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EL MONAGUILLO VENGADOR


Tito Loor


 Tito Loor, 2017

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TABLA DE CONTENIDOS


Prólogo

El Monaguillo Vengador

Nota del Autor

Informe Final

Acerca del Autor


DEDICATORIA


A la juventud emprendedora, valiente y positiva, que, aunque rodeada de las tentaciones mundanas, escoge el sendero del bien.


PRÓLOGO


Hay escritores que tienen el don de transportarnos a sitios inimaginables y hacer que el corazón sienta, aunque los ojos no vean; Tito Loor es uno de ellos, lo hizo con su primera obra “En el Jardín de las Vivencias”.


El Monaguillo Vengador es su segundo libro, con el cual nos quiere transmitir a una realidad en la que pareciera que la violencia es algo normal y cotidiano, lo que cumple con su gran imaginación de comunicar a sus lectores.


Muchas costumbres tiene el hombre de campo y en especial los de nuestra costa ecuatoriana que son inculcados con mitos y creencias. Esta historia relata la vida de un joven que se convirtió en sicario por circunstancias del destino.


Este relato parte de un personaje al que le afecta mucho la pérdida de su padre y hermano. El desarrollo de la trama es una descripción desgarradora, una mezcla de ternura, venganza, crueldad y siempre de esperanza.


Tito Loor es un profesional de la salud, que siempre escribe en un práctico estilo literario de amenas aventuras y de fácil lectura. 


Dr. Vinicio Borja Velasco.

EL MONAGUILLO VENGADOR


Hay un pueblo olvidado al norte de Manabí (Ecuador) denominado Río de Oro, había tomado este nombre porque su gente campesina y laboriosa encontraba con frecuencia el metal preciado en sus riberas y en el siglo XX ayudó a salir de la crisis a muchos visitantes que se cobijaron en la llamada “fiebre del oro”. Sin embargo, el pueblo ha seguido siendo, hasta hoy, humilde y sencillo. Sus caminos en invierno lodosos y en verano polvorientos, con casas de paredes de caña picada y llenas de plantas junto a sus ventanas y techos de pajonales o zinc, no estuvo nunca muy habitado, aunque las personas son amables y los niños sin zapatos sonríen a los extranjeros mostrando con orgullo su bella y antigua iglesia poco remodelada. No existen muchos recursos disponibles ya que cerca se construyó una represa que desapareció el rico contenido de las aguas cristalinas, las cuales hacen reflejar como oasis las guadúas de las montañas adyacentes con su verdor cambiante en 6 tonalidades diferentes, desde el pálido hasta el verde oscuro total. Sus puentes antiguos de buena madera no quieren ceder al tiempo y caer al río que, a ratos parecería quieto y ondulante imitando a una serpiente que atraviesa la belleza y espesura natural de la campiña norte manabita. 


Cercano a este río habitaba la familia Bermello Lucas.


Una noche Rita Lucas se levantó más temprano que de costumbre, eran las 01:15 del primero de noviembre de 1979, un fuerte dolor lumbar la agobiaba desde la media noche y tenía la urgencia de ir al baño sin encontrar alivio. 


Encendió la lámpara de gas y vio con estupor en el espejo como su vientre se movía y entre sus piernas rodaba agua y sangre, gritó a toda voz:


—¡Faustino! ¡Faustino! ¡Corre a ver a la partera! (Al fin y al cabo, así vio nacer a sus otros tres vástagos). 


La partera era Julieta, la más conocida de la zona norte de El Carmen, sitio campestre a orillas del Río de Oro. 


Faustino Bermello salió de prisa a verla montado en su caballo a todo galope, solo quedaba a diez minutos de su casa, llovía ligeramente y el invierno había sido cruel en todos los poblados aledaños como Flavio Alfaro, Chone y Santo Domingo, el río estaba crecido y el precario puente se tambaleaba al paso reacio del caballo llamado Plateado. 


Rita era precavida, había comprado pañales de tela y tenía ropa azul de bebé y también una que otra blusa rosada, no vaya a ser que Julieta se equivocara y no saliera macho como su hijo mayor Wilmer. La tina estaba preparada y el tanque de agua lleno, hasta había adquirido con antelación en el pueblo dos camisones de dormir nuevos. 


