora, que han seguido rindiendo culto a los ideales democráticos.

Que no existiera hoy la amplitud institucional de que disfrutan los nacionales; que se reprimiera la libérrima expansión de la prensa; que no sólo no tuvieran como tienen los partidos plena libertad en el ejercicio de sus derechos, sino hasta el ruego para que los oposicionistas hagan uso de ellos y cooperen en la solución de las necesidades comunes; que idealmente se repitiera una situación idéntica a la de 1885 a 1899, veríamos que la ebullición del espíritu cívico de cualquiera de nuestras fuerzas políticas, atropellaría las compuertas que lo reprimieran, si fuera imposible, como lo fue entonces, la conciliación de los contendores.

Hombres, partidos o pueblos que se resignan a la abdicación de derechos, más que políticos, humanos, se traicionan a ellos mismos.

Ese sentimiento alienta, y ojalá para siempre, la noble altivez de los colombianos.


Capítulo II

El incendio

Primeras escaramuzas. El desastroso ataque de Uribe Uribe a Bucaramanga. El Dr. Parra buscaba la paz. José Santos, ministro de guerra nacionalista, en connivencia con los liberales. ¿Se trataba de una emboscada? Triunfa en Cúcuta Benjamín Herrera, organizador insuperable. Los comisionados de paz arrestados.

Una vez que estalló la revolución en el sur de Santander o en concomitancia con ella, rápidamente se propagó el incendio en el norte, en Boyacá, en Cundinamarca, en el Tolima y en la Costa. En todas partes los liberales carecían de armas, y casi en absoluto de municiones, y en sus cuerpos beligerantes, a donde acudía la juventud sin otro equipo que el del entusiasmo y el valor, literalmente estaban predestinados a ser víctimas de fusilamientos en masa.

En los comienzos de la guerra un golpe oportuno de audacia y de sorpresa, el de la captura de parte de la flotilla fluvial en Barranquilla, pudo haber determinado una orientación con promesas de éxito; pero esa ilusión quedó sepultada en el desastre del combate de los Obispos.

El inolvidable Figueredo, aquel jefe tan valiente, tan audaz y tan experto en lides bélicas, pronunciado en las inmediaciones de la capital, con un grupo de jóvenes, entre los cuales figuraba Enrique Olaya Herrera, dentro de un círculo de hierro que le formaron las fuerzas del gobierno, de tope en tope, sin otros útiles para romper ese anillo que su pecho y el de sus compañeros, vino a rendir la vida, pero no su entereza, en las inmediaciones de Nocaima.

Carrera, con su fuerza, fue destrozado en el Tolima, y no mejor suerte le cupo en Manta al impertérrito José Santos Maldonado, y a sus heroicos compañeros Infantino y los Jiménez.

En el final del mes de octubre y principios de noviembre los pronunciados en Boyacá se encaminaron al Sur de Santander para formar un solo cuerpo de ejército con las milicias comandadas por Juan Francisco Gómez P., y así emprender una misma campaña. En la Mesa de los Santos se concentró el cuartel general, en donde, a falta de armas, infundían confianza y arrojo jefes de la magnífica intrepidez de Rafael Uribe Uribe, Ramón y Agustín Neira, Pedro Soler Martínez, Tomás Ballesteros, etc., etc., y donde los jóvenes y noveles combatientes tenían el estímulo y el ejemplo de las hazañas coronadas por su gallardísimo coetáneo Juan Francisco Gómez P.

En la Mesa de los Santos se dio unidad al ejército bajo el mando del general Uribe y allí resolvieron el ataque a la plaza de Bucaramanga, resguardada por un fuerte ejército del gobierno, protegido por toda clase de trincheras y con un arsenal al colmo del deseo.

Uribe Uribe aprestigiaba cualquier causa por sus múltiples y sobresalientes facultades de hombre público y por la austeridad de sus virtudes admirables. Consciente de su altísimo valer, no se acomodaba a ser segundo de nadie. En la guerra, con su elocuencia exaltaba hasta el delirio el entusiasmo de las masas y con su heroísmo el arrojo de sus secuaces. En los combates era demasiado impetuoso y jugaba con desdén su propia vida en hazañas siempre arriesgadas y en ocasiones sublimes.

No sé si sedujera a los atacantes de Bucaramanga la confianza en la propia incontrastable valentía para arrollar el esfuerzo que se les opusiera en su contra; lo que sí dejó en claro ese desgraciado intento, fue que esa batalla, por la calidad de sus pérdidas, especialmente en jóvenes, de quienes Juan Francisco era ejemplar de singular valía, representó para el liberalismo uno de los sacrificios más lamentables de la guerra referida.

