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Rafael Reyes Biografía de un gran colombiano


Eduardo Lemaitre


Ediciones LAVP


www.luisvillamarin.com














Rafael Reyes,

Biografía de un gran colombiano

Controvertido líder en el más borrascoso episodio político colombiano

© Eduardo Lemaitre.

Cuarta edición

Diagramación y diseño

Ediciones LAVP

© www.luisvillamarin.com

Tel 9082426010

New York City USA

9781370963607

Publicado por Smashwords




Sin autorización escrita firmada por el editor, no se podrá reimprimir ni total ni parcialmente esta obra por ningún medio físico, reprográfico, de copiado, electromecánico, químico, de audio, de video o electrónico. Hecho el depósito de ley.



INDICE

Esta cuarta edición

Al lector

Una visita intempestiva

Vencedor de imposibles

El pontón

El caos

Justice is done

La misión cumplida

Orígenes

La quina

Sofía

El Putumayo

Hacia El Amazonas

El regreso

Una empresa en grande

Caníbales

La reforma

Interludio

Initium Tumultus

Guerra

A paso de huracán

Marcha triunfal

Política conservadora

Sin novedad en el frente

La gran calaverada

La agonía

Panamá

El Tratado Herrán-Hay

Panamá se separa

Vista panorámica de un país en ruinas

El registro de Padilla

Paz y concordia

Los hombres prácticos

Se arrienda esta casa

Orocué

La asamblea nacional

Mucha administración

...Y poca política

El 10 de febrero

El quinquenio en marcha

"Pourvu que cela dure..."

El 13 de marzo

Ships that pass in the night

Fuentes





ESTA CUARTA EDICIÓN

Me hallaba cierta noche en el Club Cartagena, cuando entró al salón con algunos amigos, el entonces ministro de Hacienda de Colombia Jaime García Parra, a quien no veía hacía muchos años, desde su época de estudiante en Inglaterra.

Nos saludamos efusivamente, entramos en conversación, y, a poco andar, trajo él a colación mi biografía del general Rafael Reyes, publicada por primera vez en 1951; un libro que, según me dijo, había dejado honda huella en su espíritu, y no sólo por su contenido, sino, así mismo, por la forma como lo conoció.

En efecto, su padre, ese insigne colombiano que fue Alfredo García Cadena, tenía la costumbre patriarcal de leer obras instructivas durante las cenas familiares, ni más ni menos que como se hacía en los internados de los colegios de antaño; y uno de los libros que fue escogido por él para esa lectura hogareña, fue mi "Reyes".

No creo que un libro mío haya recibido nunca honor más alto.

"Mi padre, me añadió, Jaime, gozó intensamente con la lectura de esta obra, tenía por ella un alto aprecio, la anotó profusamente en las márgenes, y, a su muerte, vino a parar a mi biblioteca. Pero veo que es obra ya agotada, y yo querría, ahora que puedo hacerlo, que volviera a ser editada, para que los colombianos de esta generación sepan también quién fue de verdad el general Rafael Reyes, y dejen algunos de estar todavía hablando tonterías sobre la noche oscura de su administración.

Y añadió el ministro García Parra: ¿me das autorización para reeditarla?

"Con una condición, le respondí: que escribas el prólogo".

A lo que él accedió con todo gusto.

Por desgracia, las ocupaciones propias de su cargo, le impidieron cumplir aquella promesa; pero la edición fue ordenada, y aquí está de nuevo entre el público. Es la cuarta que sale a la luz.

Ese público debe ser comprensivo con este libro. Se trata, ante todo de una obra juvenil y, por eso, es apasionada en favor del héroe; pero debe también tenerse en cuenta que, cuando se escribió, el nombre de Reyes no se podía ni mencionar entre nosotros, y obviamente era preciso escribirla con espíritu revisionista y combativo.

Hoy, cuando ya la figura de Reyes ha alcanzado sus verdaderas pro-porciones históricas, (un poco, o tal vez un mucho, debido precisamente a estas páginas) yo habría escrito quizá una obra más tranquila, más fría, más objetiva; pero, por eso mismo, menos interesante.

Sea como fuere, aquí está el fruto de ese impulso reivindicatorio. Los jóvenes que hayan de leerlo dirán si tuve o no razón para decir y contar las cosas que aquí están dichas y contadas.


Eduardo Lemaitre




"Con los elementos morales que hay en el país, con nuestra educación, nuestros vicios y nuestras costumbres, sólo siendo un tirano, un déspota, podría gobernarse bien a Colombia. Yo no lo soy y nunca lo seré, aunque mis enemigos me gratifican con aquellos títulos; mas mi vida pública no ofrece ningún hecho que lo compruebe. El escritor imparcial que escriba mi historia, o la de Colombia, dirá que he sido Dictador, Jefe Supremo nombrado por los pueblos, pero no un tirano ni un déspota".

Bolívar, Diario de Bucaramanga.

AL LECTOR

Vinculado por tradición familiar al movimiento político que, a principios del siglo, llevó y sostuvo al general Rafael Reyes por cinco años en el poder, sentí siempre el impulso de reivindicar la obra y el nombre de aquel a quien siempre consideré como uno de los grandes gobernantes de Colombia. No pude, sin embargo, comenzar a poner este designio en ejecución sino hace tres años, cuando, a propósito del centenario del nacimiento de Reyes, me dediqué a escribir una serie de artículos periodísticos sobre el famoso personaje y, yendo en busca de mejores informaciones, me fui insensiblemente internando en el tema, siempre fascinador, de nuestra historia política.

De repente, hallándome en ese trabajo, me di cuenta que estaba en posesión de un acervo considerable de datos sobre el hombre y sobre su época, y de que, con alguna aplicación adicional, podría publicar un libro que realizara en cierto modo aquel justiciero anhelo de mi espíritu. Me puse, pues, a la tarea; amplié un poco el radio de mis investigaciones; profundicé mis lecturas; conferencié a menudo y largamente con algunos de los protagonistas que sobreviven de aquel período de nuestra historia, y el resultado es la obra que el lector tiene en este momento entre las manos.

Con todo, y a pesar de su intención reivindicatoria, este libro ha sido escrito ingenuamente, sin el propósito antipático de llegar a determinadas conclusiones preconcebidas o de presentar ante el público un personaje angélico o un héroe perfecto. Reyes no lo fue y durante su vida pública incurrió en numerosos errores, de manera que si yo hubiera pretendido desconocer tales hechos, habría desvirtuado la historia y en vez de un personaje real, le habría entregado a los lectores un simple engendro de mi imaginación.