Empezaba a tener pujos fuertes y más dolor; prendió una vela al Santo Gregorio que tenía en el altar al lado del espejo ovalado. 


Llegó la partera y entabló un coloquio con la parturienta: 


—¡Ah carajo! No se me vaya a poner floja, verá que entonces me voy.


Encendió una gran vela y pidió a Faustino que, en la llama, caliente la tijera. 


—Dicen que es buena suerte ser cortados con la misma tijera, así como lo hice con los tres partos anteriores.

—Abre las piernas ahora, aquí te quiero ver si eres macha pa’ pujar.

—Claro Julieta, como a usted no le duele.

—Eso te pasa por debilucha, nunca fuiste al médico o al subcentro a recibir vitaminas.

—Usted sabe que por acá se pare como los monos que roncan en la montaña.

—Sí es verdad cuando no llueve roncan duro, ¿cierto? Bueno, ya no hables tanto y puja que ya está cerca.


Se puso alcohol en las manos y se sacó un anillo de oro viejo y cuadrado que tenía en el índice derecho, luego metió sus grandes dedos hasta el fondo y exclamó: 

— ¡Ajá es cabezón! Manda a tu hija mayor a ver dos tachos de agua.

— Mira lo que te espera niña, si te enamoras de un vago por ahí, muévete.


Veinte minutos más tarde un grito tremendo enmudeció la estancia, los cuatro gallos de pelea del patio se espantaron y la marrana alzó las orejas. 


— ¡Caramba! Viene con el cordón en el pescuezo, puja y ayúdate sino se muere “el conejo”. 


Rita sudaba a chorros, pero de un santiamén salió el bebé, Julieta lo agarró de los talones y le pegó dos nalgadas. 


—Es macho —declaró—. Y tiene buen garrote.


Luego el niño se orinó y lloraba fuertemente. 


—Otro mujeriego al mundo carajo —rezongó Julieta.


Fue cortado el cordón umbilical y fue amarrado con hilo de sílice pasado en alcohol. Poco después ya había amanecido y el sol saliendo en el horizonte vio cabalgar a doña Julieta, cargada con una gallina criolla, iba contenta con el dinerito ganado rápidamente, incluso con la propina extra. 


El niño era de piel canela, la madre ya recuperada le puso nombre:

—Te llamarás Fausto Javier Bermello Lucas y no quiero que seas borracho como tu padre, ni belicoso como tu hermano Wilmer. 


El niño fue creciendo y siempre acompañaba a su hermano Wilmer que tenía 10 años más que él. A los cuatro años Javier se fijaba en todo, incluso una vez le pregunto a Rita:


— ¿Por qué mi papá toma mucho trago? 


La madre respondió: 


—Es que es jugador de naipes, gallero y encima mujeriego, en una de estas lo matan al pobre, pero yo sé que tú no serás así, porque yo te estoy enseñando buenas costumbres, a ir a la escuelita y asistir a la iglesia. 


La Escuela se llamaba Velasco Ibarra, quedaba a un kilómetro y medio de la casa y ahí laboraba el profesor Martínez, un señor gordo que usaba sombrero negro y un buen bigote al estilo francés y cuando se ponía traje negro los niños lo apodaban “El Pingüino”.


Ya en primer grado Javier contó llorando a su hermano Wilmer que un niño le puso el pie y cayó al piso en el recreo. Entonces Wilmer le dijo:

—No llores carajo, los hombres no lloran. 


Wilmer contó a Faustino el incidente. Faustino dijo:


—Mañana iremos a arreglar ese asunto al estilo manaba. 


Al día siguiente, en la entrada de la escuela, se armó el pleito con el padre del otro niño, y sin muchas palabras se trenzaron a golpes. Mientras tanto, Wilmer hacía que Javier peleara con el chico que provenía de la familia Vélez Zambrano, ambos se fueron al suelo. 