Mientras los anteriores sucesos se cumplían, el gobierno perseguía con prisión en Bogotá a todos los liberales, prisión de que algunos escapaban cambiando de escondites, y en los días de la formidable batalla santandereana, momento por momento publicaba boletines de la aniquiladora tragedia liberal.

Estando yo en relativa seguridad en una casa amiga, fui sorprendido por el urgente llamamiento que me hizo el doctor Aquileo Parra, para que fuera en el acto a su alojamiento. Una vez en su presencia me dijo:

—El cuerpo diplomático, por iniciativa del ministro del Ecuador, doctor Luis F. Carbó, con el concurso del arzobispo primado y del vicepresidente de la república ha promovido el envío de una comisión de paz para lograr de las fuerzas contendoras un fin patriótico a la matanza de fuerzas liberales—

—La guerra para el liberalismo ha sido una debacle sangrientísima y estéril en que han sido aplastados los núcleos revolucionarios de que se tenía noticia: el sacrificio de Figueredo y de Carrera; el desastre de la flotilla de los Obispos; el aniquilamiento de las fuerzas de José Santos Maldonado y esta espantosa carnicería de Bucaramanga, no deja nada en pie, para una lucha que contra nuestras admoniciones algunos jefes liberales iniciaron con una absurda inferioridad de elementos de combate—

—Nada se sabe de Benjamín Herrera, quien nos anunció su casi total carencia de armas y municiones y al respecto el gobierno apenas comunica que restos de las fuerzas liberales destrozadas en Bucaramanga con Uribe Uribe a la cabeza, siguieron para el norte, donde se unirán con las de Herrera, si éste se pronunció, para ser todas víctimas en una lucha de una desigualdad aterradora.

—Urge con el mayor apremio un esfuerzo, por improbable que sea su éxito, ante los jefes militares enemigos, para salvar la vida de tantos copartidarios, y he pensado que usted, con otros dos amigos, no pierdan minutos en el desempeño de comisión no sólo patriótica sino humanitaria—

Yo que estaba angustiadísimo porque mis hermanos eran compañeros de armas de Juan Francisco y porque los boletines bélicos del gobierno, además de pérdidas de vidas que eran un duelo para el partido daban cuenta de que Julio estaba herido gravemente, me puso a la orden del doctor Parra y él decidió que fueran mis compañeros los generales Rafael Camacho y Celso Rodríguez.

Sin pérdida de minutos los comisionados nos aprestamos para marchar. En la noche de ese día, con mis compañeros ocurrimos al ministerio de guerra para hacer visar los pasaportes. Allí encontramos al general José Santos, titular de ese ministerio, al doctor Carlos Calderón, ministro de hacienda, y a un considerable número de jefes militares que llenaban el salón del despacho.

Y esa noche, en ese ministerio, vine a tener conocimiento de algo que me dejó sorprendido y que me dio la impresión de que los jefes revolucionarios que iniciaron la contienda, no asumieron la enorme responsabilidad de lanzarse a la lucha, con ímpetu desesperado y con las manos vacías, sino que debieron contar con un respaldo poderoso que era promesa, cuando menos, de equivalencia de poderes militares.

Es el caso que firmados los pasaportes, el ministro, general Santos, me acompañó hasta el corredor, por entre una multitud de militares que no desviaban los ojos de nuestras personas y que estaban tan próximos que se hacía muy difícil la comunicación de un mensaje verbal secreto; sin embargo, el general Santos se dio maña para encargarme de esta lacónica embajada:

—Dígale al general Uribe que precipitaron el movimiento sin darme tiempo para preparar el concurso que les ofrecí y cuando ya tenía listo a Montoya con su división que es la de mi mayor confianza, aconteció la desastrosa acometida contra Bucaramanga, pero que no obstante esto, si se presentare ocasión de reparar entuertos, siempre estoy listo a cumplir mi palabra—

El nacionalismo estaba en el poder y era el general Santos uno de sus altos jefes. ¿Por qué como ministro de guerra entraba en componendas con líderes de una sublevación liberal para derrocar al gobierno de que formaba parte?

¿No parecía más natural que los revolucionarios hubieran buscado la ayuda del historicismo, ostensiblemente agraviado por el poder nacionalista y cuyas convenciones y manifiestos eran de rebelión encubierta?

