Excerpt for Delirio del Libertador by , available in its entirety at Smashwords





Delirio del Libertador




Coronel

Luis Alberto Villamarín Pulido




















Delirio del Libertador

Colección Nuestra Historia (1)

© Luis Alberto Villamarín Pulido

© Ediciones Luis Alberto Villamarín Pulido

www.luisvillamarin.com

Tel: 9082624010

New York USA

Email:

lualvipu@hotmail.com, lualvipu@latinmail.com

info@luisvillamarin.com, lualvipu@gmail.com

Actualización a enero de 2014

ISBN: 9781370748419

Publisher: Smashwords Inc.




Sin autorización escrita del autor, no se podrá reproducir este libro ni parcial ni totalmente, en ninguna de las formas impresas o electrónicas, reprográficas, físicas, químicas, de audio, de video, o gráficas. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito de ley en Colombia.






TABLA DE CONTENIDO

BREVE BIOGRAFÍA DEL AUTOR

NOTA DEL AUTOR

CAPITULO I

CAPÍTULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

CAPÍTULO VII

CAPÍTULO VIII

CAPÍTULO IX

CAPÍTULO X

CAPÍTULO XI

CAPÍTULO XII

CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIV

CAPÍTULO XV

CAPÍTULO XVI

CAPÍTULO XVII

CAPÍTULO XVIII

CAPÍTULO XIX

CAPÍTULO XX

EPÍLOGO

NOTA FINAL






BREVE BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Luis Alberto Villamarín Pulido, natural de Fusagasugá-Cundinamarca, coronel de la reserva activa del Ejército colombiano, con 25 años de experiencia militar, más de la mitad de ellos dedica do a las operaciones de combate contra grupos narcoterroristas en el país.

Distinguido entre sus compañeros de armas en quehaceres operacionales y académicos castren ses, pues, además de ser un brillante comandante de tropas en el campo de batalla, ha plasmado su visión investigativa en 33 libros y más de 1000 artículos de su autoría, relacionados con el complejo conflicto colombiano, el terrorismo internacional, la geopolítica, la defensa nacional y la historia patria.

Miembro de la Sociedad Bolivariana de Colombia, la Academia de Historia del Huila y la Academia Colombiana de Historia Militar; este oficial lancero, paracaidista y contraguerrillero rural ha recibido los galardones "Latino Literary Awards 2003" por el libro La Silla Vacía en Los Ángeles-California; "Verdadero Orgullo Hispano 2006" por la obra Delirio del Libertador, en Elizabeth New Jersey; y "Premio Internacional de Literatura, Jairo Hoyos Salcedo 2009" en Washington D.C, por el texto Complot contra Colombia.

Algunas de sus obras han sido traducidas a idiomas inglés, portugués, alemán, francés y polaco. Su libro titulado En el Infierno es base para una película en Hollywood-California, y los demás textos son utilizados como material de estudio en prestigiosas universidades del mundo, tales como Harvard en Estados Unidos, Complutense en España, Autónoma de México y Los Andes de Colombia, para la elaboración de tesis de pregrado, post grado, maestrías o doctorados en temas afines a sus escritos.

Ha sido entrevistado como analista especializado para programas de opinión en estaciones de radio y televisión de diversos países, de manera individual o como participante en paneles de expertos internacionales en asuntos estratégicos atinentes al terrorismo, los conflictos armados, la guerra de guerrillas, la geopolítica, la defensa nacional y la seguridad hemisférica.

El Instituto Colombiano de Ciencia y Tecnología de Colombia (Colciencias) avaló su registro en el CVLAC en las especialidades de Ciencias Militares, Ciencias Políticas y Ciencias Sociales, en la base de datos que agrupa a los investigadores científicos de Latinoamérica y el Caribe.









NOTA DEL AUTOR

A diferencia de Alejandro Magno, Julio César, Marco Antonio, Aníbal Barca, Napoleón Bonaparte, Gengis Khan, Tamerlán y Carlomagno; Simón Bolívar fue libertador y no conquistador.

Las oscilaciones entre el triunfo y la derrota, que demarcan la meteórica existencia del autonombrado hombre de las dificultades, reflejan el choque de dimensiones entre el pensamiento y la acción, que evaluadas en su caso particular de ciudadano-soldado, estadista-guerrero y libertador-presidente, lo ubican en el podio de la gloria, destinado a los paladines.

Las extraordinarias vivencias del general Simón Bolívar, configuran una mezcla de virtudes y defectos, aciertos y desaciertos, fracasos y triunfos. Con sobrada razón en un sentido homenaje en el remoto caserío de Pucará en el Perú, el inca José Domingo Choquehuanca, exaltó la fulgurante obra del Libertador con la frase:

—Para que alguno pueda imitaros, será preciso que haya un mundo por libertar. Vuestra fama crecerá como aumenta el tiempo con el transcurso de los siglos, y como crecen las sombras cuando el sol declina—

Como estadista, Simón Bolívar presidió cuatro congresos constituyentes y edificó las bases jurídicas, políticas, económicas y sociales de seis repúblicas.