Faustino iba ganando a los golpes y el otro señor, apodado “Navaja”, hizo honor a su nombre y sacó un cuchillo filudo. Faustino se sacó la camisa manga larga que llevaba y se la anudó en el brazo derecho, gritando:


— ¡Vente! ¡Vente de frente para que sepas lo que es un golpe manaba carajo! 


—¡Yo no le tengo miedo ni al diablo! - dijo Navaja. 


Éste logró herir a Faustino en la pierna derecha, pero, en actitud felina, rápidamente desde el suelo Faustino agarró una piedra grande y la estrelló sobre la frente de Navaja, quien quedó inconsciente. 


En medio de esta feroz escena y la muchedumbre que se agrupó, llegó el profe Martínez y gritó: 


— ¡Ya está bueno! ¿Qué son personas o animales?


Al rato todos se retiraron, no sin la lógica amenaza del Navaja: 


— ¡Ya vas a ver desgraciado, te voy a matar!


Después de aquel día, Rita tuvo que llevar a Javier a la escuela en las mañanas y retirarlo a la salida por temor a represalias. Puesto que en este lugar las amenazas no eran para desestimarlas, ya que habían existido crímenes por mucho menos que un insulto. 


Faustino siempre respondía cuando Rita reclamaba: 


— ¡Caray! Mi padre me enseñó a no ser cobarde y si algún día te hacen un agravio hay que arreglarlo como los gallos finos: a muerte. 


Javier ya intuía lo que le enseñaba su hermano mayor y su padre, incluso Wilmer lo entrenaba parándolo en la cama, le ponía varias medias en las manos para dar y recibir puñetes. 


—Así se pega niño —le manifestaba—. ¡Muévete, una pierna adelante y otra atrás así, mueve tu cabeza! 


Un día Rita buscaba un pollito que faltaba en el patio, la gallina cacareaba buscándolo, tenía siete pollos a su lado y le faltaba el número 8, algo le indicó que el animalito estaba muerto, pero ¿dónde? y ¿cómo? Interrogó a Javier y el manifestó que le tiró encima un ladrillo grande y lo aplastó. 


Rita le dijo: 


—Estás loco, ¿por qué lo hiciste?


—Quería ver que se siente al matar, y qué haría la gallina. 


—Y ¡ya lo descubriste! ¿Te diste cuenta de lo malo que has sido?


—Pégueme mamá, porque no me siento nada mal, aquí siempre usted le corta el gañote a los gallos y gallinas, y los hace sufrir, yo creo que ese pollito no sufrió ya que murió en un segundo. 


Acto seguido agarró una rama de un árbol y le pegó tres garrotazos en sus glúteos flacos, diciéndole: 


—Arrodíllate ahí malvado. Eso es lo que aprendes por andar con Wilmer y tu padre, mañana te llevo a la misa para que le pidas perdón a Dios.


Luego, sin haber llorado y con una mueca de dolor en su cara, salió corriendo a su refugio predilecto, bajo su cama, donde más de una vez se había quedado dormido. 


Faustino, tenía su lado amable y también era muy dadivoso y colaborador, siempre ayudaba a algún vecino en apuros. Una vez regaló un ataúd y para eso tuvo que vender hasta su bicicleta. 


En la casa había reglas estrictas, una de ellas era no hablar cuando se estaba en la mesa, posterior a la oración de los alimentos que siempre la realizaba Javier, todos tenían que ser mudos y solo se oía el sonar de los platos que se encargaban de transportar las mujeres de la familia.


Los domingos a las 6 am Rita llevaba a Javier a la misa, siempre en la iglesia más cercana, lo colocaba junto a otro niño al lado del cura vestido con una túnica blanca y un cinturón de tela grueso color café, él era quien tocaba la campanilla, el otro, encendía el incienso. Así no tardó más de 3 meses en hacer la primera comunión. Rita estaba feliz, lo besó y le dijo: eres mi “monaguillo precioso”. Uno de sus compañeros de clase hasta lo apodó “El Santo”. 


