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Martes de Horror


Testimonio de William Rodríguez R, sobreviviente del ataque terrorista en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001



Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido.


















Martes de Horror

Testimonio De William Rodríguez R, sobreviviente del ataque terrorista en las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001

Coronel Luis Alberto Villamarín Pulido

© Luis Alberto Villamarín Pulido

Escritor-Editor

Ediciones Luis Villamarín P.

www.luisvillamarin.com

Tel 9082624010

New York USA

info@luisvillmarin.com

Diseño y Diagramación:

Pen Clips Publicidad & Diseño Ltda.

penclips@hotmail.com

Primera Edición: Agosto de 2004

Formato electrónico: Marzo de 2017

ISBN 9781370966486

Publisher: Smashwords Inc

Sin autorización escrita, firmada por el autor-editor, no se podrá reproducir este libro, ni parcial ni totalmente, ni en ninguna de las formas químicas, físicas, reprográficas, de audio, de video, impresas o electrónicas, ni se le podrá dar uso para actividades fílmicas, cinematográficas o de audio. Todos los derechos reservados. Hecho el depósito de ley.


INDICE


COMENTARIO

PRELUDIO

CAPITULO I

CAPITULO II

CAPÍTULO III

CAPÍTULO IV

CAPÍTULO V

CAPÍTULO VI

EPÍLOGO

ALGUNAS CIFRAS Y DATOS

OTRAS OBRAS DEL AUTOR









COMENTARIO DE WILLIAM RODRÍGUEZ R.

Perpetrados los ataques terroristas contra las torres gemelas, quedaron más de 35.000 sobrevivientes dueños de igual cantidad de historias, todas muy valederas, algunas de las cuales, inclusive afectaron vidas futuras de bebés que todavía no habían nacido.

En ese orden de ideas, no soy un héroe por el singular hecho de encarnar al último sobreviviente hispano2 de la tormentosa tragedia, ni por haber facilitado la salvación de miles de seres humanos de diversas nacionalidades.

El único héroe es Dios, a quien todo debemos. Diría que por coincidencias del destino, determinadas por el Creador para cada persona en particular, fui el personaje específico con la herramienta perfecta en un instante crucial, pues si no hubiera estado y actuado en el lugar y en el momento oportunos, de seguro habrían muerto muchos inocentes, encerrados dentro de los pisos de la torre norte del World Trade Center. Tampoco podría vivir tranquilo, con el terrible cargo de conciencia a cuestas, derivado de una eventual inacción pese a haber podido actuar.

En reiteradas veces, estuve a punto de morir acorralado por las calamitosas circunstancias del angustioso trance, acaecido aquel fatídico Martes de Horror. Pero no fue así, lo cual indica que alguien superior al hombre, tenía una misión prevista para los sobrevivientes de la publicitada tragedia.

Reconozco que era agnóstico antes que ocurriera el terrible suceso, pero con lo experimentado aquel luctuoso día, recibí un mensaje patente en forma de sacudida espiritual, mediante el cual percibí que Dios tocó las fibras de mi alma, pues por las características del sinnúmero de acontecimientos escenificados, concluyo y estoy convencido que tuve un encuentro personal con Él.

En el terrorífico episodio, todos hicimos historia. Unos en el lacerado corazón del Bajo Manhattan, y otros dónde escucharon o recibieron la horrenda noticia. Con el paso de los años cada habitante del planeta con uso de razón en aquel instante, relatará el recuerdo del infernal suceso, y las consecuencias que el demoledor ataque terrorista trajo para su país e particular, para explicar cómo cambiaron las relaciones de poder en el globo terráqueo y muchas especulaciones acerca de la cara oculta de los agresores, que a menudo actúan en diferentes partes del orbe, para retar la capacidad operativa de los organismos de seguridad y la estabilidad de los gobiernos del denominado mundo occidental.

Por lo demás, destinados a engrosar las ilimitadas páginas de la historia universal, libros, películas, documentales, artículos especializados, aproximaciones teóricas, recortes de prensa, archivos electrónicos, bibliotecas públicas y particulares; creadores del cine, investigadores científicos, conferencistas, analistas, testigos directos e indirectos y escritores, consignarán voluminosos resúmenes de lo sucedido.

