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ZARPAZO

OTRA CARA DE LA VIOLENCIA




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MEMORIAS DE UN SUBOFICIAL

DEL EJÉRCITO DE COLOMBIA


EVELIO BUITRAGO SALAZAR

















Zarpazo, otra cara de la violencia

Memorias de un suboficial del Ejército

© Sargento 2° Evelio Salazar Buitrago

Diseño y Edición

Imprenta de las Fuerzas Militares de Colombia

Primera Edición

Bogotá D.E. Colombia

ISBN- 9781370281954

Publicado por Smashwords Inc.

Hecho el depósito de Ley en Colombia. Para cualquier uso fílmico, de audio, o de reproducción, electrónica, magnética, escrita, o de cualquier otro medio en forma parcial o total de esta obra se requiere autorización escrita del autor. Todos los derechos reservados.


INDICE

Prólogo

Nací en Sevilla

Artillero marchad corajudo

La Rochela

Apareció la violencia

Una redada

Soldado en la Compañía "D"

!Así no juego mi coronel!

Ataco, como el nombre lo indica

El serrucho de Rooke

Semana santa y patrullaje

Por el occidente de Caldas

Tráfico de armas

El Puntudo

¡Socorro!

La cruz a cuestas

¡Mataron a mi tiente Jaramillo!

¿A cómo las carabinas?

Buen susto

Uno más en la cuadrilla de Conrado

Extorsión y vivac

Veinticuatro menos cinco: diecinueve

Criptografía

Plan de acción

Orgia de sangre

Del ahogado, el revólver

Café Granadino

Canes centinelas

Motín a bordo

La remesa

Éxodo

Conrado busca a Pelusa

Agente viajero

El paredón

Granadas de mano

La dama de los ojos zarcos

Entierro de primera

Tarzán, El Zorro y un Conejo

Más sobre lo mismo

En un café de Armenia

Tras de la reja

El Ñato Armendariz

Otra vez con El Ñato

Arancel de muerte

Sedalana

Cartas sobre la mesa

Un secuestro

Mecánico electricista

Puente Roto

Benditas hélices

"Boyeyo"

La víspera de año nuevo

El encuentro con La Gata

Como se esfuma una cuadrilla

El fin del Mono Orozco

Hombre al agua.

La Cruz de Boyacá.

Comentarios

Epilogo

Adición

PRÓLOGO

El sargento 2° Evelio Buitrago Salazar, perteneciente al arma de artillería, conocida en tiempos de Luis XIV como Ultima Ratio Regum, entrega a los lectores la compilación de sus memorias, ordenación de sucesos vividos por el durante los años de lucha contra el bandolerismo.

Soldado ciento por ciento el relato de su actuación en el Quindío, en el Valle del Cauca y en el Tolima, está despojado de vanidad y desprovisto de exageración, y eso habla muy bien del autor que ostenta por sus méritos la Cruz de Boyacá.

Sin pretender disminuir la bien ganada fama del sargento Buitrago que personifica el coraje del suboficial colombiano, podemos afirmar que en los capítulos o escenas fascinantes de su libro, pueden nuestros hombres de armas encontrar parte de sus propias vidas, fragmentos de sus propias hazañas cumplidas en diferentes tiempos y lugares en pro del orden y de la paz sociales.

Se ha dicho que en Colombia los civiles hacen la guerra y los militares la paz; singular paradoja que pone de relieve nuestro espíritu civilista y que convierte al Ejército en el "brazo armado de la constitución".

Para devolver la paz a las ciudades y a los campos, las Fuerzas Militares y de Policía han entregado desde hace varios años lo mejor de su haber: juventud, entusiasmo y hasta la propia sangre. ¿Qué más puede pedirse a quienes con tal desinterés ofician en los altares de la patria?

La paz de Dios, predicada con sin igual amor en el Sermón de la Montaña, ha vuelto a reinar en la república de Colombia, y el hijo de la barbarie, acorralado, perseguido en su madriguera y destruido, es apenas triste recuerdo de una época que no habrá de repetirse jamás.