Esto dicho, no negaré que, sin desconocerlos, he disimulado discretamente los defectos del hombre y del político. Porque es tanto lo que de ello se ha hablado que no vi la necesidad de insistir sobre la materia que el público conoce de sobra.

No es fácil, cuando se escribe un libro de la naturaleza del presente, despojarnos por entero de nuestros prejuicios y de nuestras pasiones políticas. Yo, sin embargo, he tratado de hacerlo en la medida de lo posible y aunque estoy seguro de no haberlo siempre logrado, al menos me queda la satisfacción de mis buenas intenciones. Nada es, en efecto, más perjudicial, ni más sujeto a equivocaciones como el escribir historia con rótulos políticos.

Porque en esto de los partidos y los sistemas de gobierno, como en la vida toda, y como en las gentes que los forman nada es totalmente malo, ni nada totalmente bueno, sino que la una cosa se entremezcla con la otra; y este país ha vivido ya lo bastante para saber que ninguno de sus dos grandes partidos puede cantar victoria, ni tirar la primera piedra, pues como están hechos de la misma masa humana, ambos se han apuntado aciertos y han vivido momentos de gloria, pero ambos, también se han equivocado y le han dejado al país su lote de infortunio.

Ahora bien, si este sistema de preparación espiritual es siempre aconsejable cuando se escribe la historia, tenía que serlo mucho más y aun indispensable, al narrar la vida y los hechos de un personaje como Rafael Reyes porque nadie como él, entre todos los gobernantes colombianos, comprendió la esterilidad y trató de cambiar las dimensiones de nuestras luchas políticas, reemplazando la libertad teórica y el sojuzgamiento práctico de un partido por el otro, que era como entre nosotros se practicaba la democracia, con una libertad restringida pero que permitiera e hiciera posible la reconciliación de los bandos en pugna, la armonía social y el progreso colectivo.

En un país destrozado materialmente por las guerras civiles y por la mala administración, y envenenado moralmente por implacables odios políticos, Reyes, aplicando métodos autoritarios, pero sobreponiéndose siempre a mezquinos sentimientos partidistas, sacó al país de aquella "edad media colombiana" que fue para nosotros todo el siglo XIX, lo reconstruyó de entre sus ruinas materiales, le mostró por primera vez cómo

eran la vida moderna y la civilización contemporánea, y puso, en fin, a los

liberales y a los conservadores codo a codo sobre la misma mesa de trabajo.

La obra de tal hombre no puede ser analizada, por lo tanto, sino con criterio profundamente imparcial y desde un punto de vista puramente colombianista.

*****

Otro aspecto que no podía menos de enfocar sin prejuicios y sin apasionamiento, es el de la dictadura. Algunos lectores juzgarán que yo he presentado la de Reyes con colores demasiado atractivos y que quizás me he sobrepasado en la tarea de su justificación. Empero, creo haberme mantenido en los justos límites.

Si las dictaduras no son aconsejables como sistemas permanentes de gobierno, no pueden, en cambio, ser consideradas sino como redentoras cuando las rodean determinadas circunstancias sociales. Por algo se ha dicho que ellas no son de generación espontánea, sino que, como los hon-gos, aparecen y prosperan en los terrenos políticos putrefactos.

Tal ocurrió con la dictadura de Reyes. Cuando éste subió al poder, Colombia había llegado a un grado tal de postración física, económica y espiritual, que solamente por medio del ejercicio de una autoridad fuerte, de una dictadura, era posible re-construir los dispersos elementos de la nacionalidad. El general Reyes tuvo el talento de comprender la exigencia de la hora y el valor de resolverla sin necios escrúpulos.

Con todo, aquella fue una dictadura paternal. Alguien dijo que, como la de Primo de Rivera en España, no fue dictadura sino "dictablanda". No tuvo ella los caracteres que hicieron odiosa la dictadura militar de Juan Vicente Gómez o a la dictadura social de Castro, en Venezuela. Tampoco se encontrarán en ella esos rasgos de crueldad que han hecho de los "caudillos bárbaros" un tipo especial de la América Latina.

La de Reyes fue, simplemente, una dictadura política, ejercida con ánimo patriótico y corazón magnánimo por un hombre ejecutivo, optimista, astuto, práctico, generoso y autoritario, que tenía, en cierto modo, los rasgos dominantes del ideal "príncipe cristiano" imaginado por Saavedra y Fajardo, y que, en su obra de gobierno, estuvo acompañado, casi hasta la última hora, por un arrollador movimiento de la opinión en el que se juntaron las mayorías de nuestras dos grandes colectividades históricas.

Poner las cosas en su punto y destruir la leyenda negra que alrededor de esa dictadura se ha tejido es, precisamente, el objetivo principal de este libro.

En mi tarea, además de diligentes funcionarios de la Biblioteca Nacional, me ayudaron dos amigos entrañables, sin cuyo consejo me habría sido imposible revivir, de manera siquiera aproximada, la época aquí narrada, o enfocar con justicia algunos de sus principales episodios. Me refiero a Fernando de la Vega y a Julio H. Palacio.

Ambos han fallecido, antes de que mi trabajo estuviese concluido; pero no fue, por dicha, sin que hubieran podido traspasarme, de viva voz y en pláticas inolvidables, parte del riquísimo venero de sus conocimientos históricos y de sus experiencias personales.

A Palacio le soy deudor de cuanto en mi libro es de carácter anecdótico así como de numerosos detalles que serán imperceptibles para el lector, pero que contribuyen a darle ambiente a la obra.

Y a Fernando de la Vega, además del estímulo permanente para que escribiera este libro, le debo lo que para mí ha sido más valioso que todo: el consejo crítico fundamental, tanto más meritorio y precioso cuanto que quien me lo ofreció de manera tan generosa no fue en sus tiempos del partido reyista.

A ambos quiero rendirles el tributo póstumo de mi devoción y de mi agradecimiento.


Eduardo Lemaitre.





PRIMERA PARTE

EL CAUDILLO

CAPITULO I

UNA VISITA INTEMPESTIVA


"La guerra es el sufragio de los países bárbaros".

C. Martínez Silva


Muy temprano, en una mañana de los primeros días de abril de 1885, no había aún el presidente Núñez saltado de su lecho cuando su esposa le anunció que el señor William L. Scruggs, ministro de los Estados Unidos de América, se hallaba en el salón de espera de palacio y solicitaba una audiencia extraordinaria.