Como guerrero, participó en catorce campañas militares, dirigió más de cuatrocientas batallas, y con arrollador liderazgo, comandó más de un millón de soldados de diversas nacionalidades.

Igual sucedió con la Campaña Libertadora de la Nueva Granada en 1819, iniciada con incertidumbre en los Llanos de Setenta en Venezuela y culminada con éxito total, cuatro meses después al sur de Tunja, en el puente sobre el río Teatinos.

El Delirio del Libertador, recorre la cronología biográfica del Genio de América, no desde el alejado entorno del mito, ni de la pasión banderiza de idearios politiqueros, sino desde la cercana realidad de un ser humano excepcional, lleno de vitalidad y mente positiva, resuelto a concretar un propósito trascendental, sin importar las dificultades y circunstancias de modo, tiempo y lugar. Ese es su mayor legado.





CAPITULO I

El calcinante sol canicular relumbraba sobre la extensa llanura venezolana. La elevada temperatura contrastaba con la exuberante y aquietada vegetación. Por efectos del sopor tropical, el tiempo parecía detenerse en las entrañas de la interminable planicie. No se movía ni una hoja. A la sombra de enormes árboles, los rancheros asaban trozos de carne a la brasa.

Presa de una incontrolable crisis de nervios y sumida en el torrentoso e inconsolable llanto, una humilde niña campesina cayó de bruces en la grama. Esperanzada en la última instancia del crucial anhelo, la agobiada menor de edad abrazó con firmeza las piernas cubiertas por las botas de campaña del general Simón Bolívar, quien la miró entre sorprendido y desconcertado.

Las uñas de las pequeñas manos de la llorosa muchachita, estaban ennegrecidas con tierra. Su cabello lucía sudoroso, sucio y desaliñado, pero los lindos ojos negros llenos de pureza infantil, iluminaban la belleza angelical de una desdentada llanerita de nueve años de edad.

—¡Mi amo!… ¡mi general!, le ruego que perdone la vida a mi papá— suplicó la ansiosa criatura.

El Libertador hincó la rodilla derecha en tierra, asió la menuda jovencita por el brazo izquierdo, le alisó el cabello con la otra mano, la miró compasivo y estampó un beso en su frente. Enseguida la ayudó para que se colocara de pies, e intrigado por saber más acerca de la inesperada visitante, preguntó:

—¿Cuál es tu nombre? —

— María Cándida Rodríguez—

—¿Quién es tu papá?—

—El soldado Pánfilo Rodríguez, sentenciado a muerte por deserción en combate—

—¿Por qué recurres a mí?—

—Hablé con el comandante de guardia, con el oficial de servicio, con el responsable de la seguridad de los detenidos y hasta con mi general Soublette. Ninguno de ellos dio esperanzas…. En un descuido del soldado centinela entré hasta su carpa para implorar piedad—

—Tienes los pies ensangrentados y con varias heridas. ¿Cuánto tiempo has caminado?—

— Toda la noche y parte de la mañana, pues vengo desde muy lejos—

—¿Dónde está tu mamá?—

—Soy huérfana, porque mi madre murió cuando nací. Primero viví con mi papá, pero cuando él ingresó al ejército patriota, quedé con mi tía Alicia. Ahora ella está muy enferma de reumatismo. Si mi papá muriera, quedaríamos solas y sin apoyo—

—¿Asistes a la escuela?—

—No mi general. No sé leer ni escribir. La escuela más cercana está a siete horas de camino de donde vivo—

—¿Has comido algo?—

— No mi general. Ni un bocado—

Pese a la madurez alcanzada en medio del rigor de la guerra, el Libertador quedó estupefacto frente a la sensatez de la niña campesina.

Por un breve instante su mente fue colmada con el vívido recuerdo de su intrépida niñez, el día que cuestionó a un oidor de la Real Audiencia en Caracas:

—(...) el tribunal puede disponer de mis bienes, pero no de mí, como persona—

Los implorantes ojos de la niña, quedaron fijos en la extasiada mirada del general, quien interrumpió el silencio con una orden militar:

—Palacios: ¡Dele comida a esta niña, que un enfermero le cure los pies y acondiciónele un lugar de des-canso al lado de mi montura!—

La pequeña intrusa ingirió con avidez el trozo de carne sin sal, acompañado con yuca y agua de panela. Mientras tanto era observada por la escrutadora mirada del Libertador, cuyos pensamientos divagaban en cálidos recuerdos de sus propias insolencias de chiquillo frente al profesor Miguel Sanz:

—¿Cómo quiere que sea jinete de caballo, si siempre cabalgo un burro?—

— ¿Cómo puedo comer, si me dijo que mantuviera la boca cerrada?—

Si piensa que soy un polvorín, cuídese porque puedo estallar!—

Con delicadeza José Palacios cubrió con una manta el cuerpo de la furtiva visitante.