Como muy bien lo explica el autor de este libro, que en mi concepto debe enriquecer la biblioteca del militar y del civil, aquí no se examinan las causas de la violencia; y está bien que así sea, para evitar polémicas que, al fin y al cabo, no llevan al esclarecimiento de la verdad, sino que avivan las pasiones y convierten el rescoldo en devastadoras llamaradas.

En la obra que comentamos, se nos muestra el militar empleando sus armas en defensa de las garantías sociales, tal como lo exigió el Libertador desde San Pedro Alejandrino. Repasad cada escena, cada hoja, y solamente encontraréis al profesional y al soldado raso, ávidos de justicia, cumpliendo con el deber, máxima aspiración de quienes visten con honor el uniforme.

Se nos revela, también, el bandolero criollo, despojado de los atributos de valentía y romanticismo que nunca ha poseído. Y conste que no hago referencia al verdadero guerrillero, es decir, al paisano que hace la guerra movido por un ideal y que combate con fiereza, independientemente de los ejércitos regulares. Zarpazo la otra cara de la violencia, descubre la llaga viva que amenazó de muerte a nuestra sociedad, y señala la medicina, fuerte, dolorosa, pero indispensable para la salvación del enfermo.

Por primera vez en el papel, el bandolero aparece sin las galas con que los revistieron escritores ligeros, espíritus quiméricos, drogados soñadores. Aquí desfilan en su espantosa desnudez, huérfanos de sanas aspiraciones y de justa rebeldía. Torpezas, crueldad, afán de lucro y grandes dosis de perversidad, traición, cobardía, ignorancia y rapiña, sevicia y vesania, he aquí el equipaje de la familia bandolera.

En Colombia, país privilegiado geográfica y demográficamente, en un momento infortunado de su, historia, apareció el bandolero, siniestro personaje que halló fácil manera de vivir atacando en cuadrilla, atracando, asesinando y robando, enquistado en regiones claves para la economía nacional; verdadera excrecencia de la democracia, más nunca su resultante, secuela de prolongadas y encarnizadas controversias políticas.

Sin la intervención enérgica de las Fuerzas Armadas, se hubiera desangrado Colombia; no exageramos al afirmar que hubiera desaparecido Colombia, porque aprovechándose de la violencia como puente tendido entre el Asia y América, hubieran arribado a la tierra de Santander y de Nariño los emisarios de foráneas doctrinas, y a cambio del tricolor que nos dejó Miranda, flotarían hoy las banderas de la hoz y el martillo.

Al lado de innumerables tumbas que abrió absurdamente la violencia, se levantan centenares de cruces que atestiguan el holocausto de oficiales, suboficiales, soldados, agentes y detectives. Eterna gratitud para ellos, mártires de la concordia y de la paz.

Que las horas de barbarie que nosotros presenciamos no las vean nunca nuestros hijos ni los hijos de nuestros hijos y que este libro, cargado de enseñanzas, contribuya a que la paz de Dios sea duradera y el grito del ángel navideño se prolongue en el tiempo y en el espacio inmenso de nuestro territorio.

Nuestra felicitación sincera al sargento Buitrago por estas páginas que recogen en forma afortunada sus pasos, tan firmes y tan fuertes como los pasos de los bravos soldados del "Rifles", del "Vencedor", y del "Voltígeros", batallones sagrados que iluminaron la ruta de Bolívar en nuestra gesta magna y que hoy añaden nuevos laureles a sus gloriosos estandartes en el Quindío y en el Valle del Cauca.


Coronel (r) Guillermo Plazas Olarte


CAPITULO I

NACÍ EN SEVILLA

"Tierra de singular belleza, rica y próspera es el Valle del Cauca”.

Nací y crecí en Sevilla (NA-1) Valle, en uno de los rincones más ricos de mi departamento. Vivíamos en la ciudad, apellidada con razón, capital cafetera de Colombia.