Aunque los tiempos que por entonces corrían eran poco apacibles, pues el país se hallaba convulsionado por una de los más crueles y tal vez más injustas de nuestras guerras civiles, es cierto que la visita del conspicuo personaje a hora tan intempestiva y en forma tan contraria al protocolo diplomático, sobresaltó al primer magistrado; el cual, saliendo de la tibieza de las sábanas y peinando apenas perfunctoriamente la barba ya canosa, pronto estuvo en su despacho para recibir al representante norteamericano.

En realidad, la solicitud de audiencia a esa hora extemporánea, era más que justificada. En aquella época, las comunicaciones telegráficas no solo eran incipientes y fragmentarias, sino que a causa de la propia contienda que asolaba al país, el servicio se prestaba con deficiencias más que deplorables, de manera que algunos diplomáticos, y en especial el ministro de los Estados Unidos, se encontraban a veces mejor enterados de lo que acontecía en la república, gracias a sus propios medios de información, que el mismo gobierno federal. Esta vez el diplomático norteamericano estaba en posesión de graves noticias que el gobierno desconocía, y que era indispensable comunicar, en el término inmediato, al presidente.

En efecto, el Istmo de Panamá, que hasta entonces se había mantenido leal a las autoridades legítimas de Colombia, acababa de caer en manos de la revolución.

El presidente de aquel Estado, general Santodomingo Vila, había viajado a Cartagena para ponerse al frente de esa plaza, cuyo asedio iniciaba por entonces el general Gaitán Obeso.

Aprovechándose esta circunstancia los radicales panameños, capitaneados por el general Azpurúa, habíanse insurreccionado, y tras breves acciones de armas, se apoderaron de todo el Estado, comenzando así una serie de desórdenes cuya culminación en cosa de días fue el dramático y total incendio de la ciudad de Colón.

Pero había algo más grave aún: en medio de la conflagración, cuando las llamas se alzaban amenazantes por todos lados y "con el propósito de restablecer el orden y mantener el libre tránsito a través del Istmo", las fuerzas de la armada norteamericana habían desembarcado en Panamá.

El gobierno colombiano estaba, pues, delante de una nueva e intrincada complicación, ya de carácter internacional.

Pero en la frente del señor Núñez, pálida aún, como todo su rostro, de resultas de una casi mortal disentería de la que apenas hallábase convaleciente, no se marcó sino una leve arruga. Luego de breve conferencia, el ministro diplomático fue despedido cortesmente.

*****

Desde 1846, la Nueva Granada había firmado con los Estados Unidos, un tratado relativo al Istmo de Panamá. De acuerdo con él, esta poderosa nación garantizaba la soberanía nuestra sobre la invaluable faja istmeña.

Ello significaba que, en caso de que el gobierno granadino no pudiera mantener el orden sobre Panamá, los Estados Unidos lo harían en su defecto, se entiende que a solicitud previa de la Nueva Granada.

En el caso presente, la infantería de marina norteamericana había procedido por su cuenta y riesgo. Había habido, pues, una violación del tratado, que técnicamente no se amenguaba por el hecho de que el ministro Scruggs, ex post-facto, en nombre de su gobierno, le notificara al de Colombia las ocurrencias sucedidas.

Pero tampoco podrá desconocerse el hecho de que hallándose el país en guerra y no existiendo prácticamente las comunicaciones telegráficas, el riguroso cumplimiento del tratado habría demorado en semanas, tal vez en meses, el restablecimiento del orden alterado, con grave perjuicio para todos.


Además, el solo incendio de Colón, había constituido una catástrofe de proporciones aterradoras. De modo que la violación de la soberanía colombiana, que se trataba de sanear por medio de aquella tardía notificación al presidente Núñez, era en cierto modo explicable, ya que no justificada.

Es propio, sin embargo, de un hombre de Estado, "saber elegir entre grandes inconvenientes", y por esta razón el hábil mandatario optó por encarar los dolorosos hechos y se valió de un subterfugio: simulando ignorar la formal notificación del ministro americano, el gobierno de Colombia se acogió a los términos del tratado, y, como si el desembarco no se hubiera aún operado, solicitó al gobierno de Estados Unidos que garantizara el libre tránsito de uno a otro océano, con la condición, eso sí, de mantener la soberanía de Colombia sobre el territorio istmeño.

Aquello era un duelo de hechos cumplidos que el arte de la diplomacia recubría con el ingenioso manejo de sus fórmulas y eufemismos.

El decoro colombiano estaba, pues, a salvo, gracias al elaborado recurso del presidente; pero no por eso la situación en Panamá se aliviaba en lo mínimo.

Antes, por el contrario, el problema, que de suyo era grave por el alzamiento de los radicales, se doblaba con el de la ocupación norteamericana; y ésta no podía eliminarse si aquél no se liquidaba previamente.

De tal modo, que para el gobierno colombiano el envío de tropas organizadas y suficientes para doblegar la revolución en Panamá, y rescatar del poder de los norteamericanos el ejercicio de la plena soberanía sobre el Istmo, era cuestión de vida o muerte.

¿Cómo realizar ese esfuerzo supremo? ¿Cómo enviar auxilio militar a aquel lejano territorio cuya permanencia en la unión de estados colombianos era vital para los intereses de la patria e indispensable para el prestigio del gobierno?

¿Cómo surcar los mares o atravesar las selvas tupidas del Darién para llevar hasta allá un ejército capaz de recobrar la más hermosa parte del territorio colombiano?

He allí la tremenda dificultad frente a la cual Núñez y sus secretarios, reunidos en círculo alrededor de la mesa de trabajo, se debatían aún al caer de la tarde en el Palacio de San Carlos.

La solución no aparecía por parte alguna.


CAPITULO II

VENCEDOR DE IMPOSIBLES

"The right man for the right place".

El jinete que dos días después de los hechos narrados en el capítulo anterior galopaba a pleno sol en dirección a Girardot, ignoraba tal vez que en el mensaje que llevaba dentro de su alforja, para ser enviado a Cali desde aquella ciudad, se escondía la clave del triunfo que el gobierno iría a obtener sobre la revolución; y que esas breves líneas con que horas después se iba a estremecer el hilo telegráfico encerraban el germen de un largo capítulo de historia nacional.

Aquel telegrama del presidente Núñez iba dirigido a un joven amo de 35 años de edad, hasta entonces totalmente ajeno a la Política de partido, y ahora militar de ocasión, que respondía al nombre de Rafael Reyes. En él, Núñez confiaba a Reyes la misión de organizar una expedición marítima que, partiendo de Buenaventura, debería desembarcar en Panamá.