Sentado sobre la inseparable hamaca, el general Bolívar escuchó la explicación del general Carlos Soublette:

—El consejo de guerra halló culpable al soldado Pánfilo Rodríguez por los delitos de deserción en combate, traición a la patria y espionaje a favor del enemigo, por ende fue condenado a la pena principal de fusilamiento—

—Delinquió por necesidad de supervivir—

—Tal vez el jurado desconoce los antecedentes familiares del condenado—

—Es posible que Rodríguez tampoco haya explicado las razones de su fuga, ni el porqué de las confesiones al enemigo. Necesitaba vivir para cuidar de su hermana y de su pequeña hija—

— Me abochorna esta situación. Los oficiales del jurado, deberían haber sabido eso antes de producir el fallo— contestó el general Soublette.

—Como comandante respondo por lo que hagan o dejen de hacer ustedes— agregó el Libertador.

—Estoy abochornado, pues ya pasó por segunda instancia. Reversar un fallo que ya es público denotaría descoordinación. Órdenes y contraórdenes son señal de desorden—

—Muchas gracias señor general, puede continuar en desarrollo de sus labores—

En búsqueda del sosiego para analizar mejor la situación, el Libertador asió entre sus manos un ejemplar del libro El Espíritu de las Leyes escrito por Montesquieu, pero tampoco pudo organizar las ideas. Nervioso, el general Bolívar miró de soslayo varias veces hacia la carpa donde descansaba la audaz criatura. La mixtura de temple e inocencia de la jovencita le causaron admira-ción.

—Palacios: Esta niña es tenaz. Tú sabes que así fui yo— aseveró analítico el Libertador.

—Si mi amo—

— ¡La ley es para cumplirla. El soldado Rodríguez falló al juramento de lealtad a la bandera republicana. Fue hallado culpable de los delitos que se le imputan. Perdonarlo es estimular la indisciplina y la traición dentro de las filas—

—Sea cual fuere su decisión, siempre será acatada y respetada por las tropas— comentó Palacios con el fin de sosegar al Libertador.

— ¡Maldita sea!...Antes que amanezca debo decidir este asunto.... Más de mil soldados ansían conocer la respuesta a la petición de la niña. No puedo cambiar la decisión de un consejo de guerra. Ni es ético, ni es legal...—

—Podría indultarlo o cambiar la pena—

—Aun está fresco en la mente de los soldados, el recuerdo del fusilamiento del general Piar…. Todos, en especial los mulatos, esperan que la justicia sea igual para todos—

A la media noche, angustiado el general Bolívar, se puso de pie y durante largo rato, caminó de un lado para otro, acompañado por su permanente secretario y leal amigo, el entonces coronel Pedro Briceño Méndez.

Al cabo de profundas cavilaciones, El Libertador ordenó al oficial de servicio del vivac:

—Para evitar alarmas con los disparos, comunique a todos los soldados, que a las cuatro de la mañana presidiré el fusilamiento de Pánfilo Rodríguez y que José Palacios sepultará el cadáver—

A la hora indicada, cuando las últimas sombras de la noche aún cubrían de misterio la extensa llanura, el Libertador seleccionó los fusileros y organizó la línea de tiradores, para ejecutar la sentencia de muerte.

Con firmeza en el timbre de la voz, gritó:

—¡Preparen!.... !Apunten!..... ¡Fuego!!!!!—

Una descarga de fusilería interrumpió el silencio de aquella madrugada en el campamento patriota. El olor a pólvora impregnó el ambiente. José Palacios cubrió la fosa, con las paladas de tierra al ritmo de un escalofriante ruido mecánico.

El anterior suceso, fue descrito con lujo de detalles ante un asombrado corrillo de intelectuales, por un hombre de raza negra, 1.85 mts de estatura, musculatura atlética, fina dentadura, modales europeizados, y ademanes de experimentado viajero, que una agradable tarde de agosto de 1835, paseaba pausado frente a sus interlocutores, sobre una de las murallas de Cartagena, con la vista puesta de frente al hermoso Mar Caribe.

Un militar, un escritor, un pintor y un escultor, escuchaban extasiados, extensos relatos convertidos en leyendas, de glorias y sacrificios, de éxitos y derrotas, de alegrías y sinsabores, de tristezas y pasiones, de odios y amores. El acucioso narrador era José Palacios, leal servidor y fiel subalterno desde el nacimiento hasta la muerte del Libertador Simón Bolívar.

—Por extrañas coincidencias del destino— continuó Palacios con la extraordinaria narración— en otro escenario de la misma guerra, en las oficinas del virrey Juan Sámano, ubicadas en el centro de Santa Fe, el mandatario español recibía los reportes rutinarios de inteligencia militar—

—Si captura a Policarpa Salavarrieta, lo ascenderé a teniente del ejército real. Ella y sus secuaces merecen un castigo ejemplar, para acabar de una vez por todas con la maldita conspiración, urdida por los miserables granadinos— exclamó malhumorado el virrey.

—Ya ubiqué la casa donde se esconde la conspiradora en horas de la noche. Pronto la tendrá aquí— contestó el sargento Anselmo Iglesias.