(NA-1) Sevilla importante ciudad del departamento del Valle del Cauca, es llamada capital cafetera de Colombia. De acuerdo con los cálculos adelantados para julio de 1963, Sevilla contaba con 100.000 habitantes. Geográficamente pertenecía a la privilegiada región del Quindío, zona vital para la economía de la nación, pués el café era la riqueza de la economía colombiana en esa época.


Mi padre, como buen sevillano, poseía potreros y plataneras a diez minutos de la localidad. No éramos potentados, ni mucho menos de los llamados oligarcas. Teníamos casa y equilibrábamos la balanza de la suerte con el trabajo.

Mi madre, pereirana de pura cepa, cuidaba con abnegación de la numerosa familia, como saben hacerlo las mujeres caldenses. En resumen, pertenezco a una familia común y corriente del Quindío, laboriosa, emprendedora y creyente.

Sevilla tendría 70.000 habitantes cuando el cura me puso el crisma, en 1936. La ciudad levantaba sus casas hechas de guadua o material, a mil quinientos metros de altura sobre el nivel del mar, en clima medio, propio para el crecimiento del árbol que es base de la economía colombiana: el café. Café por todas partes, en granos que se secaban al sol del mediodía, y molido y empaquetado impregnando de aromas tiendas y corredores.

Aroma de café por los caminos acompañando el paso irregular de las mulas y las interjecciones de los arrieros!

Olor de café que sahumaba casas o depósitos y que subía al cielo al desprenderse de los tintos hirvientes! Y en el campo cercano, cafetos que crecían custodiados por plataneras o arropados por ramazones de los guamos.

Café suave de Sevilla, Valle, que llenaba de pepas rojas los cestos y los sacos de fique; que formaba callos en los dedos de jornaleros y que después de retribuir ventajosamente a quienes lo recogían, descerezaban, secaban y embalaban, se iba por los mares del mundo hasta puertos lejanos a convertirse en dólares!

Así era Sevilla por el año de gracia de 1936, con el cielo lleno de nubes, cual banderas de paz desplegadas sobre las estribaciones de la cordillera.

Tierra para trabajar y para hacer plata, con largas calles llenas de tiendas y almacenes, con posadas y garajes, herrerías, colegios, bancos, hospitales y templos. Tierra para vivir intensamente, donde se estudiaba o se negociaba, se hacía trueque o se revendía; donde se comía arepa de la buena y sancocho verdadero. ¡Tierra para ricos y pobres, de elegantes mujeres y hombres independientes!

Tierra de buenos caballos y mejores muías, de chalanes y amansadores, donde se tomaba aguardiente y se jugaba al billar, a cualquier hora. Tierra, en fin, en donde se bailaba al compás de estridentes radiolas depositando diez centavos, con muchachas pintarrajeadas que hacían perder la cabeza a más de cuatro en las cantinas y casas de diversión.

Sevilla, pueblo privilegiado, que tomó forma cuando los hacheros tumbaron monte, desbrozaron selva e incineraron troncos para darle a la patria el regalo de aquel suelo fecundo.



CAPITULO II

“Artillero marchad corajudo”


Soy sargento segundo del arma de artillería. Mi divisa es negra como la boca de los obuses. Mi batallón, lo digo sin ambages, ha sido durante la mayor parte de mi carrera, el N° 4 San Mateo. Mi especialidad, para consuelo de estudiosos, el servicio de inteligencia y el topográfico. Pero conozco muy bien las piezas, los aparatos de puntería, las reglas de tiro, el atalaje, en fin, cuanto debe saber un sargento segundo.

Soy artillero y el sabor del arma está en mi sangre. Por eso repito con emoción: ¡Deber antes que vida! Y cuando visto el uniforme y los cañones cruzados lucen en mi guerrera, camino aprisa, la frente en alto, convencido de la importancia de mis jinetas.