Sin pleno conocimiento de intimidades dentro del campo nacionalista que llevaran a sus jefes a hostilidades en las propias entrañas de ese campo, parecían inconcebibles concomitancias con adversarios declarados de un partido opuesto.

Mis compañeros Camacho y Rodríguez, al referirles luego el mensaje a que he hecho mención, fueron presas también de idéntico asombro. Y nunca he tenido ocasión de precisar tales compromisos, porque al cumplir mi encargo para el general Uribe, él me dijo cuando venía vencedor en Peralonso:

—Ya no hay objeto en inquirir si tales promesas fueron leales o más bien una emboscada; hoy no tenemos que preocuparnos sino de seguir adelante y esa es la consigna—

Por entre fuerzas regulares y guerrillas conservadoras de gente no muy santa, los de la comisión de paz en viaje continuo de noche y de día, en pocas jornadas llegamos a Pamplona, donde ya se hallaba aposentado el ejército regular del gobierno, que salió en campaña de Bogotá en la última decena del mes de octubre.

En el camino de Santander ya habíamos tenido noticia de que el general Benjamín Herrera, con un pequeño núcleo de gente armada y con muy hábiles y afortunadas evoluciones estratégicas, había logrado desalojar de Cúcuta el batallón oficial veterano que la guarnecía y organizado allí un ejército de dos mil hombres muy bien armados y municionados, con jefes y voluntarios de coraje incontrastable, al cual se habían unido los restos del que peleó en Bucaramanga, comandados por Uribe y las fuerzas revolucionarias, principalmente de macheteros afamados que levantó y condujo a ese lugar, en marcha arriesgadísima, el general Justo L. Durán, de la provincia de Ocaña.

Ya, pues, desde el comienzo de la guerra, Herrera se destacaba como organizador insuperable y como estratega y táctico de condiciones excelsas. Desde niño y desde posición la más humilde hasta los más altos grados en milicia, ese jefe se formó en la histórica guardia colombiana distinguiéndose de modo relevante en la guerras civiles de 1876 y 1885, no habiendo podido actuar en la de 1895 porque el gobierno se apresuró a aprehenderlo. En 1899 era, por lo tanto, un veterano de importancia imponderable.

Ya tendré ocasión en estas narraciones de relatar las campañas del Cauca y de Panamá, en que el hombre, como jefe supremo, dio toda su medida para exhibirse como uno de los más notables miembros de nuestro Olimpo militar de todos los tiempos.

Pues bien, ya no era una guerrilla, ni un cuerpo inerme de entusiastas lo que iba a combatir el poderoso ejército del gobierno. Verdad que la revolución estaba arrinconada en el último extremo de la frontera del Norte y que sobre ella cargaba el gobierno todo el peso de su abrumadora superioridad en hombre y en armamentos, pero nosotros, los de la misión de paz, habíamos recibido los datos y formado la impresión de que el choque habría de ser apocalíptico. Presentíamos que, si por ser más que probable, el gobierno triunfaba como el romano, tendría que sentarse sobre los cadáveres de miles de héroes que venderían muy caro su vida.

Al llegar a Pamplona nos apresuramos a presentarnos al estado mayor del ejército oficial para darle cuenta de la misión que nos había sido encomendada. Allí nos avistamos con los generales Jorge Holguín, Carlos Cuervo Márquez, Isaías Luján, Enrique Arboleda y Vicente Villamizar.

Nos recibieron con algo más que cortés afabilidad, pero nos tomaron los pasaportes. Ya en amistosa conversación nos manifestaron que era conveniente pasáramos con ellos una revista a su ejército para que nos convenciéramos que de tejas para abajo, era humanamente imposible que los revolucionarios pudieran resistir su acometida.

Les observamos que era inútil esa diligencia, porque nosotros en Bogotá habíamos presenciado su formación por la misión francesa. Luego nos despidieron diciéndonos que pensarían el mejor modo de satisfacer nuestros deseos.

Dos o tres días después, a tiempo en que sabíamos que estaban activando el despacho de fuerzas a la frontera, nos llamaron para expresarnos que estando casi enfrentados los ejércitos enemigos, era muy peligroso y casi imposible un parlamento.