—Ojalá que sea cierto. Desde hace algún tiempo, dudo de los reportes de los oficiales del servicio de inteligencia. Solo creo en las personas que producen resultados. Detesto a los mediocres y los ilusos que prometen, pero se quedan estancados en buenas intenciones—

Al día siguiente en horas de la mañana, el virrey Sámano entró al lujoso despacho colonial, acompañado por Iglesias y los miembros de un consejo de guerra. En el salón de juntas, estaban varios patriotas detenidos bajo la custodia de los gendarmes.

Sámano blandió con firmeza entre sus manos los documentos incautados a unos prófugos, y con arrogante actitud de satisfacción por poseer la tan buscada y necesaria prueba para condenar a Policarpa, preguntó displicente:

—¿Conoces estas cartas?—

—Si las conozco—

—¿Son tuyas?—

—Las escribí y las firmé—

—¿Desde cuándo cooperas con asesinos, bandidos e insurrectos?—

—Los patriotas no somos ni lo uno ni lo otro. Apoyo la revolución, desde el día que los criollos proclamamos el grito de libertad contra los tiranos—

—¡Miserable traidora!....¿Entiendes la gravedad de lo que dices? —

—¡Se que debo servir a la patria libre y soberana!—

—Desconoces la autoridad suprema de Su Majestad el rey de España—

—Defiendo los derechos de la humanidad, lacerados por el oprobio y la tiranía en nombre de su rey—

—¡Desvergonzada!— vociferó Sámano y tras una breve pausa gritó:

—¡Que continúe el juicio!—

La firmeza de carácter de Policarpa y su inigualable altivez frente al poderoso virrey, asombró a todos los presentes.

Terminadas las acusaciones y la breve “deliberación” del jurado, se redactó la premeditada sentencia, leída con sarcasmo por el virrey Sámano:

—Policarpa Salavarrieta, Manuel Díaz, Joaquín Suárez, Antonio Galeano, Alejo Sabaraín, José María Arcos, Francisco Arellano y Manuel Díaz, son reos de alta traición. Serán pasados por las armas, para escarmiento de los conspiradores. Los cuerpos de los prisioneros de género masculino, serán colgados en la horca después del fusilamiento—

Dos días después de leída la tenebrosa sentencia, un pelotón de soldados realistas acondicionó el costado sur de la Plaza Mayor de Santa Fe, para ejecutar el fusilamiento. Llegado el día de la múltiple ejecución, un grupo de seguridad guió los condenados hacia el cadalso.

Pese a la frialdad de la grisácea mañana y la intermitente lluvia con ventisca, cientos de habitantes capitalinos, se arremolinaron a lado y lado de las calles, para presenciar el macabro espectáculo.

Esposados y bajo estricta vigilancia de guardias armados, los condenados marcharon uno tras otro, en dirección hacia el patíbulo. Frente a ellos estaban siete horcas listas para ser accionadas, una enorme tarima con ocho asientos, la línea de tiradores en formación militar, la banda de guerra, los sacerdotes cabizbajos y los estafetas con la copia del decreto de muerte. Todo listo para consumar el tortuoso sacrificio.

Bella, limpia hasta el extremo de la pulcritud, altiva y ataviada con el mejor de sus trajes, recubierto por una fina mantilla española de color negro, Policarpa detuvo el paso del funesto cortejo de prisioneros y exclamó a todo pulmón:

—¡Pueblo indolente!: Cuán diversa sería vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad….Pero no es tarde.... ¡Ved que aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más!... ¡No olvidéis es te ejemplo!—

Satisfecho porque aseguró el ascenso jerárquico prometido por el virrey Sámano, con acerada voz el ahora teniente Anselmo Iglesias, leyó en público la sentencia de muerte.

El comandante de las tropas encargadas del fusilamiento, ordenó:

— Polonia: ¡Sube a horcajadas sobre el taburete, debes quedar de espaldas al pelotón de fusilamiento, y coloca la mandíbula sobre el espaldar de la silla!—

— ¿Por qué debo asumir esa posición?—

— Por traicionar a su majestad Fernando VII—

— Esa posición es indecente para una dama. Arrodillada daré la espalda a mis verdugos, si eso les place—

— ¡Haz lo que te venga en gana, maldita perra traidora!—

—¡Sus palabras son impropias para un oficial de la corona—

— Antes de morir, deberías arrepentirte de tus pecados—

— No temo a la muerte, porque desprecio la vida indigna!....¡Moriré feliz por defender los derechos de mi patria!—

El oficial estaba desconcertado, pero el deber militar le imponía cumplir la nefasta orden, ante la aguzada mirada de superiores perturbados por la realidad de una guerra que intuían perdida, pese al terror y la desazón sembrados entre los gobernados.