¡Soy suboficial del Ejército colombiano, a mucha honra!. Este año, año de mis memorias, espero ser ascendido a viceprimero. ¡Tendré un rombo negro en el brazo sobre la jineta tricolor!

Hace diez años que sirvo bajo banderas; dos lustros en que el destino me colocó cara a cara con la violencia. La conozco por experiencia; he rastreado sus pasos, he seguido sus senderos llenos de sangre y me he detenido con angustia ante su obra devastadora señalada por escombros, ruinas y por cenizas.

Es más: para cumplir la tarea que me encomendaron mis superiores, me fui para oí monte y simulé ser bandolero.

Sé de la violencia y de sus horrores, que me recuerdan el espantable dicho de los antiguos:

─La mordedura de la serpiente no alcanza a dañar a la serpiente; sólo el hombre es lobo para el hombre─

He vigilado en las carpas del Ejército y he sido centinela en las guaridas de los forajidos…

Mi brazo, por qué no decirlo de una vez castigó a monstruos que se hastiaron de víctimas, a quienes no pudo ajustar cuentas la sociedad; tristemente célebres delincuentes a quienes científicos de la "nueva ola" han tratado de defender.

Conozco a la violencia que se llevó a mi padre, devoró a mis tíos y mermó mi heredad.

Soy, por último, uno de tantos militares, a quienes correspondió poner el pecho a los criminales.

Aquí están mis memorias, ceñidas a la verdad. Las publico para que mis compatriotas conozcan la otra cara de la medalla, la analicen y dicten su veredicto.

Ya lo dijo don Miguel de Unamuno:

─Con maderos de recuerdos armamos las esperanzas─

Si de algo sirven, que Dios y la Patria me lo premien y si no, que Él y ella me lo demanden.

Nota: En las presentes memorias se han cambiado algunos nombres por razones de seguridad o de conveniencia.




CAPITULO III

LA ROCHELA

"Ganar el pan con el sudor de la frente".

Escribo estas memorias, muy lejos de Colombia, en Lima, la hermosa capital del Perú. Nada ni nadie puede a dos mil kilómetros de mi patria, influir para que se altere la imparcialidad de mis relatos. Un ruido sordo, inacabable sube de la Avenida Arequipa cruzada en dos direcciones por millares de automóviles. Ya pasó el esplendor del verano; el cielo está gris y una humedad de 95% envuelve a la tierra de Francisco Pizarro. Mi pensamiento, en un instante, aparece en la finca de La Rochela.

***

A fuerza de emprendedor, mi padre logró ser propietario de una hacienda por los lados de Belén de Umbría, que nos daba para vivir. Pero la numerosa familia demandaba cada día mayores gastos.

Mucho debieron discutirlo mis padres antes de decidirse a permutar la finca del occidente de Caldas por La Rochela, ubicada en Aures, municipio de Caicedonia.

Fue en el año cincuenta y tres, cuando decidida la permuta, mi madre se estableció en Cali con cinco hijas y tres hijos pequeños. Uno de mis hermanos pagaba el servicio militar en los Llanos y, el mayorazgo, establecido por su cuenta, administraba una farmacia.

La nueva finca tenía que producir para atender las necesidades de quienes vivíamos en Cali, tanto más cuantiosas, cuanto que había que multiplicar por ocho las pensiones de los colegios, los libros, cuadernos y uniformes.

Por eso se quedó solo mi padre en La Rochela, puesta en la sus esperanzas. ¡Todo un hombre!

Cierto que el terreno era muy quebrado; pero, arrugado y todo, míos treinta plazas cafeteras bañadas en parte por el torrentoso río Barragán cruzadas por quebradas y arroyos que dibujaban eses antes de desaparecer en los recodos.

Los palos de café cedían campo a las guayabas agrias o dulces, al aguacate, a naranjas y mandarinas, zapotes y guanábanas, chirimoyos y plátanos.

Aquí y allí, testimoniando la exuberancia del clima medio, el churimo y el carbonero, el balso y el surrumbo, los bosquecillos de guadua que daban travesaños para las cercas y vigas para las construcciones.