Aún a los 5 años, Faustino llevaba a Javier a la cacería del guatuso, agarraba la escopeta y 3 cartuchos calibre 16 y se iban a la montaña cerca de su casa a unos 2 kilómetros. Cuando salían Rita les gritaba:


- ¡Cuidado con las culebras!


A los 7 años ya había disparado algunos cartuchos y mostró cierta destreza matando a un gavilán que quería comerse los pollos. 


A las 5 am se levantaba a ordeñar las 2 vacas del pequeño potrero, para poder hacer el queso y venderlo después. Los fines de semana era obligatorio para Javier ir a la iglesia donde también limpiaba las esculturas de los santos y del altar donde sacaba los residuos de la cera de las velas, el sacerdote le daba siempre dinero para que se compre dulces.


La gallera estaba a media hora de distancia y los sábados a las 14:30 era casi una obligación asistir junto a Wilmer y Don Faustino. Javier era un chico con suerte y siempre apostaba a la segura, miraba la parada de los gallos y veía atentamente como eran calzadas las espuelas, tenía buena intuición y la gran mayoría de las veces ganaba. Decían que tenía suerte.


Les respondía: 


—Al saber le dicen suerte. Yo veo cual gallo es más rápido y más valiente, observo su estampa; el grosor de sus perniles, la pose de su cola, el peso, los ojos y el pico que esté sano. También averiguo quien es el dueño, por eso es que acierto con frecuencia. 


Lo malo era que el padre se gastaba la ganancia en licor. 


Alguno que otro gallo, cuando salía muy herido o muerto, era obsequiado a Javier y éste lo cargaba a casa, donde Rita hacía un buen caldo. 


En el gallinero tenía unas mallas donde había gallos de pelea, uno de ellos apodado “El Tiempero”, porque ganó siete peleas en pocos segundos. Es decir, logró varios premios en menor tiempo que los demás y, aunque el gallo no tenía muy buena figura, era una fiera y muy tinoso. El hermano menor de Javier se había encariñado con él y no quiso que lo maten, ya que después de su última pelea quedó tuerto y posteriormente ciego por completo. 


Andrés, el pequeñín de la familia, lo curó y le daba pacientemente de comer, muchos ahí querían comprarlo para sacar crías con otra gallina, pero ni Javier ni Andrés aceptaron, más bien en gratitud por los grandes triunfos que lo hicieron famoso, le permitieron que tenga una larga vida. 


Con ese ritmo de vida pronto Javier empezó a tener problemas en clases, pasaba dibujando gallos de distintas razas, los que pintaba más, eran los dominicanos e incluso los retrataba en plena acción, en más de una ocasión el profesor Martínez le arrancó las hojas del cuaderno de borrador.


—Siempre lo he dicho —rezongaba— Tú eres un chico inteligente y muy listo, también hábil, pero tienes que someterte a las reglas de la escuela y atender en clases. 


Empezó en el recreo a “cazar” para la salida con el dedo meñique y siempre peleaba con los del otro paralelo. Cuando cumplió los nueve años llegó a casa con el tabique nasal fracturado y la cara hinchada, parecía oso panda. 


Wilmer le preguntó:


— ¿Que sucedió? ¿Dime qué pasó con el otro niño? 


—El otro niño tenía 12 años y yo le saque un diente. 


—Ese es mi hermano ¡carajo! 


Rita muy disgustada lo llevó a hacer atender a Santo Domingo donde el Dr. Vinicio, quien era famoso y tenía una buena clínica. El galeno le recetó antiinflamatorios, lo desparasitó y como estaba tan flaco el pobre, según el doctor “el ombligo se topaba ya con el espinazo”, le dio muchas vitaminas. 


Javier crecía y cada vez daba problemas, en la escuela siempre cumplía con sus deberes, aunque también era juguetón, en los recreos sudaba jugando indoor fútbol en la cancha de tierra, además se quedaba media hora después de la salida, si no peleaba, jugaba o iba a coger mangos en las fincas aledañas y a bañarse en el río donde ya sabía nadar ganándoles a sus compañeros en cruzarlo de ida y vuelta. En ese ir y venir de los días llegaría hasta el último año de escuela.