La sentenciada miró hacia el cielo y exclamó:

—¡Dios eterno: observa esta injusticia!—

El terrenal reclamo de la carismática patriota fue opacado por el retumbar de los tambores, los redobles de campanas y la resonante voz del comandante del pelotón de fusilamiento:

—¡Preparen!.... !Apunten!.....!Fuego!—

Sin que hubiera alcanzado a tomar la posición de rodillas, el cuerpo de Policarpa estremeció lacerado por seis certeros disparos de fusil. Sus manos amarradas detrás de la cintura, se crisparon con nerviosismo, ira e impotencia. La fría ventisca mañanera levantó la parte inferior de la falda de la víctima y dejó a la vista pública un par de hermosas pantorrillas femeninas.

Policarpa permaneció de pie algunos segundos más, pero con dramática lentitud perdió el equilibrio. Su alma resistía aceptar la insuperable derrota propinada por la muerte.

La heroína trastrabilló, luego dobló las rodillas y por último cayó sobre el taburete, el cual rodó al lado de su novio Alejo Sabaraín, uno de los otros siete patriotas condenados; quienes acto seguido serían fusilados, colgados en la horca y desmembrados para escarnio público.

Consternado, con los ojos llorosos, su hermano el sacerdote José María Salavarrieta, arrojó un manojo de claveles e impartió la bendición cristiana al cuerpo sin vida, luego le alisó los cabellos, contempló el bello rostro y manifestó:

—Santo Dios: Recibe en tu seno a esta sierva que murió convencida de nobles ideales—

El creciente flujo de aguas derivado de la pertinaz lluvia, arrastró la sangre de la mujer recién fusilada, cuyo cadáver fue llevado de inmediato al cementerio, para evitar cualquier reacción popular.

*****

—Recuerdo como si fuera hoy, cuando escuché el relato de la muerte de Policarpa y los demás patriotas en Santa Fe. Estaba bien informado acerca de lo que ella y su grupo hacían desde la Nueva Granada en defensa de la libertad— exclamó airado el Libertador.

—¿Cuándo y dónde sucedió esa reflexión del Libertador?— preguntó el pintor, en el preciso instante que las olas golpeaban con fiereza contra la muralla y el escritor copiaba el testimonio del antiguo sirviente.

—El Libertador recordó con mucha vehemencia tales hechos cerca de Riobamba Ecuador, cuando estábamos empeñados en la Campaña del Sur, para consolidar La Gran Colombia. Para ser más exacto, un día antes que sucediera el siguiente episodio— contestó José Palacios y tras una breve pausa, continuó:

—Palacios: Avise al coronel Ibarra y al coronel O’Leary que voy a subir hasta la cumbre del Chimborazo… Que alisten una escolta con provisiones suficientes para tres días— ordenó el Libertador, parado en las estribaciones del gigantesco cerro.

—…Subiré hasta la máxima altura de los Andes, porque un delirio febril embarga mi mente. Ardo entre las brasas de un fuego extraño y superior… ¡El Dios de Colombia me posee!...— agregó el general Bolívar.

—Después de dos extenuantes jornadas de marcha, el Libertador ascendió hasta la fría cumbre. Cuatro días después regresó a la hacienda con el espíritu renovado— comentó Palacios y agregó:

—Un gigantesco cóndor de los Andes, pareció de tener el majestuoso vuelo, entre el límpido azul del cielo y la mixtura de colores que adornan las corrugadas montañas circundantes a Riobamba. Al fondo del multiforme paisaje, la imponencia del Nevado del Chimborazo, embellecía el ambiente—

El general Bolívar caminó nervioso e inquieto de un lado para otro, con las manos entrelazadas detrás de la cintura. El sonido marcial de sus botas retumbó en el amplio corredor de la solariega casa campestre, rodeada de jardines y materas llenas de flores primaverales, colgadas de los balcones.

El Libertador detuvo el consuetudinario movimiento frente a los cinco escribientes, a quienes a menudo dictaba varias cartas al mismo tiempo.

El coronel Diego Ibarra, dirigía el grupo encargado de transcribir la andanada de cartas, órdenes, instrucciones, cartas y documentos, que el Libertador transmitía como ráfagas de sapiencia y de suficiencia, para gobernar La Gran Colombia y al mismo tiempo coordinar la guerra contra los realistas.

Aunque todos los escribientes eran conscientes de las excelsas capacidades del comandante en jefe, ninguno imaginó que aquella mañana, el Libertador dictaría un solo documento, para exteriorizar las vivencias personales de su obstinada travesía por las cumbres perpetuas, cuando en contra de todas las recomendaciones y sugerencias, ascendió hasta la cima del Chimborazo.

—Escalé hasta la cumbre del atalaya del universo, envuelto en el manto del arco iris que nos acompaña desde la desembocadura del río Orinoco en el Océano Atlántico— explicó el Libertador.

El escribiente tomó apurada nota de las frases del guerrero-estadista, cuya mirada se penetró como una centella en los ojos del dueño de la hacienda, quien maravillado escuchaba la exposición.

