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Bolívar I,

La Forja del Héroe

Alberto Miramón


Ediciones LAVP

www.luisvillamarin.com






















Bolívar I,

La Forja del héroe

© Alberto Miramón

Primera Edición 1972

Instituto Colombiano de Cultura

Reimpresión, marzo de 2018

©Ediciones LAVP

www.luisvillamarin.com

ISBN 9781370816637

Smashwords Inc.


Sin autorización del editor, no se podrá reproducir este libro en ninguna forma escrita, electrónica, de audio, video, gráfica, o reprográfica. Hecho el depósito de ley en Colombia.







Índice

Nota del Editor

Elementos humanos de su formación

Las raíces

La orfandad amarga

El discípulo y sus maestros

La gran vuelta

El modelo heroico

El juramento

Aventurarse perdiendo

La misión diplomática en Londres

Contra los hombres y contra la naturaleza




NOTA DEL EDITOR

El abogado y escritor colombiano Alberto Mi-ramón escribió un relato historiográfico del Libertador Simón Bolívar, contextualizado en dos Volúmenes, titulados La Forja del Héroe identificado con el número 1 y el Prometeo Criollo con el número 2.

En este texto presentamos el Volumen I, La Forja del Héroe, que en esencia es un breve compendio biográfico que resume el trasiego humano de Simón Bolívar desde su nacimiento en Caracas el 24 de julio de 1783, hasta el día que aunque derrotado en su intento por libertar a Venezuela, logró salir de la cárcel y dirigirse a la Nueva Granada, donde iniciaría el fulgurante camino de su gloria político-militar, gracias al apoyo de uno de sus amigos, quien por privilegiada posición socioeconómica, tenía importantes contactos y nexos con las represivas autoridades españolas,

Cientos de datos interesantes acerca de la primera parte de la vida y la obra del autodenominado hombre de las dificultades llenan las páginas de este libro, recomendado para todas las edades y para todos los hispanoparlantes, pues es una verdadera obra de arte en torno a las ejecutorias del hombre más grande que haya parido el hemisferio americano.

Con pluma elegante y precisión histórica, el abogado y escritor Alberto Miramón, describe las raíces aristocráticas de Simón Bolívar, su dramática niñez tras la tempranera pérdida de sus padres, la riqueza estructural de las enseñanzas de sus tutores, los viajes del inquieto joven por el Viejo Continente y Norteamérica, sus relaciones con poderosos intelectuales y masones, su inusitado juramento de libertar a su patria del yugo español en el Monte Aventino de Roma, el fallido intento diplomático en Londres, y la traición de Fernández Vignoni en Puerto Cabello.

Leer esta obra es hacer un apasionante recorrido literario a lo largo y ancho de los primeros 29 años de vida de Simón Bolívar, es comprender la influencia de la temprana orfandad en su magnetismo personal y es entender porque y cómo se configuró su ser guerrero, su estatura de estadista sin par en el continente y su compromiso libertario con la historia universal.

Sin duda, la lectura de este primer volumen de la obra magistral de Alberto Miramón inducirá al lector, a complementar la información esencial de la vida del Libertador, en El Prometeo Criollo el segundo y último texto de esta serie.


Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

www.luisvillamarin.com







ELEMENTOS HUMANOS DE SU FORMACIÓN

"Llamo humano lo que está más en la naturaleza; lo que está más cerca de las primitivas impresiones"

Simón Bolívar.


LAS RAICES

En el hermoso caserón que en el siglo XVI labraron en la Plazuela de San Jacinto de la ciudad de Caracas los ricachones Marín de Narváez y que, —por uniones y herencias—, vino a parar a propiedad de los Ponte, nace el 24 de julio de 1783, el cuarto hijo de don Juan Vicente Bolívar y Ponte y doña Concepción Palacios y Blanco.

Seis días después —el 30 de julio— es bautizado con los nombres de Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, con la solemnidad y rumbo con que los mantuanos acostumbran festejar los sucesos domésticos de cierto viso: "Todo es contento y alegría en la casa llena de parientes y amigos que han venido a dar sus parabienes. Desde las ventanas de par en par abiertas los padrinos tiran puñados de monedas a la chiquillería insaciable que aturde la calle con sus vivas.

Desde el salón de honor y la nupcial alcoba hasta el gallinero y la cocina trajinan por doquier, con diligencia insólita, sirvientes y esclavos. Distínguese entre estos la negra Hipólita, de antemano elegida para aya del niño. Hermoso tipo de su raza, inteligente, vigorosa, limpia, honesta, de carácter dulce y jovial, Hipólita es la flor de las esclavas.

Tiene 28 años y está avaluada en trescientos pesos. Es la misma de quién un día el Libertador, en el apogeo de su destino y de su gloria, dirá a su hermana María Antonia, recomendándosela encarecidamente:

"Acuérdate que yo no he conocido más madre que ella..."

El colorido costumbrista del cuadro no ha bastado al fervor de los cronistas. Deseosos de encontrarle, desde el momento de su venida al mundo, un signo de predestinación prodigiosa, cuentan que, al tiempo de la santa ceremonia de su cristianización, hubo una discusión entre el abuelo, don Feliciano Palacios y el padre, don Juan Vicente Bolívar, sobre el nombre que se debía dar al niño.