Durante siglos, la tragedia perdurará grabada en la mente de la humanidad. Al colapsar las torres gemelas, se derrumbaron los anhelos de miles de personas, que en forma cíclica y repetitiva, por razones políticas, sociales, étnicas o económicas, arriban legal o ilegalmente a los Estados Unidos, en busca de oportunidades laborales tras el llamado sueño americano, en este caso por desgracia convertido en pesadilla neoyorquina.

Sin embargo la Divina Providencia confirió a algunos supervivientes, la posibilidad de vivir para servir. Y en eso estamos comprometidos.

Al contestar la detallada entrevista realizada por el escritor colombiano Luis Alberto Villamarín Pulido, y aportar todos los documentos, fotografías y audiovisuales, para enriquecer las fuentes de la investigación, pretendo rendir un sensato testimonio de las horas de zozobra e incertidumbre de aquella jornada infausta, y describir para la historia con la mayor exactitud posible, los sucesos tal como los viví.

Además deseo articular una reconstrucción sistemática, sin ficción ni fantasía en torno a hechos reales y verificables, con el propósito de ubicar en el plano merecido, los aportes en calidad humana de los inmigrantes hispanos en el conjunto global, del permanente progreso de la pujante economía norteamericana.

En segunda instancia, aspiro inducir una guía de motivación personal dirigida a todos los lectores, para demostrar con base en lo vivido, que siempre es posible avanzar hacia adelante y alcanzar grandes logros, aun en los momentos de crisis; inclusive aquellos de los cuales jamás hubiéramos pensado, o siquiera sospechado, poseer facultad alguna. En los episodios de suprema tribulación salta a la vista la vocación, de quien decide aportar lo mejor de sí mismo al servicio de la humanidad.

Jersey City, agosto de 2004.





PRELUDIO

BOSQUEJO DE UN SENDERO

Nací sietemesino el 17 de febrero de 1961, en un vecindario residencial, habitado por pobladores humildes de ascendencia hispana, residentes en la localidad de Santurce, cerca de Bayamón en la isla caribeña de Puerto Rico. Provengo de padres divorciados.

No obstante tal dificultad inherente al destino particular, con acendrado fervor religioso mi madre Olga Rivera, cuidó de sus tres hijos. En contraste con las limitaciones económicas, fui un estudiante normal, que transitó una infancia feliz, fruto de los desvelos de una amorosa progenitora y años más tarde de mi padrastro Carlos Rodríguez, de quienes siempre recibí respaldo, estímulo y comprensión, en todas y cada una de las actividades emprendidas.

Aunque la niñez fue limitada por algunas estrecheces económicas, tampoco faltó lo esencial para llevar una vida digna, rodeado de cariño y confraternidad. En las aulas escolares disfruté las clases de historia y ciencias sociales, pero no las de matemáticas. En el orden de las aficiones personales, quería ser mago, sueño acumulado desde los siete años de edad, cuando asistí a un acto de presdigitación, realizado por un ventrílocuo conocido con el nombre artístico de Digmer.

Entrené solitario. Autodidacta, aprendí secretos de la magia por medio de libros enviados a la isla desde Estados Unidos, razón impositiva que me obligó a estudiar inglés, para comprender mejor los contenidos e instrucciones. Con los cursos y textos, conocí técnicas de esoterismo, hipnosis, y poder de sugestión.

Al mismo tiempo, fui buen lector. Reconozco que me causó profundo impacto la acuciosa lectura de la colección literaria titulada El Tesoro de la Juventud, enciclopedia compuesta por 24 tomos que leí de cabo a rabo. También ejercieron mucha influencia en subsiguientes inclinaciones lúdicas, otros libros tales como el Manual de Hipnotismo, Los 13 pasos para un nuevo poder personal publicados en 1969, pero sobre todo el texto Marzo II: Una voz para los siglos, obra maestra del irreverente escritor puertorriqueño Guillermo Venegas Lloveras.

Por actitudes y comportamientos, fui y he sido diferente al promedio común. Por ejemplo, no practiqué deporte alguno y casi siempre anduve solo. A menudo estuve al margen de los demás muchachos de la misma edad. No hice parte del grupo ni compartí el ocio generalizado de los corrillos juveniles, pues prefería permanecer encerrado en la alcoba, para leer durante horas y horas, o perfeccionar la secuencia de los actos de magia.