—Obsesionado por descubrir qué más hay en las alturas, seguí las huellas dejadas por los sabios La Condamine y Humboldt, durante la exploración que hicieron del mismo nevado hace dos décadas— complementó emocionado el Libertador y agregó:

—Nada me detuvo. Aunque el éter sofocaba mi aliento, trepé a la cúspide glacial. Ninguna planta humana había pisado la máxima altura de los Andes—

Era tan vehemente la exposición del Libertador, que pareció como si una fuerza sobrenatural hubiera arrastrado a todos los seres humanos reunidos en aquel pa raje ecuatoriano, para que acompañados por la exquisita narración, caminaran cuesta arriba hacia la gélida cúspide del Chimborazo.

Mientras el fenómeno sobrenatural poseía a los testigos, el sobrevuelo del majestuoso cóndor, dibujó filigranas de absoluta precisión sobre el escarpado rincón andino, al ritmo de sonidos producidos por cientos de imaginarias flautas de fina madera, operadas con maestría por sendos indígenas, que interpretaban milenarias composiciones musicales de las tribus andinas precolombinas.

Ni el desgarrador chasquido del viento encañonado entre los peñascos, opacó el melodioso sonido musical. El ensueño terrenal matutino, ascendió con todo el Estado Mayor del Libertador, hasta más de 6.000 metros de altura sobre el nivel del mar.

Una vez posicionados en la máxima cumbre, cuyas nieves perpetuas semejan el encuentro de lo terrenal con lo celestial, El Libertador se irguió radiante entre quienes le escuchaban, para transmitir con mucha vitalidad, los razonamientos de su delirio filosófico, moral y ético.

Pese al rigor del frío, la mano derecha del diligente coronel Diego Ibarra copió presurosa el texto.

—Pensé: La tierra se allana a los pies de Colombia… Nadie, ni siquiera El Tiempo detendrá la marcha de la libertad…. Arrebatado por la fuerza de un espíritu divino conquisté la cima. Vengo impulsado por un genio invisible que me anima—

El Libertador tomó aire y continuó:

— Creí ser el dueño de la gloria, pero desfallecí cuando toqué el firmamento con la cabeza..... ¡Oh sorpresa!.... ¡A mis pies estaban los umbrales del abismo!—

Emocionado, el coronel Ibarra intentó interrumpir el torrente de frases, para no perder ni una palabra, pero el Libertador estaba absorto en otra dimensión.

En aquel instante supremo, sus pensamientos descargaban una catarata de ideas plenas de proyección subyugante.

El escribiente sacudió la mano derecha para distensionar los dedos y continuar la histórica labor:

— ¡Soy El Tiempo!..., ¡El padre de los siglos!, ¡El arcano de la fama y del secreto!... ¡Mi madre fue la eternidad¡…. El infinito señala los límites de mi imperio. No hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la muerte. Veo lo pasado, veo lo futuro, y por mis manos pasa lo presente— exclamó con voz atronadora el sorprendente espectro que obnubilaba al general Bolívar.

Sudoroso, el Libertador hizo una pausa, suspiró profundo y miró hacia el extenso y pacífico horizonte. Con voz ronca pronunció otra serie de frases, que para sorpresa de todos los testigos, fueron transmitidas por El Tiempo, a través de las cuerdas vocales del general.

—¿Por qué envaneces, niño o viejo, hombre o héroe?—

—¿Crees que tu universo es mucho?—

—¿Intuyes que elevarte, es colocar los pies sobre un átomo de la creación?—

—¿Piensas que los breves instantes que llaman siglos pueden servir de medida a mis arcanos? —

—¿Imaginas que has visto la santa verdad?—

—¿Supones que tus acciones tienen algún precio ante mis ojos? —

—Pues no… Todo eso es menos que un punto frente a la dimensión de mi hermano el infinito—

Sobrecogido por el aluvión de preguntas cargadas de revelaciones filosóficas provenientes de una figura ininteligible, que desprendía un halo de terror sagrado, el Libertador balbuceó varias reflexiones escuchadas con pa ciencia por el espectro:

—¡Oh grandioso Tiempo!: ¿Con que facilidad desvaneces a un mísero mortal que ha subido tan alto?...—

—¿No ves que soy más afortunado que muchos seres humanos, porque he sobrepasado la cabeza de to-dos?.....—

— Desde aquí domino la tierra y con las manos palpo lo eterno. Las pasiones infernales bullen debajo de mis pasos. Observo astros rutilantes y soles infinitos. Mido el espacio que encierra la materia. En tu rostro leo la historia de lo pasado y los pensamientos del destino…—

—Ya que revelas tanta claridad, dime: ¿qué debo hacer ahora?, pues muchos de los beneficiados por la libertad e independencia, creen que la lucha ha sido y será un delirio—

—¡Observa!....¡Aprende!....—respondió el espectro que en ese momento supremo, simbolizaba la eternidad, y agregó:

—Conserva en tu mente lo que has visto. Dibuja frente a los ojos de tus semejantes el cuadro del universo físico y del universo moral. No escondas los secretos que el cielo te ha revelado: ¡Di la verdad a los hombres!—

—¿Cuál verdad?— preguntó anonado el Libertador, pero el fantasma desapareció arrastrado por una ráfaga de viento que lo convirtió en lejano torbellino.

Absorto, sin palabras, El Libertador permaneció exánime largo rato ante la mirada atenta de los contertulios.