El abuelo quería que se llamara Santiago, que llevara el nombre del patrón de las Españas; el padre insistió en que fuera Simón. Y dicen que añadió estas palabras:

—"No variaré de propósito porque tengo el presentimiento de que este niño está destinado a ser el libertador de la patria".

Don Juan Vicente Bolívar y Ponte era partidario decidido de la independencia. Su carta de 24 de febrero de 1782 a Francisco de Miranda, llamándole a libertar el país, que puede verse en el historial genealógico del Libertador, por Luis Alberto Sucre, es buena prueba de ello, pero el nombre de Simón, dado al último de sus hijos, fue otorgado exclusivamente, como lo abona Lecuna, en recuerdo del primer Bolívar que asentó sus reales en la Capitanía General de Venezuela.

Más los augurios libertarios no concluyen aquí. Según otros cronistas, el canónigo doctoral de la santa iglesia metropolitana, y provisor del Arzobispado, don Juan Félix Jerez de Aristigueta, su deudo, profetizó, al derramarle sobre la frente las aguas del bautismo, que aquel niño sería, —andando el tiempo—, el Simón Macabeo de la América.

Si el nacimiento de Simón Bolívar es necesario buscarle un portentoso augurio porque, como dice Séneca, siempre sucesos prodigiosos anunciaron el advenimiento de los grandes hombres, ¿qué mejor profecía que el anuncio, en ese mismo año de 1783 hecho por el Conde de Aranda, Ministro universal del Rey Carlos III, de que había llegado el tiempo en que irremisiblemente España perdería sus colonias americanas?

Si para la simple imposición sacramental del nombre del héroe se ha entretejido tanta leyenda, sobre el origen de sus apellidos, la maraña historial se ha hecho aún más densa.

Cuentos de viejos cronistas, leyendas de reyes de armas, prolija enumeración de pacientes genealogistas, interminable tabla de nombres y frondosa lista de familias en donde la simple cronología genealógica se suele entremezclar con las consejas, confunden al más paciente investigador y lo dejan perplejo. El origen del nombre propiamente dicho, no se conoce. Pero como casi todos los apellidos muy antiguos, el de Bolívar tiene su leyenda, leyenda que la admiración, el fervor o el entusiasmo por sus hazañas, ha ido agrandando en el decurso del tiempo hasta extremos sorprendentes.

Refieren los viejos cronistas del señorío de Vizcaya que en el valle de Ondarroa, en una pradera del monte Oiz, existió, desde tiempos inmemoriales, una casa-torre con un molino: era el solar del linaje, linaje noble, ya que los de tal nombre, señores fueron de aquellas tierras, si bien, por la combativa vida de aquellos tiempos, no tuvieron el privilegio de poseerla pacíficamente.

Siempre fueron belicosos los señores de la pradera del molino, —significación que graves etimologistas dan a la palabra Bolívar—, y, en 1053, Gonzalo Pérez de Bolívar, acompañado de sus parientes y buen golpe de servidores de su casa, fuese a la guerra contra el obispo de Armentía, don García II, que había invadido a Vizcaya por la merindad de Durengo.

Entre Armántiera y Arrázola, topáronse con el ejército invasor, y trabado combate, mataron piadosamente al señor obispo. Por esta muerte fueron desterrados a Francia los Bolívar.

"Sus casas se mortuaron y pasaron a otros dueños", y el patronato perpetuo de la iglesia de Santo Tomás, que como gracia especial tenían desde el año 968, "pasó y se incorporó a la iglesia de Cenarruza".

Casi tres siglos duró el destierro, largas centurias en que las huellas de los Bolívar se pierden sobre la dulce tierra de Francia; siglos en los que nada cierto se sabe sobre su historia, pero que sin duda dejaron en el linaje belicoso y andariego impresión secreta e indeleble, porque los hombres no pueden hollar la tierra sin que la tierra imprima también su honda señal en los hombres, aunque muchas veces esta señal permanezca invisible.

El rudo temple del acero vasco de los antiguos señores del molino de la pradera, sufrió en aquel largo extrañamiento la primera aleación étnica, al propio tiempo que su primera pulimentación geo-gráfica.

Cuando al cabo de dos largas centurias regresaron, la casa-torre estaba en ruinas; otras familias se habían establecido en el lugar, como las de Rementería, con las que andando el tiempo se unieron los Bolívar "quienes ya habían agregado a su apellido el de Jáuregui por haber levantado de nuevo su palacio".

¿Qué relación tenía el fundador de la familia del Libertador en América con los Bolívar de Vizcaya? ¿Por qué siendo hijo de Martín Ochoa de la Rementería y de Magdalena de Ibargüen, optó el apellido Bolívar al pasar a las Indias en el año de 1559...?

¿Fue, como dicen algunos, que tomó por apellido el nombre del lugar donde estaba asentado su linaje, según costumbre generalizada en aquella época?

O, por el contrario, ¿el lugar había tomado el nombre de los señores de la tierra y el andariego Simón al sentar planta en el Nuevo Mundo y ausentarse para siempre del solar paterno, tomó el apellido Bolívar por ser el antiguo de sus mayores? "En aquella época era muy frecuente que los hijos de un matrimonio usasen indistintamente por primer apellido, el del padre, de la madre o de un abuelo a quien quisiesen honrar".

Numerosos ejemplos podrían aducirse para constatar esta cita, pero basta recordar el de los siete hermanos de Santa Teresa de Jesús que, al lanzarse como jerifaltes a la conquista de América, lo hicieron todos con distinto nombre.


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