Una planta de luz eléctrica llevaba energía a la casa grande, de corredores y jardines donde vivía mi padre; y a otras cuatro, también nuestras, acondicionadas para cuartel del puesto militar, para escuelas y para alojamiento de mayordomos.

Nosotros dejábamos con frecuencia la capital del Valle y nos íbamos a la finca. Cuando el sol asomaba por encima de las montañas, ya los muchachos habían ordeñado, ensillado los caballos y enjalmado las mulas para transporte de café, que se vendía en el mercado a $ 25.00 la arroba. (NA-2)

(NA-2)El precio de la arroba de café en el segundo semestre de 1965, según la Federación de Cafeteros, fue de $73.50


Algunas veces, los caballos hacían girar perezosamente el trapiche que soltaba jugo de caña sobre cinco pailas hirvientes, atizadas por fuego de chamizas o de bagazo. Por las noches, el viento esparcía olor a miel y a panela recién sacada, y los gallos empenachados, como si tuvieran parte en el negocio, pregonaban con su canto el júbilo por el éxito de la molienda.

Así se trabajaba en La Rochela con tenacidad, con alegría, con entusiasmo. No lejos de allí quedaba el pueblo y la panela por libras y el café por arrobas llevados sobre ariscas mulas, daban a mi padre los billetes que necesitaba para mandar a Cali. Los "broches" de la hacienda se abrían a cuantos quisieran jornalear, sin odiosas discriminaciones políticas.

Y cuando terminaban las faenas, algún muchacho arrancaba al tiple, notas alegres o se arriesgaba con un bambuco. El domingo iban los peones a la iglesia, con el patrón, a dar gracias al cielo y después de misa a comprar la remesa para la nueva semana.

La paz de Dios reinaba allí hasta que un día...


CAPITULO IV

APARECIÓ LA VIOLENCIA

"Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente".


Durante parte del año cincuenta y tres y en el año cincuenta y cuatro, los colombianos disfrutamos de completa paz. Se habían apagado las hogueras que prendió el odio. Claro que como secuela de una "guerra civil no declarada", quedaban cuadrillas de malhechores, drogadas por el indulto concedido por el gobierno, pero potencialmente activas, especialmente en la cordillera central.

Los maleantes, cebados por pingües utilidades logradas fácil-mente en asaltos y atracos, solo esperaban el momento oportuno para reiniciar actividades. Y el momento llegó, no se sabe cómo.

Chispas, Sangre Negra, Conrado Salazar, La Gata, Melco, Polancho, etc., y otros antisociales de menor rango en la mafia bandolera, llenaron de luto los departamentos de Caldas, Tolima y Valle.

Algunos compatriotas, triste es decirlo, siguieron las huellas del basilisco para acrecentar sus haberes y llegar a posiciones ambicionadas.

Que los sociólogos escudriñen y hagan análisis exhaustivos de las causas de la nueva violencia. Allá ellos con sus interesantes teorías. Lo cierto es que aparecieron los bandoleros, sujetos dedicados al pillaje, al robo, al asesinato, al secuestro, al chantaje; individuos sin ideales, sin sentimientos, colocados por voluntad propia al margen de las leyes divinas y humanas.

Conocedores del terreno, burlaban la acción de los militares, y utilizaban la emboscada con precisión. Ayudados por el miedo de gentes a quienes tenían amenazadas en sus vidas y haciendas, se enseñorearon de fértiles comarcas, cobraron tributos, robaron mujeres y dieron muerte a quienes trataron de oponerse a sus pretensiones.

Hubiera sobrado en este libro la presentación de estos desalmados. Pero el hecho de que en el extranjero, personas de bien y hasta escritores galardonados estén mal informados sobre la vida y milagros de los cuadrilleros, me obliga a describirlos como es debido.