Su cuerpo estaba tendido sobre el inmenso colchón de nieves perpetuas, que le servían de lecho. Su nervioso rostro sudaba copioso, mientras su mirada observaba hacia el infinito, en búsqueda de la verdad que debía transmitir al género humano, y que los acompañantes ansiaban escuchar.

Intempestivo, como si resucitara y hubiera hallado la respuesta a la enorme duda, el Libertador se incorporó con firmeza sobre la roca más alta de la fría cúspide, estiró los brazos con las manos abiertas y gritó:

—La voz de Colombia indica que debo continuar la lucha por la libertad en el rico Perú—

El escribiente quedó estupefacto. El Libertador miró directo a sus ojos y exclamó a todo pulmón una frase que retumbó hasta en los confines de los Andes:

— ¡Soy un mortal común y corriente!—

Una leve capa de neblina cubrió el límpido Chimborazo. La poderosa descarga natural de un centelleante rayo iluminó el paisaje cercano. La silueta del general Bolívar con la espada empuñada en la mano derecha, y montado sobre el brioso corcel blanco, refulgió imponente en el extenso horizonte.

Eufórico por los efectos de la visión sobrenatural, el coronel Ibarra entregó al Libertador el texto recién escrito, quien lo leyó en voz alta frente al enmudecido corrillo. Luego empapó la plumilla con tinta y estampó la firma sin corregir nada de lo escrito.

Con el documento que acababa de firmar asido en la mano izquierda, el Libertador observó con detenimiento el hermoso cóndor. Acto seguido colocó la hoja de papel sobre una mesa, desenfundó su sable y aseveró mientras señalaba hacia la gigantesca ave:

— Aunque esquivos, la libertad y el orden en la Gran Colombia, deben ser tan fuertes como la roca que donde posa este digno guardián del Chimborazo—

—Uno a uno los oficiales se retiraron del zaguán. Fui el único que permaneció al lado del Libertador, a la espera de sus órdenes— agregó José Palacios.






CAPÍTULO II

—Usted ya es una leyenda para la historia universal. Debería escribir un texto que condense sus experiencias— sugerí aquella clara mañana.

—Quiso Dios que encabezara la lucha por la libertad de un continente. No escribiré para registrar algo escrito con hechos y acciones, en los campos de batalla y en los estrados políticos del nuevo mundo. No soy el autor de tales éxitos. Si no hubiera estado yo, de seguro que hubiera surgido otro caudillo. Mi buena estrella no habría opacado la de otros militares, que también tenían las posibilidades de hacerlo— contestó el Libertador.

—No solo buena suerte—

— Si no hubiera enviudado, tal vez no habría sido el Libertador, aunque creo que tampoco hubiera servido para ser un funcionario público de bajo perfil, o un rico hacendado. La guerra hubiera estallado y ahí hubiera estado yo—

— Mi amo sabe por qué lo dice—

—El camino recorrido es extenso, pero aún falta mucho trecho. Hemos trepado hasta las frías cumbres andinas para cumplir un designio. Tú que has sido inseparable compañero de viajes, conoces la cantidad de obstáculos, mezquindades y dificultades enfrentadas hasta hoy, sin contar las que vendrán. La Gran Colombia navegará por muchos años, sobre aguas turbulentas, colmadas de ambiciones personales—

—Es dramático—

—Aunque la rigurosa escuela de los trágicos sucesos afirma nuestra marcha, y a pesar de que aprendemos de las caídas donde están los abismos, y de los naufragios dónde están los escollos, los beneficiarios demorarán siglos en entenderlo— contestó el Libertador con tono filosófico.

—Entonces: ¿Quién contará su historia?— interpelé nervioso en aras de focalizar la conversación en el tema de las memorias biográficas del Libertador.

—¡La humanidad entera!.... Mi lucha no es personal sino universal. Ni la vida ni la obra de los guerreros de la independencia americana, pueden resumirse en textos de memorias personales. Nuestro ideario es el eje de una sociedad regida por principios democráticos republicanos, en que los dirigentes estarán al servicio de la humanidad y no viceversa—

—Demandará tiempo y paciencia— contesté

—El suficiente para que otras personas completen el trabajo iniciado. Sin embargo, me atrevo a parafrasear a Jesús de Nazaret, para puntualizar el tema: ¡Vendrán falsos profetas a hablar en nombre de los ideales bolivarianos!—

—¿Cree que algún día sus esfuerzos serán comprendidos?—

— Con el paso del tiempo, las leyes y la educación establecerán el equilibrio social y la comprensión. Debido a las costumbres coloniales que aún perviven, el pueblo es oprimido por dirigentes, clérigos, abogados y doctores. Hay una aristocracia de rango, de riqueza y de empleos, equivalente a la aristocracia de título y de nacimiento en Europa—

—Quizás quienes tuvimos el honroso privilegio de conocerlo y compartir sus angustias, sueños y satisfacciones contaremos la historia— interpelé emocionado.