Hubo épocas en que solo salí de la habitación a consumir los alimentos diarios, pero pronto regresaba a practicar una y mil veces los trucos aprendidos, e inclusive construía nuevas ideas y formatos de presentación, hasta formalizar la propia rutina.

Tal vez la espontánea creatividad, posicionó la capacidad laboral desplegada con creces años después, ante magos reconocidos en todo el mundo. Actué con dedicación obsesiva, porque quería ser famoso y diferente a los ilusionistas existentes, pero a la vez preparado en los diversos campos del quehacer humano, con el particular ingrediente que siempre tuve compasión con las personas necesitadas de algún tipo de ayuda, pues eso aprendí desde niño, pero también es algo que nace de las entrañas.

En contraste con la tierna edad, sin vacilaciones ni titubeos, rebautizado con el seudónimo el mago Roudy, decidí que la magia sería mi profesión y con dicho objetivo en la mira de las aspiraciones juveniles, trabajé para conseguir dinero. Embetuné zapatos, llené bolsas en los supermercados y limpié vidrios de casas o automóviles. Inclusive, realicé trabajos varios en los barrios donde residen personas pudientes, tales como hacer mandados, cortar grama, o botar la basura.

Al final de cada jornada entregaba a mi mamá la mitad del dinero recaudado, e invertía el otro 50% en la compra de libros de magia o material necesario para llevar a cabo los trucos.

Creé y sostuve la propia dinámica laboral especializada. Con la ayuda funcional de mi hermanita Gilmarie, organicé shows de magia en la marquesina de la casa materna, por cuya entrada cobraba 50 centavos de dólar a cada asistente. Los niños del vecindario concurrían puntuales a la convocatoria artística.

Esa respuesta positiva, estimuló la formulación de nuevos proyectos. Con el paso de los meses, incrementé los precios de entrada a los shows, pues eran evidentes los avances en lides histriónicas y la tecnificación de los trucos.

A los 13 años de edad adelanté el primer curso informal por correspondencia, diseñado para aprender a actuar y mantener ocupada la atención del espectador. Perfeccioné conocimientos con el Tarbell Course in Magic, luego completé otra capacitación con el Mark Wilson Course in Magic.

En el medio artístico de la ilusión óptica, conocí a los magos Richardine, Richard Suey y Samper, de quien aprendí nuevos trucos, e inclusive con Gilmarie, fuimos sus ayudantes en muchas presentaciones. Gracias al apego por la magia e inclusive con el visto bueno de mis padres, viajé varias veces desde el borinquen querido hasta New York, por siempre polo de atracción para los inmigrantes hispanos, con el fin de participar en seminarios, talleres, concursos y diferentes eventos de ilusión óptica.

Con la dinámica propia de las aspiraciones y ejecutorias, centré el interés principal de los viajes a la Gran Manzana, en conocer las técnicas más refinadas del escapismo de una camisa de fuerza.

Actué en clubes nocturnos como El Taquito, donde realicé trucos con chicas, flores, barajas, billetes monedas, conejos, palomas, e inclusive, ideé la aplaudida ilusión óptica en un bar denominada el sueño de un borracho en el cual nunca se acaba la bebida que hay dentro del jarro. Algo que me enorgulleció mucho fue haber ganado un Agüeybana de Oro en el festival anual de Cedazos, pues este premio siempre era concedido a distinguidos artistas de la farándula puertorriqueña, y en el caso particular fue la primera vez que se otorgó a un mago.

A comienzos de 1976 conocí en New York a James Randi, famoso mago canadiense hoy nacionalizado en Estados Unidos, con quien tuvimos excelente compatibilidad de caracteres, producto de la cual viajamos hasta Europa para efectuar diversas presentaciones, pero a la vez con la particular intención de mejorar conocimientos en actividades escénicas, enseñados o transmitidos por un verdadero maestro.

Con Randi visité el Círculo de Magia de Londres, considerado como la crema y nata de los ilusionistas ópticos. Para un principiante en el extenso campo de la magia, llegar al corazón de esa especie de logia, significaba un triunfo tempranero, representado en el súbito y torrentoso acopio de experiencias y conocimientos sistematizados de un solo tajo, a la vez que interactuaba con los mas famosos magos de la época.