Pero como no se contaba con naves adecuadas ni se sabía, a derechas, si habría que tomarlas en arrendamiento o improvisarlas de cualquier modo, el presidente terminaba su comunicación con estas palabras que tocarían directamente el corazón impetuoso y aventurero de su destinatario: "Para realizar esta expedición lo espero todo de la facultad con que sabe usted vencer imposibles".

Era, en efecto, Rafael Reyes, una de las pocas personas, quizá la única entre los partidarios del gobierno, capaces de emprender y coronar con buen éxito empresa tan arriesgada.

Pero sus actividades, hasta entonces, habían estado encaminadas a fines muy distintos del de la guerra, la política o las letras; de suerte que su nombre, en un país en donde la popularidad solía alcanzarse tan sólo con la espada, la pluma o la oratoria, apenas si era conocido en el mundo de los grandes negocios —bien pocos en verdad a la sazón— y algo entre los políticos del sur de Colombia que, por un imperativo de su misma profesión, tenían que conocer forzosamente a quien, como Reyes, había intentado empresas comerciales de grande importancia en aquella región del país.

Si alguna vez el regenerador dio pruebas palmarias de su fino conocimiento de los hombres, fue en esa ocasión en que le entregó a Reyes la suerte de las armas de la legitimidad y la difícil tarea de reconquistar a Panamá.

Porque la verdad es que Rafael Reyes, para esa fecha, no llevaba sino dos meses escasos de haber ingresado por primera vez a la milicia. Su temperamento era, por cierto, tremendamente activo; su don de mando, innato; su aspecto físico, arrogante; su carácter, bizarro, y su valor, a toda prueba.

Mas, alejado como había estado hasta entonces de esas cuestiones políticas y religiosas que sus conciudadanos gustaban discutir aun por medio de las armas; y dedicado por entero a los negocios de explotación de bosques en los ríos del sur, no era matemáticamente presumible que una vez al frente de la misión que se le confiaba, supiera realizarla a cabalidad, sorteando escollos, inclusive de carácter diplomático e internacional, en que no podía tener la deseada versación.

Además, por esa época, Reyes era en cierto modo un fracasado. Se sabía de él que había llegado al Cauca siendo muy joven, y que en Popayán y Pasto había trabajado durante algunos años con su hermano mayor. Por un tiempo exploró las cumbres de nuestras cordilleras hasta la frontera con el Ecuador, en busca do quina, logrando organizar una empresa comercial para la exportación de aquella corteza tropical.

Había viajado además por los Estados Unidos y Europa, y, en cierta ocasión, de regreso extranjero, concibió el proyecto de buscar una vía navegable vapor que, uniendo al Occidente colombiano con el Amazonas el Atlántico, hiciera posible el comercio de exportación de frutos e importación de mercancías, que por falta de caminos no era dado realizar económicamente por el lado del Pacífico.

Aquella idea, al parecer fantástica, había sido, sin embargo, puesta en práctica por Reyes, quien después de superar, a fuerza de coraje y audacia, todo género de obstáculos, no solo redescubrió el río Putumayo prácticamente desconocido de los colombianos, y estableció la navegación a vapor, sino que abrió caminos desde la cabecera de ese río hasta Pasto, fundó numerosas colonias, combatió la trata de esclavos, civilizó tribus enteras de indígenas que practicaban la antropofagia y desarrolló, en fin, tan variadas y peligrosas actividades, que la simple narración de todas sus peripecias suministraría material para un relato digno de figurar entre las crónicas de nuestros grandes conquistadores.

Pero ahora toda aquella inmensa empresa de colonización se había ido al traste, entre la indiferencia del gobierno, a cuyos oídos, aturdidos por el estrépito de las armas o la algarabía de los políticos, apenas si había llegado el confuso eco de las hazañas cumplidas por Reyes y con él un millar de colombianos en las selvas del sur.

El clima mortífero de la amazonia había diezmar lo de modo impla-cable a los colonos; la lucha sin cuartel con la selva embrujada había hecho emigrar a los pocos sobrevivientes, y en fin, la depreciación de las quinas, debido a los cultivos técnicos que ingleses y holandeses acaban de establecer en los mares de la Sonda, había concluido la obra destructora de lo que fuera la empresa más audaz intentada, hasta entonces, por colombiano alguno. La barbarie extremada y la extremada civilización se habían dado así la mano para llevar hacia la ruina al intrépido empresario.

Al iniciarse, pues, el año de 1885, Reyes se hallaba en quiebra. Había pagado, sin embargo, hasta donde pudo, no solo las deudas propias, sino las que afectaban el pasivo de sus otros hermanos, aun sin hallarse constreñido a ello. (NA1)


(NA1) El siguiente es un aparte de una carta dirigida por don Luis Rubio Saiz al General Reyes con fecha mayo 6 de 1920: "Recuerdo perfectamente que yo intervine en el arreglo que usted hizo con la casa de Rodulfo Samper & Cía. de París, uno de los acreedores de Elias Reyes & Hermanos. Como resultado de ese arreglo, usted pagó una suma fuerte de dinero por la firma de Elias Reyes & Hermanos, sin que usted tuviera obligación legal de pagarla, como lo hizo con los otros acreedores de ella, pues usted no era socio capitalista, sino socio industrial"


El siguiente es un aparte de una carta dirigida por don Luis Rubio Saiz al General Reyes con fecha mayo 6 de 1920:

"Recuerdo perfectamente que yo intervine en el arreglo que usted hizo con la casa de Rodulfo Samper & Cía. de París, uno de los acreedores de Elias Reyes & Hermanos. Como resultado de ese arreglo, usted pagó una suma fuerte de dinero por la firma de Elias Reyes & Hermanos, sin que usted tuviera obligación legal de pagarla, como lo hizo con los otros acreedores de ella, pues usted no era socio capitalista, sino socio industrial"

Pero su ánimo de empresa, lejos de haber decaído por el fracaso y por la pérdida de diez años de vida hundido en el fondo de los bosques, se hallaba pletórico de optimismo. Se sentía aún joven, lleno de bríos.

Y comprendiendo que Colombia era terreno poco propicio para el desarrollo de las iniciativas que bullían en su cerebro, pensó entonces viajar a la Argentina. Tal vez en la pampa gaucha el destino le tenía reservado ese triunfo que afanosamente buscaba su espíritu emprendedor.