Les respondimos que aún entre los salvajes hay respeto para los parlamentarios y que con muchísima mayor razón debía haberlo de parte de adversarios en que figuraba un personal de lo más culto de la república, pero que aun cuando hubiera algún peligro, la reunión en un lugar neutral o equidistante de los dos campamentos, de tres jefes o del número que ellos quisieran de parte del gobierno, de uno o dos por la del ejército revolucionario y de los tres comisionados de paz para ponerle un final honroso y patriótico a la contienda, era un mínimum de aventura si se trataba de salvar el decoro republicano y la vida de muchos miles de compatriotas. Entonces nos despidieron con menos amabilidad, diciéndonos que luego nos darían su disposición definitiva.

En la última entrevista nos expresaron con sequedad irritante que debíamos enviarles a las fuerzas liberales una comunicación, para informarlas que la revolución había sido aniquilada en las demás partes del país; que el gobierno tenía los medios de aplastarlas, y estaba dispuesto a hacerlo incontinenti, pero que les garantizaba la vida, si se rendían incondicionalmente.

Con altivez e indignación les replicamos que no eran los jefes liberales ni sus secuaces gentes que se intimidaran ni aún en el banquillo a que los tenían reducidos; que entreveíamos en su cruel resolución que entre los jefes gobiernistas se disputaban la sucesión del casi nonagenario presidente; pero que la sangre que iban a verter caería sobre ellos y que de ella surgirían tremebundas reacciones que les amargarían la fiesta.

En actitud violenta nos interrumpieron para declarar que si habíamos encendido la guerra debíamos sufrir las consecuencias y que nadie ni nada tenía derecho para increpar los motivos distintos del cumplimiento de su deber de militares en la lucha a que habían sido forzados por una revolución insensata.

Salimos sin despedirnos, pero antes de llegar a nuestro hospedaje fuimos reducidos a prisión y conducidos al cuartel del batallón al mando del coronel Upegui.


Capítulo III

Propósitos de la revolución

La Victoria liberal en Peralonso. El general Vargas Santos sí era un verdadero militar. Las grandiosas recepciones a los generales Uribe Uribe, Vargas Santos y Herrera en Pamplona y Bucaramanga. El manifiesto de los liberales. Programa político y social de la revolución. La lucha por el derecho y la libertad.

Recluidos los tres malaventurados mensajeros de la misión de paz en una pieza alta del segundo piso del cuartel, que tenía una ventana frontera de un solar cercado con tapias no muy altas, nos entreteníamos con la obsesión y las cavilaciones de nuestra inquietud por la azarosa suerte de las fuerzas revolucionarias.

Severas fueron las medidas de nuestros guardianes para privarnos de toda noticia de parte de nuestros amigos que demoraban en la ciudad con vigilancia sagaz y rígida, pero por medio de un ardid afortunado éstos lograron informarnos que desde el día anterior se libraba una formidable batalla a inmediaciones de la frontera.

La noticia en vez de angustiarnos nos produjo un entusiasmo desbordante, como si telepáticamente los combatientes de nuestra causa nos transmitieran la fortuna con que peleaban sus armas.

Poco después nos dimos cuenta de que el batallón con toda premura desocupaba el cuartel y sin más espera saltamos por la ventana para buscar resguardo de toda persecución.

Yo fui a dar a una casa amiga en donde había una pieza de escondite tan admirablemente disimulada que hizo frustráneas las muchas rondas de piquetes de un cuartel vecino que juraban y perjuraban haberme visto desde las ventanas de su estacionamiento.

La dueña de mi hospedaje, matrona de serenidad imperturbable, respondía a los requerimientos de quienes la indagaban: — Evidentemente estuvo aquí de visita, pero se despidió sin tener por qué decirme adónde se dirigía—

Dos días después de mi instalación en esa casa comenzaron a pasar derrotados, al principio en desbandada, y por último, con alguna organización la retaguardia bajo el mando del general González Valencia.

El 24 de diciembre entró a la ciudad la vanguardia del ejército vencedor en Peralonso con los generales Uribe Uribe y Justo L. Durán a la cabeza. En la plaza principal, ante una multitud enloquecida de entusiasmo, el general Uribe pronunció una épica proclama en que hacía presente que era día de pascua florida, pascua que ahora festejaba el triunfo inmarcesible de la vieja audacia liberal.

El 25 llegó el ejército del general Vargas Santos procedente de los Llanos y de Sogamoso, cuya recepción preparó el general Uribe con flamantes discursos suyos y de sus muy inteligentes ayudantes, en que no escasearon sarcasmos contra el llamado Olimpo, a quien Peralonso demostraba la inutilidad de su obra y la ineficacia de su concurso.

En este acto, majestuoso y delirante, el general Uribe refrendó la proclamación del augusto luchador como jefe supremo de la dirección de la guerra.