Enfrenté algunas dificultades, pues para culminar estudios secundarios y cumplir el pénsum académico total, interrumpido por el viaje al Viejo Continente, fui forzado a estudiar por mi cuenta durante muchas horas, para recuperar el terreno perdido. No obstante, con éxito sustentado en la buena memoria o las nemotecnias, presenté exámenes de materias pendientes por evaluar durante buena parte del periodo escolar.

De Randi recibí entrenamiento teórico y práctico con adiestramientos específicos en ilusionismo, presdigitación, escapismo, hipnotismo y parasicología. Fue la mejor escuela que hubiera podido tener, para perfeccionar las destrezas adquiridas con anterioridad, en el arte de la por siempre admirad ilusión óptica.

Con base en los conocimientos acumulados y la práctica permanente, efectué presentaciones de magia en los cruceros Angelina Lauro, Island Princess, Cunard III, Carla C, así como en Prive Televisión de Ámsterdam Holanda, la BBC de Londres Inglaterra, Concordia TV de Hamburgo Alemania, RAI de Roma Italia y el Canal 47 de New York.

Desde el principio tuve inclinaciones por el ilusionismo, no tanto por las investigaciones atinentes a las actividades parasicológicas, especialidad particularizada de connotados magos como James Randi. Por esa razón no viajé para el Estado de La Florida al lado del prestigioso mago11 .

De manera jocosa y muy amable, Randi dice que en aquella época suplí el mal uso del idioma inglés, con la sonrisa permanente, la expresión y la habilidad manual para ejecutar los trucos que aprendía. Según sus palabras pretendo lo imposible a toda hora. Coincido con él. Gusto de los grandes retos para superar las dificultades y servir al prójimo. No puedo pasar desapercibido. Es cuestión de honor y orgullo propio en el buen sentido de la palabra.

El señor Randi es un crítico avezado de los embaucadores que se autodenominan curanderos de la fe. En diversos escenarios, Randi recalcó que no existen los milagros pero si actos de magia, e inclusive ofreció pagar de su propio peculio, una gruesa suma de dólares, a cualquier mago o parasicólogo que pudiera demostrar que posee poderes sobrenaturales.

Gracias a la cercanía con Randi, fui su asistente en una campaña contra los charlatanes y estafadores. Dentro de ese proyecto, efectué serias averiguaciones acerca de reconocidos curanderos de la fe12, verbigracia William V. Grant. Realicé tales indagaciones, porque no tenía nada que perder y si mucho que ganar. Es como si hubiera tenido una iglesia propia para hacer milagros específicos.

Se rumoró en aquella época que en la década de los setenta, más de 30.000 engañados enfermos puertorriqueños, muchos de ellos con afecciones terminales, viajaron hasta las Islas Filipinas en pos de tratamientos curativos milagrosos, e inclusive circulaban versiones de isleños ansiosos por curarse, que pagaron hasta 250.000 dólares, por recibir falsos tratamientos médicos, que desde luego no impidieron las muertes de los pacientes.

El parasicólogo boricua Carlos Busquets insistió en que la Asociación Médica Puertorriqueña, había examinado en laboratorios tejidos extraídos a los pacientes supuestamente operados, hasta esclarecer que los muestrarios eran partes de organismos de animales domésticos, e inclusive corroboraron al regreso de los enfermos que los tumores cancerígenos, seguían fijos dentro de los cuerpos, pero en contraste con la evidencia científica, más gente incauta caía en la trampa.

Los curanderos de la fe, realizaban supuestas intervenciones quirúrgicas, en las que mediante ilusiones ópticas, hacían creer al observador engañado, que el seudo-cirujano penetraba las manos dentro del cuerpo del paciente, con el subsiguiente brote de sangre y el consecuente cierre mágico de la herida sin dejar cicatriz. Los médicos estaban seguros que se trataba de una engañifa, pero no podían explicar el supuesto proceso operatorio, porque su especialidad no era la ilusión óptica, habilidad manual del parasicólogo o del mago.

Concerté un acuerdo con James Randi y Carlos Busquets para desenmascarar a los farsantes, gestores del que luego fuera llamado fraude de la década, mediante una falsa operación quirúrgica sin anestesia ni instrumental médico, similar a la que realizaban los filipinos, en la que obré como cirujano y Carlos como paciente.

El 25 de septiembre de 1.979, trescientos espectadores aglutinados en los estudios de grabación del Canal 7 de televisión estatal, ubicado en el barrio Puerta Tierra de San Juan, sumados a los miles de televidentes que vieron por la pantalla chica el tan anunciado programa denominado ¿Ilusión o realidad?, quedaron convencidos de las bondades de la supuesta operación de un paciente con hernia.