Quizá, en un ambiente menos estrecho, allí en donde comenzaba a bañarse la tierra suramericana con las mareas civilizadoras de la inmigración, le fuera fácil rehacer la perdida fortuna y hallar marco apropiado para la miríada de proyectos que acariciaba.

Las cosas, sin embargo, estaban dispuestas por la Providencia de otro modo. Rotundamente el gobierno militar del Cauca le negó pasaporte. Y la perplejidad en que esta negativa lo sumiera, hallándose imposibilitado para salir del país o para dedicarse al trabajo en él, no pudo tener otro desenlace que el de precipitar en el torbellino de la contienda civil a quien era ajeno a la política y enemigo temperamental de la guerra, y principal-mente de la guerra entre hermanos.

¿Cuál otro podía ser el camino que le quedaba a la juventud colombiana en esa época, así estuviera, como la de Reyes, destinada, aparente-mente, a labrar la grandeza de la patria en los campos del trabajo? (NA-2).

(NA-2). Existe una carta de don Carlos Holguín, dirigida al doctor Joaquín P. Vélez, fechada en 1887, en donde le dice: "Reyes entró en la guerra del 85 por buscar fortuna". Este juicio, que es exacto, no puede, sin embargo, interpretarse en el sentido de que aquél se enroló en el ejército en persecución de gajes y prebendas como cualquier aventurero o mercenario.


La realidad es que Reyes cayó en la vorágine de la lucha armada, porque no podía hacer otra cosa. Era el camino que la locura colectiva de los conductores políticos colombianos trazaba a las generaciones jóvenes del país. Si no podían trabajar ni les era permitido apartarse de la pelea, había en todo caso que vivir, y, paradójicamente, los únicos campos para la vida eran los campos de la muerte

Empero, todavía resistíase Reyes a empuñar la espada. No había sido político, pero tenía inconfundible temperamento conservador y era de ideas tradicionalistas. Por lo mismo, su simpatía hacia la causa del gobierno legítimo era apenas lógica, y él no la disimulaba. Hallándose en esas circunstancias, algunos conservadores caleños le propusieron que se hiciera cargo de la comandancia de un cuerpo cívico recién organizado.

Por esos días había llegado a la ciudad un batallón de la Guardia Colombiana, a órdenes del general Márquez, el cual, silenciosamente, se hallaba comprometido a defeccionar poniéndose al servicio de la revolución.

Algo se filtró de estos propósitos que llegó hasta los oídos de Reyes, y por eso, cuando sus amigos le propusieron la jefatura del cuerpo de cívicos, les manifestó que sólo la aceptaría en caso de que se comprometieran a librar combate, de una vez, contra el veterano batallón, antes de que la defección se cumpliera. Pero sus amigos no le creyeron, y pagaron esa incredulidad cayendo poco después prisioneros de Márquez, quien, efectivamente, se pasó a la revolución, tal como Reyes lo había pronosticado.

Como era de presumirse, Reyes también fue perseguido por el general revolucionario. Pero en los primeros días no fue posible dar con su paradero. Hasta que una tarde, seguido de cerca por un piquete de soldados y después de saltar tapias y paredes, fue a dar a un solar en cuyo centro había un árbol. Era la hora del crepúsculo.

Sin embargo, su silueta fugitiva alcanzó a ser percibida y a la orden de "fuego" veinte disparos consecutivos tronaron desde lejos. Era imposible que descarga tan cerrada no lo hubiera tocado; y los perseguidores, con-vencidos de haber eliminado a su enemigo, ni siquiera se tomaron el trabajo de buscar al que creían cadáver. Saliendo entonces del escondite, Reyes se encaminó al amparo de las sombras hasta el hotel, donde montó su caballo con el fin de salir de la ciudad.

En la plaza se encontró con su amigo, el general Avelino Rosas, jefe de día de la revolución.

—Acabo de saber que han querido asesinarlo, le dijo Rosas.

—Así ha sucedido, le replicó Reyes, por lo cual he tomado la resolución de salirme de aquí, y he jurado no descansar mientras la anarquía y las revoluciones dominen en mi patria.

—Siento advertirle que no le permitiré que salga, le intimó Rosas.

—¡Pues deténgame!, arguyó Reyes posando la mano sobre uno de los revólveres de caballería que llevaba al cinto. Y espoleó su caballo...", según consta en el Boletín de Historia y Antigüedades, Año IV. N° 44. Bogotá escrito por J. M. Cordovez Moure.

*****

Muy cerca de allí, en el paso de La Balsa, el negro "Candela" tenía prácticamente en derrota a las fuerzas regeneradoras de Caloto, y ya comenzaban estas a experimentar los síntomas precursores del vencimiento, cuando a Reyes, que iba solo y trataba de incorporarse a aquellos, se le ocurrió disparar metódicamente sus revólveres a retaguardia de los radicales. Creyeron éstos que una poderosa fuerza enemiga les cortaba el paso por la espalda, y el negro 'Candela", empavorecido, cedió el paso a sus contrarios.

Así, con esta estratagema si se quiere infantil, pero eficaz, Reyes quedó incorporado al ejército. Se abrían para él las sangrientas e indeseadas perspectivas de la guerra. "El que había sido empresario apenas, explorador de un río y fundador de una navegación —dice un historiador— fue también a tomar el rifle. El jefe de la expedición al Amazonas, entró a servir como comandante de la 4a División del ejército caucano".

Entonces se le ofreció a Reyes oportunidad, en cosa de dos meses apenas, de poner de manifiesto sus dotes naturales de estratega, las que unidas a su arrojo y valentía, fueron rápidamente abriéndole el camino de la fama. Una acción de armas, sobre todo, le valió la admiración de sus compañeros y comenzó a hacerlo temer de los adversarios radicales.

Había necesidad de impedir que las fuerzas rebeldes del Cauca se unieran con el ejército revolucionario de Antioquia. Para conseguir este objetivo, era preciso hacer marchas forzadas y esguazar el río Cauca por el

paso de Aganche, en cuya ribera opuesta el enemigo se hallaba atrincherado. Si se lograba realizar el movimiento, la retaguardia de los antioqueños quedaría cortada, y en esto precisamente radicaba la clave de toda la campaña.

Pero no existían embarcaciones para pasar al otro lado. Todas las canoas se hallaban en poder de los revolucionarios, y atracadas en la barranca por ellos dominada. ¿Sería posible capturarlas a nado, exponiéndose a la metralla de los enemigos?

Reyes, que iba en la avanzada del gobierno, se asomó a un tupido guadual que bordeaba la corriente y, al amparo de la sombra, midió las posibilidades de éxito en la operación. Allá, del otro lado, se distinguían las fogatas en el vivac de los adversarios.