No hay nada tan frágil como la memoria de los pueblos. Hay injusticia en declamar ahora que el jefe supremo de la revolución, general Vargas Santos, fuera hombre sin criterio militar, y sin historia para desempeño de cargo tan elevado

En todas las guerras anteriores siempre había figurado entre astros de primera magnitud: en la de 1860 con Santos Gutiérrez, Santos Acosta, Sergio Camargo, Solón Wilches; en la del 76 con los anteriores, menos Santos Gutiérrez, quien ya no existía en ese entonces, más Trujillo, Alejo Morales, etc.; en la de 1885 con Camargo, Foción Soto, Daniel Hernández, Ricardo Gaitán Obeso, Plutarco Vargas, Fortunato Bernal, etc.

Y sobre las preseas y el entrenamiento militar de campañas tan dilatadas e importantes tenía una preparación clásica en estudios especialmente históricos, entre los cuales figuraban los relativos a los grandes militares mundiales, estudios que hacía en las propias lenguas de los más prestigiosos autores de Francia, Inglaterra y los Estados Unidos.

Su valor y su energía estaban, pues, orientados por una grande experiencia en lides bélicas y por la técnica de los grandes capitanes del planeta.

Y todos estos méritos ante el partido estaban aureolados por un patriotismo y un desprendimiento sin par, porque a la hora de las recompensas se volvía a sus llanos a apacentar sus ganados, para no dejarlos sino cuando era el caso de salir de nuevo a la defensa de su causa.

El 26 de diciembre fue la entrada a Pamplona de Herrera con su ejército, para cuya recepción me hicieron instancia las matronas y ciudadanos conspicuos de la ciudad, de que fuera yo quien les diera la bienvenida y la felicitación por los trofeos alcanzados por ellos. Ante esa amable solicitud, cuyo desempeño era indeclinable por las muy obligantes atenciones que nos habían prodigado a mis compañeros Camacho y Rodríguez y a mí, lo hice como mejor pude volviendo por la armonía y solidaridad de todos los cobijados por el pendón liberal.

Después fuimos con mis compañeros a visitar al general Vargas Santos. En nuestra conversación con el venerable patricio lo informamos de que por ser yo miembro de la firma, en cuyas oficinas trabajaba el directorio encargado de la organización de la guerra, conocía en sus intimidades los cuantiosos recursos levantados, las casas extranjeras en que estaban depositados, los agentes que tenían el encargo de comprar los elementos, etc.

Después de dar una minuciosa información de los datos que me constaban, nos dijo el jefe supremo:

—Prepárese el doctor Caballero para seguir a Maracaibo a ayudar al doctor Soto en la rápida movilización del buque de guerra y los armamentos que deben despacharse inmediatamente; comprometa a ese patriota a que venga a compartir los trabajos y las responsabilidades de la empresa en que estamos empeñados, y véngase esta tarde a recibir la correspondencia de que debe ser portador—

Volví a la tarde y entonces me dijo:

—He pensado que debe ir con usted el doctor Luis Eduardo Villar, amigo de la mayor confianza del doctor Soto, y como todavía no he conversado con el doctor Villar, lo que haré esta noche, venga muy temprano en la mañana para que hagan los dos el viaje con la mayor rapidez—

Al día siguiente fui a donde el general con Camacho y Rodríguez, que ya habían sido incorporados al ejército, y a presencia de ellos me dijo:

—Ya entregué la correspondencia al doctor Villar, pero usted puede decirle al doctor Soto que yo no he venido a esta campaña con ambiciones de ningún género, sino a cumplir con mi deber en el puesto que me señalen; que venga a asumir la jefatura suprema y así tiene usted ocasión de comunicarle las instrucciones reservadas que trae—

Sorprendido con tan seca acogida, le contesté:

—Ni los venerables patricios que con toda abnegación estuvieron preparando la guerra son hombres para la falacia que usted les atribuye. ni nosotros personas que aceptaran semejante embajada—

—Nuestra misión fue la de buscar un acuerdo honroso que pusiera fin a una lucha que para el liberalismo parecía desastrosa; tan sólo la circunstancia fortuita de conocer datos por secretos de organización, espontáneamente y sin encargo de nadie se los comuniqué a usted con toda lealtad—

—No tengo, pues, nada qué agregar ni qué hacer y me voy inmediatamente a Bucaramanga a atender un hermano gravemente herido: no soy militar y nada significa el retraimiento de una insignificante unidad en hacer parte de un ejército, en el cual su jefe supremo me hace el gratuito e injusto cargo de que vengo a conspirar contra su autoridad—

El general Vargas Santos, que era de una rectitud y nobleza de carácter de gran caballero, vio en mi indignación que me había herido profundamente sin motivo, y además de excusarse con toda gallardía se empeñó en que fuera a Maracaibo; pero la irreductibilidad que sostuve, tenía por raíz el que no quería justificar la más remota sospecha de ser instrumento de divisiones suicidas en un campo de guerra.