Después del programa en televisión, recibimos más de 150 llamadas telefónicas de personas, que querían ser operadas por diversas enfermedades. Una semana después demostramos y explicamos a los televidentes, que el fantástico procedimiento era un artificioso manejo de ilusiones ópticas, y de paso desenmascaramos a los embaucadores filipinos.

Para incrementar la fama ganada en el arte de la ilusión óptica, mediante un comentario puntual, el escritor y periodista Guillermo Venegas Lloveras del diario El Vocero de San Juan, describió así una presentación realizada en Radio Aeropuerto Internacional, el 7 de abril de 1.980, prevista a propósito, para desvirtuar a un charlatán que osaba poseer poderes sobrenaturales:

— Willy hizo una serie de cosas maravillosas, unas de carácter malabarista y otras del dominio de la mente, con la que dobló cucharas, alteró una brújula a su antojo, luego colocó un trozo de papel metálico de una cajetilla de cigarrillos en la palma de mi mano, lo presionó con un dedo, hasta que desarrolló tal calor que no pude resistir más y tuve que tirarlo a la mesa, donde se incendió y se convirtió en cenizas. Me hizo tomar una cuchara por los extremos que luego estalló tocándola con el dedo en el centro —

— Para ridiculizar el espiritismo comercial se puso en aparente trance y no supimos de donde, pero empezaron a escucharse una serie de ruidos extraños por todas partes—

Por aquellos días reflexioné mucho en torno a que si el célebre escritor español Manuel Martínez Azorín, dijo que quien no haya pronunciado un discurso en público no merece una estatua, le agregaría que tampoco es digno de tan honrosa distinción, quien no haya prestado un servicio decisivo a la humanidad en momentos de suprema tribulación.

Después de terminar secundaria, estudié un año de Ingeniería de Sistemas en la Universidad de Bayamón, al cabo del cual pedí transferencia para estudiar Comunicación Social en la Universidad del Sagrado Corazón en Santurce. Los conocimientos adquiridos en las dos facultades de educación superior, han sido bastiones importantes en el desempeño laboral y los objetivos particulares propuestos. Todo lo que se aprende es útil en el momento menos pensado.

Cuando presenté la solicitud de ingreso a la Universidad de Santurce, ya estaba lleno el cupo oficial de estudiantes admitidos, por lo tanto intrigué ante el decano de la facultad para que hiciera una excepción conmigo, pero este contestó:

— ¡Lo siento!, ¡No puedo hacer nada!—

Como último recurso para asegurar el ingreso al centro de educación superior, entré a la oficina del rígido profesor, y ante la incredulidad de los presentes en el sobrio despacho educativo, realicé un improvisado y sorpresivo espectáculo de magia.

Entonces el rictus de prevención del docente, viró en el de un agradado espectador, que de inmediato cambió el semblante y aceptó que ingresara en las aulas de Santurce, como estudiante de habilidades especiales; programa destinado a personas que por sus ejecutorias, pudieran hacer algo en nombre de la universidad.

Así estudié cuatro semestres de comunicación social, periodismo y relaciones públicas. Además hice pinitos como actor de telenovelas.

El compendio de las primeras materias de la carrera universitaria, fue pura teoría y nada de práctica. Nos asignaban analizar casos de alta política internacional, verbigracia el de Lech Walesa y el sindicato anticomunista Solidaridad en Polonia, que en realidad no identificaban, ni se parecían a lo que sucedía en las ciudades o poblados de Puerto Rico.

Desde luego, tales enseñanzas eran lejanas a expectativas laborales de orden local, en particular en un país donde la farándula, los deportes y el estilo de vida caribeña heredado de aborígenes y españoles, son factores predominantes para las noticias de la prensa isleña.

Desde entonces cultivo tres pasatiempos definidos. En primer lugar, toda actividad inherente al mantenimiento y programación de computadores, en segunda instancia asuntos relacionados con magia, y en tercer escaño, la lectura de temas afines con la habilidad para las ventas, las relaciones humanas, la publicidad y el carisma personal.