Entonces, aceleradamente, construye una balsa de guaduas, frágil almadía, está a flote en cosa de horas, y sobre ella, diestramente, se lanza a la corriente tratando sigilosamente del atracadero de las canoas enemigas.

—¡Alto, quién vive!, resonó de repente, en la oscuridad, la voz del centinela revolucionario.

Un silencio casi absoluto siguió a la estentórea voz. Tan solo un leve rumor de chapoteo, como de alguien que nadase en las proximidades, llegó a los oídos del centinela.

—¡Alto, quién vive!, tronó otra vez el guardián desconfiado. Y uniendo la acción a la palabra apretó el gatillo de su fusil tratando de barrer, a tiros, aunque a ciegas, el campo inmediata-mente próximo.

Alertados, los revolucionarios acudieron a la orilla y principiaron a disparar, casi a quemarropa, sobre las aguas del río en donde alcanzaban a percibir, sin precisarlo exactamente, el movimiento de los nadadores. Un grito se alzó de repente, trayendo confusión a los revolucionarios:

—¡Las canoas!, ¡se llevan las canoas!

Efectivamente, como gobernadas por bogas invisibles, un grupo de canoas se había desprendido de la orilla, y avanzaban ya agua abajo hacia la mitad de la corriente. Detrás de ellas, parapetados y semi-sumergidos, Reyes y sus compañeros iban dirigiéndolas, después de haber cortado, a nado, las amarras que las retenían en la orilla enemiga.

El fuego arreció entonces. Pero ya era tarde. Los audaces argonautas llegaron indemnes poco después a su propio campamento; y, provisto ya de embarcaciones, el ejército legitimista cruzó el río, derrotó a los ya desmoralizados enemigos, y acampó, esa misma noche, en las inmediaciones de Cali.

A esta hazaña bélica, no tardó en seguir otra, cuando Reyes, auxiliado solamente por dos oficiales, penetró a pleno día en la plaza de Roldanillo, que se hallaba en poder de los revolucionarios.

La temeraria incursión pudo costarle la vida; pero la buena estrella que parecía alumbrar su destino, no solamente le salvó de pavoroso abaleo, sino que le inspiró nuevos recursos, gracias a los cuales, después de tres horas de reñido combate, el enemigo tuvo que rendirse, quedando gran parte de él en calidad de prisionero, junto con copioso material de guerra.

Y viene, pocas semanas después, la batalla de Santa Bárbara de Cartago, que decidió el curso de las hostilidades en el Occidente colombiano. Aquella acción de armas fue, quizá, la más sangrienta de toda la guerra.

Allí 3.800 hombres del ejército invasor antioqueño fueron vencidos, después de nueve horas de combate, por el general Payan.

"Cerca de 400 muertos y más de 300 heridos, fue el doloroso lote de esa vic-toria". Pero las frenéticas pasiones desatadas por la política encontraban que aquel trágico saldo de muerte era apenas natural. Ya nada valía sino el arrojo y el coraje. Reyes, sobre el campo, fue ascendido a general.

El triunfo del gobierno, como no podía dejar de suceder, dio entonces lugar a numerosas represalias y vejaciones. Reyes, sin embargo, "no permitió que se ultrajara a los vencidos y los trató y consideró como a compatriotas. Más aún: decidió separarse del ejército como protesta contra la expropiación que se hizo en Cali del almacén del señor Juan de la Cruz Gaviria".

Y estaba ya listo para seguir a Popayán cuando el telegrama del presidente Núñez, en que le confiaba aquella misión que iba a ser conocida en la historia como "la aventura del Pontón", llego a su poder.

No le temblaron las manos. Por los ojos pasó, sí, un relámpago fugaz y tal vez el corazón palpitó acelerado ante la nueva perspectiva que al hombre se le presentaba de emprender otra acción en que la voluntad, avasalladora, se iba a enfrentar, una vez más, con los peligros de una naturaleza hostil. Llevar a Panamá una división del Ejército, cruzar el mar, reconquistar el Istmo, izar de nuevo el pabellón de Colombia en tierras holladas por el extranjero: hermosa empresa, ¡tanto más apetecible cuanto más difícil de llevar a cabo! El conquistador que había en su pecho, el explorador amigo de aventuras, vencieron en esa hora al simple guerrero, al político incipiente.

Reyes aceptó la misión que ponía en sus manos el regenerador.

CAPITULO III

EL PONTÓN

"Llevas a César y a su fortuna"


Cuando Reyes llegó a Buenaventura, después de un precipitado y fatigoso viaje, que era preciso realizar entonces a caballo, trepando la cumbre de la Cordillera Oriental, y cayendo al fin por el boquerón del Dagua sobre el término del incipiente ferrocarril del Pacífico, encontró que para iniciar el acometimiento de su empresa ninguna circunstancia le era propicia.

La guarnición de la plaza que iba a ser base del contingente de transporte humano a Panamá se hallaba desmoralizada. Escaseaban los víveres. Y, como obstáculo superior a todos, con caracteres de invencible, se aparecía la falta absoluta de barcos para surcar el Océano.

Tan solo la cañonera "Boyacá", que escapara hacía poco del Istmo, pero que apenas contaba con un cupo limitadísimo de transporte, se balanceaba sobre las aguas del vasto estuario y era un punto perdido en la inmensidad del Pacífico.

La obra del joven oficial hubo de comenzar por el restablecimiento de la disciplina militar. Para otros que no tuvieran los antecedentes y el don de mando de Reyes la tarea habría sido dificilísima. Pero los macheteros del Cauca que integraban buena parte de la guarnición conocían ya el renombre de su nuevo jefe, y de seguro a sus oídos había llegado el eco de sus proezas en la campaña que acababa de pasar.

De tal modo que ahora, suprimidos los perturbadores efectos del alcohol que habían relajado la disciplina de las tropas, los soldados se plegaron rápidamente a las exigencias del nuevo Capitán. El ejército estaba así sal-vado. Quedaba el problema de avituallarlo, y permanecía insoluble el de transportarlo a Panamá.

Pero el hombre que había explorado las cabeceras del Putumayo allá en la cúspide brumosa del gran Nudo de los Andes; el que se había paseado por la remota y misteriosa maraña fluvial del Amazonas, ¿podría atemorizarse frente a aquellos obstáculos?

Allí cerca, escorado a estribor y anclado sobre un banco de arena, se divisaba el viejo casco de una nave olvidada. Era el despojo del antiguo "Guayaquil", cuyas máquinas, por el deterioro, inservibles, habían cesado para siempre de moverse.