Seguí a Bucaramanga, a donde llegué el mismo día de la grandiosa recepción que esa ilustre ciudad hizo al general Uribe Uribe y antes de la no menos imponente que tributó al general Vargas Santos. Me hospedé en casa de mi pariente, el notable médico Enrique Sánchez C, casado con la señora Trinidad Puyana, a donde llegó pocos momentos después Francisco Barrete Mutis, mi amigo desde la infancia, casado con María Puyana, hermana de Trinidad, en cuya casa estaba alojado el general Uribe.

Barrete me entregó una hoja suelta, titulada Los heraldos traidores, en que nos ponían cual no digan dueñas a los generales Camacho, Rodríguez y yo, y nos exhibían como agentes del Olimpo liberal para hurtar el triunfo a los heroicos vencedores en Peralonso.

Poco después entró a la casa de Enrique el general Uribe; se mostró sorprendido de encontrarme y me dijo:

—Me alegro de verlo tan a tiempo, porque hace unos minutos que algunos muchachos ayudantes míos, que no saben de mi cordialidad de relaciones con ustedes, debieron pensar que me halagaban con una terrible publicación contra los emisarios de Bogotá; pero por suerte tengo la edición en mi poder y yo no permitiré que circule—

Le contesté:

—Muy sinceramente le agradezco su buena voluntad, pero usted sabe que yo soy un joven sin historia y que mis compañeros la tienen gloriosa en las campañas del liberalismo, por lo cual morirá al nacer cualquiera infamia en nuestra contra; deje, pues, que circulen las amenidades con que nos obsequian—

No tuve conocimiento de que esto se cumpliera.

Poco tiempo después me mandó a llamar el general Vargas Santos, para comunicarme que le habían llevado un proyecto de manifiesto a la república, pero que no le satisfacía porque tenía conceptos amargos contra fracción muy importante del partido a la que calificaba de gris, y que él era de opinión que pendón y proclama liberales no debían tener por qué hacer distingos, sino cobijar a cuantos fueran miembros de la patriótica causa; que me rogaba le hiciera un borrador inspirado en ese sentimiento y en el empeño por la realización de un programa ampliamente democrático.

Le prometí atender su solicitud con lo mejor de mi pensamiento y mis motivos y cuando luego le presenté el encargo en momentos en que lo acompañaba la ilustre reliquia liberal que hizo benemérito el nombre de José María Villamizar Gallardo, con suma benevolencia, ambos hallaron honroso el manifiesto y el jefe ordeno su publicación inmediata.

El manifiesto dice así:

A la nación:

Por aclamación del partido liberal de Colombia y de los ejércitos que se han levantado contra el sistema político que nos rige y nos agobia, aunque sin merecimientos, de modo indeclinable me hallo investido del carácter de jefe de una causa y director de una guerra a las cuales dan inspiración e impulso los más levantados ideales de libertad y de justicia.

En las fuerzas de mi mando tienen representación muy conspicua los más sanos y respetables elementos sociales, a quienes mueven unos mismos sentimientos patrióticos y animan unas mismas republicanas ideas.

Todo ello, más que mi sinceridad y honradez nunca desmentidas, da a mis palabras una importancia y una seriedad solemnes, que, en cuanto tengan carácter de promesas, no tanto son el sagrado compromiso de un partido como la voluntad y la decisión de los genuinos republicanos de Colombia.

La revolución cuenta hoy con elementos suficientes para confiar fundadamente en el triunfo. Domina el norte de la república; se levanta imponente en todos los ámbitos del país y con paso firme y seguro avanza, hora por hora, terreno que amplía su campo de acción y ensancha su base de operaciones.

La ocupación de Bucaramanga y del norte de Santander, consecuencia del memorable triunfo en “La Laja” y “Peralonso”, cuyos múltiples y benéficos resultados no acaban todavía de cumplirse, es de una trascendencia incalculable.