Con el advenimiento de la tecnología de punta y la cibernética, perfeccioné los conocimientos de sistemas, e inclusive realicé lo que en Estados Unidos se denomina part time, para mejorar ingresos, mediante la reparación, revisión y venta de partes para equipos de cómputo, en algunas oficinas de la torre norte del World Trade Center17 . Dedicaba y todavía dedico el tiempo libre a la lectura, pasatiempo que en mi caso particular es una verdadera pasión.

A la importancia de estar dispuesto con actitud positiva, para servir a los semejantes y superar cualquier obstáculo para ser mejores, agrego que todo lo aprendido, sirve para algo o para mucho en determinados momentos de la vida, que en esencia es un acumulado permanente de experiencias. Nada es perdido, en especial si al conocimiento se le adhieren el vehemente deseo de superación personal, la constancia y el enfoque sobre el objetivo principal.

Todo es útil, en especial si preexiste la disposición anímica para acometer sacrificios supremos, o para dar lo mejor de nosotros cuando las circunstancias o las necesidades sociales lo exigen, en el eterno combate por preservar la existencia de la especie humana. Para el caso específico, eso fue lo sucedido con el aprendizaje práctico, durante dos décadas de labores continuadas en las torres gemelas.

Por circunstancias del destino y condiciones impuestas por los itinerarios de los apretados periplos, las primeras veces que viajé desde San Juan hasta New York no visité las torres gemelas, pero al ver la película de King Kong en 1976, quedé impresionado con la magnitud del World Trade Center.

Sin trabajar todavía en el epicentro financiero, incrementé mucho interés por el tema de los incendios dentro de los grandes edificios y desde luego la preocupación porque pudiera suceder una conflagración en las torres gemelas, que sobresalían ante el mundo entero como lo máximo en súper-edificios.

Acucioso e investigativo, averigüé hasta verificar, que todos los rascacielos de New York pertenecen al denominado tipo A, es decir aquellas edificaciones cuya estructura supera cincuenta pisos. Por esa razón existían dos Sky lobby19 en ambas torres gemelas. Uno el piso 44 y otro en 78, es decir que al llegar a cada uno de ellos, era necesario cambiar de elevador 20 si pretendía subir más. Dentro de las previsiones normales, las monumentales edificaciones contaban con suficiente cantidad de ascensores para transporte de personal y de carga. Para contrarrestar eventuales incendios había muchos rociadores en cada piso.

Una de las características de ese tipo de construcciones especiales, es la forma como mediante el cierre de las tres puertas de emergencia, abiertas cada tres pisos, se prevé la seguridad para evitar el avance del fuego en caso de una deflagración.

Para complementar dicha medida y garantizar los niveles ideales de temperatura-ambiente a pesar de los cambios climáticos, las puertas de las escaleras y oficinas son de metal, y las paredes construidas con una fibra especial recubiertas con yeso.

Las renombradas torres gemelas, parte integral del World Trade Center, configurado por siete edificios numerados del 1 al 7, fueron construidas sobre una poderosa columna de acero, vacía en el centro, articulada con varias estructuras y soportada en los laterales con otras vigas aceradas, producto de un ambicioso, ágil y moderno diseño arquitectónico tipo espina, que a mediados del siglo XX, revolucionó los sistemas tradicionales de construcción, utilizados por la ingeniería civil para erigir grandes edificaciones.

En síntesis, la idea básica de seguridad industrial, es mantener cerrados los accesos a las escaleras de emergencia cada tres pisos, para encapsular el eventual incendio, e impedir que en cuestión de minutos, lo consuman las llamas alimentadas por el oxígeno interno.

Por desgracia y eso no lo podía prever nadie, el 11 de septiembre de 2001, la inmensa marejada de fuego, formada en el momento que se produjo el estallido de las aeronaves contra las torres gemelas, descendió por los ascensores y viajó en fenomenal espiral destructiva, lo cual causó la muerte a cientos de personas y graves heridas a miles de sobrevivientes, además de debilitar por efecto del calor la sencilla pero consistente estructura interna.

Fue apocalíptico, lo que vi y viví en el hasta esa fecha escenario del más alto nivel de transacciones financieras del mundo. No sé si un huracán, un tornado, un terremoto, o una asonada civil producirían alguna tragedia de tal magnitud. Tampoco entendí por qué no alcancé a salvar a mis amigos del restaurante Windows of the World, ni porqué murieron dentro de las torres gemelas, tantas personas a quienes conocí con anterioridad al ataque terrorista.