Hacía muchos años que aquella carcasa envejecida había sido encallada de propósito, para que en la inmovilidad de su prisión aguardara ese lento fin de los bajeles abandonados, que se resisten a la muerte en una agonía de años y de lustros, escuchando el chapoteo de la resaca que lame sus flancos, percibiendo el revolar de las gaviotas y desmoronándose a la postre bajo la acción combinada de la bruma y del orín.

Ocasionalmente esta desvencijada estructura había sido convertida en pontón, para depósito del carbón de los vapores en estadía por Buenaventura. Las gentes del puerto ya no le llamaban el "Guayaquil", sino que apenas lo denominaban simplemente "el pontón".

Sobre ese casco abandonado se posó la mirada de Reyes. ¿No sería posible rehabilitarlo para la navegación? Si era inútil el intento de hacer funcionar su maquinaria, ¿no podría ser arrastrado a remolque por la cañonera "Boyacá"? Valía la pena ensayar: la aventura parecía temeraria. Sacar a flote el pontón era factible, tal vez; pero remolcarlo con 400 hombres a su bordo, a través de quinientas millas de mar gruesa, era una acción desesperada.

El jefe titular de la proyectada expedición al Istmo no era Rafael Re-yes. Razones de orden jerárquico militar exigían que frente de la columna expedicionaria figurase un general de división, grado que Reyes no había ganado aún.

Pero el presidente Núñez había sabido escoger, como jefe supremo de la columna expedicionaria al general de División Miguel Montoya, militar prudente y serio, aunque sin dotes excepcionales, cuya experiencia sabría plegarse discretamente a la voluntad y al genio cursivo de su inmediato subalterno.

De suerte que cuando Reyes propuso echar mano del pontón abandonado para utilizarlo el transporte de las tropas, los consejos admonitivos de Montoya se fueron apagando en el círculo de Estado Mayor que, en masa, aprobó la peligrosa aventura. Reyes comenzaba a ser así el jefe real, el verdadero conductor de la expedición.

El trabajo de rehabilitar el viejo pontón fue dispendioso. El casco hacía agua por todos los costados y el timón, oxidado, apenas se movía. Fue preciso realizar un esfuerzo premuroso y gigantesco en término de días. Pero al fin la embarcación fue carenada, taponadas las vías de agua, y lubricadas, como buenamente se pudo, las piezas móviles de la dirección. Hasta que una tarde, durante la alta marea, en medio de la expectativa general, se iniciaron las maniobras.

"Un silencio profundo —dice el parte oficial de las operaciones— reinaba en todos los buques de la escuadrilla, porque se temía, por una parte, que la 'Boyacá' no pudiera arrastrar el pontón a causa de su enorme peso y a la gran resistencia que le opondrían los peñascos de ostras y caracoles que a su quilla se habían pe-gado durante el largo espacio su inmovilidad en el mar; y por otra, que el pontón se desbaratara en el momento en que se pusieran en acción estas dos fuerzas contrarias: la resistencia por su peso, y la del remolcador que tras de sí debía arrastrarlo”.

El momento era solemne: al primer esfuerzo, crujieron los buques como si se quejasen de un servicio que no podían prestar y comenzaron a moverse pesadamente; mas, pocos minutos después los crujidos cesaron y el movimiento se hizo bastante rápido para dar muestras de que el viaje era realizable; la confianza se hizo en breve general y un '¡hurra!' estrepitoso por la patria y la victoria salió de los pechos de los expedicionarios; las bandas de la columna respondieron con alegres dianas y ya no se pensó en el peligro". El "Guayaquil" volvía a flotar sobre sus viejas amigas las aguas del Pacífico.

Se procedió entonces a amarrar con fuertes cables el viejo casco a la cañonera "Boyacá", se embarcaron pertrechos y bastimentos, y se trasbordó la mayor cantidad posible de cántaras y recipientes con agua, pues los depósitos del barco eran apenas suficientes, y se filtraban, además. Ya en la oscuridad de la noche, preñada de presagios, la columna de occidente, poco a poco, fue tomando su puesto en el pontón; y cuando el sol del 24 de abril apareció por detrás de las lejanas serranías de la costa, Reyes iba mar afuera al frente de sus hombres, venciendo imposibles, como se lo había pedido Núñez. El cielo está sereno.

El convoy, que se ha aumentado con una lancha tomada a los revolucionarios, singla y avanza cortando las aguas del Pacífico. ¿Pero quién puede decir que éstas, turbadas de repente por vientos o corrientes adversos no se agitarán, precipitando la temida catástrofe? Además, el fantasma de la sed se agiganta en la imaginación de los soldados que ya se miran errando al garete por la inmensidad oceánica y expuestos a muerte segura.

Desde el primer día de navegación la falta de agua empieza a torturar a las tropas. “El 25 por la mañana entramos a la ensenada de Utria a tomar agua, que había escaseado en los buques por el excesivo número de consumidores. La aguada duró hasta la noche y a las siete de ella zarpamos de nuevo, después de mejorar la forma dada a los cables de remolque”. (NA-1)

(NA-1) Informe oficial del general Miguel Montoya, Columna Expedicionaria de Occidente

Pero como si el tormento de la sed fuera poco, sobrevienen las dificultades propias de aquella peregrina navegación. Los canales comienzan a ceder y a romperse cada vez que la mareta, lun benigna como venía siendo, golpea de través los costados del Pontón.

Reyes se multiplica por cien. Las demoras, que habrían debido ser de días con peligro de perderse los barcos, sin rumbo, fuera de la ruta, se convierten, gracias a su dirección de las maniobras, en detenciones que no pasan de tres horas.

Su expedición para solucionar los problemas que se van presentando, es casi milagrosa. La larga experiencia que ha tenido en la navegación del Amazonas, le permiten salvar de manera práctica y veloz los contratiempos del viaje.

Él es al mismo tiempo capitán y grumete, mecánico y piloto, un jefe y un soldado; él mismo dirige las operaciones de amarre de los dos barcos; él consulta la carta de navegación, coordina la presión en las calderas del "Boyacá" con las condiciones del mar; él, en fin, escruta en el rostro de sus subalternos el pánico que la creciente sed va imprimiendo en la tripulación.