Cursaba yo cuarto año de bachillerato en el Colegio de Santa Librada de Cali. Las cosas marchaban bien para mi madre y para mis hermanos, en la Sultana; pero en Aures, iban de mal en peor. ¡Había rumores, "boleteos", amenazas, abandono masivo de propiedades!

─Don Luis, mire que tenga cuidado. Será mejor, por su bien, que venda o que arriende la finca. ¡Ya no quedan copartidarios en la región!─.

Al diablo con las amenazas, pensaba mi padre. ¿Por ventura causaba algún mal a la sociedad, viviendo como Dios manda y como lo quiere la Constitución de Colombia?...

¿No estarían, por ahí, agazapados los chantajistas, listos a comprarle por cualquier suma una hacienda en la que había invertido todo su capital?

Porque mi papá era guapo, porque tenía la vereda pacificada y daba alojamiento al puesto militar; porque permitía que funcionara en sus propiedades la escuelita rural y porque no transigía con los maleantes, éstos resolvieron eliminarlo.

Un primer lunes del mes de agosto del año de mil novecientos cincuenta y cinco, se dirigió a la feria mensual de Génova a comprar unas vacas lecheras. Optimista, como siempre, trotaba en un buen caballo, sin imaginar que al regresar de la feria, cinco sujetos le dispararían todas las balas de sus revólveres.

Dos trabajadores acompañantes lo recogieron y "de prisa" lo llevaron a La Rochela. Allí, luchando con la muerte, alcanzó a dictar una carta para sus hijos, señalando exactamente a los atacantes.

Cuando llegó la infausta noticia a los patios de Santa Librada, abrumado por el dolor y por la rabia, lloré un buen rato y luego, sin decírselo a nadie, me fui como pude para la finca. ¡Demasiado tarde! Cuando llegué, mi padre ya había muerto. Juzgando que poco ganaría permaneciendo junto a los restos queridos, no me esperé al entierro. Sabía quiénes habían sido los "gavilleros".

Por eso, ciñéndome el revólver y apretando el papel acusador, "me enmonté" para perseguirlos.

¿Y en dónde deja la ley?, me interrogaba la conciencia. Era verdad que a la legítima autoridad correspondía la captura de los quíntuples asesinos. Pero, ¿quién me garantizaba que estando las cosas como estaban en Aures, triunfarían en sus investigaciones el inspector y sus comisarios?

¿Acaso, no se quedaban impunes muchos delitos? Yo los encontraría. ¡Mediría mis fuerzas con los bandidos, me vengaría!

Quince días y quince noches permanecí en el monte, en constante acecho, pasando de finca a finca, arrastrándome entre los cafetales.

Localicé a tres de los de la lista, pero comprendiendo que los jueces no justificarían las represalias, acudí en demanda de ayuda al puesto militar. El raciocinio triunfó sobre mi temeridad.

Me fui con la tropa del Batallón Palacé, sirviéndoles de informante. En la hacienda "La Suiza", capturamos a dos. Confesaron: ¡Sí! Lo matamos por orden de don N. N., de Cumbarco.

Cuando la escolta pasaba cerca de "El Paraíso", numerosos anti-sociales emboscaron a la patrulla. Cayeron varios soldados. Nos tendimos. Uno de los atacantes, a quien después identifiqué como integrante de los cinco que asesinaron a mi padre, cayó despedazado por una ráfaga.

El "plomeo" estaba en lo fino cuando intentaron huir los detenidos. Siempre sucede así.

No sé si fueron balas de revólver o proyectiles de fusil Mauser los que hicieron diana sobre los blancos móviles. Sobre la carta arrugada y llena de mugre, mi lapicero tachó tres nombres!

Pasados sesenta días, localicé a los dos restantes en la vereda de Buenavista. Cuando nos descubrieron, (yo iba con un amigo), nos dieron plomo. No había tiempo para avisar a la autoridad. Cambiamos disparos por media hora. Un fusil Mauser, calibre siete milímetros y un fusil grass de la guerra de los mil días, entregamos al puesto de policía.


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