Como por arte de magia maligna, de un momento a otro quedaron sepultadas dos décadas de bellos recuerdos, es decir, más de la mitad del tiempo vivido hasta ese instante. En menos de seis horas todo cambió en mi existencia.

Miles de personas sin distingos de raza, credo político o religión, trabajadores de escasos recursos casi todos inmigrantes, que dejamos atrás los países de origen en aras del sueño americano, fuimos a trabajar un día común y corriente en el corazón de Manhattan, y de repente encaramos la peor pesadilla de nuestras vidas. Muchos de ellos regresaron solos a sus hogares o sin la totalidad de sus seres queridos.

Sin ser militares, ni combatientes, ni mucho menos estar advertidos de una posibilidad tan descabellada, en pensar o por lo menos suponer, que seríamos blancos de demoledores ataques terroristas, perpetrados con aviones comerciales con pasajeros a bordo, utilizados como si fueran gigantescos misiles suicidas, fuimos atacados a mansalva, pues padecimos los horrores de una forma novedosa de guerra impía.

Tal vez desde la demencial óptica de los extremistas, el ataque fue exitoso para ellos, porque desencadenó el más prolongado pánico y la más alargada sensación de zozobra, que haya podido percibir la otrora, segura y tranquila capital del mundo.

Los resultados de este ataque, aún son impredecibles, como lo demuestran subsiguientes acciones terroristas cometidas por otras células de Al Qaeda en España, Marruecos, Arabia Saudita,

Sudán, Filipinas, Pakistán, Rusia, Chechenia, Uzbekistán, Afganistán, Irak e Indonesia; además de la incidencia de los hechos en la política interna y externa de los Estados Unidos.

Con base en la experiencia acumulada, el conocimiento interno de las instalaciones y las características de los ataques terroristas, también me he propuesto la tarea de elaborar por aparte un manual de seguridad, que ayude a eventuales víctimas de otras tragedias, a conducir su propia evacuación mientras son asistidas por los organismos de socorro. La intención primaria es entregar este trabajo a los países latinoamericanos, con prioridad a Colombia, nación del hemisferio, con mayores índices de riesgo en esta materia.



CAPITULO I

VEINTE AÑOS DE VIDA EN LAS TORRES GEMELAS

La intención de ser mago quedó en lista de espera, producto de situaciones fortuitas, que cambiaron el curso de la vida de manera intempestiva. Gracias a que a comienzos de los años ochenta, mi hermanastra Aby Rodríguez era novia del gerente general de la Compañía ISS Prudential, que proporcionaba mantenimiento y apoyo logístico al World Trade Center, apliqué y conseguí empleo, para laborar en la torre sur también denominada la número dos. Integrado al portentoso equipo de trabajo, viví la inconmensurable alegría de quien alcanza un triunfo, logra una meta, o consigue algo que a simple vista parecería inalcanzable.

A partir de la firma de ese contrato laboral, durante dos décadas acumuladas desde 1.982 hasta el martes de horror, fui uno de los miles de soñadores hispanos que trabajaron en las famosas torres, símbolo de la pujanza económica y del poder financiero del llamado imperio norteamericano, donde aclaro, eran inmigrantes hispanos, cerca del 90% de las personas encargadas del tren administrativo y logístico, para que el voluminoso andamiaje funcionara.

Abro un paréntesis para relatar, que incontables veces deleité los sentidos al observar desde las encumbradas alturas del World Trade Center, el agitado hormigueo de millones de seres humanos a menudo en afanosa circulación, por las congestionadas vías de la ciudad que no duerme.

Siempre experimenté un sentimiento especial de orgullosa pertenencia, al contemplar ensimismado los ríos humanos que entraban y salían de los dos edificios, fulgor de la megaurbe que cautiva a propios y extraños, con el latente encuentro de todas las culturas y razas.

Así comprendí mejor, porqué con sobrados atributos, New York es la capital de la tolerancia mundial. Religiosos, ideólogos políticos, intelectuales, gastrónomos, turistas, escritores, pintores, inversionistas, científicos, pacifistas, guerreristas, diplomáticos, comerciantes, inmigrantes en busca de fortuna, trovadores, juglares, bailarines, cantantes, etcétera, todos se dan cita en esta ciudad, y para todos hay cabida con más de una oportunidad laboral.


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