Un año más tarde a Rita le avisaron que a Faustino lo andaba buscando para arreglar cuentas, un chulo del prostíbulo del Carmen. Resulta que había existido una rivalidad por una prostituta bien jovencita a la que el garañón de su marido no se había podido resistir.


—La polla es bien guapa. —Le contaba la vecina Jacky— dígale que tenga cuidado que ese tipo es a quien le dicen “Negro Tolete”, es peligroso, es de la familia de los Vélez Zambrano, dicen que siempre carga un revolver 38 al cinto. 


Esa noche Rita Lucas interrogó a su marido sobre el particular, Faustino le contestó:


—Déjate de pendejadas mujer, todavía no ha nacido el hombre que me mate ni la hembra que me quite el sueño.


---Tú eres como el mono al que siempre le va a encantar el olor de las bananas.


Javier entró en la conversación. 


—Papá si ese tal “Negro Tolete” te mata yo lo mataré a él. 


—Jajajaja… “a papá… a papá lo van a matar”. Eso no será necesario, yo antes que eso le daré el “vire”. 


—Vete con cuidado —dijo Rita— esto no es un juego.


¿Qué culpa tengo yo de salir tan lindo y que las mujeres se vuelvan locas por mí? Jajaja. 


Wilmer por su parte andaba con unos amigos de dudosa reputación. También tenía unos primos Alex alias “Colorado” y “Gasparín”, menores de edad que tenían contactos en Chone con unos pandilleros de mala fama. Estos hacían ya “negocios” y vendían mercancía robada por lo que andaban muy bien vestidos. Rita lo dejaba salir con ellos porque estos accedían a rezar el rosario y a veces hasta la acompañaban a misa.


Javier no tuvo dificultades de acceder al primer año de colegio. Su madre siempre decía que le gustaría que sea el único profesional de la familia y porque no un sacerdote, ya que leía la Biblia con frecuencia y de manera fluida y tenía 20 en religión. Pero el chico también consumía cualquier otro material de lectura que llegara a sus manos y era extraordinariamente curioso e inteligente para hacer reflexiones, inclusive sorprendía a sus nuevos maestros que vieron que el muchacho tenía futuro, aunque su rebeldía iba también en aumento.  


Al cumplir los 13 años Faustino compró una torta a Javier de quién decía era su hijo predilecto y al cual le iba a dejar toda su herencia y la responsabilidad de cuidar a la familia. Acto seguido se gritaba en coro “viva el santo”.  


Cinco días después fueron invitados a una fiesta. Asistieron María, Javier, Wilmer y su padre. En la fiesta solo tomaban alcohol Wilmer y Faustino, quienes estaban bastante embriagados cuando llegaron los cuatro hermanos Vélez Zambrano y agarraron a Wilmer entre dos, mientras el Negro Tolete aparecía en escena haciendo caer a Faustino cuando éste intento defender a Wilmer. Fue todo tan rápido que sonaron los disparos, se paró el baile, la gente corría y gritaba. Faustino tenía un orificio en la frente y Wilmer un disparo a la altura del corazón. 


Javier quedó atónito y sorprendido mirando el dantesco cuadro sangriento, pronto el alguacil de la ciudad hizo su aparición, ya los asesinos estaban a buen recaudo, lejos del lugar de los hechos. Javier seguía en shock, no podía creerlo, en un minuto se quedó sin padre y sin el hermano que más quería. 


El sepelio fue breve, por donde pasaban los féretros solo se escuchaba un murmullo tétrico, Javier iba como abstraído de la realidad, no lloraba, solo tenía la mirada perdida y no hablaba con nadie. Rita, andaba toda de negro no se le podía ver su cara, tapada con un largo velo y un rosario en sus manos. 


Por suerte no se había permitido que la policía le realice la autopsia de rigor a los cadáveres, puesto que existían más de 20 testigos oculares sobre cómo sucedió el crimen. No tenía más que hacer, pensaba Rita, al mal paso hay que darle prisa. Se hizo el novenario como era costumbre en la zona, es decir las 9 noches de rezos y oraciones, Javier pasó muy sereno y callado, lo cual llamaba la atención, era como si estuviera hipnotizado. 