Por ello no sólo se acrecienta el abnegado contingente de personas y de recursos que han venido suministrando los pueblos para la reconquista de sus libertades y de sus garantías, sino que universalmente legitima más, si cabe, una beligerancia que reconocen los más elementales sentimientos de humanidad y los más rudimentarios principios del derecho de gentes.

Un gobierno civil a cuya cabeza se hallan patriotas de una honorabilidad sin mancha; ejércitos organizados provistos de abundantes materiales de guerra que permiten el incremento que se quiera y en cuyo personal rivalizan el valor con la generosidad, la abnegación con la firmeza, y todo ello al servicio de una causa que aboga por sanos principios de derecho público y como órgano de una revolución justa y poderosa, da derecho a la simpatía y consideración de los pueblos civilizados y hasta al respeto de los mismos regímenes dictatoriales.

Los ejércitos liberales luchan por establecer en este país efectiva y definitivamente la república, y trabajan por que preponderen los más sagrados intereses de la Patria. La prensa libre, la garantía de los derechos de todos los nacionales sin distinción de vencidos, la pureza en la práctica de sistemas de sufragio que dé el reflejo fiel de la opinión nacional y la libre determinación de sus destinos, en la paz habrán de ser para el liberalismo los impulsores de una vida democrática que afiance el bienestar y dilate la justicia entre las clases sociales.

El triunfo de sus armas no significa el cobro, ojo por ojo y diente por diente, de las mutilaciones que en la carne y el espíritu del gallardo Partido Liberal hayan cometido representantes más o menos auténticos de quienes, con buena o mala fe, han mirado a tal defensor de la libertad y el derecho como su eterno adversario.

Las represalias no entran inmotivada e inútilmente en la línea de conducta de nuestra gloriosa causa, la cual mancomuna sus ideales y sus intereses con los de la civilización.

Sin cólera, con verdadero dolor, sostenemos lucha contra los forzados del ejército enemigo, contra los ilusos o engañados, contra el pueblo conscripto de cuyas quejas son los liberales fervorosos adalides y cuya ignorancia, cuando no el candor, lleva a sostener la coyunda que lo oprime, que lo humilla y que lo explota.

Por ello mismo los ejércitos liberales deben regocijarse, con patriótico entusiasmo, de ver acampar bajo sus pendones, sin inquirir su procedencia, a cuantos preocupe la mejora en la suerte de la patria, por el estímulo que se deje a toda actividad con la garantía eficaz y el inviolable respeto de todos los derechos.

Por parte del liberalismo no ha sido aliento en esta lucha el propósito de reponer instituciones para incidir en prácticas que no se conformen con el deseo o el asentimiento nacional.

La revolución aspira, eso sí, con todo ardor y la más firme entereza, a renovar en nuestras prácticas administrativas las ya olvidadas tradiciones de una severa honradez.

Propende porque la constitución política se conforme a la estructura social.

Quiere robustecer, por cuantos medios sea dable, la unidad nacional que tiene en nuestros antecedentes históricos, en nuestro suelo y en nuestro espíritu raíces indestructibles, pero trabaja por que se deje a cada entidad política la autonomía y los medios necesarios para impulsar su progreso y procurar su propio bien.

Lucha porque sean los individuos y los pueblos los que dispongan de su suerte y tengan la facultad de darse las satisfacciones que estén en su querer.

Respeta y garantiza, por lo mismo, el sentimiento religioso, naturalmente católico, del pueblo colombiano, y otorga a los sacerdotes toda la consideración que se merecen, en cuanto no tornen su augusta misión de paz en baluarte y propaganda de la guerra.

Dará los pasos indispensables, con firmeza inquebrantable, para rehabilitar nuestro sistema monetario de modo que el ahorro tenga estímulo, las transacciones garantía y fecundidad el crédito.

Procura restablecer la responsabilidad de los mandatarios y la limitación de sus funciones a la simple misión de resguardar el derecho, de modo que la seguridad sea efectiva y la arbitrariedad proscrita y castigada.

Clama por establecer en materia de contribuciones una austera equidad y la aplicación más eficaz; que ello, con la seguridad inviolable de los ciudadanos en los límites que no hagan quebranto a la justicia, dará a este desangrado país fuerzas para convalecer y prosperar.

Quiere acabar con el odioso y suicida distingo, entre compatriotas, de vencedores y vencidos, haciendo del poder público no el gaje o la prebenda de algunos pocos agraciados, sino la expresión fiel de la voluntad de los pueblos para aplicarlo en el sentido que determine el derecho.