—Aunque no quiero escribir una biografía, reconozco que los documentos y los testimonios escritos serán la mejor referencia para los investigadores del futuro, pues obras son amores y no buenas razones. Los delirios no son sinónimo de acción. Es necesario pasar del dicho al hecho—

—Permítame ser quien comparta la historia de su vida con los lectores del futuro—

—Sea tu voluntad, mi fiel José Palacios—


CAPÍTULO III

—Reunidos hoy y aquí en Cartagena de Indias, para honrar la memoria del Libertador, narraré lo que se y me consta acerca de la vida y la obra del general Simón Bolívar— aseveró Palacios con tono ceremonioso frente a las cálidas aguas caribeñas, rodeado por los intelectuales sumidos en el mutismo.

Acto seguido, Palacios tomó una bocanada de fresco aire caribeño, respiró profundo, lo exhaló con lentitud, e inició la vibrante descripción biográfica que se lee a continuación:

De manera ininterrumpida, su descendencia ocupó cargos importantes en el Cabildo, la Procuraduría, la Alcaldía de Caracas, e inclusive el coronel Juan Bolívar y Ponte padre del Libertador, fue comandante del batallón de las Milicias de Aragua y San Mateo, Marqués de San Luis y Señor de Aroa.

Por genealogía materna la familia Palacios provenía de personas prestantes en Castilla La Vieja, con amplia experiencia en lides bélicas al servicio de la corona española. En consecuencia ambas familias le aportarían tradiciones culturales, riqueza material, bienestar, influencia social y poder económico.

Cada anfitrión tenía un motivo diferente para estar allí. Algunos arribaron para concretar negocios pen-dientes con el próspero coronel Juan Vicente Bolívar, o para celebrar la tradicional fecha cristiana.

La reunión social sirvió para murmurar en privado, acerca de la revolución francesa, la independencia de las 13 colonias de Norte América, el fallido brote revolucionario de los comuneros en el Socorro, los primeros rumores de conspiraciones entre la intelectualidad santafereña y los ricos comerciantes venezolanos, o el augurio del Conde de Aranda ante el rey Carlos III, que pronto España perdería las colonias americanas.

La elegante sala estaba iluminada por teas encendidas, que incrustadas sobre enormes lámparas traídas de Europa, parecían relucir más que en otras ocasiones. El ambiente era ameno, cálido, hospitalario y muy entretenido.

Un conjunto musical amenizó la reunión. Las damas esperaban sentadas, para que los caballeros las invitaran a bailar valses, contradanzas o minués. Cada quien demostraba los dotes y progresos artísticos, pues los críticos ojos de las matronas, estaban atentos a juzgar más de lo que veían.

A la media noche, los invitados a la concurrida reunión social, escucharon el tradicional brindis de rigor por parte del coronel Juan Bolívar, hombre enjuto, de facciones angulosas y tórax angosto, con apariencia de tuberculoso crónico, ataviado para la ocasión con el uniforme militar del ejército español:

—Muy señores míos: Agradezcamos a Dios de los cielos, porque la fortuna nos sonríe. Además de prósperos negocios, nos honra con la venida de un nuevo heredero. María Concepción lleva en sus entrañas otro hijo. Esperamos que sea varón y que por sus cualidades, llegue a ser un sol para América, pues nuestros hijos heredarán la fortuna y con ella la obligación de multiplicarla en todo el continente—

Después de los ruidosos aplausos, encabezados Feliciano Palacios suegro del coronel, quien orgulloso se auto-nombró padrino del nieto venidero, los asistentes a la lujosa velada, levantaron las finas copas de cristal para brindar con champaña en nombre del rey de España, por el éxito, la prosperidad y la buena estrella de la madre, del padre, de la familia y del hijo venidero.

María Concepción era una bella dama de 25 años de edad, de tez blanca, porte gentil y silueta aristocrática. Dos grandes y candorosos ojos negros, sombreados por largas pestañas iluminaban su rostro. Su boca expresaba dulzura y gracia…Una mujer con todas las cualidades propias de las damas criadas en medio del recogimiento de las casonas coloniales.

De 28 años de edad y avaluada en 300 pesos, la bella Hipólita, una de las esclavas afro-americanas, que por coincidencia del destino también estaba embarazada, corrió presurosa hacia donde María Concepción recibía congratulaciones por los visitantes y le manifestó:

—Deme el privilegio de amamantar al nuevo hijo. Tengo la corazonada que este niño es un predestinado—

—Agradezco tu ofrecimiento. Ya había pensado en ti. Te tendré en cuenta Hipólita, pues esta criatura ya viene con buena estrella. En horas de la tarde la señora Inés Mancebo de Miyares, también ofreció el deseo de amamantarlo— contestó la madre del futuro Libertador.

José Félix Ribas, uno de los pocos niños asistentes a aquella fiesta, escuchó con mucha atención las frases del padre del futuro Libertador.

Entre juegos comentó a su hermano mayor:

—Cuando crezca quiero ser militar como el coronel Juan Bolívar—


Purchase this book or download sample versions for your ebook reader.
(Pages 1-29 show above.)