A los trece días del sepelio, y cuando Rita dormia se escucharon gritos desgarradores seguidos de un largo “¿porqueeeee?”. Ella corrió y encontró a Javier sentado en la cama bañado en sus propias lágrimas, lo abrazó largo rato, lo besó y le pidió que duerma entre sus brazos, lo que realmente sucedió en unos cuantos minutos. No sin antes mencionar el chico lleno de rabia “me las pagaran esos Vélez Zambrano”. 


A partir de ese momento hubo un trastorno de conducta tremendo en el adolescente, pasaba horas dibujando y escuchando música, no fue a la escuela dos semanas y cuando lo hizo se puso muy agresivo, se quedaba escondido en el recreo para no entrar a clase, inclusive los profesores hicieron llamar a Rita para explicarle lo que sucedía, ya que Javier no hacía los deberes y se golpeaba con todos los demás estudiantes cada día, decía que tenía que hacerse respetar. 


También había escrito en la pizarra con tiza: “La vida es una porquería”, y cuando el profesor preguntó al chico porque había escrito eso, él le contestó: 


—No joda profe, pregúnteselo a Wilmer y a mi padre. 


Todo empeoró en la escuela, cuando el profesor le arrancó una hoja por dibujar en clase, Javier se levantó del asiento y le tiró el cuaderno en la cabeza al profe diciéndole: 


—Cómete tu cuaderno, viejo barrigón. 


Desde ese instante Rita optó por ya no enviarlo a clases y más bien lo utilizó para las faenas del campo, de plano había mucho por hacer. 


Por esa misma época, los primos Gasparín y el Colorado pasaban una temporada por casa de Javier. Gasparín tenía 18 años y el Colorado 19, ellos eran primos pero muy lejanos. Wilmer los estimaba bastante, incluso, a sabiendas de las malas costumbres que tenían. 


En aquel tiempo llevaron casi a la fuerza a Javier al cabaret para hacerlo “varón”. Lo hicieron entrar al cuarto de la negra Marcela, quien tenía fama de tratar bien a los primerizos. Aunque esa primera vez no le gustó para nada, ya que el muchacho no sintió placer, pero si miedo cuando vio a la morena desnuda con sus tremendos senos al aire, los que semejaban dos melones, lo más desconcertante es que el niño tenía gripe y Marcela le increpó: 


— ¿No sabes que no se debe hacer sexo cuando estas resfriado? 


—No, pero ahora ya lo sé. 


Esta vida se estaba poniendo interesante para Javier, quien valoraba mucho la amistad de sus nuevos camaradas que eran afines ya que el Colorado y Gasparín también se habían quedado sin padre, porque había desaparecido hacia unos tres años misteriosamente, dicen que una mañana salió a buscar oro y tal parece que lo encontró porque no volvió más. 


Los jóvenes se unieron en Chone a unos pandilleros a los cuales los apodaban “Los Chonanas”, nombre adquirido debido a una antigua y guerrera tribu milenaria que fue autóctona y precursora de esta región. 


Los primos se hicieron amigos de unos tipos mayores que ellos y se los conocía por sus alias como: “Gordo Lucho”, “Patojo”, “Tiro Fijo”, “Bala Perdida”, “Tuerto” y “Mocho”, a éste último le faltaba la mitad del dedo índice de la mano izquierda. Según el grupo, él tuvo un accidente cuando limpiaba una pistola. 


El adolescente Javier aún estaba muy afectado por la muerte de su padre y su hermano. Había jurado venganza contra los asesinos de su familia y al escuchar las historias de Gasparín, de que estos señores eran rudos y que podían ayudarle a vengarse, pactó un viaje para conocerlos en Chone a dos horas y media de distancia. 


La idea que rondaba en la cabeza de Javier era hacer justicia y meterle bala a un hermano del “Negro Tolete”, un tal Pedro Vélez al que llamaban “Don Kilo”, quien había manifestado estando borracho en una cantina, que Faustino fue un cobarde antes de morir. 