El 27 la expedición lleva ya tres días de travesía. Conforme los cálculos, es posible que de un momento a otro la costa del Istmo empiece a dibujarse hacia el norte. Reyes, desde la proa de la cañonera interroga el horizonte. Poco después, ante los ojos los expedicionarios comienza a divisarse, como flotando sobre aguas, la ansiada isla de Taboga. Y frente a ésta a las 8 de noche del 27 de abril, las tres unidades de la expedición echan ancla.

*****

El milagro de transporte de tropas está prácticamente realizado. Lo que falta por saber es qué clase de complicaciones van a encontrar los colombianos para llevar a cabo el desembarco. Panamá está, como Colón, en manos de los norteamericanos, aunque los rebeldes que acaudilla Azpurúa merodean por la zona del canal en construcción. Porque debe saberse que, por aquellos días los franceses de Lesseps trabajaban afanosamente en esa obra colosal.

Así, apenas clarea la mañana del 28 de abril, cuando un falucho norteamericano se aproxima a la cañonera "Boyacá" y pone en manos del general Montoya un comunicado del almirante Jewett y del coronel Mac-Kella, jefes de las fuerzas de ocupación, en donde perentoriamente manifiestan que no permitirán desembarcar a los colombianos en el muelle, único que existía por entonces en Panamá.



CAPITULOIV

EL CAOS

"Aquello era el caos, era la anarquía".

Julio H. Palacio


La actitud de los comandantes norteamericanos era un reto a las fuerzas legitimistas del gobierno, aunque, en el fondo, dentro de la anormalidad y del caos a que la guerra nos había llevado, tenía toda la lógica del que se ha constituido en árbitro entre facciones en pugna. En todo caso, era una sentencia de muerte para la sedienta tropa expedicionaria que desesperaba por echar pie a tierra y aliviar la penosa situación en que se encontraba.

Reyes toma entonces una determinación salvadora. La situación, crítica, tensa, reclamaba una acción rápida y definitiva. Iniciar un prolongado curso de notas alegando derechos de soberanía era tanto como hacer más dura la agonía de los soldados. Pero dejemos que el propio protagonista nos refiera el episodio, tal como lo evocó treinta años después en un artículo de periódico:

"Al llegar a Panamá se nos notificó que no podíamos desembarcar en el muelle. Lo que simplemente significaba que se los condenaba a perecer de sed; no contestamos la nota del almirante, sino que nos dirigimos al muelle que estaba defendido por cañones y ametralladoras; nuestro vestido estaba sucio y desgarrado: era el mismo con que habíamos hecho una penosa campaña en Antioquia y Cauca, lo que hacía que nuestro aspecto engañara al almirante quien nos tomó por jefe de una montonera nos notificó en inglés que no permitiría el desembarco; le contestamos que tal notificación equivalía a una sentencia de muerte, porque hacía dos días que no tomábamos agua; que el territorio que él ocupaba era colombiano; que conforme al tratado de 1846 el gobierno americano tenía la obligación de garantizar el tránsito del istmo mientras llegaban fuerzas colombianas a reemplazar las suyas y que preferiríamos morir con nuestros compañeros atacando sus cañones y defendiendo el honor y los derechos de Colombia, que perecer de sed.

El almirante debió comprender que no éramos salvajes; nos tendió la mano, y convinimos en que desembarcaríamos inmediatamente, lo que hicimos al compás de la música de la banda americana que tocó el himno colombiano y saludó nuestra bandera. En pocos días las fuerzas de los Estados Unidos desocuparon el istmo y restablecimos a las autoridades civiles y militares colombianas".

*****

Entre las desgracias que para el país trajo consigo la guerra civil del 85, el incendio de Colón fue quizá la más terrible; porque aparte de la destrucción enorme de riquezas, puso en evidencia ante el mundo el deplorable estado de barbarie en que vivían los colombianos de aquella época. Las luchas en el interior de la república, por salvajes que fueran, se quedaban, las más de las veces, ignoradas de la opinión internacional, que ni tenía medios informativos para conocerlas, ni, en caso de poseerlos, se habría interesado por aquéllas.

Pero Colón y Panamá eran entonces las ciudades más populosas, comerciales y cosmopolitas de Colombia. Bogotá era para ese tiempo un villorrio; Cali y Medellín, dos poblachos rústicos; Barranquilla una modestísima plaza comercial; y Popayán y Cartagena apenas si vegetaban tratando de alzar sus mustios penachos por encima de la ruina general del país.

En cambio Colón y Panamá, revestidas siempre de una singular importancia geográfica que en los últimos años se había acrecentado debido a los trabajos que acababan de iniciarse en la excavación del canal, se encontraban en el apogeo de su animación comercial y de su desarrollo demográfico.

Los millones que la Compañía Universal del Canal Interoceánico había comenzado a gastar, a espuertas y con mano generosa, le imprimían a la vida económica del Istmo esa agitación propia de las épocas de inflación monetaria. Gentes de todos los confines del mundo —y por desgracia extraídas en su mayoría de los más bajos estratos sociales— afluían a torrentes en busca de fortuna. Circulaban magníficos periódicos diarios, escritos en varios idiomas; y la prensa extranjera, con loa ojos puestos sobre el canal en construcción, tenía allá acreditados sus corresponsales para seguir de cerca los avances de la gran empresa.

El comercio, la industria, se habían intensificado extraordinariamente y millones de mercancías de todo género acumuladas en las ciudades terminales, hacían de Panamá y de Colón verdaderos y pintorescos emporios de riqueza. El fenómeno era insólito en toda la historia de Colombia.

De modo que el incendio y arrasamiento total de Colón consumados en medio de las más agravantes circunstancias de premeditación y descaro, no solo tenía que constituir una pérdida económica colosal —que luego se avaluó en cerca de treinta millones de dólares— sino que nos exhibía ante el mundo civilizado como un pueblo bárbaro que no se contentaba, en su locura revolucionaria, con matarse entre sí, sino que atentaba contra los bienes de la comunidad, sin discriminar si eran de nacionales o extranjeros y hasta ponía en peligro las obras del canal que con justicia se consideraban como patrimonio de toda la humanidad.

Será bueno recordar cómo ocurrieron los hechos. Hemos visto que en ausencia del general Santodomingo Vila, presidente del Estado de Panamá, quien había corrido en auxilio de Cartagena sitiada, el general Azpurúa se había alzado en armas en el Istmo. Azpurúa era un buen hombre, pero sin mayores facultades intelectuales, al que se juntó a manera de séquito toda una legión de facinerosos, entre los que se encontraba el cartagenero Pedro Prestan, demagogo de barrio y pésimo elemento social al que torturaban recónditos odios ancestrales.


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