Para quienes tienen estas aspiraciones que son las que dominan en ejércitos en los cuales cada soldado es un industrial, un patriota y un hombre independiente y de ideas, la guerra ha sido un medio penoso y forzado de rehabilitar el derecho y reconquistar la libertad: a ella no se ocurrió, y eso por modo instintivo y casi desesperado, sino cuando inútilmente se agotaron los recursos pacíficos para conseguir aquellos fines.

El triunfo lo anhela el liberalismo como medio de implantar el bien, no como título para infligir en sus opresores los mismos males de que ha sido tan paciente víctima.

En la lucha misma, esa causa generosa busca en la guerra la sanción del derecho y por eso restringe cuanto es dable el uso de la violencia.

Por ello mismo sus procederes deben ser y han sido más nobles y más leales que los del enemigo que combate.

Diferencia muy marcada ha debido establecer el pueblo santandereano al juzgar, entre otros casos, por ejemplo, de la conducta de nuestros adversarios con un meritorio liberal, honra y orgullo de este pueblo austero, con la que hemos observado con nuestros prisioneros de guerra.

La injusticia es una semilla imperecedera de rebelión, y por ello procura el liberalismo, con su conducta, que le dictan el corazón y la historia, hacer prácticas sus generosas e íntimas disposiciones.

¡Republicanos de Colombia! Los ejércitos liberales son vuestro defensor: ellos miran sólo como enemigos a quienes aniquilan los derechos del ciudadano, amenguando así la dignidad de la patria. Acoged el pendón revolucionario que es para todo ciudadano promesa de vida, para nadie amenaza de opresión.

¡Compañeros de armas! Vosotros representáis la razón de ser de los hombres libres. Vuestra causa perdura como que encarna ideas redentoras. En el abnegado servicio de ella mayor brillantez dais a vuestros propios méritos así sean en unos los del heroísmo, en otros los del talento, en todos los de alteza de propósitos y la hidalguía de conducta.

Si triunfáis como es seguro y como es justo, habréis tenido en Colombia el honor de ser los restauradores de la república, y por ella de la libertad. Si contra toda legítima esperanza hemos de sucumbir, con el sacrificio de nuestras vidas, como hombres dignos, borraremos nuestros nombres de los registros de esclavos en Colombia, y nuestro ejemplo, expresión de una gloriosa idea, como ella será siempre inmortal.

Gabriel Vargas Santos

Bucaramanga, enero de 1900.

****

Esto sucedido, nuevamente me llamó el general Vargas Santos para decirme, que tenía el propósito de reorganizar acto continuo las fuerzas revolucionarias, en cuerpos de ejército en que los dos principales debían quedar a las órdenes respectivas de los generales Herrera y Uribe U. y en que me designaba en la misma orden militar, como secretario general.

Apenas me informó de esto e iba dándome a conocer otras disposiciones cuando entró el general Uribe Uribe y nos dijo:

—Me complace encontrarlos reunidos porque tengo algo grave que expresar y que deben saber ambos. Circula en la ciudad el rumor de que el general Vargas va a reorganizar el ejército y de que entre sus disposiciones está la de nombrar al doctor Caballero como secretario general—

—Yo tengo por Lucas una grande estimación y somos amigos de vieja data, pero él representa en el partido una tendencia opuesta a la que yo encabezo y es agente del Olimpo, que ha entrabado mis labores por la causa. Su nombramiento implica mi desautorización—

El general Vargas, que era de carácter a veces explosivo, lo interrumpe para decirle en tono iracundo:

—No fui yo en 1885 bagaje de Felipe Pérez, con ser él quien era, mucho menos puedo subordinarme a las ambiciones de usted. Si se imagina que estoy obligado a ser su instrumento, sepa que yo no me sujeto sino a mis deberes y a mis responsabilidades, y si eso no le cuadra, provoque mi destitución—

El general Uribe, sin objeción de ningún género, se marchó visiblemente disgustado, y entonces, después de calmar la exaltación del jefe, concluí manifestándole:

—El general Uribe me hace un inmotivado honor al atribuirme una personalidad política que no tengo y que lo lleva a la no menos inmotivada idea de que he de actuar en su contra.

—Pero reflexione usted con toda serenidad que no tiene razón para mortificarse por la observación que él le ha hecho sobre mi nombramiento—

—El general Uribe tiene un enorme prestigio y es un gran jefe militar. Ahora lo importante y lo indicado es mantener la mayor cohesión y cordialidad entre los jefes militares superiores, para que nuestro ejército sea invulnerable y sea invencible—


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