—Para mí eso es una afrenta imperdonable, —le dijo a Gasparín— esa injuria tiene que pagarla con la vida ese hombre. 


Como ya no iba a clases, Javier se ganó la confianza de Rita, se levantaba temprano y apartaba a los terneros de las vacas y más tarde alimentaba a los chanchos, empezaba entonces a salir los fines de semana y conoció el amplio mundo que le ofrecieron los primos. 


Dejó de ir a misa los domingos. Ya nadie de sus ex compañeros le decía “El Santo”. El Tuerto y el Mocho hablaban a semanas seguidas con Javier. Los Chonanas tenían varios vicios, pero la lealtad y la palabra eran sagrados en el gran grupo, le ofrecieron alcohol y marihuana, al comienzo no los probó, pero a la larga tuvo que hacerlo para ganarse la confianza, aunque muy esporádicamente.


—Mi meta —les decía al Colorado y Gasparín— mi meta es la venganza. Además, no quiso que Rita se entere y no lo deje salir más. 


Se dio cuenta que ellos no trabajaban convencionalmente, había jóvenes que vendían la hierba, otros negociaban cosas robadas y partes de vehículos desmantelados, observó que había trabajillos de “amedrentamiento” como darle una “pisa” a alguien previo contrato por dinero, veía al Tuerto y al Mocho que siempre andaban con su “morena” un revólver 38 cacha negra de 6 tiros y cañón corto en la cintura de cada uno. 


Una de las enseñanzas que recibió fue disparar al tiro al blanco, donde apuntaba a una hoja de papel puesta en un árbol de sauce.  Javier disparó el revólver del Mocho por 6 ocasiones, dando en el blanco a los 15 metros con los últimos 3 tiros. 


El Mocho al verlo exclamó:  


— ¡Caray! Este muchachito tiene futuro jajaja.


El tiempo continuaba pasando inexorablemente y Rita notaba que su hijo tenía muchos cambios en su comportamiento, él siempre hablaba de dar de baja al moreno “Don Kilo” y que extrañaba a su padre y a Wilmer.


Rita no podía hacer mucho, en total tuvo diez hijos seguidos del “semental de don Faustino” y el cuarto “Javito” se estaba descarriando, fueron cinco varones y cinco niñas; y uno, el Wilmer, ya estaba en el cementerio donde alimentaba a los gusanos. 


Llevó Rita al chico a la iglesia para hacerlo confesar con un cura capuchino llamado Francisco, quien aconsejó a Javier y reclamó que debía estudiar y ser buen ciudadano; que no tenía que cometer pecado, ni pensar en “vendettas”, lo más importante era creer en Dios que él podría llegar a ser hasta un sacerdote si se lo propusiera porque había sido ya un buen monaguillo. 


El joven preguntó al Padre: 


— ¿De verdad cree usted todo lo que dice? 


— ¿Qué quieres decir?


— ¿Existe el paraíso que cuenta la Biblia? 


—Sí, claro que sí hijo. 


—Porque yo lo único que veo y siento es el infierno en que vivimos y que hay tanta gente que hace lo que le da la gana; pareciera que les va muy bien a los pecadores porque la justicia terrenal y divina se mantiene muy ciega. Mire, aquí usted compra con dinero a los jueces y no va preso, los políticos mienten y por debajo de la mesa son unos ladrones de corbata; y en el nombre de Dios, lo he leído, se cometen y se cometieron muchos crímenes en la historia. Hace 500 años en la Santa Inquisición decían que muchos eran herejes o brujas y fueron quemados vivos. Padre yo no tengo la culpa de haber nacido aquí donde mataron a mi papá y mi hermano, que me perdone Dios, pero seguiré pecando hasta que haya justicia verdadera. 


El Padre Francisco estaba perplejo y miraba al chico con curiosidad, entonces respondió: 


—Mira no sé dónde leísteis todo eso, pero no critiques tanto y reza tres Padres Nuestros y tres Ave Marías. 


—Padre, no voy a rezar nada, pero me arrodillaré para amagar a mi mamá, que ella piense que estoy rezando y no sufra. 



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